La segunda mordida Capítulo 23. No pedir
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Capítulo 23. No pedir

No pedir

Saavedra

La barra de la puerta de chapa la ponía Ben todas las noches a las diez, al volver de acompañar a Dani al coche. El sábado, cuando Dani se fue en su taxi, crucé el patio para ponerla yo.

La puerta del taller se abrió antes de que llegara a su altura. Naomi estaba en el umbral con el sargento de Ben en la mano. Se lo había quitado a la mesa ella sola, el día que él dejó dicho.

—Quédese donde está.

Me quedé donde estaba.

—¿Dijo mi nombre?

—Su nombre, no. Dijo «mi mujer». Tres veces.

Le tembló el sargento. Lo sujetó con las dos manos.

—¿Y usted dónde estaba?

—A cuatro pasos. Me quedé hasta que no hubo cuerpo.

—¿Y la gorra?

—La recogieron ellos.

Asintió despacio.

—No vuelva a pararse delante de esta puerta.

Cerró y corrió el cerrojo.

Puse la barra. Pesa más de lo que parece, y aquella noche la levanté con una mano y la dejé caer en sus dos herrajes sin tener que mirar.

No hubo nadie en la acera de enfrente, ni esa noche ni la siguiente. Kip no salió a tocar: la trompeta seguía en el banco de Ben, con media campana desabollada, y nadie se atrevía a pedírsela a Naomi.

El domingo Naomi volvió al trabajo. Por la mañana la oí dar los desayunos desde el entresuelo, y al anochecer abrió el armario de la lavandería y repartió las raciones por su libreta de hule, residente por residente. Cuando pasé a su lado cerró el candado.

—Las suyas ya no las aparto —dijo sin volverse—. Se echan a perder.

—Como disponga, señora Duplessis.

—No me llame señora. Usted a mí no me llama nada.

Desde el viernes lleva la llave siete colgada del cuello con un cordón de cocina, por dentro del vestido, y se le marca cuando se inclina sobre el armario.

Ese domingo di cuerda a los cinco relojes que andan arriba. Al mostrador no bajé, porque a esa hora estaba Sal, y Sal me da las buenas noches desde el viernes sin levantar la vista del libro de entradas.

Estuve entero tres días.

El lunes volvieron dos reservas de las que se habían caído. Al anochecer la señora Villavaso me esperó en la galería con la rebeca sobre los hombros.

—Es la primera vez que le veo cumplir una ley, Saavedra. Enhorabuena.

—Buenas noches, señora.

—Lástima de carpintero. Era el único que sabía arreglar una persiana.

A las diez encajé la barra al segundo intento.

Esa noche se fundió la farola del callejón, que la humedad funde dos veces cada invierno.

Esta vez la bombilla estaba en su casquillo, con el filamento roto; lo miré antes de tocarla.

La cambiaba Ben. La cambié yo, a las cuatro de la madrugada, subido a la escalera de mano de la lavandería, y la rosca se me fue dos veces antes de coger.

Debajo de esa farola está el ojo de la cámara de Zoe. No quería dejar a oscuras el callejón.

El martes volvieron otras tres, y Zoe las apuntó en el cuadrante de administración una por una, sin levantar la cabeza cuando crucé el patio.

Volvía a tener ocho de ocho para la semana grande.

El pedido de Carnaval del bar, que en diciembre me habría discutido ella línea por línea en mi despacho, lo supe por el comercial de la distribuidora, que llamó a preguntar si lo servía sin mi visto bueno.

Le dije que lo sirviera entero, al precio de noviembre, y que no me nombrara.

Era el día, y yo tenía ya el hambre en su sitio. No se parece a la de noviembre, que era de una sola garganta y me dejaba comer de lo demás. Esta no deja nada: en el bar, Dani templaba seis copas para los de la primera, y lo que me llegó hasta el patio no me dijo más que el agua.

Zoe pasaba cerca a las horas en que pasa una mujer que lleva un hotel: a las cinco y cuarto, con la pértiga de Dani todavía en los postigos; a las nueve, con las bandejas, a un paso de mí, y entonces le oía el pulso debajo del lazo de zapato; a las doce, con la caja debajo del brazo, camino de la escalera.

A cualquiera de esas horas me llegaba lo suyo, y era siempre lo mismo: rabia, mucha y sostenida, y debajo lo otro, que conozco desde el ocho de enero porque aquella noche no había hambre que lo tapara.

Lo que me llega no dice por qué ni para qué, y no dice sí.

