Capítulo 22. Sí
Sí
Zoe
Me despertó un grito de mujer, abajo, y antes de abrir los ojos supe que era de Naomi.
No fue largo. Se cortó como se corta un grifo. Después no se oyó nada, ni una puerta ni un paso.
Me senté en la cama y el cuarto dio media vuelta.
Las doce y cuatro en el móvil. A las nueve y media había abierto los ojos, había pensado en los desayunos y no había podido con las piernas.
Diez minutos, me dije. Tenía la boca seca y los brazos de plomo, y en la mesilla, doblado en cuatro, estaba el pañuelo.
No lo cogí. Bajé como estaba, en camiseta y descalza, con el pelo en la cara, agarrada al pasamanos los tres pisos.
Naomi estaba de pie delante del mostrador, con el delantal puesto. Tenía una tarjeta en una mano y una llave en la otra. En el primer descansillo se había parado la pareja de la 22, con las chaquetas en el brazo.
—Buenos días —les dije en inglés—. Perdonen. El portón está abierto.
Pasaron de lado, sin mirarla.
—Ha venido un mensajero de gris —dijo Naomi—. Ha preguntado por la titular. Le he dicho que la titular dormía y me lo ha dado a mí.
Me puso la tarjeta delante. No la soltó. La sostuvo ella para que yo leyera, y yo me aparté el pelo con una mano. Naomi bajó los ojos hacia mi cuello y volvió a la tarjeta.
«La casa Verret devuelve a la titular de la Merced la llave de su residente Benoît Hébert, vinculado, que respondió anoche ante las tres casas.
Lo entregó el señor Saavedra. La tregua se le da a él y vale, mientras él responda de esa puerta, hasta las doce de la noche del Martes de Carnaval. H. V.».
La leí hasta la firma y volví a empezar. La segunda vez las letras se movían, y no era solo por mí: a Naomi se le iba bajando la mano, y tuve que sujetarle la muñeca para acabar. Pensé que ya no podía con el brazo.
La llave era la siete. En el tablero, su gancho estaba vacío.
—A las cinco y cuarto se me paró una cosa aquí —dijo, y se tocó debajo del pecho con la mano de la llave—.
A las siete he bajado al taller. La mesa tenía un sargento puesto y la cola todavía blanda.
Ben no deja un sargento puesto si piensa tardar.
He dado seis desayunos, Miss Zoe. He atendido su mostrador, porque usted no bajaba.
En el mostrador había una hoja con su letra: dos salidas, toallas para la 26, un taxi a las once.
—Naomi.
—El veintiséis de febrero firmábamos una casa. Tiene arriba un cuarto al que le íbamos a tapiar la ventana. Dígame usted para quién lo quiero yo ahora.
—Yo no he entregado a nadie.
—Ya lo sé que usted no. Usted dio su palabra, de pie. —Lo dijo despacio—. Y luego dormía. Suba a ponerse algo, que hay huéspedes.
Yo estaba en camiseta y descalza en mitad de mi zaguán, a las doce del mediodía.
Dejó la tarjeta en el mostrador y cerró la mano sobre la llave.
—Esta me la quedo. Se la dio Miss Adelaide a mi marido cuando usted era una cría.
—Quédatela.
—No se la estoy pidiendo.
Cruzó el patio con el delantal puesto y entró en el taller. Oí correr un cerrojo. En Nochebuena esa puerta no lo tenía.
Subí por la escalera de servicio con la tarjeta en la mano. No llevaba la llave de hierro. No hizo falta: él había dejado la puerta abierta. La cerré yo.
Estaba de pie junto a la mesa, vestido, con las manos a la vista. Tenía la espalda derecha. Fue lo primero que vi. Se movía como un hombre entero, sin cuidarse el costado.
—Zoe.
Dejé la tarjeta encima de su mesa.
—¿Es verdad? —pregunté en español, bajo.
—Sí.
—¿Lo llevaste tú?
—Sí.
—¿Sabías que lo iban a matar?
—Sí.
—¿Está muerto?
—Desde las cinco y cuarto.
La hora de Naomi. Me agarré al borde de la mesa.
—¿Dónde?
—En la casa de madame Verret, junto al bayou St. John. En la galería que da al agua.
—¿Por qué anoche? ¿Por qué mientras yo dormía?
—Porque usted lo habría impedido.
—¿Cómo?
—Pidiéndome la llave delante de Sal. Sin llave no entro en ninguna sala a entregar a nadie.
—¿Cuándo lo decidiste?
—El miércoles, en la ronda.
—O sea que el jueves, cuando conté hasta cuarenta, ya lo sabías.
—Sí.
—Y lo cogiste.
—Sí.
—¿Para eso?
—Para llegar entero. Si entro herido, Honorine ve a un hombre que compra tiempo.
Yo le había dicho «van dos».
—¿Se defendió?
