Capítulo 33. Los tejados
Los tejados
Saavedra
La encargada tardó cuarenta y cinco minutos en sacarnos del Barrio. A pie son diez.
El Martes de Carnaval la policía cierra con vallas todas las bocacalles.
Solo dejaban salir por Rampart, en fila, al paso de la gente que cruzaba entre los coches con un vaso en cada mano.
Yo iba detrás, con las rodillas contra el asiento.
Zoe iba delante, con la sien en el cristal y un zumo que Dani le había puesto entre los dedos.
Había comido de ella hora y media antes.
Oía el coche entero, la correa, el intermitente, y su pulso, que iba más deprisa de lo que debía ir sentada.
La valla siguiente estaba en Esplanade, tres manzanas por encima de la casa, hacia el lago.
De allí para abajo solo pasaban los coches con un pase de vecino en el cristal.
Un agente con chaleco le hizo a Dani la seña de dar la vuelta.
Dani arrimó el coche al bordillo, a dos metros de la valla, y no apagó el motor.
Eran las ocho y cuarto.
—Si a las diez no ha entrado ningún coche en esa casa, yo no llamo —dijo Zoe, sin abrir los ojos—. Y si yo no llamo, tú no entras.
—Lo prometí delante de seis.
—Por eso te lo recuerdo delante de una.
Dani miraba por el retrovisor. No dijo nada. Yo tenía la mano en la manilla.
—A las diez y media —dije.
—Ni un minuto antes. —Abrió los ojos y me miró por encima del asiento—. Eso es de la detective. Lo mío es que salgas de allí con ella.
Seguía con el nudo del pañuelo torcido, como lo sacó del hotel. Tuve la mano a un palmo. No se lo arreglé, y bajé.
Un hombre con traje gris, en esa avenida y esa noche, es un disfraz más. Me echaron al cuello dos collares de cuentas antes de la primera esquina y los llevé puestos, porque quitármelos habría llamado la atención.
Yo tenía fuerza desde las seis y diez. De la casa sabía lo de fuera: una dirección, una fachada, una puerta lateral con un farol y dos azoteas que se tocan. Qué había dentro esa noche lo sabía una abogada, y se lo había contado a Zoe por la mitad.
La pensión de enfrente no me sirvió. Tenía los dos balcones llenos de gente que tiraba cuentas a la acera, y el canalón sube entre ellos, a la vista de cuarenta personas.
Debajo del roble donde yo había pasado cuatro anocheceres había dos hombres con vasos llenos que no bajaban.
No bebían ni miraban a las muchachas. Miraban la puerta lateral.
Eran los de la detective, y estaban en mi sitio.
No pasé por delante. Esa mujer no me quería dentro antes que ella, y no iba a dejar que dos de los suyos me viesen llegar.
Di la vuelta a la manzana.
La casa vecina es de una familia que el Martes de Carnaval recibe en la galería de delante.
Por detrás tiene un patio con tapia de tablas y una dependencia de dos plantas pegada a la casa grande, como todas las de esa avenida.
En los escalones de atrás había una pareja fumando.
Esperé once minutos contra la tapia, que es lo que tardaron en acabarse el cigarro y en discutir si se iban.
Entraron. Colgué los collares de un clavo de la tapia.
Pasé las tablas, subí al tejado de la dependencia por la reja de una ventana y de allí a la cornisa por una bajante de hierro.
Hace dos martes no pude con un canalón. La bajante la subí con los dos brazos, y el izquierdo tiró de mí como si nunca le hubieran metido un machete. Me lo había devuelto ella esa tarde, contando en voz alta.
La azotea era de grava, con dos chimeneas, un depósito y un pretil hacia la avenida.
La de la Fundación empieza donde acaba esa.
La medianera no levanta pretil entre las dos: asoma una hilada de ladrillo, de un palmo, y lo que hay al otro lado ya es casa de ellos.
Se veían un lucernario y una caseta de escalera con una puerta de tablas.
No pasé la hilada. Una azotea es parte de una casa, y yo había prometido no entrar en esa.
Me agaché en la esquina de delante, entre el pretil y una chimenea.
Por el hueco se veían la avenida, la boca de la verja y, de lado, la escalinata.
Eran las nueve y veinte. Debajo de mí la fiesta tenía una banda de cinco metales, y con eso encima no se oía la casa de al lado.
En el segundo piso había una ventana encendida hacia la avenida.
A las nueve y media se levantó la trampilla de la azotea donde yo estaba.
Subieron dos de la fiesta, un muchacho con una botella y una chica con una corona de plumas, a ver la avenida desde arriba.
Venían derechos a mi pretil. Tenía dos sitios donde meterme.
Uno era el otro lado de la hilada, detrás de la caseta. El otro era el borde de atrás.
