Capítulo 34. Medianoche
Medianoche
Zoe
A las diez y veintiuno Arceneaux me dijo que ya no me necesitaba dentro.
Yo llevaba dos horas en el coche de Dani, a dos metros de una valla, con la calefacción puesta y su abrigo encima de las rodillas.
A las diez menos cinco pasó a nuestro lado una camioneta oscura, con la caja cerrada.
Enseñó un pase en el cristal, y el agente le apartó la valla.
Los dos hombres de la detective la vieron entrar por la verja.
La matrícula era de la Fundación, y una cámara la tenía media hora antes saliendo de Gentilly, que es donde se apagó el teléfono de prepago.
—Con eso y con lo que usted me trajo el sábado, el juez de guardia me ha firmado la entrada a las diez y diecinueve —dijo—. Para esa casa y esta noche, a por esa mujer y a por ese hombre. Usted ya no tiene que llamar a ninguna puerta.
—¿Cuándo entra?
—Cuando llegue el equipo. Lo tengo en Canal Street, con media ciudad encima. Veinte minutos, puede que veinticinco. Yo estoy a la vuelta de la esquina con cuatro agentes.
Veinticinco minutos. En una azotea de esa avenida había un hombre que había prometido, delante de mi casa, no entrar antes que yo. Si yo me quedaba en el coche, él cumplía en un tejado o faltaba a su palabra. No sabía cuál de las dos cosas iba a hacer. A ella no podía contárselo.
—Me esperan a mí —dije—. Si lo primero que oye ese hombre es una puerta rota, está arriba con ella y con una pistola. A mí me abren.
—No se lo autorizo.
—No se lo he pedido. Me ha invitado mi abogada.
Soltó el aire por la nariz.
—No tengo a nadie que la pare sin que se vea desde esas ventanas.
No cuelgue. Métase el teléfono en el bolsillo como está.
Se sienta cerca de la puerta de la calle y no sube ninguna escalera.
Si la ve, dice su nombre. Si algo se tuerce, dice el mío.
Y si oigo un tiro, no espero al equipo ni a nadie.
Dani quiso venir hasta la esquina. Le dije que se quedase en el coche, con el motor. Llevaba en la mano el teléfono y, apuntado en un tique, el número de una prima de Naomi que le habían dado los de la cocina.
Fueron tres manzanas. Las anduve con el pulso en las orejas, parándome donde había una reja. Un hombre vestido de obispo me ofreció el brazo y le dije que no. No miré los tejados.
Me abrió un hombre mayor, con corbata.
—Vengo a ver a la señora Guidry. Me espera.
Cerró detrás de mí y corrió un cerrojo, arriba. Lo miré. Me quedaba un palmo por encima de la cabeza.
El zaguán tenía la escalera grande al fondo y, a su lado, un pasillo que seguía hacia la puerta lateral. A la derecha se abría una sala sin puertas, con un arco, planos enmarcados y una mesa larga. Elise estaba de pie junto a la mesa, con el traje de lino y las llaves del coche en la mano.
—Has venido. —Se le fue el aire, como a quien lleva rato sin soltarlo—. Tengo el coche fuera. En veinte minutos estás en una cama.
Me senté en la silla más cercana al arco. Me lo habían mandado, y me lo pedían las piernas. Desde allí veía el cerrojo y el pie de la escalera.
Me cogió la muñeca.
—Estás helada. Y blanca. —Me miró el cuello de la blusa—. ¿Cuándo?
—Esta tarde.
Me soltó. Miró el techo y luego otra vez a mí.
—Entonces ya no está en una cama.
—No he venido a hablar de él. Tampoco a quedarme.
Tardó en contestar.
—En mi casa sigue la cama hecha.
—Sal también tenía una, Elise.
Saqué la hoja del bolsillo de atrás y la desdoblé encima de sus planos. Las cinco columnas. La última la rellené el sábado, al volver de su despacho: copias, agosto, cajón, W. G., los jueves.
—Esto lo tiene la detective desde el veintisiete. La quinta columna, desde el sábado. Se la dicté en tu acera.
