Capítulo 25. La campana
La campana
Zoe
A las tres menos diez Sal subió a probar mi pasillo y la azotea, igual que el viernes y el sábado. Le oí la tos en cada rellano. Abrí antes de que tocase el pestillo.
—¿Ha hecho la ronda Saavedra?
—Lo de abajo, Miss Zoe. El portón, la de servicio, el patio. A las dos y diez, como siempre. —Se colgó la linterna de la muñeca—. Luego se ha vuelto al entresuelo. Yo hago esto, saco los cubos y me siento.
—Mañana a las diez quiero ponerle fecha a tu papel.
—Mañana a las diez estoy durmiendo. Tráigalo por la noche, y de paso le enseño la campana.
Bajó agarrado al pasamanos.
Volví al secreter. Estaba vestida, con la cuartilla de Adelaide a un lado y una hoja mía al otro. La estaba pasando a contrato. Pensión de la casa al señor Mancuso desde el día en que se jubile, o a su hija si él falta antes. Me quedaba la fecha en blanco.
A las tres y diez oí las ruedas de un cubo en las losas del patio. Era lunes. El camión de la basura entra en el callejón a las cuatro, y Sal saca antes los tres cubos del cierre, uno por uno, por la cocina.
La campana sonó a las tres y veinte.
Yo la había oído una vez, la madrugada del fuego. Esta vez no llevaba compás. Seis golpes, siete, amontonados. Tiraba de la cuerda alguien que tenía la otra mano ocupada. El primer día Sal me explicó para qué servía. Para cuando entra quien no debe.
Cogí el móvil y salí en calcetines. El extintor de mi rellano seguía en su gancho, y no olía a humo.
En la segunda había dos puertas abiertas. El marido de la 26 estaba en el pasillo, en pantalón de pijama, con el teléfono en la mano.
—Dentro —dije en inglés—. Echen la llave. No abran hasta que suba yo.
—¿Es un incendio?
—No. Dentro.
Entró. Oí girar la cerradura a mi espalda, y otra más al fondo del pasillo.
La campana se cortó cuando yo iba por la mitad del tramo. Abajo hablaba un hombre, y no era Sal.
En la galería de la primera estaba Kip, descalzo, delante de la 17, asomado a la barandilla del patio.
—Hay dos en la fuente —dijo, bajo—. Con capucha. Uno lleva un machete.
Abernathy venía por la galería abrochándose la chaqueta, con el paraguas colgado del antebrazo.
Ruth Villavaso miraba desde la 14, con la rebeca sobre el camisón.
Las puertas de la 11, la 15 y la 16 se abrieron un dedo y ahí se quedaron.
Desde la noche de Reyes no tienen casa que responda por ellos.
Seguí bajando.
Desde el primer descansillo se ve el mostrador entero. Sal estaba de pie delante del tablero, de espaldas a las llaves. Tenía la mano izquierda en la cuerda de la campana y la derecha cerrada contra el pecho. El gancho donde cuelga la suya estaba vacío.
Al otro lado del mostrador había dos hombres.
Eran vivos: jadeaban. La tregua de Verret ata a tres casas; yo no sabía para quién trabajaban aquellos hombres.
Uno llevaba capucha, un pañuelo hasta los ojos y una cadena enrollada al hombro, como se lleva una manguera.
El otro se había bajado el pañuelo al cuello para hablar.
Tendría mi edad. Era ancho, rapado, con una cara redonda de niño grande y las cejas tan claras que casi no se le veían.
Sostenía una pistola con las dos manos, a la altura del pecho de Sal, y no le temblaba.
—La llave, viejo —decía—. La que abre su puerta. Contigo no va nada. Nos llevamos al del entresuelo y tú cierras detrás.
—Esa puerta la cierro yo todas las noches. —Sal hablaba despacio. Explicaba las cosas una vez—. Y las llaves de esta casa las da la titular. A esta hora la titular duerme.
—Pues la tienes en la mano.
