La segunda mordida Capítulo 28. Tiene derecho
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Capítulo 28. Tiene derecho

Tiene derecho

Saavedra

El domingo se cumplía el plazo que ella me había dado, y yo llevaba cuatro anocheceres delante de la casa de Esplanade sin haber visto más que a un administrador con corbata.

En diciembre miré esa casa desde el tejado de la pensión de enfrente.

El martes probé el canalón. El brazo izquierdo no me sube más allá del pecho, y un canalón se sube con los dos.

Desde entonces vigilaba desde abajo, en el paseo del centro de la avenida, contra el tronco de un roble.

Desde allí se ve la puerta lateral y no se ve el segundo piso.

Tampoco estaba solo. Era el segundo domingo de desfiles, y por Esplanade bajaba hacia el Barrio gente disfrazada, con vasos en la mano, que se paraba a preguntarme de qué iba yo.

Había andado las seis manzanas en el doble de tiempo que en diciembre. El lunes de la toma habría tardado lo que entonces. Lo que ella me dio me duró entero cinco noches, y la sexta ya contaba los bordillos.

A las siete y diez paró un repartidor delante de la puerta lateral.

Abrió un hombre con gorra. Asomó la cabeza, miró la avenida a un lado y a otro, y solo entonces sacó el brazo.

Cogió tres bolsas, que es cena para más de uno, y entró de espaldas, sin perder de vista la calle hasta que tuvo la hoja delante.

Encima de esa puerta hay un farol. Tenía la cara redonda y unas cejas que ni con el farol se le veían.

Era la cara que Zoe le describió a la detective debajo de mi ventana, puesta sobre el cuerpo que yo había visto retirarse dos veces y recibir a una mujer en esa misma puerta.

Estaba a cuarenta pasos. Con el cuerpo del lunes por la tarde habría cruzado.

Aquel domingo tenía un brazo, una casa de cazadores delante y una pistola que ya había disparado en la mía.

Tenía también una palabra dada, y la detective me había dicho en qué expediente acabaría yo si le dejaba un cuerpo. No crucé.

A las ocho menos veinte la puerta volvió a abrirse. Salió Naomi.

La acompañaba el de la corbata, que le sujetó la hoja y le tendió la mano. Ella llevaba el abrigo negro del entierro y el bolso apretado contra el costado. No sé si le dio la mano. Un coche me tapó ese segundo. Bajó los tres escalones y echó a andar hacia Rampart, sola, deprisa.

Pasó a veinte pasos de mi roble y no me vio. Me bastaba decir su nombre.

El jueves veintiuno fue a Camp Street en un coche del despacho, por unos papeles que existen.

Me costaba creer que también aquella visita fuera por los papeles de Tremé.

Qué se dijo dentro no lo oí. Sé lo que ella puede decir, si quiere.

Unas marcas en un cuello no hacen un testigo.

Pero Naomi sabe desde qué año sabía yo lo de su marido, y esa fecha no se la di a Honorine.

La dejé pasar.

Volví por Decatur, contra la gente. En administración, Zoe hacía la caja del fin de semana con la puerta abierta. La cerré yo.

—Es domingo —dijo, en español.

—Se lo voy a contar en el orden en que lo vi. Después le diré qué parte es mía.

Dejó el bolígrafo encima del libro.

—La furgoneta de diciembre llevaba tres noches en la esquina de Barracks cuando la seguí. Subió por Esplanade seis manzanas y entró por la verja de una casa de tres plantas, con columnas. Junto al timbre hay una placa de latón. Fundación Sereno para la Conservación del Vieux Carré.

—¿Y?

—Esa misma tarde, al anochecer, miré la puerta lateral desde el tejado de enfrente. A las siete y veinte llegó un coche gris. Estuvo delante de su portón un día por semana desde julio.

—Dilo.

—Se bajó su abogada. Abrió con una llave suelta que traía en el bolsillo del abrigo. Salió a recibirla un hombre ancho, con el pelo al rape. Le cogió el bolso. Ella le tocó la cara al pasar.

Zoe se llevó la mano a la nuca y la dejó ahí.

—¿Y eso qué prueba?

—Probar, nada. Eso es lo que vi. Lo demás lo deduje. Los hombres que entraron en mi casa en 1788 empezaron a llamarse serenos unos años después, y esa placa lleva su nombre. Su abogada entra allí con llave propia. O los sirve o es de ellos.

—¿Y el que disparó?

—El día cinco, el tercero del callejón se retiró de cara, como se retira alguien a quien han enseñado.

El lunes cruzó así mi patio el de la pistola.