Me descolgué por el borde de atrás. La cornisa es de madera pintada, y tuve que buscar con los dedos dónde no estaba podrida.
Me quedé con los pies en el aire encima del patio, tres plantas, y el peso entero en las dos manos.
Él le explicaba a ella cuál era su colegio.
Ella se reía por educación. A los ocho minutos empezó a quemarme el hombro izquierdo, por dentro, en la raya del tajo.
Aguantó. Fueron catorce. El lunes no sostuve mi peso en un pasamanos.
Desde allí vi la trasera de la Fundación. En el primer piso, la última ventana tenía tablas por dentro y estaba a oscuras.
Cuando bajaron volví a mi esquina.
A las diez menos diez se abrió la puerta de la caseta. Salió un hombre con gorra y un teléfono en la mano. Cojeaba de la pierna derecha. Fue hasta su pretil sin mirar hacia mi lado y se quedó vigilando la avenida en dirección al lago. Lo tenía a nueve pasos, con la chimenea entre los dos.
A las diez menos tres aparecieron unos faros.
Era una camioneta oscura, con la caja cerrada.
No era la furgoneta blanca. El hombre dijo una palabra al teléfono.
La verja de carruajes se abrió desde dentro, de modo que abajo había otro.
La camioneta entró y la verja se cerró. Debajo del roble, uno de los dos de la detective se llevó el vaso a la boca y habló detrás del vaso.
El paso de carruajes queda al otro lado de la casa, y desde una azotea no se ve.
Pero la caseta seguía abierta, y por una escalera abierta sube lo que pasa en un zaguán.
Una puerta. Tres pares de pies en la madera.
Dos pisaban con todo el peso. El tercero pisaba corto, tanteando, como sube alguien a quien le han tapado la cara.
—No me toques. Subo sola.
Uno de los dos se rio.
Esa voz ha dicho en mi casa durante once años a qué hora se cena.
Conté dieciséis peldaños y un rellano. Después un pasillo, una puerta y una llave. Era un piso, no dos.
Con el del teléfono y el que abrió la verja eran cuatro hombres, y una corbata en la puerta. Dos semanas antes, cuatro me habían puesto de rodillas en mi fuente.
El de la gorra volvió a la caseta y tiró de la puerta al entrar. No echó el cerrojo. Pensaba subir otra vez antes de las once y media.
Fui al borde de atrás y me asomé. La última ventana del primer piso tenía ahora luz entre las tablas. En la de al lado, con un estor, cruzó dos veces la sombra de un hombre ancho.
Ya sabía qué cuarto era. Tenía a esa mujer dos pisos más abajo, una puerta sin cerrojo a seis pasos y media hora por delante.
A Zoe le prometí no entrar antes que ella.
A la detective no le prometí nada. La mañana de Sal me advirtió lo que haría si yo iba por mi cuenta, y eso es una orden suya, no una palabra mía.
Pensaba cumplir la primera y desobedecer la segunda, y lo sabía desde el patio.
Lo que no sabía era si Zoe iba a venir. Si la detective la retenía en la valla, ella no llamaba, y yo me quedaba en una azotea ajena con mi promesa, mientras el hombre de la pistola pasaba la noche pared con pared con la cocinera.
Estuve quieto. No lo cuento como mérito. En enero habría pasado esa hilada a las diez y un minuto, y lo habría llamado prudencia.
La vi a las diez y veintisiete.
Venía por la acera de la casa, debajo de los robles. Entre toda aquella gente era la única que no llevaba nada en las manos. A media manzana se paró y apoyó una mano en una reja. Un hombre vestido de obispo le ofreció el brazo. Ella dijo que no con la cabeza y siguió.
Debajo de la luz de la entrada estaba blanca. Ese color se lo había puesto yo.
Subió la escalinata con la mano en la barandilla, y en el cuarto peldaño se paró. Arriba, llamó. Tardaron en abrir. Asomó una manga oscura, y ella dijo algo corto. Entró, y la puerta se cerró.
Conté diez, para que nadie pudiera decir que habíamos entrado a la vez. Pasé la hilada.
La caseta da a una escalera estrecha, de catorce peldaños, que baja al segundo piso.
Olía a tabaco y a comida de bolsa. Con el tejado encima, la banda de al lado se quedaba en los graves, y por el hueco de la escalera grande subía la planta baja.
Dos mujeres hablaban sin levantar la voz. Una era ella. Las palabras no llegaban.
Había un pasillo, un cuarto con dos camas deshechas y, al fondo, la habitación de la ventana encendida.
El hombre de la gorra estaba sentado en el alféizar, de espaldas a la puerta, mirando la avenida. Del respaldo de una silla colgaba una funda de lona con un machete dentro. Conocí el mango.
Crucé el cuarto en lo que él tardó en volver la cabeza. Le tapé la boca con una mano y le cerré el cuello con el otro brazo. Lo levanté del alféizar, para que no tuviera dónde dar con los pies.
