Capítulo 27. El inventario
El inventario
Zoe
La hija de Sal se llama Rosalie y lee los papeles como su padre, una vez y hasta el final.
Vino el martes a las nueve, sin haber dormido.
En administración le puse delante dos hojas y un cheque.
Las hojas eran la pensión de la casa, pasada por fin a contrato, con la fecha que su padre no llegó a darme.
Puse la del lunes. Detrás iba grapada una copia de la cuartilla de Adelaide.
El original se queda en mi caja. El cheque llevaba el primer mes de pensión y el saldo pendiente de su nómina de enero.
—No es un favor —dije—. Lo firmó Adelaide, y la casa lo debía antes de que yo llegase. Si su padre se hubiera jubilado en marzo, lo habría cobrado él.
Rosalie leyó las dos hojas. Después leyó la cuartilla, que era más corta, y tardó más.
—En Nochebuena me dijo que con esto yo dejaba las noches. Trabajo de noche en una residencia de Metairie. Le tenía un cuarto preparado desde que murió mi madre. —Firmó—. Firmo porque es suyo. No porque me lo deba usted.
—¿Qué cree que le debo yo?
—Eso lo sabrá usted. Yo sé que a las tres de la mañana un hombre de sesenta y seis años sacaba la basura de un hotel y guardaba una llave. —Tapó el bolígrafo—. ¿Quién estaba con él?
—Yo. Y la cocinera.
—¿Y el del entresuelo? Mi padre le abrió esa puerta cuarenta y un años.
—Bajó. Llegó tarde, y le abrieron un hombro.
—No lo quiero en el entierro. No es un recado para él. Se lo aviso a usted, para que no se extrañe si lo echo.
Quiso ver el sitio. Estuvo un rato delante del tablero, con el abrigo puesto, y tocó el gancho aparte donde él colgaba la suya.
—¿Quién tiene ahora su llave?
—Yo.
—Pues no la suelte.
Se llevó la gorra, la linterna y la chaqueta doblada. La tortuga no. Dijo que en Metairie no tiene fuente, y que su padre no se lo habría perdonado.
El vídeo del huésped de la 26 estuvo en internet antes del desayuno del lunes, con mi recepción, una sábana y la mitad de mi espalda.
Ese día se me fueron tres habitaciones. Las del cuatro al nueve no llamaron.
Están pagadas, y en Carnaval no queda otra cama en la ciudad.
La científica soltó la cocina el lunes por la tarde, y el martes el inspector levantó su precinto.
Esa semana aprendí el turno de Sal. De diez a seis estoy en el mostrador, con la maestra colgada de un cordón.
Dani abre los postigos y aguanta hasta las diez.
Su prima lleva las mañanas, y yo duermo de siete a una.
Los cubos salen ahora a las diez de la noche, con Kip en la puerta.
A las diez y cuarto Saavedra pone la barra con el brazo que le obedece, yo corro los dos cerrojos, y esa puerta no se abre hasta que es de día.
La campana la engrasé yo, con la aceitera que seguía encima del mostrador. Tres gotas en el eje y una en la argolla de la cuerda. No sé si se hace así. Ya no hay a quién preguntárselo.
El inventario lo hice el martes por la noche, en el mostrador, pasada la una, que es cuando un hotel no pide nada.
Saqué el manojo, el acta de la sucesión y mi recibo.
Los papeles dicen esto. El catorce de julio, muerta Adelaide, la albacea se hizo cargo de veintitrés llaves.
El dos de noviembre me entregó veintidós en el aparcamiento del aeropuerto, y yo firmé.
La veintitrés, la del archivo, me la dio el uno de diciembre, con la posesión.
El manojo pasó tres meses y medio en una caja de Camp Street. Esa última llave, un mes más.
Hice una hoja con cuatro columnas: puerta, quién tiene llave, desde cuándo, hasta cuándo.
La de servicio lleva un cartón que dice SERVICIO. La hoja vieja se dobló con el fuego, pero la cerradura se salvó, y el día cinco le pedí al encargado de la contrata que la pasara a la puerta nueva, para no andar con una llave suelta. Lo pedí yo. Así que la llave de noviembre seguía abriendo.
A las dos y diez bajó él a empezar la ronda por el portón. Vio las llaves en fila sobre la madera y se paró al otro lado del mostrador.
—La tuya —dije—. La de la ronda. Enséñamela.
La sacó del bolsillo y la puso en la palma, debajo de la lámpara. Era pequeña, de paletón doble. No me la dio, y no se la pedí.
—¿Abre la de servicio?
—Abre todas las de la casa.
—¿Desde cuándo la tienes?
—Desde 1795.
—¿La ha tenido alguien más desde que llegué?
—El lunes, para el archivo. Yo no la encajaba. La usó Abernathy delante de mí y me la devolvió. Ninguna otra vez.
Lo apunté con su nombre. Maestra de ronda, Saavedra, nunca en el manojo. Él leyó la línea del revés, sin torcer la cabeza.
—¿Y la del entresuelo?
