Capítulo 31. Aquí no
Aquí no
Saavedra
Tardé cuarenta minutos en vestirme, y los conté por los relojes que todavía andaban.
El domingo no pude darles cuerda, y de los cinco de arriba se habían parado dos.
La camisa me la abroché sentado y con la mano derecha, porque la izquierda ya no cerraba sobre un botón, y el hombro había vuelto a abrirse entero, como la primera noche.
Me puse el traje gris y metí las dos llaves, la mía y la de la ronda, en el bolsillo derecho, del lado de la única mano que cerraba.
No cogí nada con que defenderme. En esas manos no me habría servido.
Era Lunes de Carnaval. Por el postigo del pasillo, por encima del patio, entraba la calle entera, tambores y gente, y yo no separaba un sonido de otro.
Zoe había bajado al anochecer a decirme lo que tenía acordado con la detective.
El martes, a las diez y media, llamaría a la puerta de Esplanade y preguntaría por su abogada.
Llevaría el teléfono con la línea abierta en el bolsillo, y cuando viera a Naomi diría su nombre en voz alta, para que la policía entrase con una segunda orden.
—No —le dije.
—No te lo estoy consultando. Te lo cuento para que sepas dónde voy a estar.
—En esa casa hay un hombre que ya ha disparado en esta.
—Y una mujer a la que le debo un techo. —Me miró las manos, que yo tenía en el marco de la puerta—. ¿Tienes otra manera?
No la tenía en aquel momento. La tuve una hora después, y era mala.
Si el martes a las diez llevaban a Naomi a Esplanade, razoné, el lunes la tenían en otro sitio, y los hombres que la guardaban no estaban guardando esa casa.
La policía la registró el viernes y, según le dijo la detective a Zoe, no encontró más que a un administrador y dos camas deshechas.
Conozco el tejado de la pensión de enfrente, y desde él se ve que la azotea de la Fundación toca con la de la casa vecina por una medianera sin pretil.
Yo no podía pelear, pero podía esperar. Pensé entrar el lunes por arriba y pasar un día entero quieto donde hubiera un cuarto sin ventana, hasta que llegasen con ella, de modo que Zoe no tuviera que cruzar esa puerta.
Había otra razón, y la dejé para el final. En esa casa la esperaba una abogada que guarda una hoja con mi letra.
El sábado le pregunté si esa mujer le había dicho por qué la escogió, y me contestó que porque sabe llevar un hotel.
Lo dijo sin apartar los ojos. Me llegó de ella una inquietud apretada, y la tomé por miedo a esa casa.
Esa manera de contestar la conozco, porque es la mía, de modo que no sé si me dio la verdad entera o la parte que le convenía, y no tengo con qué preguntárselo sin enseñarle lo que yo callo.
En cómo iba a subir a una azotea un hombre que tarda cuarenta minutos en ponerse una camisa no pensé. Lo dejé para cuando estuviera delante.
Salí al pasillo a las nueve y media. Los primos de la cocinera recogen a las nueve.
A las diez salen los cubos y a las diez y cuarto cae la barra, y hasta entonces la puerta de chapa no tiene más cierre que una cerradura que abre la de la ronda.
Por el portón no podía salir, porque en el mostrador está la encargada hasta las diez, y después ella.
La escalera de servicio tiene una vuelta a media altura.
La he contado siempre como un tramo. Esa noche fueron dos.
El primero lo hice con la mano derecha en el pasamanos y el hombro bueno contra la pared, y en la vuelta descansé.
De arriba llegaba la galería, donde alguien arrastraba un baúl que arañaba la madera.
Llevaban dos días así. El sábado, desde el medio tramo, vi maletas en dos puertas.
Los de la 15 y la 16 tenían los baúles atados con correas desde el domingo, y la mujer de la 11 había pedido un coche para el miércoles al anochecer.
Me lo dijo Zoe, que lo tenía apuntado en el parte.
Ninguno había bajado a preguntarme qué iba a hacer cuando se acabase la tregua. En diciembre habrían bajado.
En el segundo tramo el pasamanos cambia de lado y queda a la izquierda.
Lo cogí con la mano izquierda, por costumbre.
Los dedos no cerraron. El hombro cedió hacia dentro, sin dolor, como cede una bisagra a la que le falta un tornillo, y las rodillas se me fueron con él.
No rodé, porque caí sentado, y resbalé con la espalda contra los cantos hasta quedarme tres peldaños más abajo, con una pierna doblada debajo.
