La segunda mordida Capítulo 20. Cuatro días
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Capítulo 20. Cuatro días

Cuatro días

Zoe

Ben puso su llave encima de mi mesa el jueves, en cuanto Dani abrió los postigos. La siete, con su número. Naomi se quedó de pie a su lado y esta vez no se sentó.

—No es por usted, Miss Zoe —dijo él—. Es por las tres que dejó anoche esa señora en el mostrador. Sin eso, a esta casa entra quien quiera con una maleta. Se sientan en su bar y miran. A mí, con que me miren diez minutos al lado de ella, me sobra.

—¿Adónde vais?

—A Tremé.

—La de Tremé no es vuestra hasta el veintiséis de febrero. No tiene un cuarto sin ventana ni una puerta con barra.

—Yo casi me quedo en esa cámara —dijo Naomi, con la voz todavía ronca—. Tengo una casa firmada y un hombre al que matan si lo miran bien. No me pida que vuelva a contar con tres llaves que ya no están.

Me levanté. Hay cosas que no se dicen sentada.

—Lo que os dije el día veintiocho no dependía de esas llaves.

No se lo pedí prestado a las casas ni a él.

Es mío. Mientras yo sea titular tenéis techo y llave, nadie os entrega y nadie lo sabe por mí.

Vale hoy lo mismo que entonces. —Miré a Ben—.

En Tremé estáis solos. Aquí hay un hombre que entró ardiendo a por ella.

Naomi miró hacia el patio, a las ventanas de medio punto.

—A ese le debo estar respirando —dijo—. Hasta la escritura, Ben. Luego, ya veremos.

Ben tardó. Empujé la llave hacia él con un dedo, como había visto hacer. La cogió y se tocó la frente.

Me gustó oírme.

Los demás arreglos de aquel jueves fueron de oficio.

Llegó la cámara de alquiler, un armario blanco con ruedas que Naomi enchufó en la lavandería y cerró con un candado suyo.

Dani me pidió cincuenta dólares más por noche y que alguien la acompañase al coche; se los di, y le puse a Ben.

Me preguntó también si al final había llamado a Gentilly el martes.

Le dije que no hizo falta, que Saavedra aguantó hasta el pedido de las doce.

Era mentira y me salió sin esfuerzo. Siguió doblando toallas.

Los de incendios volvieron de noche y Saavedra les contó lo mismo que a mí: tres hombres, capuchas, un motor en Barracks.

—Desde hoy, quien toque ese portón solo responde ante usted —dijo Sal al entrar.

—Y ante él —dije.

—Y ante él, Miss Zoe. Mientras se tenga en pie.

Mandé cerrar el portón a las doce en punto y que los huéspedes llamasen al timbre.

Desde el anochecer hubo dos chicos de Verret en la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos, viendo entrar a mis huéspedes.

No hacían nada. Una de las de Atlanta me preguntó quiénes eran.

Llamé a la comisaría del Barrio: dos chicos de pie en una acera no son un delito, me dijeron, y tenían razón.

Esa misma noche le preguntaron a Kip, al pasar, dónde pensaba dormir. Kip les dijo que en la 17.

El viernes cerré la barra a las doce y subí con las piernas de madera. No había bajado al entresuelo desde el martes: el miércoles no me tenía en pie y el jueves me dormí vestida. Llevaba la llave de hierro en la mano desde el segundo rellano. Pensaba ducharme y bajar.

Estaba en mi pasillo. A cuatro pasos de la 31, donde se para cada noche, con las manos a la espalda. Eran las doce y veinte.

—No son las dos y cuarenta.

—No.

—¿Tienes hambre?

—No. Hasta el domingo, no.

—¿Ha pasado algo?

—Nada. Quería verla.

Lo dijo sin moverse del sitio. Yo tampoco tenía excusa. Le enseñé la llave.

—Yo iba a bajar.

Miró la llave. Casi sonrió, lo que sonríe él.

Abrí la 31.

—Pasa. Te levanto lo del pasillo.