A las once menos veinte yo estaba al pie de la escalera principal con la mano en el pasamanos. En esta ciudad me han venido a pedir muchos hombres, de pie al otro lado de mi mesa, con el sombrero en la mano, y sé la cara que se les pone. Es la que tenía mi padre en Medina.

Solté el pasamanos y volví al entresuelo.

En la ronda se me cayó la maestra de ronda en el primer rellano. No me había pasado nunca. La señora Villavaso abrió un dedo de puerta para ver quién hacía ruido en su galería.

A las dos y cuarenta, en la tercera, me detuve al otro lado del pasillo de Zoe.

Estaba despierta. Respiraba a la altura de mis rodillas, sentada en el suelo, contra la puerta, y tardé en reconocer lo que oía, porque a ella no se lo había oído nunca: lloraba sin ruido, con la boca cerrada, como se llora cuando hay alguien al otro lado.

Yo tenía en la mano la maestra de ronda, la misma con la que no abrí esa puerta el trece de noviembre.

No abrió ella y no abrí yo. Estuve seis minutos y seguí hacia la azotea.

El miércoles, al anochecer, Abernathy me esperaba en la puerta de la 12 con las gafas en la mano.

—Señor —dijo, bajo, sin salir del quicio—. La señora Duplessis ya no le aparta ración. Hay un armario lleno en la lavandería y usted no manda por nada desde el día seis.

—Lleva usted bien la cuenta.

—Esta madrugada se le ha caído una llave.

—Se me cayó.

—Sé lo que gasta un cuerpo como el suyo y sé lo que entra. —Se puso las gafas—. Hay una suma que no he querido hacer desde entonces. Si la hago, tendré que dejar mi llave en el mostrador. No me obligue.

—No lo haré.

—Entonces, buenas noches, señor.

Ese miércoles dejé de oír a Zoe desde el entresuelo cuando subía de la segunda a la tercera.

A las nueve, en el bar, a Dani se le fue de la bandeja una copa de las buenas.

Yo estaba a un paso. En noviembre la habría cogido antes de que ella supiera que se le iba. La vi caer entera, y la vi romperse.

A las diez fui a poner la barra. Me hicieron falta las dos manos y un segundo intento, y a la mitad Sal, que acababa de colgar su llave y había cruzado el patio sin que yo lo oyera venir, cogió el otro extremo, la encajó conmigo y volvió a su mostrador sin decir nada.

A las doce y media oí la llave de hierro en mi cerradura.

Zoe entró con el pañuelo puesto, con su nudo, y no cerró.

—Sube.

—¿Adónde?

—A la 31. —Me miró las manos, que yo tenía quietas encima de la mesa para que no se notaran—. No te lo mando. Si no quieres, te quedas aquí con tus relojes.

—¿Para qué?

—No para beber —dijo, más bajo—. De eso no hay.

—Lo sé.

—Ayer a las once menos veinte no lo tenías tan claro. Te vi al pie de la escalera. —No sonrió—. ¿Subes o no?

Lo que traía me había llegado antes de que acabara de hablar: la rabia, sin un grado menos, y lo otro encima.

—Subo.

Cruzamos el patio y el zaguán, por delante de Sal, y subí detrás de ella los tres pisos de la escalera principal, a un paso que ella no aflojó. En la galería de la primera, detrás de la 12, dejó de oírse la pluma.

En la 31 echó el cerrojo y no encendió más que la lámpara del secreter. En la mesilla estaba el libro de tapas negras, cerrado, que ella había subido de administración.

—No lo abras.

—No iba a abrirlo.

—El pañuelo no se toca —dijo—. Ya sabes cómo va. Lo inventaste tú.

—Lo inventé yo.

—Lo demás lo decido yo. También lo dijiste tú.

Me cogió la cara con las dos manos y me besó con los ojos abiertos.

Me quitó la camisa ella, sin prisa, y miró la espalda cerrada, de hombro a hombro, la piel nueva que le debo.

La miró mucho rato. Me puso las dos manos en ella, y esta vez no las dejó abiertas: clavó las uñas despacio, de los hombros hacia abajo, sin dejar de mirarme la cara. Luego me empujó hacia la cama.

No tenía ninguna razón de la casa para estar en ese cuarto, y esa vez no busqué ninguna.

—Las manos, quietas.

Las dejé en la sábana.

—Ahí. Despacio.

Con seis días de hambre el oído se me iba de casi todo, de la calle, de la radio de la 14, de la casa entera, y se me quedaba en ella: el aire que cogía antes de mandar, la sangre en el cuello, debajo de la seda, cada vez más deprisa.

Le oía tomar aire antes de hablar. Esperé a que lo dijera y no me adelanté ni una vez.