—Ahí se queda.
Entonces me vio, por encima del hombro del otro. No cambió la cara. Movió los ojos hacia la escalera, una sola vez. Me mandaba arriba.
El de la pistola giró la cabeza antes que el cuerpo y me miró. Tenía los ojos claros también.
—Cógesela —le dijo al de la cadena.
El de la cadena saltó el mostrador y le agarró a Sal el puño con las dos manos. Sal no lo abrió. Tiró de la cuerda con la otra, y la campana dio un golpe, y otro.
Al de la pistola le subieron las manos. El disparo sonó más pequeño de lo que yo esperaba. En el zaguán, con tanta piedra, sonó como un portazo.
Sal siguió de pie un momento. Después resbaló por el tablero hasta el suelo, y las llaves de las habitaciones tintinearon detrás de su espalda.
Grité. No sé en qué idioma.
El de la cadena seguía tirándole del puño, agachado, y no conseguía abrírselo. En el patio gritó uno de ellos. Ya tenían a quien buscaban.
—Déjalo —dijo el de la pistola—. Al patio.
El de la cadena volvió a saltar el mostrador y pasó corriendo por delante de la escalera, a dos metros de mis pies.
El otro fue detrás, de lado, sin bajar el arma.
Al cruzar la levantó hacia mí. Me apuntó un segundo, quizá menos.
Yo estaba agarrada al pasamanos y no me agaché. A las piernas no les llegó la orden.
Entonces me llegó algo de Saavedra, de golpe, igual que la noche de Kip.
Bajé los peldaños que quedaban. Por el arco del zaguán se ve el patio.
Saavedra estaba junto a la fuente con una rodilla en las losas y una mano en el borde de piedra.
Tenía la camisa abierta del hombro al pecho.
Había bajado del entresuelo, había cruzado la cocina y había llegado hasta ahí.
Al zaguán no llegó. Encima de él, un hombre con capucha levantaba el machete por segunda vez. Otro desdoblaba una lona.
Saavedra le cogió la muñeca al del machete. Dos semanas antes, en mi portón, esa mano había parado una barra en el aire. El hombre se soltó de un tirón, como se suelta uno de un viejo.
Kip se dejó caer de la galería sobre el del machete, cuatro metros, con los pies por delante. Abernathy pasó a mi lado sin rozarme. Lo siguiente que vi fue el paraguas, y al de la lona doblado sobre su propio brazo.
—¡Fuera! —gritó el de la pistola—. ¡Fuera!
Disparó dos veces hacia la fuente. Saltó una esquirla de piedra, y Kip se tiró al suelo.
El de la pistola retrocedió hacia la cocina con el arma por delante, sin darle la espalda a nadie.
Levantó con una mano al del brazo roto. Entraron los cuatro, y él el último, de cara.
Kip fue detrás. Sonó otro tiro, más lejos, y luego un motor.
Yo estaba al pie de la escalera. Por la cocina se iban los cuatro, y solo a uno le había visto la cara. Miré el patio. Él seguía de rodillas, y Abernathy ya lo tenía por el brazo. A mi derecha quedaba el mostrador. Con Sal no había nadie.
Fui a la derecha.
Estaba sentado contra la pared, debajo del tablero, con las piernas abiertas. Tenía la camisa oscura desde el bolsillo hacia abajo y respiraba con un ruido de agua. Me arrodillé. Le puse las dos manos encima, una sobre otra, y apreté con todo el peso. Lo enseñan en los cursos de los hoteles.
—Sal. Mírame.
Me miró. Luego miró hacia el patio.
—La barra —dijo—. La quité para los cubos.
—Ya la pongo yo.
—Me quedaba uno. Cerré con llave. Un minuto. —Tragó—. Los cerrojos tampoco. Dígale al señor que la de servicio…
No pudo acabarlo. Le faltó aire para el resto de la frase.
