La segunda mordida Capítulo 30. Nueve días
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Capítulo 30. Nueve días

Nueve días

Zoe

Elise había puesto dos tazas y una caja de pralinés encima de la mesa, como si yo fuera a una visita.

—Siéntate. ¿Has desayunado?

Era sábado y la pasante no estaba. La imprenta de abajo tenía la persiana echada.

Yo había cerrado el turno a las seis y había dormido dos horas.

Elise llevaba el traje de lino de noviembre y no se había pintado.

Me sirvió café sin esperar a que contestase.

Olía como el de mi casa. Me senté, porque de pie me pesaban las piernas, y eso ya fue darle algo.

—Pregunta lo que quieras —dijo—. Te contesto a todo. Cuando acabes te voy a pedir una cosa, y quiero que para entonces me creas.

—¿Dónde está?

—Viva y entera. Sin un golpe desde que la subieron a esa furgoneta. Lo exigí anoche y lo he comprobado esta mañana. Me llamaron de un número que no conozco y me la pusieron. —Se sentó a mi lado, no detrás de la mesa—. Dónde, no lo sé. No me lo dicen para que no pueda decírtelo.

—¿Come? ¿La tienen atada?

—Come. Está en un cuarto con llave y una cama. Atada, no. Me lo dijo ella.

—¿Quién no te dice dónde?

—Wade.

El nombre ya lo traía yo. A Arceneaux le repetí la llamada en el mismo porche, y la cita.

No le gustó. Fue a Camp Street esa misma tarde, y Elise la recibió con un compañero y no le dio ni la hora.

A medianoche me llamó. El timbre de la casa de enfrente había grabado la furgoneta de cara, y la matrícula era la de Wade Guidry.

Dos hombres sacaban a una mujer por el porche, uno a cada lado, con una chaqueta echada por la cabeza.

Las cámaras de Claiborne tenían la furgoneta hacia el este a las dos y treinta y nueve.

Después, nada. La detective entró en Esplanade esa noche, con una orden.

Encontró tres salas de planos, dos camas deshechas en el segundo piso y a un administrador con corbata.

Aquella mañana había un coche sin distintivos dos números más abajo del despacho. Lo vi al entrar.

—Tu sobrino mató a Sal, Elise.

—Sí.

Miró la fotografía de la estantería. La chica de la playa.

—Es la madre de Wade. Se llamaba Maggie. En agosto de 1996 uno de ellos bebió de ella, y antes del alba hizo lo que manda su ley. Tenía veintidós años. El forense escribió sobredosis.

Uno de ellos. Llevaba desde julio subiendo a mi casa los martes, y sabía qué había en el entresuelo.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde aquel otoño. Vino a mi casa una gente a contarme lo que no ponía el informe. Se llaman Serenos. Llevan en esta ciudad dos siglos largos. Yo tenía veintisiete años, un título recién sacado y un niño de tres en brazos. Soy de ellos desde entonces.

Lo dijo con la taza en la mano, y bebió.

—Y quemó mi cocina.

—También. Las dos cosas sin decírmelo y contra lo que yo había dicho. No te lo cuento para que me lo quites de encima. Le enseñé a leer en esta mesa. Lo que sabe hacer con una puerta se lo enseñaron otros, y fui yo quien lo llevó a que se lo enseñaran.

—¿A qué entraron en mi casa?

—A llevárselo. Atado, a un patio de los nuestros, hasta que saliera el sol. Wade se cansó de esperar a que lo hicieran las casas. Supo por mí que tú no le dabas de comer desde lo de Ben.

—Y tú lo supiste por Naomi.

—Sí.

—¿Y Sal qué era en tus cuentas?

—No estaba. —Se le fue la voz—. En ninguna de mis cuentas había un conserje delante de un tablero.

—Eso lo dices tú.

—Lo digo yo. No tengo quien me lo firme.

—Lo criaste tú. Llámalo y dile que la suelte.

—Para eso ya no me coge el teléfono.

—Las llaves.

—En la caja del despacho, con su acta. Ya te lo dije.

—Eso ya lo sé. Tengo una hoja con cinco columnas. ¿Quién mandó copiarlas?

Miró un cajón de su mesa, no a mí.

