La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

Pedí permiso.

Elena estaba sentada en el sofá, el niño dormido contra su pecho, el pelo todavía revuelto de la tarde con Julio. Me miró un segundo y asintió, como quien concede un privilegio menor.

—Una hora. Ni un minuto más. Y vuelves sin tocarte.

Salí con la ropa que ella me había dejado usar: unos pantalones viejos y una camiseta que ya no me quedaba bien. Bajé las escaleras. El aire de la calle me golpeó la cara como algo ajeno. Llevaba días sin salir solo. El olor a sexo y a leche de bebé todavía me impregnaba la piel.

Caminé hasta la playa. No era lejos. El mar estaba gris, el cielo bajo, el viento traía sal y frío. Me quité los zapatos y entré descalzo en la arena. Cada paso se hundía un poco. El ruido de las olas era constante, sordo, casi hipnótico.

Empecé a pensar.

Pensé en cómo había llegado hasta aquí.

En la noche en que Elena cerró la maleta.

En las tres semanas de silencio.

En el claxon de Adrián abajo.

En la frase que me dejó clavada: Si me quedo embarazada, los dos sabemos que no va a ser tuyo.

Había sido cierto.

El niño no era mío.

Y yo lo había aceptado.

Caminé paralelo a la orilla. El agua me mojaba los tobillos de vez en cuando.

Me pregunté si alguna vez había sido realmente el marido.

Si en algún momento Elena me había mirado con esa misma hambre con la que miraba a Adrián o a Julio.

La respuesta era no. Y esa respuesta ya no dolía como antes.

Se había convertido en algo más oscuro, más dulce, más adictivo.

Recordé la tarde anterior: Elena abriendo las piernas en el sofá, ordenando quién entraba primero, quién esperaba, quién se corría dentro. Recordé su voz cuando me dijo “limpia”. Recordé el sabor. Recordé cómo me corrí en el suelo sin tocarlo, solo porque ella lo permitió.

Me detuve. El viento me pegaba la camiseta al pecho. La polla se me había puesto dura dentro de los pantalones solo de evocarlo. Me obligué a no tocarme. La regla seguía vigente aunque estuviera solo.

Seguí caminando.

Pensé en el niño. En cómo pesaba en mis brazos a las tres de la madrugada.

En cómo me miraba con esos ojos que no eran míos.

En cómo Elena me dejaba cuidarlo mientras ella se dejaba follar en la habitación de al lado.

Había algo perverso y profundo en eso: yo alimentaba, cambiaba, calmaba al hijo de otro hombre para que ella pudiera seguir siendo follada como merecía.

Y me gustaba.

Esa era la parte que más me asustaba y más me excitaba a la vez.

Me gustaba.

El mar seguía rompiendo. Un perro corría a lo lejos. Una pareja mayor pasaba de la mano. Yo era el único que caminaba solo, con la cabeza llena de imágenes de mi mujer abierta entre dos hombres y de mi propia lengua limpiándola después.

Miré el reloj. Quedaban doce minutos.

Di media vuelta. La arena se me pegaba a los pies. Cada paso de regreso pesaba más. No por el cansancio. Por la certeza.

Ya no había vuelta atrás.

No quería vuelta atrás.

Elena mandaba.

Adrián y Julio eran los que la follaban.

Yo era el que se arrodillaba, el que limpiaba, el que cuidaba al niño, el que se corría solo cuando ella lo permitía.

Y mientras el viento me pegaba en la cara y el sabor de la sal me entraba en la boca, entendí que ese era el único lugar donde todavía me sentía vivo.

Llegué al edificio con tres minutos de sobra. Subí las escaleras. Toqué el timbre aunque tenía llave. Elena abrió. Seguía en la misma camiseta. Me miró de arriba abajo, notó la erección que no había conseguido disimular y sonrió, lenta, soberana.

—Has vuelto a tiempo.

Bien.

Ahora entra… y arrodíllate.