No había entrado nunca conmigo dentro. Se quedó un momento en el umbral, mirando el secreter de Adelaide, la cama, la maleta que yo no había terminado de deshacer en dos meses.

—¿Habías entrado aquí?

—Con Adelaide, a firmar pagarés. De noche y de pie.

—Pues hoy te sientas.

Se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta, sin apoyarla en nada. Le abrí el cuello de la camisa para verle el lado izquierdo. La piel nueva le llegaba a la oreja, más clara, sin una arruga. Lo de la espalda no me lo enseñó y no se lo pedí.

Me quité el pañuelo yo, sin que nadie pusiera condiciones.

Miró las dos marcas. No tenía hambre: se le notó en que pudo mirarlas.

Puso la boca encima, cerrada, lo que dura un beso.

Era lo único que no nos habíamos permitido.

Luego me cogió la cara con las dos manos, como se la cojo yo a él, y no me colocó la cabeza.

Tenía las manos templadas. En diciembre pensé que ese calor se lo dejaba yo. Esta vez era verdad del todo.

No podía apoyar la espalda. Lo tumbé de lado, de cara a mí, en una cama donde por fin cabíamos, y tuve cuidado yo. No había ninguna seda que vigilar.

A las dos me despertó su mano en el hombro. Estaba vestido.

—Las dos.

—Voy contigo.

—Son cuarenta minutos y cuatro plantas.

—Es mi casa. Quiero saber qué compruebas.

A las dos y diez me dio la mano en la escalera, para que pisara donde pisa él, que sabe qué peldaño cruje.

El portón, dos vueltas. Los chicos de Verret seguían enfrente.

La puerta de chapa del callejón, con el grabador de mi cámara atornillado al lado y su luz roja.

La cocina negra. La medianera y el zumbido del armario blanco en la lavandería.

El archivo. En cada sitio hacía lo mismo: la mano en el cierre y un segundo quieto.

En la puerta de chapa me dejó probar la barra a mí. Pesaba más de lo que parecía.

En la primera planta se paró delante de cada puerta lo que yo le había contado tantas noches.

—¿Qué oyes?

—La 12 escribe. La 14 tiene la radio puesta y la mano en el pomo. La 17 duerme.

Detrás de la 14 la radio se calló. Seis personas con muy buen oído acababan de oír dos pares de pasos donde llevaban toda la vida oyendo uno. Quise que los oyeran.

En la segunda me fue diciendo mis huéspedes por la respiración. La 23 roncaba. La 26 leía. La 21 me dejó comprobarla a mí. Puse la mano en el pomo y me quedé quieta, como él. No oí nada. Él sí: dos personas, dijo, y una soñando. En la tercera pasó de largo por delante de mi puerta.

—Hoy tampoco hay nadie detrás —dije.

—Hoy sé dónde está.

En la azotea hacía frío. Probó el candado de la trampilla y los dos muretes. Yo miré la esquina de Barracks, por costumbre. Luego me aparté del pretil de la calle, hasta los depósitos, y pregunté bajo lo que llevaba tres días sin preguntar.

—Una cosa de contrato. Cláusula de salida. Yo voy a cumplir cuarenta, y cincuenta, y tú vas a seguir con esa cara. ¿Hay manera de que yo me quede también con la mía? No digo que la quiera. Pregunto si existe.

—No.

—Naomi dice que para eso hay que morirse primero.

—Unas horas. A mí me bastan esas horas para empezar a consumirme: lo que me sostiene es que usted respire. Convertirla es matarla, y matarla es lo que manda el código. No es una salida, Zoe. Es la otra manera de cumplirlo.

—¿Y tú?

—Yo duro lo que dure usted. Y un mes.

Hice la cuenta sin querer. A un lado, cuatrocientos años largos. Al otro, lo que me quede a mí, cuarenta, cincuenta si dejo de comer de pie.

—Eso no lo había contado.

—Se lo dije el martes: contó lo que ganaba.

