Capítulo 19. Las tres llaves
Las tres llaves
Saavedra
A las seis de la tarde Abernathy me sostuvo la chaqueta y yo metí en ella una espalda que no se había cerrado.
Tenía las manos enteras. El cuello, casi: por encima de la camisa asomaba la piel nueva, más clara, que ningún cuello alto tapaba.
La espalda seguía abierta de hombro a hombro, y la tela me lo recordaba a cada paso.
Era el cuerpo que debía tener esa tarde un antiguo que el martes subió una escalera con las rodillas y el miércoles recibió bolsas de Gentilly.
Lo primero lo había visto toda la galería. Lo segundo no había ocurrido.
Abernathy me miró las manos al soltar la chaqueta. Sabe cuántas bolsas hacen falta para cerrar unas manos así, porque me lo dijo él. No sabe quién subió qué a mi cuarto entre las doce y el ocaso: a esas horas él no cruza un patio. No preguntó, y yo lo dejé con la cuenta sin cerrar.
La noche anterior, a las once menos veinte, bebí por segunda vez de la misma garganta. La retuve con tres palabras que no había decidido decir. Después ella dijo basta y tomé dos tragos más. Le había prometido parar medio minuto antes.
Acepté sus condiciones. Sigo sin decirle de quién desciende, ni de qué casa tiene llave su abogada.
En diciembre yo no veía para qué la habían sentado en mi tercera planta.
El martes, mientras ella se dormía en mi butaca, lo vi.
A un antiguo que bebe dos veces lo matan sus propias casas, sin que ningún cazador tenga que mancharse.
Si en Esplanade buscaban eso, se lo di yo, con mi boca, por tres palabras.
Me puse a dar cuerda a un reloj. Ella levantó la cabeza de la butaca y me miró la espalda, como si le hubiera llegado algo, y aprendí que ya no puedo tener miedo a solas.
Después lo miré por el otro lado, que es por donde prefiero mirarlo.
La mujer que los cazadores buscaron para mí no puede alejarse ya de esta casa cuatro noches seguidas.
No firmará en Sevilla. Cómo vuelva de Camp Street me llegará sin que yo tenga que preguntar.
Y una mujer que no puede irse acaba defendiendo la puerta detrás de la que duerme. Lo llamé posición, y me pareció buena.
A las dos y diez hice la ronda despacio, agarrado a los pasamanos, como la habría hecho un hombre con tres bolsas.
Podía subir los tramos de dos en dos. La señora Villavaso tiene buen oído y escribe todas las semanas.
Zoe durmió diez horas en mi cama. A las nueve se levantó, volvió a sentarse y esperó a que el cuarto dejara de moverse.
Dos tragos de ese mareo no los había dado ella.
—¿Has hecho la ronda? —preguntó, con los zapatos en la mano.
—Sí.
—¿Y mi puerta?
—Estaba cerrada y no había nadie detrás. Me detuve igual.
No sonrió. Subió a vestirse por la escalera de servicio, porque tenía una carpa en el patio y catorce personas en camino.
Me había citado a las siete en el salón. A las seis y veinte Dani subió a decirme que la reunión de personal era a la media, de pie, y que Zoe me quería en la puerta del patio. No dijo «en la misma puerta». No hizo falta.
Estaban los del miércoles anterior y dos primos de Naomi con delantal.
El encargado de la contrata, que atornillaba la última bisagra de la cocina, se asomó con el casco puesto.
Zoe habló cuatro minutos: llegadas, maletas, la cena en el patio, la barra hasta las doce.
Llevaba el vestido negro y mi pañuelo, con mi nudo.
Estaba blanca. Tenía una mano en el respaldo de una silla y no la soltó en los cuatro minutos.
—Una cosa más y abrimos —dijo en inglés—. El miércoles pasado hubo aquí una duda sobre de quién es esta casa. Señor Saavedra.
Todas las cabezas se volvieron hacia la puerta del patio, como entonces.
Era la primera de sus condiciones, cobrada antes de veinte horas y delante de la señora Villavaso. Un hombre que solo ha desafiado un código no le debe esa frase a nadie. Busqué una que ese hombre pudiera decir.
—La casa es de la titular. Lo dice una sentencia y lo dice el pacto. Las obras las ordena ella.
Ella lo aceptó con la cabeza.
—Ya lo han oído. A sus puestos.
