La segunda mordida Capítulo 35. Tregua
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Capítulo 35. Tregua

Tregua

Zoe

A las dos menos diez Kip nos abrió el portón con su llave, y lo primero que hice fue mandar a un herido tres pisos arriba.

—En el entresuelo tengo agua y vendas.

—En el entresuelo no tengo luz para ver un agujero. Y esa escalera no la hago dos veces.

No discutió. Tenía la chaqueta cerrada encima del vendaje, la mano derecha debajo de la chaqueta y la cara que se le pone cuando no quiere que se le note algo.

Dani había tardado una hora en volver del Séptimo Distrito. Dejó a Naomi en la puerta de su prima y esperó a ver encenderse la luz de arriba. A mí la detective me tomó declaración sentada en la escalinata. A él, de pie, y lo citó otra vez para el jueves.

Nos encontramos con Dani en urgencias. Una médica miró la placa de su costado y me mandó esperar fuera.

A las doce y cuarenta le sacó la bala. La vi salir con el metal en un recipiente; el agente que había enviado Arceneaux lo recogió delante de nosotros.

La camisa volvió conmigo, cortada y en una bolsa.

La médica me dejó un papel: si se empapaba, podía cambiar la gasa de fuera. Dentro no tenía que tocar nada.

Volvimos por un Barrio mojado. Detrás de los caballos habían pasado las barredoras, y en las aceras quedaban cuentas de colores pegadas al suelo.

Kip tenía la trompeta debajo del brazo.

—Sigue sin venir nadie, Miss Zoe. La señora Villavaso sigue con la luz encendida.

—Sube a dormir.

El zaguán estaba como lo dejé. La llave tres colgaba de su gancho, sin dueño.

En el cajón del mostrador seguía el sobre de Naomi.

Por la puerta de administración se veía la caja de herramientas de Ben, donde la dejé el viernes, debajo del perchero.

Habíamos sacado a una mujer de un cuarto, y aquí no se había movido nada.

Dani me puso en la mano la llave del portón, la de la etiqueta, que llevaba encima desde la tarde.

—El mostrador me lo quedo yo hasta que entre mi prima. Tú, arriba.

—Llevas de pie desde ayer.

—Yo hoy no he dado nada. —Se agachó, sacó la caja roja de debajo del mostrador y se la colgó a él de la mano izquierda—. Lo que diga el papel. Y guarda la camisa, que la quiere la detective.

Subimos como dos viejos. Yo iba agarrada al pasamanos, y me paraba en cada rellano a esperar que el corazón volviera a su sitio.

Él subía detrás, con el botiquín, un peldaño por debajo del mío.

No me ofreció el brazo, y yo no le ofrecí el hombro.

En el rellano de la segunda me di cuenta de que se paraba cuando me paraba yo, y no antes.

En la 31 encendí la lámpara del secreter y la luz del baño. En el bolsillo del abrigo de Dani, que yo seguía llevando, había medio pan con chocolate envuelto en una servilleta. Me lo comí de pie, en tres bocados, mirándolo a él, porque todavía me temblaban las manos.

Lo senté en el taburete, debajo del fluorescente.

—La chaqueta.

Se la quitó solo. Dejé junto a la puerta la bolsa que me habían dado en urgencias. La camisa iba dentro, en tres pedazos. Eso era para el jueves. La gasa de su costado se había manchado al subir.

Sin camisa no lo veía desde enero. Tenía la espalda lisa. El cinco de enero se la vi abierta por el fuego, de la nuca a la cintura, y no le quedaba una señal.

Había un agujero debajo de la última costilla, a la derecha, con el borde oscuro. La espalda estaba entera. Sangraba poco, una sangre espesa, más oscura que la mía. Tenía la piel fría alrededor.

—La bala se la ha llevado el agente —dije.

—Lo he visto.

Dejé el papel de la médica junto al lavabo. No metí nada en la herida. Limpié la piel de alrededor y busqué una gasa nueva en la caja.

Él tenía una mano en el borde del lavabo. No hizo ningún ruido. La loza crujió una vez al levantar el brazo para dejarme sitio. Yo trabajaba con la cara a un palmo de su costado, y notaba en la frente el frío que le salía de la piel.

—¿Duele?

—Sí.

—¿Cómo te la quitó? —Yo tenía los ojos en el agujero—. Estabas en el cuarto con ella. Oí la puerta.