Cuando levanté una mano para sujetarle la nuca, me la quitó, dijo que no y la devolvió a la sábana, y allí la dejé.

En diciembre, cada vez que mi boca bajaba de su mandíbula, yo me detenía un dedo antes de la seda y volvía a subir.

Aquella noche la tenía debajo de la boca con el pulso a ciento diez y la seda oliendo a su piel, y no me detuve un dedo antes.

Puse los labios en el pañuelo, sobre el sitio, y debajo de la tela latía lo único que me sirve.

—No —dijo.

No lo dijo alto. Tenía una mano en mi pelo y no la cerró.

Paré, y levanté la cabeza.

Ella me miraba. Lo que me llegaba no había cambiado, y con su negativa llegó una tercera cosa, breve: gusto.

—Bien —dijo—. Sigue por donde ibas.

Seguí.

Después se sentó contra el cabecero, con la sábana debajo de los brazos y el nudo en su sitio, a mirarme vestir. Los botones de la camisa me costaron, y ella lo vio.

—¿Tienes hambre?

—Sí.

—¿Cuánta?

—La de seis días. Mañana será peor.

—Pues ya sabes lo que hay que hacer.

—Lo sé.

—¿Y?

Tenía los puños de la camisa sin abrochar. Los dejé así.

—No se lo pido.

—¿Por orgullo?

—No pido lo que no puedo pagar.

—Yo no te he puesto precio.

—Todavía no.

Calló. Miró el libro de la mesilla, que en toda la hora no había dejado de tener a la vista, y se tumbó de cara a la pared.

—Anoche te paraste seis minutos en mi pasillo. Los conté.

—Fueron seis.

—Hoy, minuto y medio. Como siempre. —No se dio la vuelta—. Vete a hacer tu ronda, Saavedra.

Eran las dos menos diez.

Empecé a las dos y diez por el portón. La puerta de chapa, con su barra. La cocina, que sigue precintada. En el patio había luz debajo de la puerta del taller y una lija que iba y venía, y pasé de largo.

En la escalera de servicio me agarré al pasamanos desde el primer peldaño.

En la galería de la primera tuve que quedarme delante de cada puerta más de lo que me quedo, porque el oído me llegaba menos y no doy un cierre por bueno si no he oído lo que hay detrás.

La 12 escribía. La 14 tenía la radio apagada y a su dueña de pie, al otro lado, contando lo que yo tardaba. La 17 estaba despierta.

En la segunda había cinco habitaciones con gente. En la tercera me detuve al otro lado de su pasillo, minuto y medio. Dormía. Le oí el aire; el pulso, no. La azotea, los dos muretes, el candado.

Cuando bajé al zaguán, Sal miró el reloj de porcelana.

—Las tres y veinte, señor.

Media hora tarde.

El jueves, a las nueve, Zoe cruzó a mi lado con las bandejas. El pulso le iba debajo del lazo como cualquier noche a esa hora, y lo suyo me llegaba igual que antes de subir a su cuarto.

A las diez Sal colgó su llave y no se quitó la chaqueta enseguida.

—Esta mañana vino un coche a por Naomi. Me lo ha dicho ella al darme el plato que me deja tapado desde que lleva esa cocina.

Un coche gris, del despacho de la abogada de Miss Zoe, con chófer.

Por los papeles de Ben y la casa de Tremé.

Miss Zoe la acompañó hasta la acera. Ha vuelto a las dos y dice que le quedan cosas por firmar.

Conozco ese coche, y en noviembre lo habría oído frenar desde el entresuelo. Estuvo aparcado delante de mi portón una vez por semana desde julio, y en diciembre lo vi parar delante de una casa de Esplanade con una placa de latón.

—¿Dijo algo más?

—A mí, no, señor.

No sé lo que dijo Naomi en ese despacho, y a Zoe no puedo preguntárselo sin contarle lo que sé de su abogada desde el veinte de diciembre.

—Gracias, señor Mancuso.

—El reloj se ha parado —dijo—. A las siete y diez.

El domingo no bajé al mostrador.

Abrí la tapa de cristal. La llave de la cuerda es pequeña, de latón, de dos orejas, y la he metido en ese eje más de dos mil domingos.

No acerté. La primera vez dio en la esfera.

La segunda, al lado. A la tercera entró torcida y se me fue de los dedos, y rodó por el mostrador hasta el libro de entradas.

Sal la paró con la mano abierta y la dejó donde estaba, a mi alcance.

No dijo nada. Abrió el libro por la hoja del día y se puso a repasar las llegadas con el dedo, línea por línea.