Esta noche, a las siete y diez, ese hombre ha recogido la cena en la puerta lateral de la Fundación.

Hoy le he visto la cara, y es la que usted le describió a la detective.

La oí desde el pasillo. El nombre me lo dio usted el jueves, y ayer, que es sobrino de ella.

Que las copias salieran de su despacho no lo he visto.

—¿Qué día de diciembre?

—La seguí la madrugada del veinte. A su abogada la vi esa tarde.

—El veinte. —Lo dijo sin voz—. El veintiuno bajé a tu cuarto con tres mil doscientos dólares. El treinta y uno cené con ella, y me acompañó Ben. Me viste salir.

—Sí.

—Me dejaste cogerle el teléfono todos los días. Me dejaste contarle que estaba llena para Carnaval. El lunes, en el archivo, con Sal debajo de una sábana, te pregunté si sabías dónde encontrarlos.

—Le contesté que sabía por dónde empezar.

—Y el jueves te dije que iba a preguntarle por su sobrino. Me dijiste «Pregúnteselo». Y se lo pregunté. Me senté delante de ella y comí de su fiambrera.

No tuve nada que poner detrás de eso.

—No es mentir. Es lo que haces tú. —Tenía las dos manos planas sobre el libro—. ¿Por qué?

—En diciembre, porque no sabía de qué lado estaba usted. A esta casa la trajo su abogada, y su abogada entraba en aquella con llave.

—Creíste que yo era de ellos.

—Lo consideré. Hasta el día cinco.

—¿Y después?

—Después ya sabía que no, y seguí callando.

Era la única persona de esta ciudad que la trataba bien, y yo tenía contra ella una placa y una manera de andar.

Además usted me habría preguntado cómo sé yo quiénes son, y esa conversación no quise tenerla.

El lunes callé por otra razón. Quería llegar antes que la policía.

—Y has llegado seis días tarde.

—Sí.

—Ayer me abrazó. Delante del nicho.

Se miró las manos. Tardó en volver a hablar. De ella me llegaba mucho a la vez, y no supe separar una cosa de otra.

—Hay más —dije—. Esta noche, media hora después, ha salido por esa puerta su cocinera.

Cerró los ojos.

—Iba sola. La despidió un hombre con corbata. Qué hacía dentro no lo sé. Era la misma puerta por la que había entrado el que disparó.

—Les ha contado lo nuestro.

—Puede. No la he oído. Lo que haya visto en su cuello no la hace testigo delante de las casas. Lo que sabe de mí y de su marido, sí.

—¿La paraste?

—No.

—Te puede costar la cabeza.

—Tiene derecho.

Ella esperó el resto.

—Le quité al marido.

—No lo dices porque seas bueno.

—No.

Cogió el bolígrafo y lo soltó.

—Mañana a las ocho llamo a Arceneaux. Cuando venga se lo cuentas tú, con las horas.

—Se las daré.

—Vete. Tengo que cerrar una caja.

El lunes, cuando bajé al anochecer, la encargada me esperaba detrás del mostrador con una libreta de hule y una llave de candado.

—Naomi se va hoy. Me lo ha dicho ella esta tarde, al darme esto.

—Dani me habla desde el día quince como se habla a un proveedor—.

Ha ido esta mañana a Camp Street a decirle a la abogada que con ella ha terminado.

No me ha dicho por qué y no se lo he preguntado.

Tiene un papel de los vendedores para ocupar la casa antes de firmar.

Se lo arregló la abogada la semana pasada. La escritura sigue el veintiséis.

—¿Y los desayunos?

—Sus primos. El armario lo llevo yo.

A las seis y media había una camioneta delante del portón.

Una mesa de doce plazas no sale por una hoja sola, y la segunda no se abría desde la madrugada de Sal.

Fui a abrirla. La falleba de arriba queda más alta que mi cabeza, del lado del hombro izquierdo, de modo que tuve que cruzar la mano derecha y ponerme de puntillas, y acerté a la tercera, mientras cuatro hombres esperaban con la mesa en vilo.

Ninguno me ofreció ayuda. Hicieron bien.

La mesa salió con las patas de la izquierda encoladas y el tablero a medio lijar, y encima, sujeta con una goma, la lija con la que ella llevaba dos semanas encerrándose a las seis.

Detrás salieron dos maletas, tres cajas y el rollo de los cuchillos.

El banco de carpintero y la caja de herramientas de Ben se quedaron en el taller, porque con la mesa no cabían en la camioneta.

La trompeta de Kip la dejó ella en el banco del zaguán, con la campana a medio desabollar, como la tenía Ben.

