Capítulo 21. Una cabeza
Una cabeza
Saavedra
Sal le abrió. El hombre entró con la hoja en la mano, porque no se había atrevido a soltarla.
El de Houston pagó la cuenta a las ocho de la mañana y escribió una reseña antes de llegar al aeropuerto. Dani la leyó en voz alta el martes, mientras abría los postigos: el hotel era precioso y en la puerta había vampiros repartiendo contratos.
Ese martes se cayeron tres reservas de la semana de Carnaval, y el miércoles, dos más. Zoe tenía el cuadrante de las ocho habitaciones clavado con chinchetas en la pared de administración y lo iba tachando.
El miércoles a las diez Ben acompañó a Dani al coche, como cada noche desde el día siete, y volvió despacio, que era como volvía cuando quería pegarle a alguien y no podía.
—Había uno sentado en el capó —me dijo en el patio—. No la ha tocado. Le ha preguntado por su hermano, con el nombre, y le ha dicho a qué hora sale del instituto de Kenner. Yo estaba a un metro. Si le pongo la mano encima, mañana vienen a por mí con todo el derecho. Por eso se sientan en los capós.
—Ha hecho bien.
—No he hecho nada, señor Saavedra.
Dani llamó a Zoe desde la autopista. Zoe pone el teléfono en altavoz cuando necesita las dos manos, y la oí desde la fuente prometerle un taxi pagado, de ida y de vuelta.
—Vengo —dijo Dani—. Pero arréglalo, Zoe. No sé cómo.
Zoe colgó, me vio en la puerta de administración y no me dejó hablar.
—No hay ninguna cabeza —dijo en español, bajo—. Ya lo hablamos el domingo.
—Lo hablamos.
—Pues eso. Hemos llegado hasta aquí sin entregar a nadie.
Volvió al cuadrante. Le quedaban tres habitaciones vendidas de ocho para la semana grande y un residente en la 17 al que la casa de Honorine mandaba preguntar cada noche dónde quería dormir.
Aquella noche repasé el ala de atrás antes de tiempo, porque quien se sabe el nombre del hermano de la encargada se sabe también dónde duerme la cocinera.
La puerta de chapa tenía la barra puesta y encendido el piloto de la cámara.
La lavandería, su candado. En el taller había luz y no se oía el cepillo.
Puse la mano en la puerta, como en cada cierre, y cedió: Ben había vuelto del coche de Dani con la cabeza en otra parte y no había corrido el cerrojo que le mandé poner.
Estaban al fondo, junto a la mesa. Ella, sentada en el tablero, con la manga subida.
Él, de pie, con la boca en su brazo y la mano de ella en la nuca, como la otra vez.
Era miércoles y tocaba; sé qué días toca desde el principio.
Verlo, lo había visto una sola vez, la primera semana, por entrar sin llamar.
Cerré yo, sin ruido, y di con los nudillos en el marco.
—El cerrojo, señor Hébert.
Lo oí correr.
A las dos y diez hice la ronda. En el patio me detuve delante del taller, donde había ya dos respiraciones dormidas detrás de un cerrojo echado.
En la Merced había dos cabezas que valían para aquella tarjeta, y una era la mía.
Con la mía, Honorine tenía la que esperaba y a Zoe no le pasaba nada en el cuerpo, porque la que da la sangre no muere con el que la bebe.
Le quedaban ocho habitaciones, un portón sin ronda y los de Esplanade al otro lado de una puerta de chapa.
Con la de Ben, se quedaba viuda una cocinera y yo seguía en pie.
Para entregarla hace falta un testigo que haya visto dos tomas, y desde aquella noche yo las había visto.
Las dos cuentas daban una casa abierta hasta Carnaval. Elegí la que me dejaba vivo.
A ella no se lo consulté. Habría dicho que no.
Al acabar la ronda crucé la calle. Los dos de la acera se pusieron derechos.
—Díganle a madame Verret que el viernes a las tres le llevo lo que pide su tarjeta. Que diga dónde.
Antes de las cinco uno de los dos había ido y vuelto, y crucé otra vez.
—Madame Verret dice que a las tres, en la casa que usted conoce. Dice que quiere hablar.
El jueves Zoe cerró la barra una hora antes y me esperó en la 31 con la puerta abierta. Lo había dicho el sábado: el jueves volvía a contar.
Subí. Era la segunda vez que entraba en ese cuarto con ella dentro.
—Hoy, entera —dijo—. Llevas nueve días con la espalda abierta y estoy harta de verte bajar la escalera de lado.
—Se sentó en el borde de la cama y se quitó el pañuelo—.
El sábado paraste tú en veinte. Hoy el número lo pongo yo.
Cuento hasta cuarenta, a mi paso, que aquí no hay péndulo. Cuando calle, sueltas.
—Cuando calle, suelto.
Podía haber dicho que no. Lo dije el sábado, con una costilla hundida. Aquel jueves yo sabía para qué quería tener la espalda cerrada a las tres de la madrugada, y ella no. No dije que no.
Mordí en los puntos de enero. Contó a su paso, algo más vivo que el de mi péndulo, y hacia el quince se le rompió la voz y siguió.
Tenía una mano en mi nuca y la otra abierta sobre mi espalda, por encima de la camisa, y debajo de esa palma se me fue cerrando la piel, de los hombros hacia abajo, por primera vez desde el fuego.
Lo que me llegaba de ella era grande y no tenía doblez. No le puse nombre.
—Cuarenta.
Solté.
Se quedó con la frente en mi hombro hasta que pudo hablar.
—Has soltado en el cuarenta. Van dos. —Se le cerraban los ojos—. Tampoco hoy me lo has pedido.
