Capítulo 21. Una cabeza #2
—Visto. La boca de él en el brazo de ella y la mano de ella en su nuca. Las dos veces.
El de la izquierda pidió oírlo en francés. Se lo repetí en su lengua. A Honorine no se la había hablado nunca.
—¿Qué días? —dijo Honorine.
—No voy a fecharlos.
—No, claro. —Me miró despacio las manos, el cuello, la manera de estar de pie—. Tiene usted muy buena cara, Saavedra, para un hombre al que mis furgones no sirven desde hace diez días. Yo esperaba otra cabeza.
—Esta vale.
—Vale. —Se volvió hacia las sillas—. Las casas tienen la palabra de un testigo que ha visto dos tomas. ¿Les basta?
El de la derecha dijo que su casa lo daba por visto, y el de la izquierda inclinó la cabeza.
—Un carpintero que lleva casi treinta años bajo el techo de un hombre que prueba cada cierre de su casa todas las noches —dijo Honorine—. ¿Desde cuándo lo sabe usted?
—Sé lo bastante para traérselo.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Es lo que voy a contestarle.
—Ya me contestó así una vez, en este mismo cuarto.
—Cogió un guante—. Por las tres casas: Benoît Hébert ha faltado a la ley y responde antes de que amanezca.
La Merced tiene tregua hasta las doce de la noche del Martes de Carnaval.
Ninguna casa tocará su puerta, ni a su gente, ni a sus huéspedes.
Se la doy a usted, Saavedra, y vale mientras usted responda de esa puerta: el día que no tenga llave en ella, se acaba.
No recojo las mías. Una tregua no es un reconocimiento.
—Su gente es toda la que duerme o trabaja bajo ese techo. También la viuda.
—También la viuda. Qué cuidadoso. —Se puso el guante—. Tráiganlo.
Ben pasó entre los dos jóvenes, con la gorra en las manos, y miró la sala como mira un hombre un cuarto donde ha trabajado.
—Benoît Hébert —dijo Honorine—. Este hombre ha declarado ante las tres casas que lo ha visto beber dos veces de una misma mujer. Las tres lo han oído. Responde usted esta noche.
Ben me miró.
—La puerta —dijo, y se volvió hacia ella—. Es mi mujer. Once años. No se ha caído ninguna casa.
—Se caen después. —Honorine me miró a mí y luego otra vez a él—. Once años. ¿Desde cuándo lo sabe este hombre?
Ben se pasó la gorra de una mano a la otra. Yo no tenía en ese cuarto nada que ofrecerle ni manera de impedirle hablar.
—¿Qué me da usted si se lo digo?
—La vida, no. Con dos casas mirando no puedo. —Lo pensó—. Puedo ocuparme de su viuda.
—A mi mujer no se le acerque.
—Entonces no tengo nada que le sirva.
—No, señora. Mi mujer duerme bajo ese techo.
—Un hombre que no declara no es un testigo. —Se puso el otro guante—. Me quedo con lo que sé esta noche, Saavedra. —Miró a Ben—. La llave.
Ben sacó la siete del bolsillo del mono y la dejó en la mesa baja, donde en noviembre estuvo un pliego con mi firma.
—Se la devolveré a quien las da ahora —dijo Honorine—. El hombre que hace esto en mi casa vive al otro lado del lago. He mandado por él cuando lo he visto a usted bajar del coche con otro. Puede retirarse, Saavedra. No hace falta que lo vea.
—Me quedo.
—Como quiera.
Esperamos en la sala. Honorine mandó traer una silla para Ben y él se sentó de cara a los postigos que había cambiado. No volvió a hablar hasta la galería.
A las cinco y cuarto uno de los jóvenes abrió las puertas que dan al agua. A Ben lo llevaban entre dos. En el umbral se soltó de un tirón, se puso la gorra y salió él.
El hombre de Honorine le señaló las tablas. Ben no se arrodilló enseguida. Me buscó con los ojos, sin volver el cuerpo.
—La mesa. Las patas de la izquierda están encoladas de esta noche. Que nadie la mueva hasta el sábado. Y que se la lleve ella a Tremé.
—Se hará.
—No se lo pido a usted, señor Saavedra. Se lo digo para que se lo diga a Miss Zoe.
—Se lo diré.
Se arrodilló despacio, como se agacha uno a mirar una junta, y pasó la mano por una tabla del suelo, a contrapelo. Son de ciprés. Las mandé poner yo cuando se pudrieron las primeras.
—Está bien puesta —le dijo a la tabla.
El hombre de Honorine tiene oficio. Fue un golpe. No hubo más ruido que el del agua.
Los demás entraron. Yo me quedé en la galería hasta que lo que había en esas tablas dejó de tener forma de hombre y el aire del bayou empezó a llevarse un polvo gris por entre los barrotes. La gorra siguió en el suelo. La recogió uno de los jóvenes.
Eran las seis menos veinte. Conduje deprisa, con el otro asiento vacío.
Sal tenía la pértiga en la mano y los postigos de la calle a medio cerrar. Miró detrás de mí, al portón, hasta que eché las dos vueltas.
—¿Y Ben, señor?
—No vuelve.
Miró el gancho del siete, que estaba vacío, y luego el reloj de porcelana. Dijo la hora, que nadie le había preguntado.
—Las seis menos cinco.
Terminé la ronda donde la había dejado, del entresuelo a la azotea, porque la tregua de Honorine obliga a tres casas y a los de Esplanade no los obliga nadie. En la primera, la radio de la 14 se apagó cuando pasé. En la tercera, ella dormía con el mismo pulso.
Bajé al patio con el cielo gris por encima de la medianera y me paré delante del taller.
La puerta estaba como la dejó él, sin el cerrojo echado. Arriba, en el cuarto, Naomi no dormía. Respiraba corto, a la altura de quien está sentado en una cama, y cada poco se le paraba el aire, como a alguien que escucha por si cruje una escalera.
No crujió.
No llamé.