Capítulo 29. La mesa
La mesa
Zoe
El viernes a las tres metí en un sobre la semana de Naomi y cargué la caja de herramientas de Ben en el carro de las maletas.
Dani entraba en ese momento. Miró el carro.
—¿Vas tú?
—Me dijo que los viernes.
—No te va a abrir, Zoe.
—Pues se lo dejo en el porche.
—¿Y si te abre?
—Le doy el sobre y le pregunto qué quiere que haga con el banco.
El banco de carpintero no cabía en el carro. Se quedó en el taller. La caja pesa como un niño de diez años y tiene las iniciales de Ben quemadas en la tapa.
Tenía la casa llena desde el jueves. Ocho habitaciones, dieciséis personas con collares de cuentas y resaca, y una barra que esa noche iba a necesitar cuatro manos. Yo entraba a las diez. Me daba tiempo a ir, a que me cerrasen la puerta en la cara y a volver.
Tremé está a quince minutos andando. Aquel viernes fueron treinta y cinco.
Era el último fin de semana antes del Martes de Carnaval.
Rampart estaba cortada para un desfile, y crucé entre vallas, neveras y gente con pelucas que le hacía fotos a una mujer con un carro de hotel y una caja de herramientas.
Llevaba pensadas dos frases para cuando Naomi me abriese, y ninguna para cuando no.
La casa era la del anuncio. Azul, estrecha y larga, con cuatro ventanas a la calle y un porche de dos escalones, uno suelto.
La había visto vacía en diciembre, el día que Naomi me abrió con una llave prestada y me contó allí dentro lo que se paga por lo que ella tenía con Ben. Subí el carro de espaldas.
Olía a quemado desde el porche. A cazo que lleva mucho rato sin agua.
La puerta estaba entornada.
—¿Naomi?
Empujé con el sobre en la mano. Dentro había humo, poco, a la altura de mi cabeza. Dije su nombre otra vez, más alto. Lo único que sonaba era algo que crujía al fondo.
Abajo, la casa son tres cuartos en fila, con la cocina detrás. En el primero había tres cajas, una sin abrir, y el abrigo negro del entierro colgado de un clavo. Al pie de la escalera, dos maletas. En el del medio estaba la mesa.
Pasé de largo. Fui a la cocina, porque el humo salía de allí, y antes que nada miré el suelo, entero, hasta debajo del fregadero. En el suelo no había nadie.
Había una silla tumbada. El cajón de los cubiertos colgaba fuera de sus guías, con tenedores hasta la puerta de atrás.
Un plato roto. Harina por las baldosas, pisada, con media suela marcada, de bota, más ancha que mi mano.
En el fuego, una olla con el fondo negro y lo que había sido arroz, y debajo la llama, azul y pequeña, encendida todavía.
Cogí un paño del fregadero y cerré la llave del gas con él. Fue lo único que toqué.
—¿Naomi? —dije hacia la escalera.
Arriba hay dos cuartos. Grité su nombre otra vez. No respondió nadie.
Volví al cuarto del medio. La mesa de Ben lo ocupaba de pared a pared.
Tenía media tabla lijada y la otra media sin lijar, y en la raya entre las dos estaban la lija con su goma, un taco de madera y un vaso de agua lleno.
Ben me dijo que la primera cena en esa mesa era para mí. En marzo, le contesté.
Debajo estaba el teléfono de Naomi, boca abajo. Me agaché a cogerlo. Tuve la mano a un palmo y la retiré.
El bolso colgaba del respaldo de una silla, cerrado.
Las maletas estaban sin revolver. El rollo de los cuchillos seguía atado encima de una caja.
No faltaba nada más que ella. El cordón con la llave siete no lo vi en ningún sitio.
La puerta de atrás tenía el pestillo echado por dentro.
Quien fuera había entrado y salido por delante.
Salí pisando donde había pisado. En el primer cuarto, encima de una caja, estaba el papel de los vendedores, con dos firmas y el membrete de un despacho de Camp Street.
En el porche me temblaban las manos, y las dejé temblar.
En el de al lado había una mujer mayor, con una bata de flores y un vaso de té con hielo, que me miraba el carro.
—¿Usted es la del hotel? Ella me habló de usted. Bien no.
—¿Qué le dijo?
—Que da usted su palabra de pie. No me explicó más, y yo no pregunto.