—Yo. En agosto. El manojo entero. Quería tener con qué entrar en esa casa si un día hacía falta. Las copias estaban en ese cajón.

—El viernes pasado me dijiste que Wade no tenía llave de tu despacho.

—Y no la tiene. Come aquí conmigo los jueves, y yo bajo a por el café.

Desde diciembre le decía a un hombre que él no miente, que elige. Ella hacía lo mismo, y encima me traía de comer.

—El sábado me abrazaste delante del nicho.

—Sí. —Le cambió la cara—. Eso no lo calculé, Zoe. Yo conocía a ese hombre. En julio me dio la mano con la gorra quitada y me preguntó si la que venía iba a abrir la casa.

Bebí café para no contestar. Estaba bueno. Me lo bebí entero.

—En noviembre tardaste tres días en firmarme un pago.

—Lo retuve. Quise ver qué hacía él con hambre y contigo dentro. —Dejó la taza—. Lo demás lo pusisteis vosotros dos. Yo retrasé una firma.

—Y tenías la denuncia preparada.

—Dos. La que te enseñé en noviembre, y otra por si no llegabas a venir a enseñarme el cuello.

—¿Para qué me trajiste?

Se levantó, dio la vuelta a la mesa y sacó de un cajón cuatro hojas grapadas. Me las puso delante. Era un árbol.

—Adelaide me encargó encontrar a un Marrero.

Encontré tres. Un farmacéutico de La Laguna, otra Marrero que vive en Madrid, y tú.

El testamento es de verdad. La casa te la dejó ella, porque yo le dije que tú eras la que sabía llevar un hotel, y era cierto.

Pero no puse tu nombre el primero por eso. Mira la otra rama. La de tu madre.

Empecé por abajo. Yo, con mi fecha y una dirección de Madrid que ya no es mi casa. Encima, mi madre. Mi madre cose tipos de comparsa en la Viña y cree que su hija lleva un hotel. Alguien había ido a un registro de Cádiz a contarle las abuelas. Subí hasta un nombre que no conocía.

—¿Quién es Catalina Arriaga?

—Una de Cádiz. En 1787 el hombre de tu entresuelo la mordió en un almacén del río y no la mató.

Esperó a que lo preguntase yo.

—¿Y qué hizo con ella?

—La tuvo allí tres meses. Ella acabó abriéndoles una puerta a los nuestros. Volvió a Cádiz, se casó y murió vieja.

Una puerta. Él me había contado esa puerta en el archivo, con la boca todavía manchada: la de los suministros, a la hora en que se abría desde dentro, y cuatro muertos. No me dijo quién la abrió.

—¿Se acostó con ella?

—No. Ni hubo segunda vez. Hubo una, y él no cumplió su ley.

—¿Me parezco?

—No hay retrato. No me hizo falta. Me bastó con lo que está escrito: con una de tu familia, una vez, ese hombre no supo hacer lo que hacen ellos.

—Y me pusiste a ver si conmigo sabía.

—Te puse sabiendo que podía matarte. —Me sostuvo la mirada—.

Si no te tocaba, tenía una titular que se fiaba de mí.

Si te mordía y cumplía, tenía una denuncia y un cadáver extranjero, y lo entregaban a un juez.

Si te mordía y no cumplía, lo castigaban las suyas.

Me valían las tres. Es lo peor que sé de mí.

Yo tenía la taza en la mano y no encontraba dónde dejarla.

—¿Él lo sabe? Lo de esa mujer y yo.

—¿Te lo ha dicho?

—No.

Miró el cajón de donde había sacado el árbol, que seguía abierto, y lo cerró con la rodilla. Me acercó las hojas un dedo más.

—Naomi —dije.

—Vino el veintiuno por los papeles de Ben y se le fue saliendo. Lo tuyo con él. Lo que te vio en el cuello. Los once años que él tapó a su marido. Quería que pagase el que lo entregó, y yo le di la manera.

—¿Qué manera?

—El martes a medianoche vence la tregua y se sientan las tres casas. Verret ha aceptado oír a una testigo. Naomi puede fechar dos cosas. Que él sabía lo de Ben desde 2015. Y que tú les diste tu palabra sabiéndolo.

—O sea que con mi palabra también lo hunde.