—No se levantó. Le dije que la puerta estaba abierta y me miró las manos. —Hablaba hacia el espejo—. Él entró por la puerta de en medio, que da a los pies de la cama. Yo estaba a tres pasos, y él a medio brazo, con el arma en la nuca de ella.

—Tú cruzas tres pasos antes de que yo parpadee.

—Antes que un dedo en un gatillo, no. Y con eso en el costado, menos. Si me equivocaba, lo pagaba ella.

—Podías haberla sacado antes. En brazos, como del fuego.

—Del fuego la saqué sin preguntarle. Esta vez no quise ponerle la mano encima a una mujer que me miraba así.

No dije nada. Le había costado a Naomi una pistola en la nuca y una escalera. No se lo había callado.

Antes de taparlo le miré el borde. Ya tiraba hacia dentro, él solo, medio dedo. De ahí no iba a pasar sin otra cosa, y los dos sabíamos qué cosa. No me miró el cuello. Estuve pendiente todo el rato. Le puse una gasa doblada.

—Sujeta aquí.

Sujetó la gasa con la izquierda, donde yo le puse los dedos.

Di la venda cuatro vueltas alrededor del cuerpo, por debajo de las costillas, sin apretar.

Para cada vuelta tenía que rodearlo con los dos brazos y pasarme el rollo de una mano a otra por su espalda.

El lunes lo subí doce peldaños con su boca a un dedo de mi cuello.

Ahora era yo la que pasaba cuatro veces con la cara pegada a su hombro.

Olía a pólvora y a cajón de cedro. A la tercera vuelta me costó soltar.

—Desde las doce no hay tregua —dije, para tener la boca ocupada—. ¿Qué pueden hacer?

—Llamar a ese portón cuando quieran. Las tres, o una sola. Lo del patio lo vieron seis, y basta con que hable uno.

—¿Y tú qué haces si llaman?

—Lo que disponga la titular. Ayer lo dije de la ronda. Vale también para esa puerta.

—La titular no sabe todavía qué dispone.

—Entonces esperaré a que lo sepa.

Sujeté la venda con esparadrapo. Una mano dedo por dedo sé vendarla. Un costado no lo había vendado nunca, y me quedó torcida.

—Está torcida.

—Aguanta —dijo él, y casi sonrió.

—Esta noche no te doy más —dije.

—No se lo he pedido.

—Te lo digo para que no lo esperes.

—No lo esperaba. Lo de esta tarde era para una puerta, y la puerta está abierta.

Me lavé las manos. El agua salió parda, y luego clara. Él seguía en el taburete, con la venda torcida y la espalda recta. Por encima de la venda se le veía el hombro izquierdo, cerrado, con una raya blanca donde había estado el tajo. Eso también se lo había hecho yo.

—Ben sigue muerto —dije—. Y yo sigo donde estaba aquel viernes.

—No he ido a esa casa a moverla a usted de sitio.

—¿A qué has ido?

Tardó. Lo dejé tardar.

—A que esa mujer no pasara otra noche en un cuarto con llave por fuera, por una cosa que empecé yo. No sé decirlo mejor.

Cerré el grifo.

—Arriba me paré —dijo. Miraba la loza—. Tenía a un hombre a medio atar y me llegó miedo de usted. No supe por quién era.

—Por ti. Oí un golpe arriba, y uno de ellos iba a subir a mirar.

Levantó la cabeza.

—Dígamelo otra vez.

—Por ti.

Me llegó de él algo apretado, que no supe leer, y que se fue soltando.

Recogió la chaqueta del suelo. Se levantó con cuidado y fue hacia la puerta de la habitación.

—Buenas noches.

—¿Adónde vas?

—Al entresuelo.

—Quédate.

Se paró con la mano en el pomo. No se volvió todavía.

—¿A qué?

—Quiero acostarme contigo. —Me costó, y lo dije igual—. Sin dientes. Y luego duermes aquí.

—Yo no he pedido nada.

—Lo pido yo. Llevo queriéndolo desde el patio, con seis mirando, y me ha dado rabia toda la noche.

Entonces se volvió. Me miró la cara, no la blusa.

—Quiero quedarme —dijo.

Para él no se lo había oído nunca.

Me deshice el nudo del pañuelo. La última vez, en enero, me lo dejé puesto, para que no se le olvidara lo que no iba a darle. Lo dejé en el respaldo de la silla. Me miró los dos pares de puntos. Tragó una vez, y volvió a mi cara.