Intenté levantarme dos veces. A la segunda entendí que no dependía de intentarlo.
Desde ese peldaño no se oía ningún reloj.
Se oían la cocina vacía, el zumbido del grabador junto a la puerta de chapa y, por encima, muy lejos, una banda.
La puerta estaba a cuatro peldaños y seis pasos, todavía sin barra, y habría dado lo mismo que estuviera en Esplanade.
Podía llamar. Arriba había seis que me habrían oído, y en el mostrador una encargada que habría venido corriendo.
Estuve media hora con la boca cerrada, que es lo que tardé en saber que tampoco sabía pedir una mano.
A las diez entró Kip por los cubos. Encendió la luz, me vio debajo de la vuelta, con la chaqueta puesta y una pierna torcida, y la apagó otra vez sin decir nada, que fue una cortesía. Salió.
Volvió con ella.
Traía una linterna y la maestra de Sal colgada del cuello. Me enfocó los zapatos, no la cara.
—Kip, los cubos. Y la barra la pones tú. —Esperó a oír la primera rueda en las baldosas. Después subió hasta dos peldaños por debajo del mío y habló en español, bajo—. ¿Adónde ibas con chaqueta?
—A Esplanade.
—¿A qué?
—A estar dentro antes que ellos.
—¿Por dónde?
—Por la azotea de la casa vecina.
—¿Con qué brazo?
No contesté, y ella, que tampoco lo esperaba, se sentó en el peldaño de lado, con la espalda contra la pared, y dejó la linterna entre los dos, apuntando al techo.
Estaba a un brazo de mí. Con el borde gris que el hambre me había puesto en los ojos, de ella la linterna solo me dejaba ver bien tres cosas, las manos, la cara y el pañuelo.
Miré las manos, que era lo que menos me costaba.
—Mírame.
La miré.
—Llevas catorce días. Te he visto no poder con una barra. Te he visto sentado en una escalera mientras yo hacía tu ronda. Mañana a las diez y media entro en esa casa, contigo o sin ti. —No levantó la voz—. Pídemelo.
Tenía la palabra. Es corta, y la he oído en la boca de otros toda la vida. Mi padre la dijo una vez, con el sombrero en la mano. Le dieron lo que pedía y murió debiéndolo.
—Aquí no.
—¿Qué has dicho?
—Que aquí no.
Lo que me llegó de ella fue rabia, limpia, y debajo, desconcierto.
—Estás tirado en una escalera. ¿Dónde quieres que sea, en un salón?
—En el patio. Mañana, cuando se vaya el sol. Delante de la casa.
—Explícamelo, porque ahora mismo me dan ganas de dejarte aquí.
Tardé en ordenarlo. Ella esperó. Es de las pocas personas que esperan a que yo acabe una frase.
—El día quince bajó usted a ese zaguán y dijo delante de todos que no había sabido guardar su palabra. La palabra era suya. Quien la rompió fui yo.
—Eso ya lo sé. Estaba yo.
—Y yo no. Lo dijo usted por mí, de pie, con la casa entera mirándola.
—Tuve que parar a coger aire, cosa que no hago—.
El lunes de Sal me dio de comer en un archivo, a puerta cerrada, y se lo calló a la policía.
Usted pagó delante de todos. Si se lo pido esta noche aquí, a oscuras, vuelvo a comer escondido. No quiero comer otra vez así.
—Eso es orgullo.
—También. Lo he tenido toda la vida y no se me va a quitar en un escalón. Pero no es solo eso.
—¿Sabes lo que pasa si lo haces delante de ellos?
—Que lo ven. Cualquiera de los que estén en ese patio podrá contarlo delante de Honorine, y con eso les basta.
—Te matan.
Con esas dos palabras me llegó miedo. No supe si era por mí o por su casa, y no lo pregunté.
—Si no voy a por esa mujer, la sientan a medianoche delante de las tres casas, quiera o no quiera hablar, y a usted pueden quitarle la casa por haber amparado a dos infractores. Si me van a sentenciar de todos modos, prefiero que sea después de haber ido a buscarla.
Miró la linterna.
—¿Y si mañana, delante de todos, te digo que no?
—Entonces lo habrá dicho donde tenía que decirse. Puede hacerlo.
—No te prometo nada.
—No se lo he pedido.
Se rio una vez, sin ganas.