Saqué el móvil con una mano, marqué el nueve uno uno, lo dejé en el suelo con el altavoz y volví a apretar. Di la dirección dos veces. Un hombre de sesenta y seis años con un disparo en el pecho. Sí, respiraba. No, el que había disparado ya no estaba en la casa.
Naomi llegó del patio con una pila de paños de cocina contra el delantal. Había cruzado desde el taller con los tiros recién sonados. Se arrodilló al otro lado.
—Quite las manos. Ahora ponga. Apriete más.
Apreté más. Los paños se pusieron calientes.
—¿Qué hora es? —dijo Sal.
—Las tres y veinticinco.
—El camión pasa a las cuatro. Hay dos fuera.
—El tercero lo saco yo.
Hizo fuerza con los talones contra las baldosas. Quería levantarse a sacarlo él. Naomi le puso una mano en el hombro y no le dejó.
Entonces levantó el puño derecho, cerrado todavía, hacia el tablero. No llegaba. Buscaba el gancho aparte, donde cuelga la suya cuando entra. El que entra, cuelga.
—Ya la cuelgo yo, Sal. Dámela.
No abrió la mano. La bajó hasta el muslo y la dejó allí.
—Los de la segunda —dijo—. Que no bajen.
—No bajan. Están con llave. Ya vienen, Sal. Aguanta.
Dijo que sí con la cabeza. Se le fueron los ojos al mostrador. Encima, junto al reloj de porcelana, había una aceitera pequeña, de las de máquina de coser, y un trapo doblado en cuatro. Lo tenía preparado.
Cinco horas antes me había pedido una cosa, en mi despacho, con la gorra en la mano. Le dije que esa noche no.
A las tres y veintiocho dejó de hacer aquel ruido.
—Señora, ¿respira? —preguntó la operadora.
—No.
—Túmbelo boca arriba. Las manos en el centro del pecho. Yo le marco el ritmo.
Lo tumbamos entre las dos. Empecé a contar con aquella voz. Naomi sujetaba los paños debajo de mis muñecas.
Saavedra había llegado al final del mostrador. No sé cuánto tardó en cruzar el patio. Se sujetaba el hombro izquierdo con la mano derecha y apoyaba el otro antebrazo en la madera. No sangraba como Sal. Tenía la carne abierta, casi seca, y la cara gris.
—Señor Mancuso —dijo.
Se lo decía así cada noche a las diez, para pedirle el parte. Sal no contestó. Él inclinó la cabeza, igual que delante de las puertas.
—No late.
—Cállate.
Seguí contando. En noviembre ese hombre me oía respirar a través de una puerta. Aquella noche había tardado en bajar un tramo de escalera más que yo en bajar tres pisos, y no pensaba dejar de apretar porque lo dijera él.
—Para Ben sí tuvo fuerza —dijo Naomi, sin levantar la vista de los paños.
Nadie le contestó. Abernathy lo cogió por el brazo sano y lo sentó en el banco del zaguán.
Kip volvió por el patio sin aliento, que es raro en ellos.
—Una furgoneta blanca, en la boca del callejón. Se han ido hacia Barracks. El de la pistola ha subido el último y me ha disparado otra vez. A la furgoneta no he llegado. —Se miró las manos—. La puerta está abierta. Tiene una llave puesta por fuera.
—No la toques. No toques nada. Te quedas en esa puerta y no entra nadie. Abernathy, el portón.
Las sirenas se oyeron antes de que acabase de decirlo.
Entraron dos agentes con el arma en la mano, y detrás la camilla. Vieron a un hombre gris en un banco con el hombro abierto, a otro con un paraguas y a mí en el suelo.
—El del banco y el del paraguas viven aquí —dije, sin dejar de apretar—. Los que han entrado eran cuatro hombres. Vivos. Se han ido por el callejón en una furgoneta blanca.
Los sanitarios me apartaron con educación. Trabajaron con él nueve minutos, en el suelo de mi recepción, con una máquina que hablaba. A las tres y cuarenta y cuatro uno de ellos miró el reloj y dijo la hora en voz alta.