—Con tu palabra, sí. Lo sentencian ellas, con su ley. Yo no sentencio a nadie.

—¿Por qué se la han llevado, si era la testigo?

—Porque ya no quiere. Supo quién disparó a Sal y de quién es sobrino. El domingo fue a Esplanade a decirnos que no contásemos con ella. El lunes vino aquí a decírmelo a la cara. Yo lo acepté. Wade no. —Se frotó los ojos—. Me enteré ayer, por ti. Las once llamadas eran para que se fuese a Houston.

—¿Y qué va a declarar una mujer a la fuerza?

—Wade cree que delante de Verret dirá la verdad, porque no sabe mentir. Yo creo que no abrirá la boca. No sé qué hace él entonces.

—¿Adónde la llevan el martes?

—A Esplanade, desde las diez de la noche. A las once y media sale hacia donde se sientan las casas. Lo sé porque me han pedido que esté.

—La policía registró esa casa anoche.

—Por eso la llevan allí.

—¿Por qué me lo dices? Sabes que se lo cuento a Arceneaux en cuanto baje esa escalera.

—Lo sé. Te lo digo porque el martes quiero verte entrar por esa puerta y no por la de tu hotel.

Cuento con que, sin mi firma, esa detective no pasa de la acera: le diré, con un compañero sentado a mi lado, que no he dicho nada de esto.

—Bajó la voz—. Y si pasa, prefiero perder esa medianoche a dejar a Wade solo con una mujer que no abre la boca. A él no pienso decirle que lo sabes.

No supe si me había dado una hora o me había puesto un cebo. Me la apunté igual.

—Lo que te voy a pedir —dijo.

Me cogió la mano libre. Las suyas seguían calientes.

—Quédate conmigo. Nueve días. En mi casa, no aquí. He hecho la cama del cuarto de arriba. Tiene postigos. Duermes hasta que te despiertes sola, y el teléfono lo cojo yo.

Yo llevaba doce noches en la silla de Sal. Quise esa cama con todo el cuerpo.

—¿Por qué nueve?

—Porque nueve es el número de las casas.

Al que sospechan lo encierran nueve noches con bolsas, y si se consume es que está atado a alguien.

Lo mío no es esa prueba. Es que tú no estés.

Sin ti no come, y sin comer no llega al quince con fuerzas para nada.

Se acaba solo. Tú sales viva, con tu casa o con lo que te den por ella, y no te ha puesto la mano encima nadie.

Retiré la mano. Le puse mi taza en la suya, y la sujetó.

Había venido a por una dirección y me llevaba un apellido. La mujer que me preguntó qué quería hacer con el hotel me había elegido en una lista por si me mataban. Las dos cosas eran ella. No conseguí separarlas, y me levanté antes de intentarlo otra vez.

—Puedes impedírmelo. Abajo habrá un coche.

—Lo hay. No va a subir nadie. —Siguió sentada, con las dos tazas—. A mi hermana no la dejó salir nadie. A ti te dejo yo.

—Me voy, Elise.

—El martes estaré en Esplanade desde las diez. Llama y pregunta por mí. Te abrirán. Si vienes, que sea para quedarte.

Bajé con las cuatro hojas dobladas dentro de la camisa.

El coche gris estaba en la acera, con un hombre al volante que me miró salir y no abrió la puerta. Hacia la izquierda quedaba la casa de Elise, con una cama hecha. Hacia la derecha, el Barrio.

Naomi llevaba mi llave. Y en un entresuelo había un hombre que llevaba doce días sin comer por no abrir la boca. No lo había perdonado. Quería estar delante cuando la abriese. Quería que me lo pidiera a mí, mirándome, y decidir yo.

Fui hacia la derecha.

Llamé a Arceneaux andando. Le repetí lo de Wade, las copias, lo de Naomi y el martes, palabra por palabra. Lo mío con él no se lo dije. Lo de Catalina, tampoco.

—Una casa y una hora, de boca de una abogada a la que ayer fui a ver y no me dio ni la hora —dijo—.

Si entro antes, no la llevan. Si detengo hoy a la tía, el martes no hay coche.

Dejo a dos de paisano en esa avenida desde hoy.

Pido las llamadas del fijo y del móvil de su abogada.

