Capítulo 24. Esta noche no
Esta noche no
Zoe
El viernes colgué en internet el cartel de completo para la semana grande.
Ocho de ocho, del día cuatro al Martes de Carnaval, con dos noches de mínimo y pago por adelantado.
Era lo que había venido a hacer a esta ciudad.
Lo hice de pie, con el portátil de Dani encima del mostrador, y no se lo conté a nadie.
Las tres últimas habitaciones eran las de una agencia de Chicago, que se había ido con la reseña del de Houston y el martes volvió pidiendo por escrito la garantía de que nadie iba a abordar a sus clientes en la puerta.
Se lo firmé el jueves, y el viernes entró el pago. Podía firmarlo desde el día quince.
Elise llamó a las diez, como todos los días desde el viernes anterior.
—¿Has desayunado?
—Un café.
—Eso no es desayunar. —Se oía la cucharilla contra la taza—. Tu cocinera vino ayer. Es una mujer muy entera. Lo de la casa de Tremé tiene arreglo. Estoy en ello.
—Gracias, Elise. De verdad.
—No me las des. Me gusta arreglar lo que se puede. —Bebió—. ¿Y tú cómo estás? No me digas que bien.
—Estoy llena para Carnaval.
—No te he preguntado por el hotel.
—Ya lo sé.
—¿Y él?
—De él no hablo.
—Haces bien —dijo, y cambió de asunto con una suavidad que le agradecí.
Tenía trabajo para tres. El inspector volvía el martes a levantar el precinto de la cocina.
La distribuidora de bebidas es de Saavedra.
El pedido de Carnaval lo había cerrado el lunes con un comercial que me llamaba señora Marrero y no nombró a nadie.
Dani me trajo a una prima suya de Kenner para las mañanas del mostrador, una chica de veinte años que no pregunta dos veces.
En la 23 se había descolgado una hoja del armario.
En diciembre le habría dejado una nota a Ben en el banco y por la mañana habría estado en su sitio.
Llamé a tres carpinteros. En semanas de desfile, ninguno antes del martes. La calcé con un cartón doblado.
Naomi había repartido la cocina sin consultarme.
Las cenas, enteras, para sus primos. Para ella, los desayunos y el armario blanco de la lavandería, con su libreta y su candado.
A las seis se encerraba en el taller a lijar.
Conmigo no hablaba más que de cantidades.
Los primos me preguntaron cuándo era el entierro, y no supe qué decirles.
Ella les contó que a Ben lo habían enterrado los suyos en Lafayette, y no dio más.
—El techo y la llave siguen —le dije ese viernes, en la lavandería—. Hasta la escritura y después, si quieres.
—Su techo ya sé lo que vale, Miss Zoe.
—No vale lo que te dije. Vale lo que hay.
Cerró el candado.
—Pues con lo que hay me quedo, de momento. Tengo una mesa a medio lijar.
A Saavedra lo veía sin buscarlo. Al anochecer cruzaba el patio como siempre, pero ya no se paraba de pie junto a la fuente.
Ese viernes, cuando entró Sal, estaba sentado en el banco del zaguán, con la espalda recta y las manos en las rodillas.
Sal me dijo en noviembre que en cuarenta y un años no lo había visto sentarse ahí. Se sentó dos noches antes de morderme.
Llevaba ocho días sin pedir.
Sal se paró a mirarlo con un paquete en las manos, envuelto en papel de periódico. Era el cartel de Adelaide, de latón, del tamaño de una bandeja, con la palabra «completo» en inglés y en francés. Lo había guardado en su casa de Metairie los dos años que esto estuvo cerrado.
—Se cuelga del llamador —dijo—. Miss Adelaide lo ponía el día de Reyes y lo quitaba el Miércoles de Ceniza.
Lo colgó él y se quedó mirándolo desde la acera, con las manos a la espalda.
Esa noche tenía la barra llena y a Kip sirviendo copas conmigo, con una camisa de Dani.
Le pago la noche: sin trompeta no tiene Frenchmen.
A las once el de la 15 bajó, se sentó en el último taburete, pidió su copa templada y se puso a mirar a una chica de Memphis que bailaba con su novio junto a la fuente. Le miraba el cuello. No hacía nada más.
Saavedra seguía en el banco del zaguán y no miraba a nadie.
Dejé la coctelera.
—Señor. En esta casa no se mira así a un huésped. Lo dije el treinta de diciembre.
—Lo dijo, señorita. —No apartó los ojos de la chica—. Y el que lo hacía cumplir era otro.