El otro se había acercado al banco con una linterna.
—Caballero, eso hay que cerrarlo.
—No cierra con hilo —dijo Saavedra—. Déjelo.
—¿Qué necesita?
Saavedra no contestó. Yo sabía lo que necesitaba. Lo sabía Naomi, que se lavaba los brazos en la fuente y lo miraba por encima del hombro. La tortuga de Sal se había metido debajo del caño.
A Sal le habían levantado el brazo derecho para ponerle una vía. Cuando se lo soltaron se le abrió la mano, y la llave cayó a las baldosas.
La recogí yo. Era de hierro, más larga que las del tablero, con una anilla de latón gastada donde él metía el dedo.
Un agente joven me preguntó qué era.
—La maestra de recepción. Abre todas las puertas de esta casa. Es la que le pedían. —Me limpié la mano en el vaquero, y no sirvió de nada—. Apúntelo y hágale una foto. De aquí no sale.
Lo apuntó. Luego quiso ver por dónde habían entrado.
Lo llevé. Al pasar por delante del banco, Saavedra apoyó la mano buena en la madera para levantarse y venir.
Volvió a sentarse con la espalda recta, sin mirarme.
Junto a la fuente había una lona de camión a medio desdoblar y una cadena con un candado abierto en la punta.
No venían a matarlo en mi patio. Venían a llevárselo.
Más allá, volcado, estaba el tercer cubo.
La cocina seguía negra del día cinco. La puerta de chapa estaba entornada.
La barra descansaba de pie contra la pared, donde se deja para que no estorbe.
Los dos cerrojos estaban descorridos, y el piloto rojo del grabador, encendido.
En la hoja y en el marco no había una marca.
Fuera, debajo de la farola, esperaban los otros dos cubos, en fila, y en la cerradura, por el lado del callejón, había una llave.
Era de latón nuevo y no llevaba etiqueta.
La mía lleva una de cartón, escrita a máquina, que dice SERVICIO.
Encima de la puerta, mi cámara miraba hacia la boca del callejón, como cada noche desde la semana del fuego. Tendría la furgoneta, y a ellos entrando y saliendo. La cerradura le queda debajo, fuera de lo que ve.
Kip estaba en el umbral, con los brazos cruzados.
—¿Esa llave es del hotel? —dijo el agente.
—No. Pero ha abierto.
—¿Quién tiene llave de esta puerta?
—Yo. El conserje. Y el señor del banco, que lleva una maestra.
Yo había oído las ruedas a las tres y diez. Sal me había dicho lo de la barra. A nadie le había visto girar esa llave.
El agente pidió por la radio a la científica y a Homicidios, cerró la cocina con una cinta amarilla y nos dijo a Kip y a mí que no hablásemos entre nosotros de lo que habíamos visto hasta que llegase Homicidios.
Después me preguntó cuánta gente había en el edificio.
Volví al mostrador y miré el tablero, que para eso está.
Seis llaves colgadas en la fila de arriba.
El gancho del uno, vacío, y su dueño en el banco del zaguán, con un sanitario delante que no sabía qué hacerle.
El del siete, vacío, y su dueña junto a la fuente, con las mangas mojadas.
Doce huéspedes en la segunda, detrás de sus cerraduras, menos uno.
En la barandilla del segundo rellano asomaba un teléfono, grabando hacia abajo.
Antes del desayuno mi recepción iba a estar en internet con una sábana en el suelo.
—¿Y quién es el responsable por la noche? —dijo, con la libreta abierta.
Sal estaba debajo de una sábana de la ambulancia, al pie del tablero. El reloj de porcelana, al que él había dado cuerda, marcaba las cuatro menos cinco. Quedaban dos horas de turno. Había una puerta sin barra, doce personas esperando a que subiera yo y una campana que no sabía engrasar.
Cerré la mano sobre la llave.
—Yo —dije.