La segunda mordida Capítulo 26. Para que actúes
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Capítulo 26. Para que actúes

Para que actúes

Saavedra

A las cuatro de la madrugada el portón tenía las dos hojas abiertas a la calle, la puerta de chapa estaba entornada detrás de una cinta amarilla y había linternas en mi patio. Yo estaba sentado en el banco del zaguán y no podía cerrar nada de aquello.

Sal seguía al pie del tablero, debajo de una sábana. Encima del mostrador andaba mi reloj de porcelana. Le había dado cuerda él el domingo, con la llave pequeña que yo no acerté a meter el jueves.

La campana me había encontrado en el suelo del despacho.

Me levanté a la segunda. Bajé la escalera de servicio con las dos manos en la pared, un tramo que hago en lo que tarda en cerrarse una puerta, y en la cocina vi la barra de pie contra el muro y los cerrojos descorridos.

Sal abría esa puerta los lunes a las tres y diez, para los cubos, desde que el camión entra en el callejón.

Todos esos lunes estuve yo en el patio hasta oír otra vez los cerrojos y, desde diciembre, la barra.

No lo acordamos nunca. Aquel lunes hice a las dos y diez la parte de abajo de la ronda, toqué esa barra en sus herrajes y subí a tumbarme.

Oí el tiro cuando pisaba el patio. Los dos de la fuente me esperaban a mí. Al del machete le vi venir el brazo y no tuve con qué apartarme. No sé si, de pie junto a esa puerta, habría bastado yo contra cuatro hombres y una pistola. Sé que no estaba.

Desde la fuente la vi a ella al pie de la escalera. Me miró, miró el mostrador y fue al mostrador. Era donde hacía falta. Lo supe entonces, y no me gustó saberlo.

El último de los cuatro cruzó el patio andando hacia atrás, hasta la cocina, con el arma por delante y el peso bajo.

Era ancho. Llevaba el pañuelo en el cuello, y yo, con lo que me quedaba en los ojos, no saqué de aquella cara más que un bulto claro.

Así vi retirarse el día cinco a un hombre con una lata en la mano, y aquella vez iba tapado.

En diciembre vi desde un tejado, al otro lado de una avenida, a uno de esa anchura y con el pelo al rape que le cogía el bolso a una abogada en una puerta de Esplanade.

A esa distancia no me quedé con la cara.

Un agente me pidió el nombre y la fecha de nacimiento. Le di el nombre y un año. Lo escribió sin levantar la vista.

—No salga del edificio, caballero. La detective querrá hablar con usted.

—A las siete menos cinco sale el sol. No voy a salir.

La escalera de servicio quedaba detrás de la cinta.

Subí por la principal, con Abernathy a la derecha y Kip a la izquierda, parándome en cada rellano.

En la galería no había nadie en las puertas.

Lo agradecí, y me avergonzó agradecerlo.

Cruzamos hasta la escalera de servicio y bajamos el medio tramo al entresuelo.

Abernathy quiso llevarme a mis habitaciones.

—Al archivo.

—Señor, allí no hay más que una silla.

—Allí no hay ventana. Hoy van a entrar en esta casa diez hombres a abrir lo que encuentren cerrado, y el postigo de mi despacho lo sujetan cuatro clavos de 1920.

Abrió él con mi maestra de ronda, porque yo no la encajaba, y me la devolvió al bolsillo. Me dejó en el suelo, con la espalda contra los legajos de la sucesión, y encendió la lámpara de la mesa.

—Puedo subirle lo que haya en el armario de la lavandería.

—No me sirve.

—Lo sé, señor. —Se quitó las gafas—. Mi suma sigue sin hacer. No voy a ir a buscar a nadie. Tampoco voy a estorbarle el paso.

Salió sin ruido y dejó la hoja entornada.

El archivo no tiene ventana. Su puerta da al pasillo del entresuelo, y el pasillo tiene una de medio punto sobre el patio, con el postigo clavado.

Por esas rendijas no entra una luz que queme.

Entra el patio y, por el arco del zaguán, lo que se diga en recepción.

En una noche corriente oigo desde ahí a la tortuga de Sal mover el agua de la fuente.

Aquella madrugada me llegaban voces sin palabras, como les llegan a los vivos las de un piso vecino.

Conté los pasos que entraban por el portón.

Dejé de contarlos cuando se me fue la cuenta, y no se me había ido nunca.

No podía cerrar la mano izquierda. Tenía frío, que es cosa que no he tenido desde Sevilla.

Durante cuarenta y un años, lo que yo cerraba a las dos y diez lo volvía a mirar ese hombre a las seis, antes de irse. Nunca me dijo que lo hacía. Yo oía su mano en cada cierre, detrás de la mía.

Ella bajó el medio tramo a las cinco menos diez.

La conocí por el paso, que traía corto y sin zapatos.

Empujó la puerta con la llave de Sal en la mano.

Tenía la camisa oscura hasta los codos, las rodillas del pantalón tiesas y las manos lavadas a medias, con las uñas negras.

Olía a Sal. Llevaba mi pañuelo al cuello, y también estaba manchado.