—Con eso contaba. Sin mi firma no pasa de…
—No ha hecho falta tu firma. Ha entrado una camioneta de esta casa a la hora que tú me diste. Hay un papel de un juez desde hace un cuarto de hora.
Dejó las llaves del coche en la mesa. No me preguntó cómo lo sabía. Miró mi bolsillo, que abultaba, y lo entendió también.
—¿Cuánto falta?
—Poco. A tu sobrino lo detienen por Sal de todas formas, la orden es del día uno. Lo único que queda por elegir es cómo baja. Sube y dile que baje él delante, con las manos vacías.
—Si subo y le digo que hay policía en la acera, coge a esa mujer y sale por la verja.
—Pues dile otra cosa. Lo criaste tú.
—A mí ya no me escucha, Zoe. La hora te la di yo, a su espalda, para verte entrar por esa puerta. —Tocó la hoja con dos dedos—. Lo he vendido yo, y lo he vendido para nada.
Arriba sonó un golpe. Fue uno solo, seco, como un tacón contra la madera.
El de la corbata levantó la cabeza en el zaguán. Elise también. Yo supe quién andaba por ese piso y por dónde había entrado, y me entró miedo por él, entero, antes de poder pensarlo. El hombre fue hacia la escalera.
—¿Me trae un vaso de agua? —dije.
Se paró. Me miró la cara, que no necesitaba fingir nada.
—Tráeselo, Arthur —dijo Elise, sin dejar de mirarme.
El hombre dudó y se fue por el pasillo.
—¿Quién hay arriba, Zoe?
—Yo he entrado por la puerta.
Se sentó. Desde noviembre no la había visto sin saber qué hacer con las manos.
—Le has dado de comer y lo has traído.
—Ha venido él. Yo he venido a por mi cocinera.
—Lo va a matar.
—Ha prometido delante de mi casa que lo entrega vivo a la policía.
—¿Y tú te lo crees?
—No me ha mentido nunca. Me ha callado cosas.
Abrió la boca y la cerró. Miró la hoja de las columnas, que no tenía nada que ver.
Arriba alguien gritó un nombre. Luego hubo un golpe contra una pared, y después el tiro.
Ya sé cómo suena un tiro dentro de una casa. Me levanté agarrada a la mesa.
—Detective —dije alto, hacia mi bolsillo—. Han disparado. Arriba, en el primer piso.
Elise corrió al pie de la escalera y gritó el nombre de su sobrino. Arthur volvió del fondo con un vaso en la mano y no supo dónde dejarlo. De Saavedra no me llegó nada. Eso fue peor.
Arriba giró una llave. Una puerta dio contra una pared, y otra. Oí a Wade, a gritos.
—¡Atrás! ¡Un paso y la dejo aquí!
Nadie le contestó. Después hubo pasos en la escalera grande, y Elise retrocedió hasta el centro del zaguán.
Naomi venía delante, con una chaqueta de hombre por los hombros, agarrada al pasamanos.
Bajaba por su pie. Pegado a ella venía Wade Guidry, con una mano en su hombro y la pistola contra su espalda.
Bajaba de lado, mirando hacia arriba. Cuatro peldaños por encima venía él, con la mano derecha apretada debajo de las costillas.
Tenía la camisa negra por ese lado. Estaba de pie.
—Naomi —dije. Alto, para ella y para el bolsillo.
Me miró. Tenía los ojos secos.
—Estoy entera, Miss Zoe.
En la puerta de la calle empezaron los golpes. Policía de Nueva Orleans. Por el fondo del pasillo llegaron otros, en la puerta lateral, y una voz que mandaba a alguien al suelo en el paso de carruajes. Wade tiró de Naomi hacia el pasillo.
—No me arrastres —dijo ella—. Ando.
Wade oyó lo del paso de carruajes y se quedó en el último peldaño, con ella delante.
Entonces me vio.
—¿Qué hace esta aquí?
—La he traído yo —dijo Elise.
—Y a ese. —Señaló hacia arriba con la barbilla—. Me dijiste que no se tenía de pie.