—Quiso bajarse del coche en un semáforo. Lo sujeté.
—¿Con qué?
Levantó la mano derecha y la dejó abierta entre los dos.
—Con esta.
Era la mano con la que paró una barra por Kip. La fuerza se la había dado yo el jueves, contando.
—El día cinco aceptaste mis condiciones. Las dije en este cuarto. Una era que, antes de pararme una obra, bajaras a mi despacho.
—Lo recuerdo.
—No bajaste.
—No era una obra.
—Era Ben. —Solté el aire—. ¿Había otra cabeza?
—La mía.
—¿Por qué no la tuya?
—Porque quería seguir vivo. Sin mí esta casa se queda sin ronda, y también lo conté. Pesó más lo primero.
—¿Saben que tú lo tapabas?
—Lo sospechan. No pueden probarlo. Honorine se lo preguntó a Ben. Él le pidió un precio, y ella no tenía ninguno que él quisiera.
—¿Y que yo le di mi palabra?
—No.
—¿Y a Naomi? ¿Pueden tocarla?
—No. La tregua cubre a toda la gente de la casa. Lo dejé dicho.
—¿Te quedaste a verlo?
—Hasta el final.
—¿Por qué?
Fue la única que no contestó enseguida.
—No sé decirlo.
—¿Y el cuerpo?
—No lo hay. De los nuestros no queda nada que enterrar.
—¿Dejó dicho algo?
—La mesa. Las patas de la izquierda están encoladas de anoche. Que nadie la mueva hasta mañana, y que se la lleve Naomi a Tremé. Quiso que se lo dijera a usted. A mí no me lo encargó.
—¿Le has dicho tú a Naomi que fuiste tú?
—No. Esta mañana estuve delante de su puerta y no llamé.
—Se lo ha dicho una tarjeta, a mediodía, delante de dos huéspedes.
—Honorine devuelve las llaves a quien las da. No conté con que la mandara de día.
Me llegaba algo suyo, pesado y quieto. Le busqué la culpa, y no se parecía a ninguna que yo conociera. No supe qué era.
Yo seguía descalza y sin pañuelo delante de él. No me miró el cuello ni una vez. Yo sí le miré la boca, una sola, y me dio rabia.
Le puse cuatro condiciones para dejarme morder. Ninguna decía que no tocara a mi gente.
—Se acabó —dije—. De mí no vuelves a beber. Ni el martes que te toca, ni contando ni sin contar.
—Lo entiendo.
—No me entiendas. —Solté la mesa—. Y ahora, la llave. Son tres palabras. Las tengo en la boca desde que he leído esa tarjeta.
Sacó la llave uno del bolsillo y la dejó en la mesa, entre los dos. Era la primera vez que la dejaba a mi alcance.
—Si me la pide, es suya.
—Ya lo sé. Y esta noche duermes en la calle, y mañana la tregua no la sostiene nadie, porque esa mujer te la ha dado a ti y lo pone en su tarjeta.
Entonces Ben se ha muerto por una noche sin chicos en mi acera, y a Naomi la manda llamar quien quiera.
—No toqué la llave—. Tampoco sé todavía quién me hace la ronda sin ti, ni quién manda callar a los de la primera, ni qué hago con los del callejón.
Guárdatela. Las tres palabras me las quedo yo.
Las voy a tener en la boca cada vez que cruces mi patio.
Me gustó decirlo. Ese día.
Cogí la tarjeta y bajé sin cerrar. En el cuarto peldaño, el que cruje, me tuve que sentar. Estuve allí lo que tardó la cocina en dejar de darme vueltas. No lloré.
Me vestí. El pañuelo me lo anudé yo, mal, con el lazo de zapato.
La pareja de la 22 pidió la cuenta a las dos. No dijeron por qué. Les cobré las dos noches y les devolví la tercera sin que la pidieran.
Dani llegó a las tres, en un taxi que pagaba yo. Leyó la tarjeta de pie, con el bolso todavía al hombro.
—¿Le has pedido la llave?
—No. La tregua es con él.
—Ya. —Dejó el bolso—. El miércoles te dije que lo arreglaras, Zoe. No sabía cómo. No era así.
—No lo he arreglado yo.
—Ya lo sé. Pero hoy no va a haber nadie esperándome en la acera. —Se le movió la barbilla y la sujetó—. ¿Y Naomi?
—En el taller. Con cerrojo.
—¿Quién da las cenas?
—Sus primos y yo.
Me puso delante un plato de arroz del mediodía y no se apartó hasta que me lo comí.
A las cuatro crucé el patio y llamé al taller con los nudillos.
—Naomi. Soy yo.
No contestó. Por debajo de la puerta se veía luz y olía a cola caliente. Le di el recado de la mesa a través de la madera, con las palabras de él, sin quitar ninguna.
Pasó un rato. Luego, su voz, cerca, más baja que nunca.
