Capítulo 32. De rodillas
De rodillas
Zoe
A las cinco me comí un plato de arroz de pie, en la cocina, delante de los primos de Naomi.
No había decidido nada. Comí por si acaso, y me dio rabia el por si acaso. La noche de Kip le dije a Saavedra que había cenado antes de quitarme el pañuelo.
—Recoged —les dije—. Hoy no hay cenas ni bar.
A las cinco y media se fueron por el callejón.
Puse un cartel en el portón, por fuera, debajo del de Adelaide.
Era Martes de Carnaval. Tenía dieciséis huéspedes y ninguno estaba dentro: a esa hora andaban todos por Bourbon con collares hasta las rodillas.
Subí a la segunda y llamé a las ocho puertas para estar segura.
Después eché las dos vueltas del portón.
El que volviera antes de tiempo tendría que tocar el timbre y esperar.
Arceneaux me había llamado a mediodía. El número desde el que hablaron con Elise era un prepago, apagado desde el sábado, y la antena cubría medio Gentilly.
Elise lo había negado todo con un compañero sentado al lado.
El plan seguía sin gustarle. Si tuviera otra manera de saber que esa mujer estaba dentro, me dijo, yo me quedaba en mi hotel.
No la tenía. El coche entra por la verja de carruajes, y desde la avenida no se ve quién baja.
Pararlo en la calle tampoco: una mujer dentro, un hombre armado y una avenida llena de gente con vasos.
La quería dentro de una casa con una puerta que vigilar.
Había solicitado otra orden y esperaba corroborar el traslado con la vigilancia.
Yo llevaría el teléfono abierto, para avisar si veía a Naomi o si algo se torcía.
El sol se fue a las seis menos veinte. A las seis estaban en el patio.
Dani había bajado conmigo.
—¿Tú sabes lo que va a hacer?
—Sé lo que me dijo anoche en una escalera.
—¿Y tú?
—Yo he comido arroz a las cinco.
Me miró el pañuelo y no preguntó más.
Los conté. Abernathy, junto a la fuente, de traje, con el paraguas.
Ruth Villavaso, sentada en una silla del bar que había movido ella sola hasta donde se viera bien, con la rebeca y los labios pintados.
Kip, de pie, con la trompeta a medio arreglar debajo del brazo.
Los tres del fondo, juntos contra la pared del taller, con dos baúles atados con correas a los pies.
Dani, a mi lado. Le había dicho que podía irse.
—Si va a pasar algo en esta casa, lo veo —me contestó—. Luego no quiero que me lo cuenten.
Ocho, conmigo.
Él salió por la puerta de la cocina.
Venía solo. Traje gris, sin corbata, la camisa abrochada, y cal en un hombro de la chaqueta.
La escalera la había bajado contra la pared.
Entre esa puerta y la fuente hay veintidós pasos.
Los he hecho mil veces con una bandeja. Los hizo en el tiempo en que yo habría ido y vuelto dos veces, sin apoyarse, porque en mitad de un patio no hay dónde.
A los diez pasos se paró, con los pies juntos, y creí que se caía.
Kip dio medio paso. Abernathy se quedó donde estaba. Él siguió.
Llegó delante de mí y estuvo de pie lo que tardó en mirar a cada uno. A Ruth también.
Después se arrodilló. Primero una rodilla y luego la otra, en las losas, con las manos abiertas sobre los muslos. No se cayó. Bajó.
Ruth cruzó las manos encima de la rebeca.
—Quebranté la palabra de la titular —dijo.
Tenía la voz más baja que le he oído, y se le entendía todo—.
Ella prometió techo y llave a Benoît Hébert.
Yo lo entregué, sin decírselo, con la fuerza que ella me había dado unas horas antes.
Esta casa lo sabe desde el día quince, porque ella bajó a decirlo por mí. Hoy lo digo yo.
Nadie hizo un ruido. Por la calle pasaba una banda.