Zoe salió de administración con un sobre.

—Tu semana, Naomi.

Naomi miró el sobre y luego la miró a ella.

—Los viernes, Miss Zoe. Como siempre.

No lo cogió. Cruzó el zaguán la última, con la llave siete al cuello. Miró la hoja que yo sujetaba. A mí no me miró. La llave no la colgó del tablero ni la dejó en el mostrador.

La detective vino esa misma noche, con la camioneta ya lejos. Lo apuntó todo y me miró el hombro.

—Un hombre que reconoce a otro por cómo anda, de noche, a cuarenta pasos, con un farol. Y lo dice usted, que hace una semana me escondió una casa. Con esto no me firman un registro. Puedo llamar a esa puerta.

Llamó el martes. Lo supe por Zoe, a quien telefoneó para decírselo: la recibió el administrador, le enseñó tres salas con planos del Barrio y le dijo que el señor Guidry había hecho para ellos trabajos de fachada hasta el otoño. Dejó un coche en la avenida dos noches. Por esa puerta no salió nadie.

El martes, al anochecer, Abernathy me paró en la galería. Traía el paraguas colgado del brazo y las gafas puestas.

—La cocinera duerme desde ayer en una casa de madera, a quince minutos, sin barra y sin nadie que le mire la puerta. Sabe lo que sabe, señor, y la noche de Sal ya dijo una parte en voz alta. Quedan ocho noches de tregua. Es una cuenta corta.

—No.

—¿Puedo preguntar la razón?

—Esta vez la tengo. Y no lo hará usted por la suya.

Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo. No me preguntó cuál era. Lleva mis cuentas desde 1921, y no es la primera que le devuelvo sin firmar.

El miércoles volvió el hambre que conozco.

Empieza por el oído. Desde el pasillo dejé de distinguir los pasos de ella entre los de los huéspedes.

Al anochecer salí hacia Esplanade y no pasé de la esquina de Barracks.

El Barrio estaba lleno, la acera se movía, y tuve que apoyarme en una reja.

Una muchacha con alas de cartón me preguntó si llamaba a alguien.

Volví sin saber si ese hombre seguía cenando en aquella casa.

A las diez y cuarto me tocaba la barra, con ella delante, como dejó mandado el lunes de Sal.

La cogí por el centro con la mano derecha.

La levanté dos palmos y no llegó a los herrajes.

Lo intenté otra vez con el antebrazo izquierdo debajo, y el hombro se me abrió por arriba, donde había cerrado.

Zoe estaba a un paso, con los brazos cruzados y la llave de Sal colgada del cuello.

Lo vio todo. Vio la camisa. Yo le oía el pulso, que era lo único que todavía oía bien a esa distancia, y le iba deprisa.

No ofreció nada. Yo no pedí.

—Kip —dijo ella.

Kip levantó la barra con una mano y la dejó caer en su sitio sin mirarme. Ella corrió los dos cerrojos, uno después del otro, y probó la hoja con el hombro.

Esa madrugada hice el portón, la puerta de chapa y el patio. Al pie de la escalera me senté en el segundo peldaño. Las plantas no las hizo nadie.

El jueves entraron los huéspedes de la semana grande, ocho habitaciones, con maletas hasta las once. A las dos y diez hice otra vez la parte de abajo y volví al mismo peldaño. Zoe salió de detrás del mostrador con la maestra de Sal y dejó a Kip en la silla del conserje.

Se paró delante de mí, a un paso. Llevaba el cuello cerrado y once noches en el turno de Sal, y se le veían. La víspera, a esa distancia, le oía el pulso. Ya no se lo oía. Me quedaba el olor, que el hambre no quita, y miré el suelo para no mirarle el cuello.

—El domingo no te lo pregunté, porque no quería oírlo. Te lo pregunto ahora. ¿Hay algo más que no me hayas contado?

Había un apellido de Cádiz en una carpeta del archivo que lleva el nombre de ella.

Había una línea con mi letra en una hoja que su abogada arrancó de mi registro, con la fecha del trece de noviembre y la hora en que supe a quién había mordido.

Si se lo daba esa noche, le quitaba en diez días a su conserje, a su abogada y la razón por la que creía estar en esa casa.

Me dije que se lo ahorraba a ella. Yo estaba sentado en un peldaño del que me costaba levantarme, y ella era la única que podía darme de comer.

Tardé, y la vi contar lo que tardaba.

—Nunca le he mentido.

Esperó a que añadiese algo. No añadí nada.

Pasó por mi lado sin rozarme y subió a hacer las plantas.