—Ahora lo hago cumplir yo. Suba a su cuarto.
Tardó. Miró hacia el zaguán, por si de allí venía algo. No vino nada. Kip salió de detrás de la barra con el trapo al hombro y se le puso al lado, sin una palabra, con su cara de veinte años.
El de la 15 apuró la copa y subió. Me temblaba la mano cuando volví al hielo.
Cerré a las doce y conté la caja. A la media pasé por delante del banco con ella debajo del brazo.
—¿Vas a decirme algo?
—Que ha tenido buena noche de barra.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no.
Subí y me tumbé vestida.
No dormí. Llevaba ocho noches sin que me mordiera, y no lo había echado de menos la primera ni la tercera. Aquel viernes me sorprendí con la mano en el nudo, apretando donde muerde. La quité.
A las dos y cuarenta no hubo pasos en mi pasillo. Miré el móvil. Las dos y cuarenta y cinco. Me senté en la cama. A las dos y cincuenta seguía sin oírse nada, y yo no le había oído fallar una noche desde que llegué.
A las tres menos cinco subieron otros pasos, más pesados, con un descanso en cada rellano y una tos.
Probaron los dos trasteros y el cuarto del conserje.
Se pararon delante de mi puerta y alguien tocó el pestillo con cuidado, una vez, como se prueba un cierre.
Luego la escalerilla de hierro, despacio, peldaño por peldaño, y la trampilla.
Abrí cuando bajaba. Sal estaba agarrado a la barandilla de la escalerilla con las dos manos, con la linterna colgada de la muñeca.
—Los cierres están bien, Miss Zoe —dijo—. Acuéstese.
—¿Dónde está?
—En la segunda. En el último peldaño.
—¿Se ha caído?
—Se ha sentado.
Bajó agarrándose al pasamanos.
Me asomé al hueco de la escalera. No se veía nada. No bajé.
Eché el cerrojo y me quedé de pie detrás de la puerta. Nueve días. Naomi me había contado en Tremé lo que fueron cuatro para Ben.
El sábado no vi a Saavedra en todo el día. Pasé cuatro veces por delante de la escalera de servicio con cosas que podían esperar.
Ese sábado le habría tocado a Naomi: el trece, el dieciocho, el veintitrés. Estuvo de pie todo el día, sin taburete, y a las seis se encerró a lijar.
Esa noche hubo desfile en el Marigny y a las once Kip y yo no dábamos abasto.
Por la acera de enfrente pasaron dos de los chicos de Verret, entre la gente del desfile, y no miraron mi portón.
Saavedra no bajó al zaguán. A las tres menos diez los pasos que subieron a la tercera fueron otra vez los de Sal. No abrí.
El domingo, en el desayuno, la señora de la 26 me preguntó si se encontraba bien el caballero que estaba sentado en la escalera a las tres y media de la madrugada, cuando ellos volvían. Le dije que era un residente con insomnio.
Mi madre llamó a mediodía. Tenía la máquina de coser detrás y medio tipo de comparsa colgado de una percha.
—¿Tú cuándo vienes, hija? Que aquí ya están con los ensayos y este año la comparsa va de fareros.
—Después del mío, mamá. Tengo la casa llena.
—Eso es bueno. —Me miró por la pantalla como mira un dobladillo—. Tienes mala cara. ¿Es por un hombre?
—Es por un hotel.
—Los hoteles no dan esa cara.
Elise llamó a las cinco y no le cogí el teléfono.
Al anochecer vi a Saavedra cruzar el patio. Tardó el doble. A la altura de la fuente se paró y puso una mano en el borde, y entonces me llegó algo suyo por primera vez en nueve días. Duró poco. Se acabó en cuanto vio que yo miraba desde la barra. Vergüenza, creo. Quitó la mano y siguió andando.
Sal entró a las diez menos cinco. Colgó su llave, dobló la chaqueta y no se sentó.
—¿Tiene un momento, Miss Zoe? En su despacho. Dani puede quedarse diez minutos.
Dani dijo que sí con la cabeza, sin que nadie se lo preguntara.
En administración cerró la puerta y se quedó de pie delante de mi mesa, con la gorra en la mano, como el día que vino a leerme la norma tercera.
—Le voy a contar una cosa que no me corresponde. Llevo desde noviembre sin contársela, porque él no quería, y yo a él le he guardado todo lo que me ha dado a guardar. Esta se la cuento.
—Siéntate, Sal.