No lo dijo con rencor. Se quitó la chaqueta, él, que no tiene frío, y me la puso por los hombros. Debajo, la camisa todavía se le pegaba a la espalda.

—Voy a tener que dejar de comer de pie —dije.

—Se lo agradecería.

Bajamos a las tres menos diez.

El sábado a las once de la noche tenía la barra llena y a Kip tocando en la calle Frenchmen, que es de lo que vive. Volvió a las once y veinte. No llegó al portón.

Lo oímos desde el bar. Un golpe de metal contra la acera y luego otros, más sordos. Sal gritó mi nombre. Saavedra cruzó el patio sin correr, que en él es peor, y salió.

Llegué al portón detrás. Eran cuatro, de esos chicos de Verret que aparentan veinte años.

Dos sujetaban a Kip contra la fachada y otro le daba con una barra.

La trompeta estaba en el suelo, doblada por la campana.

Saavedra no dijo nada. Paró la barra en el aire, con la mano.

Uno salió rodando hasta la calzada. Otro se le subió a la espalda, a esa espalda.

Le oí un ruido que no le conocía, y a mí me llegó un fogonazo que no era mío.

El de la barra aprovechó para darle en el costado.

Luego corrieron los cuatro, y la barra se quedó en la acera.

Volvió con Kip en brazos, como había vuelto el martes con Naomi. Tenía la camisa otra vez pegada a los hombros y sangre en una ceja.

—Cierre, señor Mancuso.

Yo me volví hacia el patio. Había veinte personas mirando.

—Un vecino que ha bebido de más —dije en inglés—. La casa invita a la última.

Dani había sacado ya el botiquín de debajo del mostrador, una caja roja que yo inventarié en noviembre sin abrirla. Tumbamos a Kip en el suelo de administración.

—Primero se limpia —dijo, y me puso unas pinzas en la mano—. Si le das de beber con la grava dentro, cierra con la grava dentro. Me lo enseñó Sal. Suero. Ahí. No soples, Zoe, que no es un niño.

Le sujeté la cabeza. Saqué tres piedras de una ceja y una esquirla de latón del labio. Aprendí a juntar un corte con tiras de papel y a vendar una mano dedo por dedo, sin apretar. Kip no se quejó. Preguntaba por la trompeta.

Naomi trajo dos bolsas de su armario y se las dio ella. Con la segunda, la ceja dejó de sangrar.

Saavedra no había entrado. Estaba en el zaguán, de pie, con una mano en el mostrador, en la postura del martes.

—A ti también —dije.

—A mí esa caja no me sirve.

—Ya lo sé. Sube.

En su despacho me senté en el borde de la mesa, de cara al péndulo, y me quité el pañuelo. El martes le había dicho que tendría que pedírmelo con palabras. No le di tiempo.

—Larga. Lo que haga falta para la espalda y el costado. Hoy he cenado. Y no te vuelvo a decir basta, que ya sé lo que vale. Cuento yo, en voz alta. Cuando deje de contar, sueltas. En ese golpe.

—En ese golpe.

—Dilo entero.

—Cuando usted deje de contar, suelto.

Mordió donde el martes, en los mismos puntos, para que no hubiera una tercera marca que tapar.

Dolió menos. El calor llegó antes; esta vez sabía lo que era y lo estaba esperando.

Conté en voz alta, lo justo para que me oyera él, mirando el péndulo.

Hacia el diez la voz ya no me salía entera.

Le puse las manos en el pelo. Tenía ganas de eso desde el portón, desde que lo vi parar una barra con la mano, y no me dio vergüenza saberlo.

A través de la camisa le noté el costado, que cedía donde un costado no debe ceder.

Paró demasiado pronto. Yo iba por veinte, la mitad que el martes, y no me había callado.

—No he dejado de contar.

—No.

—Pues sigue. Tienes el costado abierto.

—Le va el corazón a ciento veinte. Lo oigo desde aquí. El martes le quité más de lo que dio, y han pasado cuatro días.