Si le hablaron desde un prepago, me dará una antena y no una casa.

Con lo de las copias he pedido que me autoricen a buscar en ese cajón.

La solicitud sigue pendiente; los expedientes de sus clientes quedan fuera.

Eso es por las llaves. No voy a esperar a ese papel para buscar a Naomi. ¿Dónde se sientan esas casas?

—No me lo dijo.

—Pues eso también lo quiero. ¿Va a ir usted el martes?

—Voy a ir.

—Entonces el lunes hablamos de cómo me avisa.

En el hotel, la llave tres estaba encima del mostrador, fuera de su gancho.

—Estaba ahí cuando he entrado, a las siete —dijo la prima de Dani—. Es la del señor de la 12. No ha salido: se le oye arriba.

A las seis, cuando cerré, no estaba.

Al anochecer se lo conté a Saavedra, en administración, con la puerta cerrada. Lo de Tremé lo sabía desde la víspera. Se lo dije a las diez, al pie de la barra, en tres frases, y no contestó a ninguna. Estaba de pie, con una mano en el respaldo de la silla. No se sentó. No habría podido levantarse.

Le conté los cazadores, que ella llama por su nombre. Las copias, la firma de noviembre, las dos denuncias. Lo que Naomi puede fechar. El martes a las diez en Esplanade, a las once y media el coche, a medianoche las casas.

—Serenos —dijo.

—A mí me contaste una placa. Ella me ha contado para qué sirve.

Tenía el cuello de la camisa suelto. Le había adelgazado la cara en una semana, y las manos, que nunca le he visto mover sin motivo, apretaban la madera. Yo llevaba la blusa cerrada. Me miró el botón de arriba y apartó los ojos, y me gustó que le costase.

—Me ha ofrecido su casa. Nueve días. Dice que sin mí te acabas solo.

Se le pusieron blancos los nudillos.

—¿Y qué le contestó usted?

—Estoy aquí.

—No le he preguntado dónde está.

—Pues es lo que hay. No te confundas de motivo.

Hizo la pregunta siguiente despacio, mirándome.

—¿Le dijo por qué la escogió a usted?

Era la pregunta exacta. Me la hacía él a mí.

—Porque sé llevar un hotel.

Era verdad. Me había enseñado él a contestar así.

No dijo nada. Me llegó algo suyo, y lo tomé por cansancio.

—Iré el martes.

—Como estás, no llegas a Barracks.

Yo no ofrecí nada. Se fue hacia la escalera de servicio agarrándose al marco.

El domingo, de día, subí al archivo. Saqué la carpeta de mi apellido, la que en diciembre volví a meter sin leer.

La rama de mi madre empezaba en el folio catorce.

La leí hasta el diecinueve. En el diecisiete estaba la línea.

Catalina Arriaga, natural de Cádiz, 1762.

Hija de un cirujano del ejército, casada en Cádiz en 1791, muerta en 1831.

Del almacén del río, ni una palabra. Eso solo lo tienen ellos.

Aquella carpeta llevaba en mi casa más tiempo que yo.

Repasé el libro del atril desde la hoja cuarenta y uno.

Mi firma era la primera. No había ninguna consulta de la llave uno a esa carpeta.

Las hojas de antes las tenía Elise. Me dije que, si en alguna estuviera el nombre de él debajo de mi apellido, me la habría puesto el sábado encima de la mesa. Me convenía creerlo.

Él no lo sabía. Sabía lo que le hizo a aquella mujer, y eso sería lo que callaba. No sabía que yo era de ella.

No firmé mi consulta. La norma cuarta manda firmarlas todas, y ese libro lo lee él. Me la salté mirando la puerta.

Decidí decírselo cuando Naomi estuviera fuera.

Antes, no. El martes iba a llamar a la puerta de los cazadores, y necesitaba que él se fiase de la mujer que entraba.

Llevaba trece días sin comer, y yo no sabía qué hace un hombre así con ese apellido.

Además él tardó seis semanas en contarme lo de Elise.

Guardé las cuatro hojas en el neceser, debajo del cepillo, junto a la llave del Urrutia. Es la segunda cosa que escondo ahí.

A las diez bajé al turno. La llave tres seguía encima del mostrador. En la 12 había luz.