—De pie estoy bien. El sábado catorce de noviembre, dos días después de lo de la cámara, el señor Saavedra volvió a las once de la noche.
Usted dormía. Dejó en mi mostrador un llavero.
Cinco llaves y la del pozo. Me dijo que el lunes vendría un mensajero de la casa Verret y que se lo entregara. Todas. El lunes vino y se las di.
—¿Las llaves de qué?
—De su casa. La del bayou St. John. Seis cuartos, cuatro sin ventanas, una galería que da al agua. La tenía desde antes de que hubiera hotel. Iba todos los sábados. Decía Miss Adelaide que era el único sitio donde ese hombre descansaba.
Una galería que da al agua, junto al bayou St. John. Me lo había dicho él, en su cuarto, con esas palabras.
—¿Se la vendió a Verret?
—Se la dio, firmada. Eso ya no lo vi. Lo supe después: se le escapó a Mr. Abernathy en diciembre, una casa por una fecha. —Me miró—. Las casas querían que cumpliera el código esa misma semana. Madame Verret le dio hasta que usted abriera. Cincuenta y tres noches.
Tardé en hacer la resta.
—Las mías.
—Las suyas.
Me senté en la silla de las visitas, que era la que tenía más cerca.
—Si usted le pide la llave uno —dijo Sal—, al amanecer ese hombre no tiene un cuarto a oscuras en toda la ciudad. Desde noviembre. Lo sabía el día de la reunión, cuando le quitó el fontanero y usted pudo pedírsela delante de todos, y lo sabía el viernes de Ben. No se lo dijo.
El treinta de diciembre, con quince personas delante, pensé que si se la pedía dormía esa noche en la calle. Lo pensé como se piensa una frase hecha.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Eso pregúnteselo a él, Miss Zoe. A mí tampoco me lo dijo.
—¿Y por qué me lo cuentas tú ahora?
—Porque el viernes hice yo la tercera y la azotea. Anoche, también la segunda. Yo no le perdono lo de Ben. Llevo media vida con ese hombre y no sé si le voy a dirigir la palabra cuando acabe el Carnaval. No se lo pido por él.
—¿Qué me pides?
Bajó la voz hasta donde tuve que mirarle la boca.
—Que le dé de comer. A mí no me lo ha dicho nadie.
Llevo muchos años mirando quién sube y quién baja de noche en esta casa.
El jueves catorce subió a la tercera con el costado hundido y bajó derecho.
El miércoles subió con usted y bajó igual que había subido.
Mire cómo anda. Una casa sin ronda es una casa abierta, y esta semana tiene usted la segunda llena de forasteros y nadie que responda por ellos más que un viejo con una campana.
Fuera, en el patio, alguien se reía en la barra.
Me había comprado cincuenta y tres noches con su casa. En esa misma casa me había quitado a Ben, con mi sangre.
—Esta noche no —dije, igual de bajo.
—Miss Zoe.
—Que lo pida él. Con palabras. Se lo dije el día quince y no ha abierto la boca. El miércoles se lo puse en la mano y me contestó que no pide lo que no puede pagar.
—No va a pedir. No sabe.
—Pues que aprenda. Quiero oírselo, Sal. Y no es solo por Ben. Lo quería antes de Ben.
Sal miró la gorra. Luego se la puso.
—Usted sabrá.
—No lo sé. Pero esta noche no.
No insistió.
—Otra cosa —dije, antes de que abriera la puerta—. La cuartilla de Adelaide. Tu pensión. La encontré en noviembre entre las nóminas y no la ha pasado nadie a un contrato. Esta semana la paso.
—De eso hablamos otro día, Miss Zoe. Esta noche he venido a pedirle una cosa, no a cobrarle otra.
Salimos. Dani cogió el bolso y se fue al taxi. En el banco del zaguán no había nadie. Arriba, en las ventanas de medio punto, había una luz baja.
Crucé el patio hasta la cocina. La escalera de servicio estaba a oscuras. Puse un pie en el primer peldaño y me quedé así, con la mano en el bolsillo donde llevo la llave de hierro, lo que se tarda en contar hasta veinte. Arriba no se oía la radio.
Quité el pie.
Volví al zaguán y cogí la escalera principal. En el primer descansillo miré atrás. Sal estaba detrás del mostrador, debajo del tablero, dándole cuerda al reloj de porcelana con una llave pequeña.
—Buenas noches, Miss Zoe —dijo—. Mientras yo ande de noche por la azotea, aquí abajo tiene que saber de la campana alguien más. Mañana le enseño cómo se engrasa.