La soberanía de Elena (La Entrega nº 5)
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Capítulo 1
Habían pasado tres semanas desde aquella noche en el piso de Adrián. Tres semanas en las que el silencio de Elena pesaba más que cualquier grito. Llegaba tarde. Contestaba con monosílabos. Cuando intentaba tocarla, el cuerpo se le ponía rígido, como si mi mano fuera una invasión.
Esa noche volví del trabajo y la encontré en el dormitorio cerrando la maleta grande. El mismo vestido negro ajustado que tanto me gustaba. El pelo suelto. El maquillaje más intenso. Estaba preciosa. Y ya no era mía.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté. La voz me salió rota.
Se giró. Me miró como se mira a alguien que ya no duele del todo.
—Me voy, Jorge. Con Adrián. No es solo sexo. Ya no. Me hace sentir cosas que contigo… ya no siento. Me mira y me folla como si fuera la única mujer del mundo. Me hace correr de formas que ni sabía que existían.
Me apoyé en el marco de la puerta. El aire se me quedó atrapado en la garganta.
Ella se acercó. Me puso la mano en el pecho, justo encima del corazón que latía demasiado rápido.
—Te quiero. De verdad. Pero ya no estoy enamorada de ti como antes. Me he enamorado de cómo me siento cuando estoy con él. Libre. Deseada. Puta. Poderosa.
Me besó. Un beso suave, de despedida. Después recogió la maleta.
—He dejado la mayoría de mis cosas. Solo me llevo lo necesario. Si quieres, puedes venir a vernos alguna vez. Sé que te excita mirar.
El claxon sonó abajo. Adrián esperaba.
Antes de cruzar la puerta se detuvo y me miró por última vez:
—Ah, y otra cosa… esta noche no hemos usado condón. Ni ayer. Ni la semana pasada. Si me quedo embarazada, los dos sabemos que no va a ser tuyo.
La puerta se cerró. El eco del ascensor bajando me dejó solo en un piso que de pronto olía a vacío.
Las primeras noches no dormí. Me quedaba mirando el techo, reviviendo cada frase.
Me hace correr de formas que ni sabía que existían.Libre.
Deseada. Puta. Poderosa. Cada palabra era un cuchillo que se clavaba más hondo porque, en el fondo, yo ya lo sabía.
Había visto cómo lo miraba. Había oído los gemidos que nunca me dedicó a mí con esa intensidad.
Al cuarto día no aguanté. Cogí el coche y aparqué frente al edificio de Adrián.
La luz del 7B estaba encendida. Vi su silueta contra la ventana.
Estaba a horcajadas sobre él. Se movía despacio, con la espalda arqueada, el pelo cayéndole por la cara.
Adrián le sujetaba las caderas. Ella echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca.
Aunque no oía nada, sabía exactamente el sonido que estaba haciendo.
Me corrí dentro de los pantalones mirándolos. Después me odié. Y volví a casa.
Al día siguiente ella me escribió:
Puedes venir cuando quieras. Pero cada vez que vengas, te vas a ir con menos de lo que trajiste.
Fui.
Adrián abrió en boxer, el pelo revuelto, el olor a sexo todavía pegado a la piel. Me miró como se mira a un perro que vuelve al dueño que lo abandonó.
—Puedes entrar. Pero solo a mirar. O a limpiar. Tú decides.
Entré. Me senté en el sillón de piel. Vi cómo la empujaba contra la mesa del comedor. Cómo le levantaba una pierna. Cómo entraba en ella de un solo golpe seco. Elena me miró a los ojos mientras se corría. No había disculpa en esa mirada. Solo una especie de triunfo oscuro.
Cuando terminaron, Adrián se retiró. El semen le resbalaba por el muslo interno.
—Límpiala —ordenó.
Me arrodillé. Pasé la lengua. El sabor era el mismo de siempre y, al mismo tiempo, completamente distinto. Porque ya no era mío. Porque él me estaba mirando hacerlo. Porque ella se reía bajito, con una mano en mi pelo, empujándome más adentro.