Los dos pasos que le puse en un archivo los anduve yo.

Él soltó el pomo. Tenía las manos frías, y las mías seguían oliendo a suero.

Me puso la izquierda en la nuca, debajo del pelo, como si todavía pudiera decirle que no, y esperó a que no se lo dijera.

Le puse la palma encima de la venda, sin apretar, para saber dónde estaba el agujero y no rozarlo.

Lo besé yo. Tenía la boca fría y cerrada, y la abrió cuando quise.

Me desabroché la blusa, porque él no iba a hacerlo sin que se lo mandase. Llevaba desde las siete cerrada hasta arriba.

Apagué la luz del baño.

Fue lento, por él y por mí. No hubo dientes. Tuvo la boca en mi cuello, encima de las marcas, y no la abrió. Lo noté contar para no abrirla. En algún momento me temblaron las piernas y no era deseo, era el día entero. Él lo notó y paró sin que yo dijese nada. Le dije que siguiera.

Después me quedé boca arriba, con frío en los pies y su brazo debajo de la cabeza. Llovía un poco, o eran las barredoras.

Me llegó de él una cosa ancha y quieta, que no le conocía. Se parecía al alivio. Alivio es la palabra que le puse yo, y no me fié, porque era la que me convenía.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—No lo sé. Hace mucho que no lo tengo.

—Pues no le pongas nombre todavía.

—No pensaba.

—Mañana sigo sin perdonarte.

No contestó. Me apretó el hombro una vez, con dos dedos.

—Duerme aquí. Esta noche.

—Abajo tengo tres relojes parados.

—Mañana les das cuerda. ¿Tú duermes?

—Poco. De día.

—Pues hoy, de noche.

Se durmió antes que yo. No lo había visto dormir nunca. Dormido no se le oye respirar. Deja las manos abiertas.

Yo no pude. Tenía el cuerpo rendido y la cabeza en otros sitios. Elise iba a traerme una cosa. No quise saber cuál. De Elise ya me había llevado bastante en una semana, y esa noche no me cabía nada más de ella.

Me levanté sin moverle el brazo. El neceser estaba en la repisa del baño, donde lo dejé a las siete. Abrí la cremallera. Las cuatro hojas seguían debajo del cepillo, dobladas en tres, al lado de la llave del Urrutia.

Había dicho que se lo contaba cuando Naomi estuviera fuera. Naomi dormía en casa de su prima. Era el momento que yo misma había puesto.

Me senté en el borde de la bañera con las hojas en la mano.

Catalina Arriaga, 1787. En mi cama había un hombre con un tiro recién vendado, dormido delante de mí por primera vez.

Yo llevaba un día entero de pie, con una toma encima, y me temblaban los dedos sobre el papel.

Un apellido así no se da a las cuatro de la mañana a un hombre que no puede levantarse de un salto.

Tampoco lo da una mujer que no sabe si al terminar la frase va a seguir despierta.

Él no me había preguntado nada esa noche, y yo no tuve que contestarle con media verdad.

Al anochecer. Cuando hubiéramos dormido los dos y él pudiera bajar. Se lo diría en administración, con la puerta cerrada y las hojas encima de la mesa.

Las doblé otra vez y cerré la cremallera. Pensé que de los dos era yo la única que guardaba un papel.

Volví a la cama. Dormí una hora, quizá menos, con la espalda contra su venda.

Me desperté a las seis menos diez, sin despertador. Es la hora a la que un hombre con gorra subía de la galería a la azotea cerrando madera, para que a nadie de la primera lo cogiera el día en un pasillo. Desde el veinticinco lo hago yo. En el balcón todavía era de noche.

Cerré primero los de mi cuarto. Los dos del balcón, y el del baño, que no cierro nunca. Pasé la mano por las juntas, por si quedaba una raya. Lo hice por el que dormía en mi cama. Él no se movió.

Me vestí a oscuras y bajé descalza. Segunda, primera, la galería entera, postigo por postigo. En la 14 seguía habiendo luz por debajo de la puerta. En el zaguán, Dani dormía en la silla de Sal, con la cabeza contra el tablero.

El último es el de la calle. Empezaba a clarear. En la acera de enfrente un hombre barría cuentas de colores hacia un montón. Lo cerré.