—A la mujer de ese hombre se la han llevado. Esta noche, a las doce, la sientan delante de las tres casas. Quiero ir a buscarla y, como estoy, no llego a la esquina. —Levantó la cara hacia mí—. Señorita Marrero.
Abrió la boca y no salió nada. Le vi tragar.
—Le pido su sangre. No la he pedido nunca, a nadie, y no sé hacerlo mejor. La necesito para ir a por Naomi Duplessis. No tengo con qué pagársela, y usted no me debe nada. Puede decirme que no.
Entonces me llegó algo suyo. Yo esperaba vergüenza, la del día de la fuente, cuando quitó la mano del borde porque lo miraba.
Era miedo. Grande y quieto, como el que me llegó en su butaca la noche del fuego.
No sé de qué. Tenía a siete mirándolo de rodillas y una medianoche encima, y miedo podía darle cualquiera de las dos cosas. Me miraba a mí.
Era lo que yo quería oír desde la noche de las uvas.
La noche del fuego no esperé a que lo pidiera.
Se lo exigí yo, con el cuello al aire. Después lo esperé quince días, viendo cómo se quedaba sin manos.
Ahora lo tenía de rodillas, pidiéndolo con mi apellido delante de siete personas, y no lo pedía para él.
Eso se lo enseñé yo, en un archivo. Para que actúes.
Tardé en contestar.
Abernathy fue el primero en moverse. Pasó por delante de mí sin mirarme el cuello y cruzó el arco del zaguán. Lo que hizo allí lo oyó todo el patio: la llave tres en su gancho. El que sale se la lleva. Él la colgó.
Volvió a asomarse al arco, con el paraguas colgado del brazo.
—Señor. Lo que no he visto no puedo contarlo. —Lo dijo en el tono de las cuentas—. Es la última cuenta que le llevo. Señorita.
Le di a Dani la llave del portón, la de la etiqueta de cartón. Fue a abrirle, echó las dos vueltas detrás de él y se quedó en el arco.
Saavedra no volvió la cabeza. Vi que le costaba.
Ruth escupió en las losas. Lo hizo con cuidado, sin mancharse el labio. Quedó a un palmo de la rodilla de él, y él no la apartó.
—Sesenta y ocho años de bolsas, y el señor comía en casa.
La mujer de la 11 se llevó la mano a la boca. El de la 16 se sentó en su baúl.
—¿Y a medianoche quién responde por nosotros? —dijo el de la 15. Me lo preguntaba a mí.
—Yo —dije, por encima de la cabeza de Saavedra—. Esta casa tiene titular. El que quiera irse tiene el gancho ahí. El que se quede tiene esta noche una puerta con barra, una campana y a Kip en el mostrador. Yo voy a estar donde esté mi cocinera.
—Yo me quedo —dijo Kip, sin que nadie se lo preguntase.
La de la 11 lloraba. No supe por quién.
Miré a Saavedra. Tenía las rodillas en la piedra y la vista levantada, y no me apremiaba. El miedo seguía ahí.
Podía decir que no. Lo pensé de verdad, con él delante. Con mi cuello no volvían Ben ni Sal, y sin él tampoco. Ya dije que no una vez, un domingo, y a las tres y veinte sonó una campana. No sé qué habría pasado aquella noche si digo que sí. Esta vez podía saberlo.
Y tenía ganas. Le miré la boca. Llevaba quince días queriéndola. No lo había perdonado. Arriba, en un neceser, guardaba cuatro hojas con un apellido, y él no lo sabía. Tenía ganas igual.
—Antes me prometes dos cosas —dije—. Delante de ellos.
—Diga.
—Esta noche se hace como lo tengo hablado con la policía. Yo entro por la puerta, y tú no entras antes que yo. Y al que disparó a Sal lo quiere vivo la detective. No voy a darte de comer para recoger luego un muerto de una acera.
—Lo entrego vivo.
