La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

Adrián había dicho que invitaría a un amigo.

Pero quien decidió que viniera fui yo.

O, más exactamente, fue ella.

Por la mañana, mientras yo preparaba el café desnudo, Elena entró en la cocina con el niño en brazos. Llevaba solo una camiseta blanca fina que se le transparentaba. Se sentó en la mesa, me miró de arriba abajo y habló con voz tranquila, como quien da una orden que no admite discusión.

—Hoy viene Julio. Adrián lo invitó, pero yo soy quien decide lo que se hace en esta casa. Tú vas a servir. Desnudo. Sin hablar a menos que yo te lo pida. Si alguno de los dos te ordena algo que yo no haya autorizado, me miras primero. ¿Entendido?

Asentí.

—Di “sí, Elena”.

—Sí, Elena.

Sonrió. Aquella sonrisa ya no tenía nada de esposa. Tenía algo de reina.

Adrián llegó al mediodía con Julio, un hombre alto, de hombros anchos, barba corta y esa seguridad tranquila de quien está acostumbrado a que le abran las puertas.

Se saludaron como viejos conocidos. Elena los recibió en el salón con el niño ya dormido en la hamaca.

Yo estaba de rodillas junto a la puerta, exactamente donde ella me había colocado minutos antes, con la bandeja de bebidas en las manos.

Elena no se levantó. Solo extendió una mano y me hizo un gesto.

—Sirve.

Me arrastré de rodillas hasta la mesita. Dejé los vasos. Julio me miró de reojo, divertido, pero no dijo nada. Adrián tampoco. Ambos esperaban.

Elena cruzó las piernas y habló con esa calma que ya era ley en la casa:

—Julio, hoy vas a follarme. Adrián también. Los dos. Pero el ritmo lo marco yo. Jorge se queda en el suelo. No se toca. No habla. Solo mira y, cuando yo diga, limpia. ¿Alguna objeción?

Ninguno habló.

Ella se quitó la camiseta despacio. Los pechos todavía pesados de la lactancia. Se bajó el pantalón del chándal y se quedó desnuda en el sofá, con las piernas abiertas hacia ellos.

—Adrián, primero tú. Despacio. Quiero que Julio vea cómo me abres.

Adrián se arrodilló entre sus piernas y entró en ella con un solo movimiento largo. Elena echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido bajo, controlado. Me miró a mí mientras él la follaba.

—Mira bien, Jorge. Mira cómo me la mete. Cómo me llena. Cómo nunca me llenaste tú.

Cada embestida era una frase. Cada gemido, una sentencia. Yo me quedé de rodillas, la polla dura y palpitante contra el muslo, sin tocarme, tal como ella había ordenado.

Cuando Adrián se acercó al orgasmo, Elena le puso una mano en el pecho y lo detuvo.

—No dentro. Todavía no. Quiero a Julio primero.

Adrián se retiró, brillante de ella. Julio se bajó los pantalones sin prisa. Era más grueso. Elena lo miró, asintió, y él entró de un empujón seco. El gemido que soltó ella fue distinto: más profundo, más roto.

—Así… justo así —susurró—. Fóllame fuerte. Quiero que Jorge oiga cómo me gusta de verdad.

Julio la embistió sin contemplaciones. El sofá crujía. Elena se agarró a los hombros de él y me miró todo el tiempo, sin pestañear, mientras se corría la primera vez. Después la segunda. Cuando Julio iba a venirse, ella lo detuvo también.

—Los dos a la vez. Ahora.

Se colocaron. Adrián por detrás, Julio por delante. Elena entre ambos, abierta, gemiendo sin control, el cuerpo temblando. Yo seguía en el suelo, la cara a la altura de sus caderas, viendo cómo las dos pollas entraban y salían de ella, cómo la estiraban, cómo la usaban.

Ella se corrió otra vez, más fuerte, y solo entonces permitió que ellos terminaran. Julio dentro. Adrián dentro. Los dos llenándola al mismo tiempo.

Cuando se retiraron, el semen les resbalaba por los muslos, mezclado, espeso. Elena se recostó en el sofá, las piernas todavía abiertas, mirándome con esa expresión de soberana satisfecha.

—Ahora, Jorge. Limpia. Todo. Y no te dejes ni una gota.

Me arrastré hasta ella. Puse la lengua donde los dos habían estado. El sabor era más intenso, más amargo, más de ellos. Lami despacio, profundo, mientras Elena me sujetaba la cabeza y suspiraba.

—Así se sirve a una mujer de verdad —dijo en voz baja—. Así se demuestra quién manda aquí.

Cuando terminé, ella me acarició el pelo una sola vez.

—Puedes correrte. En el suelo. Delante de ellos. Sin tocarte.

Me quedé de rodillas, mirando su coño todavía abierto y brillante, y me corrí sin ponerle una mano encima. El semen cayó sobre la madera, entre los pies de Julio y de Adrián.

Elena sonrió.

—Bienvenido de verdad a mi casa, Jorge.

Julio se rió bajito. Adrián solo asentó, aceptando sin palabras lo que ya era evidente:

En esa casa, la soberanía no era de él.

Era de ella.