—Hay dos. La mía y la que le di a usted.
—La mía está en mi mesilla.
Tenía mejor color que el lunes. El hombro lo llevaba quieto, pero estaba derecho, y la mano de la llave no le temblaba. Eso también era mío. No lo apunté.
—¿Necesita algo más?
—Que acabes la ronda.
La acabó. A las dos y cuarenta le oí los pasos arriba, en mi pasillo, donde no había nadie detrás de la puerta.
La de servicio la abren tres llaves: la mía, que duerme en el cajón de administración, la maestra de Sal y la maestra de ronda.
De las que abren su puerta, la del entresuelo, ninguna estuvo nunca en el manojo.
Los del lunes entraron con una llave que sí estaba y vinieron a pedirle a un conserje la que no.
Miré la hoja mucho rato. Una caja en un despacho es un sitio donde pudo copiarse una llave.
No dice que se copiara, ni quién lo encargó.
Mi cajón no tiene cerradura, y desde noviembre han pasado por delante un electricista, tres fontaneros y una contrata entera.
Añadí una quinta columna: quién más pudo tocarla.
El miércoles llevé a la comisaría de la calle Royal una copia de la grabación y otra de la hoja. El original se quedó en el grabador. La detective Arceneaux me firmó un recibo con el día, la hora y las cuatro horas de imagen que le entregaba, y lo pegué en el libro de tapas negras.
La vimos juntas. Mi cámara mira desde encima de la puerta hacia la boca del callejón.
No tiene sonido. No ve la puerta ni la cerradura.
A las tres y once Sal sale por debajo del encuadre, de espaldas, empujando un cubo.
A las tres y catorce saca otro, y vuelve a entrar.
A las tres y diecisiete una furgoneta blanca para en la boca del callejón, de costado, con una escalera en la baca.
Bajan cuatro. Vienen hacia la cámara con la capucha puesta y la cara tapada.
El primero saca la mano del bolsillo antes de perderse por abajo. Qué lleva en la mano no se ve.
A las tres y veinticuatro salen corriendo. Tres dan la espalda. El cuarto anda hacia atrás, de cara a mi puerta, con la capucha caída, el pañuelo en el cuello y un brazo estirado. Debajo de la farola se le ve la cara once fotogramas. Luego sale Kip.
Blanca, con una escalera en la baca. Yo había visto una igual.
—En diciembre hubo una furgoneta así en la esquina de Barracks. Tres noches. Me avisó el señor Saavedra, y el lunes siguiente la vi yo desde la azotea.
—A mí el señor Saavedra no me habló de ninguna furgoneta de diciembre.
—Lo apuntó—. Los de incendios tienen a tres hombres con gasolina en ese callejón el día cinco.
He pedido el expediente. La matrícula de esta no se lee.
De costado y a esa distancia, no. Pero tengo una hora y una escalera, y el ayuntamiento tiene cámaras en las salidas del Barrio.
Leyó mi hoja dos veces.
—Esto me dice dónde durmieron unas llaves. No me dice quién hizo una copia.
—Ya lo sé. Por eso tiene cinco columnas.
Me miró como se mira a alguien que va a dar trabajo, y guardó la hoja en la carpeta del caso.
El jueves me llamó otra vez. Había puesto seis fotos de carné sobre la mesa. Seis hombres rapados, de treinta y tantos.
Señalé la cuarta sin sentarme. La cara redonda de niño grande, las cejas que casi no se ven.
—¿Dónde lo vio?
—Desde el primer descansillo, a seis metros, con las luces de recepción. Se había bajado el pañuelo para hablar con Sal. Después me apuntó a mí. Y ayer, en su pantalla, andando hacia atrás.
—Lo de mi pantalla son once fotogramas. Lo suyo vale lo que vale un testigo que tuvo una pistola delante.
—Dio la vuelta a la foto y me enseñó el nombre escrito detrás—.
La furgoneta salió del Barrio por Rampart a las tres y treinta y uno, y ahí sí se lee.
Está a nombre de este hombre, Wade Guidry, de treinta y tres años.
Eso lo hace dueño. Quién conducía y quién disparó son dos preguntas más, y usted me acaba de contestar la segunda.
—¿Lo han detenido?
—Para la furgoneta tengo una orden desde anoche. Para él la pido hoy, con lo que usted acaba de señalar. En la dirección del carné vive otra gente desde octubre. El teléfono lleva apagado desde el lunes, y la furgoneta no ha vuelto a pasar por debajo de una cámara. Me falta saber dónde duerme.
Guidry. Me oí decirlo en voz alta.
—Mi abogada se apellida así.
—En esta ciudad hay un Guidry en cada calle. ¿Es la del inventario?
—Sí. Tiene un sobrino. Lo crio ella. En Nochevieja la llamó por teléfono, y no me dijo cómo se llamaba.
Lo apuntó sin cambiar la cara.
—Voy a verla esta tarde. Hasta entonces no la llame. Después pregúntele lo que quiera, que es su abogada.
Esa noche, a las diez y cuarto, cuando cayó la barra, se lo dije a él. En español y bajo.