—Eso era el sábado.
El cerrojo estaba a cinco pasos de mi silla. Solté el arco. Wade levantó la pistola de la espalda de Naomi y me apuntó, como en mi escalera. Cuatro peldaños más arriba, Saavedra cambió el peso de pie. Me llegó su rabia, toda.
—Quieto —le dije, en español. No miré a quién.
Elise dio dos pasos y se puso entre la pistola y yo, de espaldas a mí.
—A ella no, Wade.
Di los cinco pasos sin correr, porque no podía, y de espaldas a un arma.
El cerrojo estaba alto. Levanté los brazos y se me quedaron sin sangre a medio camino.
Tiré del hierro y no se movió. En la madera, a un palmo de mi cara, seguían los golpes.
Me puse de puntillas, metí los dedos por detrás del pasador y tiré con todo el cuerpo hacia abajo. Corrió.
Entró Arceneaux con cuatro agentes y las pistolas por delante. Yo me quedé detrás de la hoja, con la mano en el hierro.
—¡Suelte el arma! ¡Suéltela a ella! —Y hacia arriba—: ¡El de la escalera, quieto donde está!
Él se paró.
Wade se pegó a Naomi. Tenía cinco armas enfrente, una puerta tomada a un lado y, a su espalda, un hombre al que acababa de meterle un tiro y que no se había caído.
—Nos ha vendido, tía.
—Te he vendido yo. El sábado. Le di la hora a ella. —Elise no levantó la voz—. Suelta eso. A tu madre la encontré en un cuarto, sola, con la puerta cerrada por fuera. No voy a recogerte a ti en una escalera. Déjalo en el suelo, y el jueves voy a verte.
—¿Adónde?
—Adonde te lleven.
Wade la miró. Tenía mi edad y, en ese peldaño, cara de niño grande. Abrió primero la mano del hombro.
Naomi no corrió. Bajó el último peldaño, cruzó el zaguán entre las pistolas, pasó a mi lado sin pararse y salió por la puerta que yo sujetaba. Bajó la escalinata sola.
Wade se agachó y dejó la pistola en la madera.
Un agente dio un paso. Saavedra fue más rápido. Bajó los cuatro peldaños, le puso a Wade la mano izquierda en la nuca y lo llevó hasta las baldosas, de rodillas, delante de la detective. No apretó. Le temblaba el antebrazo de no apretar.
—¡He dicho quieto!
—Detective. —Hablaba corto, con el costado encogido—. El hombre que mató al señor Mancuso. Vivo.
Retiró la mano y la dejó abierta, a la vista. Un agente le puso las esposas a Wade. Arceneaux no enfundó.
—¿Por dónde ha entrado usted?
—Por la azotea. Después de la titular.
—Yo no lo quería dentro antes que yo.
—Lo sabía.
—¿Qué hay arriba?
—Dos hombres. Respiran los dos. Uno está atado.
Mandó subir a dos agentes. Esperó sin quitarle los ojos de encima. Desde arriba gritaron que dos varones, uno atado con un cordón y otro con una brecha en la ceja, conscientes.
—Me ha hecho entrar con cuatro y sin el equipo —le dijo—.
Si ese chico llega a disparar otra vez, la muerta es mía.
Lo pongo en el atestado como lo que es, un particular dentro de una casa con una orden que no era suya.
El jueves, cuando se vaya el sol, lo quiero en Royal Street, declarando.
La camisa me la trae. ¿Dónde está el plomo?
—Creo que sigue dentro.
—Que lo vea el sanitario. No se vaya sin decirme adónde.
A Wade le leyeron sus derechos en el zaguán. Lo sacaron por delante de mí, y se paró.
—Tú eras la del pasamanos.
—Y tú el de la pistola. Se llamaba Sal Mancuso. Tenía una hija y una tortuga.
El agente lo empujó. Elise lo vio salir sin moverse. Cuando se cerró la puerta del coche patrulla se sentó en mi silla, con el bolso apretado contra el estómago.