—No me ha dado tiempo.
—Ya. El próximo me lo pides.
Se durmió sentada. La acosté, doblé el pañuelo en cuatro y lo dejé en la mesilla, junto a la llave de hierro. Tenía el pulso lento de quien ha dado mucho, y con ese pulso no iba a oír un portón.
Me quedé sentado en el borde de su cama hasta las dos, con la espalda cerrada, el costado en su sitio y las manos firmes.
A las dos y diez empecé la ronda por el portón, con las llaves del coche en el bolsillo. Abernathy me las había subido al anochecer y tenía desde las dos la medianera, vestido, con el paraguas. La puerta de servicio. La cocina. El patio.
Llamé al taller con los nudillos. Ben descorrió el cerrojo con un formón en la otra mano.
—Señor Hébert. Verret quiere hablar. Me espera a las tres.
—¿Por lo de la tarjeta?
—Por lo de la tarjeta.
—¿Y yo?
—Lo necesito allí.
Miró hacia arriba, al cuarto donde dormía Naomi, y luego la mesa, que tenía encoladas las patas del lado izquierdo y la última sujeta con un sargento. Dejó el formón en el banco, se sacudió el serrín de las cejas y cogió la gorra de lana. Cerró la puerta del taller sin ruido.
En el zaguán, Sal levantó la vista del reloj de porcelana y me vio las llaves del coche en la mano.
—Salgo con el señor Hébert. Vuelvo antes de las seis y hago lo que queda de ronda. Hasta entonces la casa es suya, señor Mancuso. Si oye algo en el callejón, la campana.
—La campana, señor.
—Buenas noches, Sal —dijo Ben.
Sal nos miró salir. No preguntó.
Conduje yo. Ben se sentó a mi lado con la gorra en la rodilla y durante seis calles me miró las manos en el volante, porque no me las había visto nunca ahí. Subimos por Esplanade, debajo de los robles.
Habló cuando dejamos atrás Claiborne.
—La tarjeta pedía una cabeza. Estuvo en el mostrador sin sobre, y la leyó quien quiso.
—La pedía.
—¿Y qué cabeza les lleva, señor Saavedra?
Había un semáforo en rojo en Broad y frené. No contesté.
—Ya —dijo Ben.
Abrió la puerta, y tenía ya un pie en la calzada cuando lo cogí por encima del codo, con la mano que el sábado paró la barra, sin tirar de él. Probó una vez, con todo el cuerpo, como se prueba una puerta atrancada, y se quedó donde estaba.
—Suélteme.
—No.
—Me la llevo esta noche. Cojo el coche de ella y a las seis estamos en Lafayette.
—Honorine sabe desde ayer que hay una cabeza. Si a las tres no entro con ella, mañana vuelven a mi acera, y esta vez saben qué buscan. A usted lo encuentran en dos noches. A ella, antes, para encontrarlo a usted.
—Lleve la suya. El que mordió a la titular fue usted.
—La conté. He elegido esta.
Me llamó una cosa, en el francés de Lafayette, que no me llamaban desde antes de que él naciera.
—En noviembre me dijo que nadie iba a saberlo por usted. En diciembre, que con su palabra y la de ella teníamos dos. Yo quería irme. Dos veces quise.
—Se lo dije las dos veces.
—Y usted no miente.
—No le mentí. Rompo mi palabra esta noche.
—¿Y la de ella? ¿Lo sabe Miss Zoe?
—No. Duerme. La de ella también la rompo yo.
Miró el semáforo, que había cambiado.
—Pues les digo desde cuándo lo sabe usted. Lo del corcho.
—Puede decirlo. Me matan con usted, y Honorine tiene con qué declarar la Merced casa de infractores: reclama a los seis de la primera y no hay tregua que valga para un techo así. Su mujer duerme debajo de ese techo hasta el veintiséis de febrero.
—Qué bien le viene.
—Sí.
El semáforo cambió otra vez.
—El día cinco le dije que me pidiera lo que fuese.
—Lo dijo.
—Yo pensaba en otra cosa. En una puerta. En un turno doble.
—No se lo he pedido.
Metió el pie y cerró la puerta él. No le solté el brazo hasta el puente.
—¿Ella lo va a notar?
—Sí.
—¿Qué nota?
—Que deja de llegarle usted.
Apretó la gorra y no volvió a preguntar.
Habían podado la rama del roble que daba al camino, había luz en la sala, y de los cuatro jóvenes de Honorine que esperaban en la galería bajaron dos hasta el coche antes de que yo apagase el motor.
Ben miró la casa.
—Aquí le cambié yo dos postigos.
—Ya no es mía.
Me miró, y luego miró otra vez la casa.
—Este hombre se queda aquí hasta que madame Verret lo mande llamar —les dije a los dos—. No lo toquen.
Honorine estaba en el sillón que da la espalda a la chimenea, con los guantes sobre la rodilla. A su derecha y a su izquierda, en dos sillas que fueron mías, se sentaban dos hombres a los que conozco desde antes de que esa casa tuviera galería. Las otras casas mandan ojos. La voz la pone ella.
—Las tres en punto —dijo en francés.
—Bajo mi techo hay un vinculado, señora. Lo tiene en su camino, entre dos de los suyos. Se llama Benoît Hébert y es el carpintero de la casa.
—¿Quién lo dice?
—Yo. Lo he visto beber dos veces de la misma mujer, en dos ocasiones distintas.
—¿Visto? Usted oye caer una gota en un tejado. No me traiga lo que se oye detrás de una puerta ni lo que huele un paño.