Tenía en ese brazo la fuerza de acabar sin apretar más, y en el hombro, un tajo que ese hombre me dio cuando yo no podía levantar la mano.
Lo pesé. Un muerto en esa casa iba al expediente de la detective.
Iba también a la cuenta de Zoe, que estaba sentada dos pisos más abajo, invitada, con un teléfono abierto.
Apreté hasta que le colgaron las manos y aflojé. Respiraba.
Lo tumbé y arranqué el cordón de la cortina. Le había atado una muñeca cuando volvió en sí. Pataleó, y un tacón dio en el zócalo. Fue un golpe solo. Le puse una rodilla en la espalda y la mano en la boca.
Entonces me llegó ella.
Era miedo, entero, sin nada debajo. Me llega así desde enero: lo que siente, y nunca por qué ni desde dónde.
Podía ser por ella, con un hombre delante.
Podía ser por la mujer del primer piso. Y había una tercera razón, que fue la que me dejó con el cordón quieto.
Que la abogada hubiera abierto un cajón y le hubiese puesto encima de la mesa una hoja con mi letra.
No tenía con qué distinguirlas. Si era lo primero, me tocaba bajar dos pisos y dejar a ese hombre a medio atar. Si era cualquiera de las otras, no. Ella me había dicho por dónde entraba cada uno.
Mientras dudaba la oí, abajo, más alto que antes. Pedía un vaso de agua. No era la voz de alguien a quien le están haciendo daño. Tampoco era la de una mujer que acaba de leer mi letra, pero de eso no podía estar seguro.
Acabé el nudo. Le até los tobillos y le metí la gorra en la boca. Me costó dos minutos que no tenía.
En la escalera pisé junto a la pared, donde los peldaños no suenan.
El pasillo del primer piso tiene cuatro puertas y una lámpara en el techo. Al fondo, delante de la última, la de las tablas, había un hombre sentado en una silla de cocina, con un bate de aluminio entre las rodillas. En el suelo, una bandeja con un plato sin tocar. La llave estaba puesta por fuera.
Detrás de esa puerta no se oía nada. Una mujer sentada no hace ruido.
El hombre me vio al tercer paso. Se levantó, gritó un nombre y alzó el bate.
Le cogí el bate en el aire con la izquierda y se lo saqué de las manos. Con la derecha lo agarré por la cara y lo llevé contra la pared. Una vez. La mano pedía la segunda, que es la que rompe. No se la di. Resbaló hasta el suelo con una ceja abierta, respirando por la boca.
A mi espalda se abrió una puerta.
Volví la cabeza. Era la tercera del pasillo, la que queda pared con pared con la última, y el hombre había salido entre la escalera y yo.
Tendría treinta y tantos años. Era ancho, rapado, con la cara redonda y unas cejas que no se le ven ni con la lámpara encima.
Esa cara la tuve una vez debajo del farol de la puerta lateral, con tres bolsas de cena en el brazo.
El nombre me lo dieron Zoe y una detective.
Sostenía una pistola con las dos manos. Si era la del zaguán, no puedo decirlo. Aquella la oí.
—A ti no te tenían ni de pie —dijo.
Disparó cuando acababa de volverme.
Me entró por debajo de las costillas, a la derecha. No oí ningún golpe en el marco. Me dobló. Puse la mano en la pared para enderezarme. La camisa se me pegó al costado, y un frío me subió hacia el brazo. El hombro izquierdo no se abrió.
Él esperaba verme en el suelo. Me miró el agujero, y luego la cara. Al ver que no caía dio un paso atrás, y otro, de cara, con el arma alta, como se retiró de mi callejón y de mi patio. Entró en su cuarto y cerró. Oí un pestillo.
A cuatro pasos tenía al hombre que mató a mi conserje, detrás de una hoja de pino que yo podía sacar del marco con una mano. A un paso tenía una llave puesta por fuera.
La noche del incendio tuve a tres hombres a cuarenta pasos y a esta mujer gritando dentro de una cocina. Los dejé correr. Uno de los tres se retiraba de cara.
Había prometido entregarlo vivo. Para sacarla a ella no prometí nada: pedí.
Giré la llave y empujé.
Era un cuarto con una lámpara en el suelo y la ventana tapada con tablas. La cama estaba contra la pared de la izquierda. A los pies de la cama, en esa misma pared, había otra puerta, la que comunica con el cuarto de al lado.
Naomi estaba sentada en el borde de la cama, con las manos en las rodillas y una chaqueta de hombre por los hombros. Llevaba la llave siete por encima del vestido. Me miró la cara. Luego la camisa, que empezaba a oscurecerse por el costado. Luego las manos.
Detrás de la otra puerta corrió un pestillo.
—La puerta está abierta —dije.
No se movió.