La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Adrián cerró la puerta detrás de mí con un clic suave. No dijo “bienvenido”. No hizo falta. El olor de la casa ya lo decía todo: colonia cara, leche de bebé, sexo reciente y ese rastro amargo de humillación que yo mismo arrastraba desde hacía meses.

Elena estaba en el sofá, el niño dormido contra su pecho. El vestido negro se le había subido hasta el muslo. Me miró por encima de la cabeza del bebé y sonrió, esa sonrisa lenta que ya no era de esposa.

—Deja la maleta donde esté —dijo—. No vas a necesitar mucho.

Adrián se quitó la camisa sin prisa. El cuerpo marcado, el pecho ancho, la misma seguridad de siempre. Se acercó a ella, le quitó al niño con una naturalidad que dolía, y lo llevó a la cuna del dormitorio. Volvió en menos de un minuto.

—Ahora —dijo, mirándome—. Quítate la ropa.

Obedecí. Me temblaban las manos. La camisa, los pantalones, la ropa interior. Me quedé desnudo en medio del salón mientras ellos dos seguían vestidos. Adrián se sentó en el sillón grande, abrió las piernas y le hizo un gesto a Elena.

Ella se levantó, se quitó el vestido de un tirón y se arrodilló entre sus piernas. No me miró. Solo abrió la boca y se tragó la polla de Adrián hasta el fondo, con ese sonido húmedo que yo conocía demasiado bien. Él le sujetó el pelo y la empujó más abajo.

—Mira —me ordenó sin levantar la voz—. Mira cómo se la traga. Cómo le gusta. Cómo nunca te la tragó a ti así.

Me arrodillé donde estaba. La polla se me puso dura al instante, traicionera. Elena levantó la vista solo un segundo, me vio y volvió a concentrarse en él, chupando más fuerte, más profundo, haciendo ruidos que me taladraban el pecho.

Cuando Adrián decidió que había tenido suficiente, la levantó y la puso a cuatro patas en el sofá, de espaldas a mí. Entró en ella de un solo golpe. El gemido de Elena fue largo, roto, real. Se arqueó y empujó hacia atrás, buscando más.

—Dile —ordenó Adrián, follándola con fuerza—. Dile lo que sientes.

Elena giró la cabeza y me miró mientras él la embestía.

—Me llena… me abre… me hace venir como tú nunca pudiste. Me hace sentir puta. Me hace sentir suya.

Cada palabra era un latigazo. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que el sonido de piel contra piel llenara el salón. Yo me masturbaba sin permiso, rápido, desesperado. Adrián lo notó y sonrió.

—No te corras todavía. Eso lo decides tú cuando yo diga.

Aguanté. Apenas. Cuando él se corrió dentro de ella, profundo, con un gruñido bajo, se quedó un momento enterrado. Después se retiró. El semen le resbaló por el muslo interno, espeso, blanco.

Elena se giró, se sentó en el borde del sofá con las piernas abiertas y me miró.

—Ven.

Me arrastré de rodillas. Puse la lengua donde él acababa de estar. El sabor me golpeó: salado, amargo, propio de otro hombre. Lami despacio al principio, después con más hambre, limpiando cada gota mientras ella me sujetaba la cabeza y gemía bajito.

—Así… así se hace un buen cuckold —susurró.

Cuando terminé, Adrián me puso una mano en el hombro.

—Ahora puedes correrte. En el suelo. Sin tocarte. Solo mirándonos.

Me quedé de rodillas, la polla dura y palpitante.

Ellos se besaron encima de mí. Elena se subió otra vez a horcajadas sobre él y empezó a moverse, lenta, profunda.

El semen de Adrián aún le salía y le brillaba en los muslos.

Yo miré. Miré hasta que el placer se me subió por la espalda y me corrí sin tocarme, eyaculando sobre el suelo de madera entre sus pies.

Adrián se rió bajito.

—Bienvenido a casa, Jorge.

Elena bajó de él, se arrodilló a mi lado y me pasó un dedo por el semen que yo había dejado.

—Limpia eso también —dijo—. Con la lengua.

Lo hice.

Después me llevaron a la habitación de invitados.

La cama era estrecha. La puerta se quedó entreabierta a propósito.

Desde allí oí cómo volvían a follar, más despacio esta vez, y cómo el bebé se removía en la cuna.

Yo me quedé mirando el techo, la polla todavía sensible, el sabor de ambos todavía en la boca.

Y por primera vez en meses, dormí.