—¿A quién se lo dejó dicho?
—A Saavedra. Para que me lo dijera a mí.
No se movió del otro lado. La oí respirar.
—Mañana no bajes —dije—. Los desayunos los doy yo.
—Mañana no bajo. El domingo, sí. Los desayunos son míos. —Se apartó de la puerta—. Váyase a dar sus cenas, Miss Zoe.
A las cinco menos diez llamó Elise.
—Hoy caduca lo de Crescent. ¿Lo dejo morir?
—Déjalo.
—Tienes la voz rara, Zoe.
—Se me ha muerto un empleado. Ben, el carpintero. El marido de Naomi.
—¿Cómo?
—Cosas de ellos. No puedo contártelo.
—No me lo cuentes. —Tardó un momento—. ¿Y ella?
—Encerrada. Firmaban una casa en Tremé el mes que viene.
—Entonces esa mujer tiene un contrato firmado con un comprador que ya no está. Eso tiene arreglo, pero hay que arreglarlo pronto. Cuando pueda hablar, me la mandas. No le cobro.
Le di las gracias. Era la primera cosa útil que alguien me ofrecía ese día.
A las cinco caducó en el cajón del secreter la oferta de Crescent Hospitality Partners. Tres millones novecientos mil dólares. Con ese dinero no podía irme a ningún sitio que estuviera a más de dos noches de esta casa.
Cuando Dani abrió los postigos, la casa lo sabía. A mediodía, en mi zaguán, se habían dicho cosas en voz alta, y detrás de las puertas de la primera hay seis personas que no duermen de día.
Bajaron casi todos. Kip se sentó en el primer peldaño con los ojos rojos. Los tres del fondo, juntos, sin mirarme. Ruth Villavaso se había quedado en mitad de la escalera, con la rebeca y los labios pintados, donde se la oyera bien.
—Me cuentan que la titular le había dado su palabra a ese muchacho —dijo—. De pie, dicen. En esta casa las palabras las da una y las cobra otro.
Nadie se rio. Dani dejó la pértiga.
—Señora Villavaso —dije—. El pacto dice que nadie con llave será entregado bajo este techo. Yo le di mi palabra a Ben de que se cumplía, como se la doy a todo el que tiene llave. No la he sabido guardar. Lo digo yo, para que no tenga que contarlo usted.
Ruth me miró el pañuelo, el nudo malo.
—Pues ya lo ha dicho.
Subió sin prisa. Kip seguía en el peldaño.
—Me arreglaba la trompeta —dijo—. La tiene en su banco. Me dijo que para el domingo.
—Luego te la busco, Kip.
—Déjala donde esté.
El de la 16, que no me dirigía la palabra desde la cena de Nochebuena, me preguntó desde el patio si era verdad lo de la tregua.
—Hasta el Martes de Carnaval.
—Entonces esta noche se puede salir —dijo, y cruzó hacia el portón con su llave en la mano.
Mr. Abernathy bajó detrás, con su paraguas, y al pasar me dio las buenas tardes. No recordaba que me las hubiera dado antes.
Abrí el portón para los huéspedes de las ocho. En la acera de enfrente no había nadie. Era la primera noche desde el día siete. Me quedé mirando la acera vacía hasta que Dani me tocó el brazo.
Di las cenas con los primos de Naomi, que miraban la puerta del taller cada vez que removían una olla. Nueve cubiertos. Se me quemó un arroz y nadie protestó.
A las diez entró Sal. Colgó su llave al lado del gancho vacío del siete y me miró, y supe que no hacía falta enseñarle la tarjeta.
—Tú los viste salir.
—Sí, Miss Zoe.
—Y no me despertaste.
—El señor Saavedra dijo que volvía antes de las seis y que hasta entonces la casa era mía. Yo no sabía adónde iban. Ben me dio las buenas noches. Nunca me las daba al salir. Me las daba al volver.
—¿No lo sabías?
Dobló la chaqueta despacio, por las costuras.
—No quise saberlo. Llevo cuarenta y un años sin querer saber algunas cosas de esta casa. —Dejó la chaqueta—. Esta me va a costar.
Entré en administración y abrí el libro de tapas negras por su página. Debajo de la raya del treinta de diciembre escribí una línea.
Quince de enero. Benoît Hébert.
No puse cifra. Cerré el libro.
A Saavedra lo encontré en el patio a las doce menos cuarto, cuando yo recogía los quemadores. Estaba junto a la fuente, de espaldas al agua, mirando la puerta del taller. Seguía habiendo luz debajo, y se oía una lija, despacio, a lo largo.
Pasé a su lado con la bandeja y no me paré del todo. Se lo dije en español y bajo, con el ruido del caño entre nosotros y la galería.
—Cuando te haga falta, me lo pides. Con palabras.
—¿Y qué contestará?
—Ya lo veré.