—Es mío y te lo doy.

—Y yo no lo cojo.

—Te lo estoy mandando.

—Lo sé. —Me apretó contra el cuello una gasa de las de Dani, que yo llevaba todavía en el bolsillo—. Esta no se la obedezco.

Me dejó con el calor a medio subir y una rabia que no supe dónde poner. Tenía la ceja partida, la espalda abierta otra vez y un golpe en el costado que con otro tanto mío se habría cerrado. Lo sabía él mejor que yo. Me hizo el nudo con cuidado y me sentó en la butaca.

—Hoy has parado tú solo —dije.

—Sí.

—Con el costado así.

—Sí.

—Me lo apunto. El jueves vuelvo a contar.

—Cuente.

Cerró al salir y subió el medio tramo hasta la galería. A través de la puerta lo oí llamar a la 12 y, por la barandilla, a Ben, que estaba en el patio.

—Esta noche no puedo con cuatro. Señor Hébert, el callejón hasta que amanezca. Abernathy, la medianera y la azotea. Se lo pido por favor.

Ben dijo que sí antes de que acabase. Abernathy tardó un poco más.

Me quedé en la butaca con las manos frías y un cansancio de tres cafés al revés, que se me pasó en un par de horas. La rabia tardó más. El martes siguió cuando dije basta. El sábado paró mientras yo contaba, herido y con cuatro chicos en la acera. Ninguna de las dos veces mandé yo.

El domingo dormí hasta las diez. A las cinco de la tarde, que en Sevilla eran las doce de la noche, caducó en el cajón del secreter un contrato de catorce páginas.

No lo firmé ni lo rompí. Mi madre había llamado a mediodía, como todos los domingos, y había preguntado cuándo iba a ir a verla.

Le dije que en cuanto la casa rodase sola.

Después hice la cuenta que él decía que yo solo había oído contar.

Dos noches fuera y no duermo. A la cuarta me arde el cuello.

De aquí a Cádiz son tres aviones y un día entero.

Me duró poco. Saavedra cruzó el patio al anochecer con la ceja todavía partida y sin girar el tronco, y Naomi, que también lo vio, me esperaba en la lavandería con su libreta de hule.

—Una cosa del armario, Miss Zoe. Llevo la cuenta por residente. Todos han recogido lo suyo el miércoles, el viernes y hoy. El señor Saavedra, no. Tiene tres raciones ahí desde que vino Gentilly. Con la espalda que tenía. Y anoche, después de lo de Kip, tampoco mandó por ninguna.

Me miraba la cara y no el pañuelo. Era peor.

—Se las llevo yo. Apúntamelas a mí.

—¿Las tres?

—Las tres. No le gusta pedir.

—Eso es verdad —dijo Naomi, despacio—. Pedir no le gusta.

Me las dio en una bolsa de papel. Esa noche las vacié en el fregadero del bar, con el grifo abierto y mirando hacia la puerta.

A las diez, cuando entró Sal, había en el zaguán un mensajero de uniforme gris. Dejó en el mostrador una tarjeta sin sobre, a nombre de Saavedra, de la misma cartulina que la de noviembre, y se fue sin esperar respuesta. Quien la mandaba quería que yo también la leyese.

«Las tres casas ofrecen a la Merced una tregua hasta el Martes de Carnaval. El precio es una cabeza que haya faltado a nuestra ley. Usted sabe cuál es la ley. H. V.».

La leí dos veces y me la llevé a administración. Saavedra entró detrás y cerró la puerta.

—¿Lo saben? —pregunté en español, bajo.

—Lo sospechan. No pueden probarlo.

—¿Y lo del taller?

—Tampoco lo saben.

—Entonces no tienen ninguna cabeza.

—No.

—Pues que esperen sentadas.

Metí la tarjeta en el libro de tapas negras, entre dos hojas en blanco. Él no dijo nada más. Abrió la puerta y se quedó mirando el patio, hacia el taller, donde había luz. Pensé que comprobaba un cierre.