—No. Eso ya lo sé. —Cogió la linterna—. Y si mañana a las seis no has bajado, yo no subo a buscarte.
—No hará falta.
Abajo, Kip dejó caer la barra en sus herrajes, corrió los dos cerrojos y se quedó en la cocina.
Ella se levantó y me tendió la mano, como en el archivo.
La tomé. Esta vez no me soltó al ponerme de pie: se metió debajo de mi brazo derecho y me subió los peldaños que había resbalado y el tramo entero, despacio, parándose donde yo me paraba.
Tuve su cuello a la altura de la boca durante doce escalones, y los conté para tener otra cosa en la cabeza.
Hacia la mitad me llegó de ella algo que no era rabia y que yo conocía del archivo, de cuando contaba.
No lo usé. Habría querido apoyar la frente en su hombro, que no es cosa de hambre, y tampoco lo hice. Ella no apartó la cara ni la acercó.
En mi puerta me dejó contra el marco. La chaqueta se me había subido por un hombro. Me la puso en su sitio con dos dedos, sin tocarme el cuello, y retiró la mano.
—¿Qué quieres que haga?
—Que reúna a la casa en el patio, mañana a las seis. Los residentes y los suyos. Los huéspedes, no.
—¿Y qué les digo?
—Que se lo pido yo.
—Eso sí me lo pides.
—Eso sí.
Subió el medio tramo sin la linterna. Me la dejó encendida en el suelo del pasillo.
Me quedé en el marco. A medio tramo, con la galería encima, se oye lo que oye un vivo con una puerta abierta, y con eso me bastó. Llamó a la 11 con los nudillos.
—Mañana a las seis, en el patio. Os lo pide el señor Saavedra.
La mujer de la 11 preguntó si era por lo de la tregua, y Zoe contestó que eso lo diría él.
—¿Y si no bajo?
—Pues no baja. Aquí nadie pasa lista.
En la 15 tardaron en abrir.
—¿Nos lo pide o nos lo manda? —dijo el hombre.
—Lo pide.
—Pues es la primera vez.
—Ya lo sé —dijo ella—. Por eso vengo yo.
La 16 no abrió, y ella lo repitió a través de la madera. En la 17 no llamó: Kip cubría el mostrador, y a él se lo había dicho en la cocina. Delante de la 14 tampoco, porque la señora Villavaso tenía la puerta abierta desde que oyó la primera.
—¿Va a llorar? —preguntó.
—No lo sé, señora Villavaso. Baje y lo ve.
—Bajaré. Y me buscaré una silla.
En la 12, Abernathy contestó «Entendido, señorita» sin abrir del todo.
Tardó once minutos en hacer la galería. Yo tardo cuatro, y no hablo con nadie. Esa galería la he recorrido todas las noches desde que tiene puertas, sin llamar a ninguna, y en ninguna me han preguntado nunca si pedía o mandaba.
Abernathy llamó a la mía una hora después. No me hablaba desde el martes.
—La titular ha pasado por la galería, señor. Puerta por puerta. Mañana a las seis, en el patio, de parte de usted.
—Así es.
—¿Puedo saber para qué?
—Mañana, Abernathy.
Estaba vestido de calle, con el paraguas colgado del brazo.
—Mi llave lleva en el mostrador desde el sábado.
—Sé dónde está.
—La suma, señor. —Se quitó las gafas—. Si mañana me la enseña usted hecha, no voy a poder decir que no la he visto.
—No se lo voy a pedir.
—No me lo ha pedido nunca. Por eso he estado ciento seis años.
Se fue por el medio tramo y dejó la puerta abierta.
Me senté en el suelo del despacho, porque la cama queda más lejos. Tenía frío en las manos, y en los ojos seguía el borde gris.
Pensé en decírselo esa noche. Hacerla bajar y darle el apellido antes de que saliera a ese patio, para que supiera a quién le daba el cuello.
Lo pensé con la pluma del archivo a tres pasos y la carpeta en su balda.
Si se lo decía, al día siguiente no había patio.
Sin patio no iba yo a por esa mujer, y sin esa mujer la abogada tenía su testigo y su medianoche.
Me dije que callaba por Naomi. Era la tercera vez en tres meses que encontraba una razón honrada para la misma cosa.
Quedaban diecinueve horas. En el pasillo había una linterna que no era mía, y arriba se cerraban correas. Ella estaría otra vez en el mostrador, con la blusa abrochada, y no había dicho que sí.
A las tres se paró otro reloj.