El encargado se tocó la visera del casco hacia ella, no hacia mí. La señora Villavaso sonrió con toda la boca. Abernathy cerró la libreta.
A las siete Sal, que había venido tres horas antes de su turno con la chaqueta buena, abrió las dos hojas del portón, que no se abrían juntas desde que Adelaide cerró la casa, y entró la calle.
Taxis, maletas con ruedas en las losas del zaguán, un matrimonio de Chicago que preguntó si era verdad lo que se contaba de la casa.
En el patio Naomi mandaba desde su taburete sobre dos fuegos y una tabla, con la voz todavía rota.
Entre plato y plato apuntaba en una libreta de hule las bolsas de las neveras, residente por residente.
Cuando me vio cruzar se puso de pie. No lo había hecho nunca.
Le señalé el taburete con la mano. Ben guardaba desde las seis la puerta de chapa del callejón. Kip tocaba sin sordina.
A las siete y cuarto me llegó una alegría que no era mía.
Yo estaba en la puerta del patio, mirando tocar a Kip.
Me subió por el pecho sin motivo, como entra el calor de una cocina cuando alguien abre la puerta.
Volví la cabeza hacia el zaguán. En el mostrador, a treinta pasos, el primer huésped acababa de firmar su ficha y ella le entregaba la llave de la 21.
El hambre de noviembre se había callado la víspera. En su sitio había esto.
Debajo de la alegría venía otra cosa, más pequeña y constante. Miedo. Lo reconocí porque el martes le había llegado a ella el mío.
La miré trabajar tres horas así. Cobró, sonrió, subió una maleta que no le correspondía.
Comió un cuenco de gumbo de pie, en cuatro cucharadas.
Se sentó en el segundo peldaño de la escalera cuando creyó que no la veía nadie y se levantó a los veinte segundos.
Dos veces se llevó la mano al nudo. Leí aquello como leo una cuenta, y me salió arrepentimiento.
Una mujer que el martes compra a un hombre y el miércoles, con la casa llena, entiende lo que ha firmado: que no puede irse, que cada cinco días hay un taburete, que a ese hombre lo matan si alguien mira debajo de una seda.
Era la lectura que me convenía. A una mujer que ya se arrepiente no hace falta darle esa misma noche un apellido de 1788.
Hice mi parte. El de la 15 miró demasiado rato el cuello de una de las tres amigas de Atlanta.
Lo miré yo a él, y bajó los ojos a su copa.
En la barra, el de Chicago me dio una palmada en la espalda para preguntar si yo era «uno de ellos».
No se me movió la cara. Dani, que servía a un paso, dejó de respirar.
—Sí, señor.
Se rio, sin saber de qué, y pidió otra ronda.
A las diez y cuarto ella pasó a mi lado con una bandeja y se detuvo lo justo. No lleva perfume. La tuve a un palmo, con el pulso en el cuello debajo de mi seda, y por primera vez desde noviembre pude oírselo sin apretar los dientes.
—¿La espalda?
—Cerrando.
—Esta noche no bajo. No me tengo en pie.
—No tiene que bajar.
—Ya lo sé. Te lo digo para que no esperes.
Siguió con su bandeja.
A las once en punto se hizo en el zaguán el silencio que hace Sal cuando se pone de pie.
Honorine Verret entró sola. Vestido gris, guantes, ni una horquilla a la vista.
En la acera se quedaron dos de sus jóvenes, mirando hacia dentro.
Cruzó el patio entre las mesas sin que ningún huésped supiera qué pasaba a su lado y se sentó en el último taburete de la barra, el del rincón.
Adelaide se lo guardaba todas las noches de Reyes.
—Lo que me ponía Adelaide —le dijo a Dani.
Dani me miró.
—Una copa de la casa. Templada, en el cristal bueno.
Dani la sacó de una nevera de playa y la templó como le había enseñado Naomi. Honorine la olió antes de probarla.
—Esto no es mío —dijo en francés.
—No, señora. Lo suyo no llegó el martes.
—Lo mío llega a las casas que cumplen. —Bebió un sorbo, por educación—. Me cuentan que el martes al alba subió usted su escalera con las rodillas. Hoy lleva chaqueta y tiene las manos cerradas. Mis furgones no han pasado por esta calle. ¿Con qué, Saavedra?
—Gentilly sirvió a mediodía.