—Dilo entero.
—Esta noche no entro en esa casa antes que usted. Al hombre que mató al señor Mancuso se lo entrego vivo a la policía.
Ruth chascó la lengua.
—Lo que vais a ver lo podéis contar donde queráis —dije, para todos—. No os pido que calléis. No tengo derecho.
—No pensaba pedirle permiso, niña —dijo Ruth.
Me senté en el borde de la fuente, porque, conmigo de pie, él de rodillas no me llegaba al cuello. La piedra estaba fría. Me deshice el nudo delante de ellos y doblé el pañuelo sobre la rodilla. Se vieron los dos pares de puntos. Oí a la de la 11 coger aire.
Él vino de rodillas el paso que faltaba. Las manos las puso en la piedra, una a cada lado de mí, sin tocarme.
Me incliné hasta su oído y se lo dije en español, para él solo.
—Lo hago porque quiero. Y sigo sin perdonarte.
—Lo sé —dijo, igual de bajo—. Las dos cosas.
Me enderecé.
—Cuento yo. Hasta treinta y tres. Cuando calle, sueltas.
—Cuando calle, suelto.
Mordió en los puntos de enero.
Conté en voz alta, para seis personas. Tenía su pelo debajo de la barbilla y todo su peso en la piedra, ni un gramo encima de mí.
El calor llegó donde llega siempre. Yo sabía que se me iba a romper la voz hacia el quince, porque se me rompe, y que esta vez la iba a oír Ruth Villavaso desde su silla.
Se me rompió en el catorce. Seguí. Tuve ganas de cerrar los ojos y no los cerré.
Miré por encima de su cabeza a Dani, que seguía en el arco y no apartó la vista, y a Kip, que sí.
Me gustó. Me gustó delante de Ruth Villavaso, y no pude hacer nada para que no se me viera.
En el dieciocho sonó el timbre del portón. Dos veces. Alguien de la segunda volvía antes de tiempo. Nadie se movió. Perdí la cuenta medio segundo y la recogí en el diecinueve. Él no se había apartado ni un dedo.
En el veinte le noté el hombro. Tenía mi mano encima, no sé desde cuándo, y debajo de la tela la carne se le iba cerrando, de dentro afuera.
En el veinticinco dejó de pesar sobre las manos.
Hacia el treinta yo tenía frío en los pies, un zumbido en los oídos y ganas de no decir el último.
No les hice caso. Me miraban seis, y el número lo había puesto yo.
—Treinta y tres.
Soltó.
Me apretó el pañuelo contra el cuello con dos dedos, hasta que yo puse los míos. Luego apartó la mano.
—Has soltado en el treinta y tres —dije. Me salió sin aire—. Van cuatro.
—Gracias.
—Ya sabes para quién es.
Se levantó. Subió de las rodillas a los pies de una vez, sin apoyar una mano, y de pie era otra vez el hombre que paró una barra en mi portón.
Se le había ido el gris de la cara. Levantó el brazo izquierdo por encima de la cabeza, despacio, lo miró y lo bajó.
Después volvió la cara hacia la calle, y me pareció que oía otra vez la banda instrumento por instrumento.
Tuve que mirarle las manos para no mirarle la boca.
Los tres del fondo se echaron hacia la pared. Hacía una semana que no le tenían miedo.
—Señora Villavaso —dijo él.
—A mí no me dé las buenas noches. —Ruth se levantó de la silla y se alisó la rebeca—. Yo escribo todas las semanas, señor. Esta todavía no he escrito.
Subió la escalera sin agarrarse.
La de la 11 dijo que su coche era para el miércoles y que ya vería.
—¿Y la ronda? —le preguntó el de la 15 a él. Era la primera vez en muchos días que alguien de esa galería le preguntaba algo.
—Esta noche, antes de salir. Desde mañana, lo que disponga la titular.