—Álvar.

Era la tercera vez que se lo oía. No me llamaba para pedirme nada. Quería ver si en aquel suelo quedaba alguien que levantase la cabeza. La levanté.

—¿Puedes ponerte de pie?

—No.

Acercó la silla hasta donde yo estaba y se sentó. Se deshizo el nudo con dos dedos, sin mirarlo.

—Tengo quince minutos. Le he dicho al agente que subía a cambiarme.

—No se lo he pedido.

—Ya lo sé. Abajo tengo un muerto, una puerta sin barra y doce huéspedes que quieren irse. Te doy para que actúes.

—No tengo con qué pagárselo.

—Hoy no cobro yo. Lo de Ben sigue donde estaba, y esto no lo mueve.

—Huele usted a él.

—Sí. Y tú vas a comer igual. —Se apartó el cuello de la camisa—. Cuento yo. Hasta veintisiete. Cuando calle, sueltas.

—Cuando calle, suelto.

Para llegar a su cuello tenía que estar de rodillas, y de rodillas no me ponía yo solo.

Me tendió la mano. La tomé, porque la otra manera era arrastrarme hasta la silla delante de ella.

Tiró de mí con más fuerza de la que yo le calculaba, me dejó a su altura y me soltó en cuanto tuve el respaldo agarrado.

Volvió a poner las manos sobre las rodillas, abiertas.

Mordí en los puntos de enero.

Contó a su ritmo. El jueves de los cuarenta tuve una mano suya en la nuca.

Aquella madrugada no me tocó, y yo me sujeté a la madera de la silla para no apoyarme en su hombro.

Tenía la sangre de Sal seca en la camisa, a un palmo de mi cara, y la de ella en la boca.

No supe separar un olor del otro, y seguí bebiendo.

Hacia el diez volví a oírle el corazón. Antes del quince el hambre me pidió el doble de lo que ella había dicho, con una claridad que no le conocía, y supe con qué poco se pasa de una cifra.

A media cuenta se le quebró la voz, como se le quiebra siempre.

Por debajo me llegó lo que mi boca le hace sentir, lo quiera ella o no.

No lo tomé por un permiso. Sus manos seguían abiertas encima de las rodillas.

No se cerraron ni vinieron a buscarme. Detrás de aquello había otra cosa, más grande, y era pena.

No me hizo falta preguntar por quién. Siguió contando.

Hacia el veinte, las voces del patio empezaron a tener palabras.

—Veintisiete.

Solté.

El hombro pedía el doble. Ella había puesto la cifra, y de ahí no pasé.

Se tapó los puntos con el pañuelo doblado y se hizo el nudo ella sola, torcido. El sábado de Kip se lo hice yo. No me ofrecí, y no me habría dejado.

—Has soltado en el veintisiete. Van tres.

—Gracias.

—No es para ti. —Tenía los ojos cerrados y la cabeza contra el respaldo—. Es para Naomi, que duerme detrás de un cerrojo de carpintero. Y para que cuando esa detective pregunte quiénes eran haya en esta casa alguien que lo sepa. ¿Lo sabes?

Me puse de pie. Las piernas me sostuvieron. El tajo se había cerrado por el fondo y seguía abierto por arriba, de un dedo de ancho, y el brazo izquierdo no me subía más allá del pecho.

—Sé de quién aprendieron. Son hombres vivos. Una orden.

—¿Qué orden?

—Una que caza a los míos desde antes de que esta casa tuviera portón. En 1788 entraron en la que yo tenía entonces por la puerta de los suministros, a la hora en que se abría desde dentro, con hachas y aguarrás. Faltaban dos horas para el alba. Mataron a los cuatro que vivían conmigo.

—¿Y el fuego del día cinco?

—La misma puerta y la misma hora. Esta noche han esperado a que un hombre levantase una barra para sacar tres cubos.

—¿Para qué querían la lona?

—A los míos no hace falta matarlos dentro. Basta con sacarlos atados y esperar a que salga el sol.

Abrió los ojos.

—¿Les has visto la cara?

—No para reconocerla. Al que disparó no lo vi disparar. Lo vi retirarse. Conozco la manera.

—La manera no es un nombre.

—El nombre del que disparó no lo tengo.

—¿Y por qué me entero hoy de que existe esa gente?

—En dos siglos no se habían atrevido con una puerta que tres casas habían jurado vengar, y los di por viejos. Fue un error mío.

—¿Sabes dónde encontrarlos?

Yo tenía una placa de latón en Esplanade, un coche gris y una manera de andar hacia atrás.

Si le daba la placa, a las nueve la tenía la detective, a las diez había dos coches patrulla delante de una fundación con donantes y abogada, y el hombre ancho cruzaba el lago antes de comer.

Si le daba el coche gris, le entregaba con él a su abogada, y entonces me preguntaría por qué una letrada de sucesiones sienta en mi tercera planta a una hotelera de Cádiz.

Eso tiene un apellido, y está escrito en el folio diecisiete de una carpeta que estaba a su espalda, en la segunda balda.