—¿La ha visto hoy?
—Esta mañana, con la lija. Lleva toda la semana con la lija. —Olió el aire—. Huele así desde que acabó mi programa. Pensé que se le había pegado algo.
—No está. Se ha dejado el fuego encendido y la puerta abierta. ¿Ha visto entrar a alguien?
Se llamaba señora Batiste y llevaba cuarenta años en esa casa.
Lo que vio lo contó despacio. A las dos y media, cuando acababa su programa, paró delante una furgoneta.
Blanca, de las de obra. Dejó el motor en marcha.
Ella pensó que traían los muebles que faltaban.
Oyó una puerta corredera y entró a por más hielo. Cuando volvió a salir ya no estaba.
A las dos y media yo estaba en administración, cuadrando la caja de la víspera.
—¿Hacia dónde se fue?
—No la vi irse. La calle es de una dirección. Hacia Claiborne, tuvo que ser.
—¿Cuántos hombres?
—Vi a uno al volante. Con gorra.
—¿La matrícula?
—Hija, sin gafas no leo ni la mía.
—¿Llevaba algo en el techo?
—Una cosa de aluminio. Larga.
No dije la palabra. La dijo ella.
—Una escalera, sería.
Furgonetas blancas, de obra y con escalera, hay cien en esta ciudad.
La que estuvo tres noches en mi esquina en diciembre era así.
La que paró en mi callejón la madrugada de Sal, también.
Eso no las hace la misma. Lo apunté en la libreta en tres líneas: lo que vio ella, lo que vi yo y lo que no vio nadie.
A Saavedra no lo llamé. Eran las cuatro menos diez y había sol en toda la calle. Y el miércoles lo había visto no poder con una barra.
Llamé a Arceneaux desde el porche.
—Naomi Duplessis, la cocinera. Se mudó el lunes a Tremé.
—Le di la calle y el número—. No se ha ido ella.
Hay un arroz quemado en el fuego, una silla en el suelo, y el bolso y el teléfono siguen dentro.
Una vecina vio a las dos y media una furgoneta blanca de obra, con algo largo de aluminio en el techo y un hombre con gorra al volante.
No vio la matrícula ni vio subir a nadie.
—¿Ha tocado algo?
—La llave del gas. Con un paño.
—No vuelva a entrar. Quédese en el porche y no deje pasar a la vecina. Le mando una patrulla y voy yo.
La patrulla tardó cuatro minutos. En Carnaval hay un coche en cada esquina. Dos agentes pusieron una cinta en el porche. Uno se sentó con la señora Batiste y su té. El otro me pidió el carné, apuntó a qué hora había llegado y por dónde había pisado, y me miró las suelas.
—¿Usted qué es de ella?
—Su jefa.
—¿Y viene a traerle herramientas?
—Y a pagarle.
Miró la caja, las iniciales quemadas, y apuntó también eso.
Esperé en la acera, de pie junto al carro. Pasó una banda de instituto con los instrumentos al hombro, camino del desfile. Un niño le dio con la baqueta a la caja de Ben, por probar cómo sonaba. Yo miraba la hora en el teléfono. Hora y media. En hora y media una furgoneta ha salido del estado.
Arceneaux llegó a las cuatro y media, con el abrigo de hombre y unos guantes azules. Estuvo dentro veinte minutos. Salió con el teléfono de Naomi en una bolsa de papel.
—En la pantalla hay once perdidas de un fijo de Camp Street. No cogió ninguna. Lo demás, cuando me lo abran. —Me miró—. Es el despacho de su abogada.
—Naomi rompió con ella el lunes. Fue a decírselo en persona.
—Eso me lo contó usted el lunes, de oídas. Ahora tengo once llamadas. —Se quitó los guantes—. Arriba hay una cama hecha y otro cuarto vacío, con unas tablas apoyadas debajo de la ventana. ¿Eso para qué era?
—Para su marido. Iban a tapiársela.
—El de Lafayette.
—Ese.
No lo apuntó. Vio el sobre, que me asomaba del bolsillo de atrás.
—¿Eso qué es?
—Su semana.
—Guárdelo. Se la va a pagar usted en mano.
Lo dijo mirando la calle, y se lo agradecí.
—¿Qué van a hacer?
—Lo que se puede hacer un viernes de Carnaval, que es menos de lo que me gustaría.
