La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

Desperté con el llanto del niño.

Era de madrugada. La luz de la calle entraba por la rendija de la puerta entreabierta. Me levanté en silencio, todavía desnudo, y crucé el pasillo. En la cuna, el bebé se removía con los puños cerrados. Lo levanté con cuidado. Pesaba poco. Olió a leche y a jabón barato.

Elena y Adrián dormían en la cama grande. Él abrazándola por detrás, una mano sobre su pecho. Ella tenía el pelo revuelto y marcas rojas en el cuello. No se despertaron cuando salí de la habitación con el niño en brazos.

Lo cambié. Le di el biberón que Elena había dejado preparado en la nevera.

Me senté en el sofá del salón, en la oscuridad, meciéndolo hasta que volvió a dormirse.

El silencio de la casa era distinto ahora.

Ya no era el silencio de un matrimonio roto.

Era el silencio de un orden nuevo, uno en el que yo ocupaba el escalón más bajo y, por primera vez, no intentaba subirme.

Cuando el bebé se quedó quieto, lo devolví a la cuna. Al salir del dormitorio, Adrián abrió un ojo.

—Quédate —dijo con voz ronca de sueño—. En el suelo. Al lado de la cama.

Me arrodillé. La madera estaba fría. Elena se removió, se giró hacia mí sin abrir del todo los ojos y extendió una mano. Me acarició el pelo de forma distraída, como quien acaricia a un animal que ya no muerde.

—Buen chico —susurró.

Volvió a dormirse.

Amaneció así: yo en el suelo, ellos en la cama, el niño entre nosotros. Cuando Elena se despertó de verdad, se incorporó, se bajó la camiseta y se puso al bebé al pecho. Adrián se levantó, se estiró y me miró desde arriba.

—Hoy empiezan las reglas serias.

Me hizo levantarme. Me llevó al baño. Me obligó a ducharme mientras él se afeitaba, mirándome por el espejo.

—Primera regla: no te pones ropa dentro de casa a menos que yo lo diga.

Segunda: cuando ella te llame, vienes. Da igual lo que estés haciendo.

Tercera: el niño es prioridad. Si llora y nosotros estamos ocupados, tú te ocupas.

Cuarta… —se giró y me señaló la polla, que se había puesto dura sin permiso—: esa solo se toca cuando yo lo autorice.

Si te corres sin permiso, duermes en el rellano una semana.

Asentí.

Después del desayuno (yo desnudo, sirviendo el café, ellos vestidos), Adrián se fue a la oficina. Elena se quedó con el niño. Me miró un rato en silencio mientras yo recogía los platos.

—Ven aquí.

Me arrodillé delante del sofá. Ella se bajó el pantalón del chándal, se abrió de piernas y me empujó la cabeza entre los muslos.

—Lame. Despacio. Hasta que yo diga.

No estaba mojada por Adrián esa mañana. Solo por ella. El sabor era distinto, más limpio, pero igual de humillante. Me la comí mientras el bebé dormía en la hamaca a dos metros. Elena se corrió en silencio, con una mano en mi nuca, sin decir mi nombre.

Cuando terminó, me miró desde arriba.

—Ahora vete a la habitación de invitados. Y no te toques. Quiero que estés duro cuando vuelva Adrián.

Pasé la tarde así: desnudo, en la cama estrecha, la polla dolorosamente erecta, oyendo cómo Elena hablaba por teléfono, cómo le cantaba al niño, cómo reía. Cada risa me golpeaba en el pecho.

A las siete volvió Adrián. Entró, dejó el maletín, se quitó la corbata y me encontró exactamente donde ella me había dejado.

—Muy bien —dijo—. Has aprendido rápido.

Esa noche no me hicieron mirar desde el sofá.

Me hicieron participar de otra forma. Adrián la folló en la cama grande mientras yo estaba de rodillas al lado, sujetándole una pierna abierta.

Cada vez que él entraba hasta el fondo, el movimiento me empujaba la cara contra el muslo de Elena.

Ella me agarraba el pelo y me obligaba a mirar cómo la polla de él desaparecía dentro de ella.

—Dile lo que ves —ordenó Adrián.

—Te la estás follando… la estás llenando… ella gime por ti…

—Más.

—Me estás quitando a mi mujer… y me gusta… me gusta verlo…

Cuando se corrió dentro, me hizo limpiar otra vez. Esta vez más despacio. Me obligó a meter la lengua lo más hondo posible mientras él me sujetaba la cabeza.

Después, mientras Elena se duchaba, Adrián me sentó en el borde de la cama y me miró a los ojos.

—Mañana vamos a hacer algo distinto. Voy a invitar a un amigo. Vas a servir bebidas. Desnudo. Y vas a mirar cómo los dos nos la follamos. Si te portas bien, te dejaré correrte al final. Si no… —sonrió— duermes en el rellano.

Me quedé callado. La polla me latía contra el muslo.

Elena salió de la ducha envuelta en una toalla, se acercó y me dio un beso en la frente, casi maternal.

—Descansa, Jorge. Mañana va a ser un día largo.

Me fui a la habitación de invitados. Me acosté desnudo, de cara a la pared, escuchando cómo ellos hablaban en voz baja y cómo el bebé se removía en sueños.

Y por primera vez desde que volví, no sentí ganas de escapar.

Solo ganas de que llegara mañana.