Callé las dos cosas. La primera la callé por llegar yo antes. La segunda, por mí.

—Sé por dónde empezar. Deme unas noches.

—Lo que encuentres me lo cuentas a mí. Antes que a nadie.

—Se lo contaré.

Se quedó sentada diez minutos, con las manos frías.

Fui a mis habitaciones por la jarra y la jofaina.

Bebió dos vasos. Luego metió las manos en el agua y se las frotó hasta que el agua se puso parda.

Yo sostuve la jarra. No me dio las gracias, y no las esperaba.

En el patio, una mujer dijo su nombre y su cargo. Detective Arceneaux, Homicidios.

—Tengo que subir a cambiarme y bajar.

Le ofrecí el brazo hasta la galería.

—No. Si me ven llegar de tu brazo, lo apuntan.

Subió el medio tramo hasta la galería agarrada al pasamanos.

La mañana la seguí desde el pasillo, de pie junto al postigo, que es donde llega el patio.

La detective tenía la voz baja de quien no repite una pregunta.

A Kip y a Abernathy los oyó en el banco del zaguán, antes de que saliera el sol.

Después se instaló en una mesa del bar, al borde del patio, porque en recepción seguía Sal, y por aquella mesa pasó el matrimonio de la 26.

Dani llegó a las siete, ocho horas antes de su turno, y se puso a atender el teléfono desde administración sin que nadie se lo mandase. Un agente salió para Metairie.

A la cocinera la oí decir que bajó con paños cuando ya habían disparado y que no le vio la cara a ninguno.

La detective le preguntó si la casa había tenido problemas antes.

Naomi tardó. Dijo que a su marido lo enterraron en Lafayette hace diez días, y que de esta casa no tenía más que contarle a la policía.

Dijo «a la policía» despacio, y entendí que a otros sí tenía qué contarles.

A Zoe, que había bajado con ropa limpia, la detective la dejó comer algo y dormir una hora en la butaca de administración, y a las ocho la sentó a la mesa del bar, debajo de mi ventana.

Zoe contó lo que vio, en el orden en que lo vio, con un inglés corto y pausas largas.

Un hombre de su edad, ancho, rapado, de cara redonda, con las cejas casi blancas.

Tuve la cara que me faltaba. No bajé a decir dónde había visto esa espalda.

De la llave caída dijo que la recogió ella. De las cinco menos diez no dijo nada, y nadie se lo preguntó.

La detective subió a las diez, por la galería, con un agente que se quedó en el medio tramo. Era una mujer de cincuenta años, con un abrigo de hombre y zapatos de andar. Miró el pasillo, el postigo clavado, mi hombro debajo de una camisa limpia.

—Mi víctima es un conserje de sesenta y seis años que no quiso dar una llave. Esa llave abría su puerta de usted. Quiero saber por qué cuatro hombres se toman ese trabajo.

—Venían a llevarme. Lo que traían para eso lo tiene usted en el patio.

—¿Quiénes?

—Gente que lleva matando a los míos más tiempo del que esta ciudad tiene policía.

—Eso no me cabe en un informe, señor Saavedra. Deme algo que quepa. ¿Quién tiene llave de la puerta del callejón?

—La titular, el conserje y yo. La mía abre todas las de la casa.

La saqué del bolsillo y se la enseñé en la palma. La miró sin cogerla.

—¿A qué hora tocó usted esa puerta?

—A las dos y diez. Tenía la barra puesta y los dos cerrojos echados.

—¿Y a las tres y diez, cuando la abrió su conserje?

—En mi despacho, tumbado. Otros lunes, a esa hora, estoy en el patio.

—¿Y este?

—Este no podía.

Esperó. No añadí nada, y lo escribió como lo había dicho. Después le di lo que vi, con las horas: la barra, el patio, dos hombres, un machete, uno ancho que se retiraba de cara.

—¿Algún nombre?

—Del que disparó, ninguno. Lo demás que tengo no se sostiene delante de un juez. Cuando se sostenga, lo tendrá usted.

—Eso lo decido yo. —Cerró la libreta—. Esta noche, cuando pueda bajar, me enseña dónde estaba cada uno. Y si sale a buscarlos por su cuenta y me deja un cuerpo en una acera, va al mismo expediente que el de su conserje.

Se llevaron a Sal a las once. Oí las ruedas de la camilla en las losas del zaguán, que él barría a las cinco.

Zoe volvió a mediodía. Se quedó en la puerta del archivo, con una blusa abrochada hasta arriba y la maestra de Sal colgada de un cordón.

—La hija lo sabe. Viene mañana. La detective quiere la grabación del callejón, y se la doy cuando tenga una copia. Se me han ido tres habitaciones. La científica suelta la cocina esta tarde. Esta noche el mostrador lo llevo yo, y la barra de esa puerta la pones tú a las diez, conmigo delante.

—La pondré.

—Y la próxima vez me lo pides.

—No habrá próxima vez, si de mí depende.

Me miró el hombro, y luego la cara. No contestó. Subió el medio tramo despacio, y la oí contar los peldaños.