Tengo a media brigada en las vallas. —Guardó los guantes—.
La orden contra Wade Guidry la firmó el juez el lunes.
La furgoneta está en busca y captura desde el veintisiete.
He dado aviso a los puentes y a la calzada del lago, y van a pedir las cámaras de Claiborne.
—¿Y aquí?
—Dos agentes llamando a las puertas. Enfrente hay un timbre con cámara, y el dueño vuelve de trabajar a las seis. Si grabó, tengo esa furgoneta de cara. —Señaló la casa con la barbilla—. Se lo pregunto porque me lo van a preguntar a mí. ¿Pudo irse ella?
—Tenía motivos para irse de todas partes. Así, no. Naomi no deja un arroz en la lumbre ni para abrirle al cartero. Y los viernes cobra. Me lo dijo el lunes delante de toda la recepción.
—¿Familia?
—Una hermana en Houston y unos primos que a esta hora están picando cebolla en mi cocina.
Llamé a Dani delante de ella. Los primos no sabían nada. Habían quedado en pasar el domingo a ayudarla con las cajas.
—¿Quién sabía que vivía aquí?
—Sus primos. Dani. Yo. El señor Saavedra, que la vio cargar la camioneta. Y mi abogada, que le consiguió el papel de los vendedores para entrar antes de la escritura.
—La tía del hombre al que busco.
—Sí.
—El domingo, su residente la vio salir de la Fundación. El lunes rompe con la abogada. El viernes no está. —Lo fue contando con los dedos—. No sé dónde está, señorita Marrero. Sé a quién le voy a preguntar esta tarde.
—¿Y Esplanade?
—El lunes le dije a su residente que con un hombre visto de noche a cuarenta pasos no me firmaban un registro. Hoy tengo a una mujer sacada de su cocina cinco días después de salir de esa casa. Si el timbre de enfrente me da la matrícula, esta noche no llamo a esa puerta. Entro.
—Yo voy a llamar a Elise ahora.
Arceneaux miró la bolsa de papel antes de contestar.
—La semana pasada le dije que esperase a que yo la viera. Hoy no hay tiempo para eso. Llámela. Y lo que le diga me lo repite palabra por palabra.
Bajé a la acera. El agente no me había dejado meter la caja en la casa. La caja se volvía conmigo.
El veintiocho de diciembre les di mi palabra a los dos, de pie. Techo y llave. A Ben no se la supe guardar. Naomi se fue el lunes con la llave siete al cuello. Mientras la llevase puesta, yo seguía debiéndole un techo.
Marqué antes de pensarlo mejor. Desde el porche, Arceneaux me hizo un gesto con dos dedos junto a la oreja. El altavoz. Le di la espalda.
Elise lo cogió al primer tono.
—Zoe.
—Estoy en Tremé. Naomi no está. Hay un fuego encendido, una silla en el suelo y su teléfono debajo de la mesa.
No preguntó qué mesa. Oí teclear a la pasante, dos líneas enteras, antes de que hablase.
—¿Hay sangre?
—No.
Soltó el aire. Era la única pregunta que traía preparada.
—¿Dónde está, Elise?
—No lo sé.
—¿Quién la tiene?
—Zoe.
—Hay once llamadas tuyas en su teléfono. Lo tiene la policía en una bolsa. Te lo pregunto otra vez.
—Y yo te contesto que por teléfono no. —Se le había ido la voz de abogada. Le quedaba la otra, la de la cena—. No te voy a decir que no sé de qué me hablas. No te voy a insultar así.
—Sal está en un nicho. A Naomi se la han llevado de una cocina. Dime una cosa que me sirva.
—Que está viva.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque muerta no le vale a nadie.
Me volví. Arceneaux seguía en el porche, con la bolsa en la mano. Por la puerta abierta se veía el cuarto del medio y una esquina de la mesa, con la raya de la lija.
—¿A quién le vale viva?
—Mañana.
—Mañana es tarde.
—De hoy a mañana no le tocan un pelo. Te doy mi palabra. Desde el viernes pasado ya sé lo que vale para ti. —Se le quebró un poco—. No tengo otra.
—Eso no me sirve.
—¿Te está oyendo alguien?
—Me está mirando una detective desde el porche.
—Entonces ya sabes por qué no es hoy. —Oí que cerraba una puerta—. Ven mañana a mi despacho. Sola. Te lo debo.