El de la 15 me miró a mí. Cogió su baúl por el asa y lo subió otra vez, con la llave en el bolsillo. El de la 16 siguió sentado en el suyo.
El timbre volvió a sonar. Dani fue a abrir. Era una pareja de la 23, con la cara pintada, y cruzó el zaguán hacia la escalera sin mirar al patio.
Intenté ponerme de pie y el patio se me fue hacia un lado. Él me cogió por el codo, con la izquierda. Dejé que me sostuviera lo que tardó Dani en traer una silla, y me solté.
—Zumo —dijo Dani—. Y pan. No me discutas.
Bebí. Tenía las manos heladas y el corazón deprisa, como al subir la tercera corriendo. Me tenía en pie. Correr, esa noche, no iba a correr.
—Los cierres —le dije a él—. Antes de irnos. Esta noche la casa se queda sin nosotros.
Fue a la cocina. La puerta estaba abierta, y desde mi silla se veía, al fondo, la de chapa. Cogió la barra con la izquierda, por un extremo, y la dejó caer en sus herrajes de un golpe. Kip, que la había puesto seis noches, miró al suelo.
—Kip —dije—. El mostrador es tuyo hasta que yo vuelva. La campana está engrasada. Si entra quien no debe, tiras. No salgas tú solo a nada.
—¿Y la llave de Sal?
—Viene conmigo.
Se sentó en la silla de Sal, con la trompeta en las rodillas, y miró la cuerda de la campana como se mira un instrumento que no es el de uno.
Llamé a Arceneaux.
—Sigue en pie.
—Mis dos de la avenida no han visto entrar más que al administrador. Si a las diez no ha llegado un coche a esa casa, usted no llama a ninguna puerta. ¿Cómo está su residente?
—De pie.
—No lo quiero dentro antes que yo.
—A mí me ha prometido que no entra antes que yo. Lo de usted, dígaselo usted.
—Se lo dije el día de su conserje. A las diez y media, señorita Marrero. Ni un minuto antes.
Subí a la 31 agarrada al pasamanos, parándome en cada rellano con el pulso en las orejas. Dani subió detrás. Me quitó los zapatos sin preguntar, me puso el despertador del móvil a las siete y cuarto y cerró al salir.
Me tumbé vestida, encima de la colcha. No dormí.
Lo oí a él. Hacía las plantas, de abajo arriba, por primera vez en una semana: la galería de la primera, la segunda, mi pasillo.
Los pasos se pararon delante de mi puerta.
No probó el pestillo ni llamó. La noche del inventario pasó por ese pasillo y no había nadie detrás de la puerta.
Ahora estaba yo, con el cuello caliente y las manos frías, a cuatro metros de un hombre que acababa de comer de mí delante de la casa.
Quise que llamase. Si llamaba, abría, y si abría no llegaba a Esplanade. Me quedé donde estaba y conté. Un minuto y medio.
Siguió hacia la azotea. Oí la trampilla, y luego hierro contra hierro.
A las siete y cuarto me comí de pie el pan que quedaba. Me cambié la blusa por una limpia, cerrada hasta arriba, y me hice el nudo dos veces, porque la primera me temblaban los dedos. En el bolsillo de atrás metí una copia de la hoja de las cinco columnas. El neceser lo dejé donde estaba.
Abajo, Dani tenía las llaves del coche en la mano.
—Os llevo hasta donde me dejen las vallas. Luego espero con el motor en marcha y las puertas sin seguro.
Él estaba al pie de la escalera.
—La cadena de la trampilla tenía un eslabón que nunca cerró bien. Lo he cerrado. Lo demás está.
Tenía los dedos manchados de óxido, y color en la boca. Se quedó a dos pasos de mí. Esa distancia se la puse yo en un archivo. Me miró el nudo, que estaba torcido, y no se ofreció a arreglarlo.
—Yo entro por la puerta —le dije, en español y bajo—. Me han invitado. Tú verás por dónde entras.