La pistola se fue en una bolsa de papel. Del paso de carruajes trajeron a otro hombre, con un brazo escayolado. Ese brazo se lo partió un paraguas en mi patio. De arriba bajaron a dos. Arthur seguía con el vaso.
—Ya puede colgar —me dijo Arceneaux.
Saqué el teléfono. Llevaba cuarenta y un minutos de llamada. Colgué.
—Ha abierto usted esa puerta con un arma detrás. No se lo agradezco, porque no quiero que lo repita.
Se volvió hacia Elise.
—Su documentación, señora Guidry.
Elise se levantó y se la dio. No le temblaba la mano.
—Esta noche no me la llevo. Tengo a su sobrino, tengo a una clienta suya que habla y tengo un cajón pedido a un juez. Con usted empiezo mañana a las nueve, en Royal Street. No salga de la parroquia.
—A las nueve, con mi abogado. El cajón se lo abro yo. Las copias están todas menos una, y esa ya la tiene usted. Se quedó puesta en una cerradura.
—Eso me ahorra un papel. A usted no le ahorra nada.
Recogí mi hoja de entre los planos y me la guardé. Salí agarrada al marco y me senté en la escalinata, porque las piernas ya no eran mías.
Naomi estaba en la acera, de pie, junto a una ambulancia. Le habían puesto una manta, y la había doblado y dejado en el estribo. No tenía marcas en las muñecas. Tenía la cara de cuatro noches sin dormir. Arceneaux habló por la radio y la valla de arriba dejó pasar el coche de Dani.
Él salió a la escalinata y se quedó tres peldaños por encima de nosotras. Un sanitario le miró el costado y miró a la detective, como el de mi zaguán.
—Esto hay que verlo en urgencias —dijo.
Él me miró a mí.
—En cuanto salga ella —dije.
Arceneaux mandó a uno de los agentes con la ambulancia. La camisa y lo que llevara dentro seguían siendo de aquella noche.
Naomi le vio el agujero.
—Me ha sacado usted de dos sitios —dijo—. A Ben lo sacó de uno. No se lo perdono, señor Saavedra. Ni con un tiro.
Él no contestó. Bajó la cabeza, una vez.
—A usted le debo una puerta, Miss Zoe. A él no le debo nada.
—A mí no me debes nada. Te debo yo una semana. La tengo en el mostrador.
—Mándemela con mis primos.
Dani había bajado del coche.
—He llamado a tu prima Odette desde la valla. Tiene la luz encendida. Y tu hermana sale de Houston a las cinco.
—Llévame con Odette.
Arceneaux le dijo que la declaración sería al día siguiente, con quien ella quisiera al lado. Naomi contestó que mañana. Se sentó delante, junto a Dani. Llevaba la siete por fuera, encima del vestido, y se la metió por dentro del cuello. No me la devolvió, y no se la pedí.
El coche dobló la esquina. Él seguía de pie, con la mano en el costado.
—Has salido con ella —le dije.
—Ha salido ella. Yo iba detrás.
El coche patrulla tenía la radio abierta. A las doce una voz dijo que empezaba el barrido de Bourbon Street, con los caballos bajando desde Canal. Un agente dijo que se acabó el Carnaval.
A esa hora tres casas se sentaban en algún sitio a oír a una testigo, y la testigo iba por Claiborne en el coche de mi encargada. Llamé a Kip.
—No ha venido nadie —dijo—. No ha salido nadie. La señora Villavaso ha bajado a preguntar la hora.
Lo de mi patio lo habían visto seis. Cinco no habían salido de casa, y la sexta conducía el coche de Naomi. Desde las doce esa casa ya no tenía tregua. Reconocimiento no tenía desde enero.
Elise salió la última, con el abrigo al brazo y un agente detrás. Se paró delante de mí. No me tocó.
—Mañana te llevo una cosa a tu hotel.
—No quiero nada tuyo.
—No es mía. —Miró hacia la escalinata, donde él seguía de pie. No le dijo nada—. Tenía que habértela dado el sábado.
Se fue hacia su coche. De él me llegó miedo, corto, y pensé que era por la herida.