Me corrí otra vez sin que nadie me tocara.
Esa noche volví a casa y rompí un vaso contra la pared. Después me masturbé pensando en lo que acababa de hacer.
Las semanas siguientes se convirtieron en un ritual.
Iba dos, tres veces por semana. A veces solo miraba.
A veces me hacían limpiar. A veces Adrián me obligaba a sujetarle las piernas mientras la follaba.
Otras veces me decía que entrara en ella después de él, pero sin correrme.
Nunca lo conseguía. El simple hecho de estar dentro de ella sabiendo que él acababa de llenarla me hacía venirme en segundos. Ella se reía. Él también.
Cuando me contaron lo del positivo, yo ya lo intuía. El vientre de Elena empezaba a redondearse. Adrián me obligó a tocarle la barriga mientras él la penetraba por detrás.
—Siente —dijo—. Esto es mío. Todo esto es mío.
Yo sentí. Y me corrí otra vez en los pantalones.
Un día aparecí con una maleta pequeña. No sé qué esperaba. Quizá que me echaran. Quizá que me dejaran quedarme como el fantasma que ya era.
Adrián se encogió de hombros.
—Hay una habitación libre. Duermes ahí. Comes lo que sobra. Y cuando yo diga “ven”, vienes.
Me quedé.
Dormía en la habitación de invitados. Oía cómo se follaban en la habitación de al lado. A veces la puerta se quedaba entreabierta a propósito. A veces Elena venía a mi cama después, todavía llena de él, y me hacía lamerla hasta que se corría otra vez. Después se iba sin decir nada.
Empecé a beber. Dejé de ir a trabajar con regularidad. El espejo del baño me devolvía una cara que ya no reconocía: ojos hundidos, barba descuidada, la expresión de alguien que se ha acostumbrado a arrodillarse.
En el séptimo mes Adrián se fue tres días a Barcelona. Las contracciones de Elena se volvieron fuertes. Yo la llevé al hospital. Le sujeté la mano. Le limpié el sudor. Por un momento, solo un momento, sentí que volvía a ser el marido. El que cuidaba. El que importaba.
Le escribí a Adrián:
Está bien. Todo controlado. No es parto todavía.
La respuesta llegó cuarenta minutos después:
No la toques. No la beses. No te acerques más de lo necesario. Si se te ocurre consolarla de más, te echas a la puta calle.
Me senté en la silla de la habitación y miré a Elena dormir. Por primera vez en meses no sentí deseo. Solo un cansancio enorme, como si hubiera estado cargando un peso que ya no podía sostener.
Esa noche, mientras ella dormía, tomé la decisión.
Volví al piso. Empaqué lo poco que tenía. Dejé la nota sobre la mesa del comedor:
Me voy. De verdad esta vez.
No voy a ser el fantasma de esta casa.
No voy a lamer lo que tú dejas.
No voy a ver cómo nace un hijo que no es mío mientras finjo que me gusta.
Cuídala.
Y cuida de lo que crece dentro de ella.
Yo ya no estoy.
Cerré la puerta sin hacer ruido. Bajé las escaleras. El aire de la calle me golpeó la cara como una bofetada.
No lloré. No grité. Solo caminé hasta el coche con la maleta en la mano y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba haciendo algo que no me habían ordenado.
Arranqué. En el retrovisor vi las luces del edificio apagarse una a una.
No sé si ella leyó la nota esa misma noche o a la mañana siguiente. No sé si Adrián se enfadó o se limitó a encogerse de hombros otra vez. No sé si el niño nació sano, ni cómo se llama, ni a quién se parece.
Solo sé que, mientras conducía hacia ninguna parte con la radio apagada y las manos temblando en el volante, por fin dejé de ser el hombre que miraba desde el sillón.
Y aunque el vacío que se abrió dentro de mí era enorme, por primera vez en meses… era mío.