—El dueño de la furgoneta se llama Wade Guidry. Lo he reconocido en una foto. Es el que disparó.
No se movió. Me llegó algo suyo, corto y frío, y no supe leerlo.
—Guidry —dijo.
—Como Elise. Mañana le pregunto por su sobrino.
—Pregúnteselo.
—Y la furgoneta del lunes es blanca y lleva una escalera en la baca, igual que la de diciembre. A Arceneaux no le hablaste de diciembre.
—No me preguntó por diciembre.
—Te pregunto yo. Aquella noche me dijiste que no ibas a darme un nombre todavía. El lunes me pediste unas noches. Van tres.
—Deme hasta el domingo.
—El domingo. Ni un día más. El lunes le cuento a esa mujer lo único que sé, que es que tú sabes algo.
Probó la barra con la mano buena y se fue hacia el zaguán.
Elise vino el viernes a mediodía, con una carpeta y una fiambrera.
La prima de Dani subió a despertarme. El permiso del forense lo había sacado Elise.
Había hablado con la funeraria y con la parroquia, y le había encontrado a Rosalie un notario que no cobraba.
Me puso la fiambrera delante, en mi mesa.
—Come. Luego firmas.
Era arroz con judías, hecho en su casa. Comí dos cucharadas.
—Elise. ¿Cómo se llama tu sobrino?
—Wade. —Dejó el bolígrafo—. ¿Por qué?
—La furgoneta del lunes está a nombre de un Wade Guidry.
Se quedó quieta. Tardó en coger otra vez el bolígrafo, y no lo usó.
—Wade tiene una furgoneta blanca. Hace reformas. No me coge el teléfono desde el domingo, y en él no es raro. —Se pasó la mano por la frente—. Se la habrá dejado a alguien, o se la han quitado. Esa detective vino ayer al despacho. Le he dicho lo mismo.
—Tuviste mis llaves de julio a noviembre.
—En la caja del despacho, con su acta. Las sacaba los martes para subir a tu casa.
—¿Quién más abre esa caja?
—Mi pasante y yo.
—¿Y Wade?
—Wade no ha tenido nunca llave de mi despacho, Zoe.
Me cogió las manos por encima de la mesa. Las tenía calientes, y me costó retirar las mías.
—Tú no tienes la culpa de nada de esto. Mírame. De nada. —Me apretó los dedos—. ¿Y él? ¿Cómo ha quedado?
—Vivo.
—¿Anda?
—Anda.
No le di más. Yo no le había contado que a él le hubiera pasado nada. Pudo decírselo la detective. Pudo.
Había contestado a todo, y deprisa. Elise nunca contesta deprisa. Pregunta antes. Aquel mediodía no me preguntó cómo murió Sal ni qué vi yo desde la escalera.
No la acusé. No tenía con qué. Tenía una hoja con cinco columnas y, delante, a la mujer que me había traído de comer.
—Firma aquí —dijo—. Es para el cementerio.
Firmé.
A Sal lo enterramos el sábado a las tres, en la tumba de los Mancuso, que es un nicho de la tapia, en la tercera fila.
En el mostrador dejé a la prima de Dani.
Vinieron Rosalie, Dani, los primos de Naomi, la mujer de la lavandería y media calle Chartres.
De la primera planta no vino nadie. A las tres de la tarde no cruzan ni mi patio.
Naomi llegó sola, de negro, con la llave siete por encima del vestido.
Rosalie metió la gorra dentro, encima de la caja, antes de que el albañil pusiera la lápida.
Elise me abrazó delante del nicho. Fue un abrazo largo, con la mano en mi nuca, como abraza mi madre.
Olía a lino y a café. Me dejé abrazar. Hacía mucho que nadie me abrazaba así, y me duró en el cuerpo más que la sospecha.
Por encima de su hombro vi a Naomi, al otro lado del cura.
Nos miraba a las dos. No era la cara con que se mira un pésame.
Rosalie dio café en el salón de la parroquia, a dos calles. Cuando salí ya era de noche. Volví andando por delante del cementerio, que tenía la verja cerrada, porque Dani había dejado el coche al otro lado.
Saavedra estaba en la acera, junto a la tapia, de cara al muro, con las manos a la espalda. Dani le había dicho la fila. Tenía a Sal a un muro de distancia, por el lado de la calle y con el sol ya puesto. No había pisado el entierro.
Me quedé a tres pasos.
—Rosalie no te quería dentro.
—Lo sé. Me lo dijo la encargada. Por eso he esperado a que cerrasen.
—El sobrino se llama Wade. Me lo dijo ella ayer. Dice que le habrán quitado la furgoneta.
No contestó. Siguió mirando el muro.
—Mañana es domingo —dije.
—Lo sé.
Naomi venía detrás, hacia el coche de sus primos. A él le miró el hombro que no levantaba. A mí me miró la blusa, abrochada hasta arriba. Volvió a mirarlo.
—Ya sé lo que sois —dijo al pasar.
Siguió andando.