—A mediodía. Y a las seis y media estaba usted en una puerta explicando de quién es la casa. También me lo han contado ya. —Giró la copa por el pie—. Qué buen género tiene esa mujer de Gentilly. Habrá que comprarle el negocio.
Zoe venía hacia la barra con una bandeja de copas sucias. Honorine la vio llegar entera, de los zapatos al pelo, y se detuvo en el cuello.
—Lleva su pañuelo.
—Sí.
—Qué cosa.
—Zoe Marrero —dijo ella en inglés, y dejó la bandeja—. Usted es la del contrato de seis folios.
—Y usted, la niña de la escritura. Tiene muy mala cara, mademoiselle, para una mujer que ha llenado su casa.
—He tenido un incendio.
—Lo sé. El viernes pueden volver mis furgones. No hace falta contrato. Basta con que me lo pida a mí.
Zoe tardó un segundo. La vi acordarse de algo.
—Se lo agradezco. Tengo proveedor, y a usted prefiero no deberle nada. La copa es de la casa.
—Eso se lo dejó escrito Adelaide. Es lo único sensato que le oí. —Honorine se volvió hacia mí y siguió en francés—. De las que cuentan. Ya lo veo.
Zoe se llevó la bandeja. Se agarró un momento a un poste de la carpa, y Honorine también miró eso.
Estuvo con esa copa hasta las doce menos diez, sin volver a hablar, mirando cómo se vaciaba el patio.
—Faltan nueve minutos. No voy a preguntarle si piensa subir a la tercera en nueve minutos. ¿No va a pedirme nada?
—No.
—Un mes. Una semana. Le quedan los almacenes del río y el solar de Dumaine.
—Lo sé, señora.
—¿Ni discutirme la hora?
—Es la que acordamos.
Dejó la copa. Me miró con la curiosidad verdadera que le vi en el bayou.
—En 1795 me regateó usted una coma tres noches seguidas. Un hombre que no regatea ha comprado ya en otra parte.
No contesté. No había nada que comprar: ningún plazo, de una semana ni de un siglo, me deja hacer ya lo que el código manda, porque matarla es consumirme. Y pedir tiempo era hacerle preguntar para qué.
A las doce menos dos se levantó y fue a recepción. La seguí. Arriba se cerraban las últimas puertas de la segunda planta.
Abrió el bolso y fue dejando sobre el mostrador, delante de Sal, tres llaves de hierro, largas, con el paletón de dientes cuadrados.
Las forjó un herrero de la calle Dumaine en agosto de 1795, junto con las ocho del tablero, y yo se las puse en la mano a cada casa el día de la firma.
Quien tiene llave de esta puerta responde de ella.
En doscientos treinta y un años no habían vuelto a estar las tres en este zaguán.
Sal miró su reloj.
—Las doce, señor.
—La mujer respira —dijo Honorine, para que constara—.
Hablo por las tres casas, que me han dado poder.
Cláusula tercera: desde esta hora, las casas no vengan ninguna ofensa contra este techo.
Quien deba obediencia a una casa se la debe a esa casa, y no a esta puerta.
Mis dispensarios no sirven en esta calle.
—Cerró el bolso—. Sin ejecución, como le prometí. Por lo que sé esta noche.
Dejó la última frase encima de las llaves.
—El muchacho de la trompeta lo hizo uno de los míos, hace diecisiete años. Mañana mandaré a preguntarle dónde quiere dormir. —Se puso los guantes—. Buenas noches, Sal. Cuarenta y un años. No le ha tocado una casa fácil.
Sal no contestó. Miraba las llaves como miró en noviembre el llavero del bayou.
Honorine salió. Los dos jóvenes se despegaron de la fachada. Sal cerró el portón con sus dos vueltas. Abernathy había bajado hasta el primer descansillo, con el chaleco abrochado. Miró las tres llaves desde arriba, el tiempo de sumarlas, y volvió a la 12 sin hacer ruido en la escalera.
Zoe llegó del bar a las doce y diez, con la caja debajo del brazo. Vio las llaves antes que a nosotros.
—¿Qué es esto?
Sal me miró. Contesté yo.
—Las llaves que esta casa dio a las tres casas en 1795. Mientras las tuvieron, respondían de esta puerta.
—¿Y ahora?
—Ahora no responde nadie. Tampoco habrá furgones de madame Verret.
—Eso ya lo tenía descontado. —Cogió una y la sopesó—. ¿Abren mi portón?
—Las tres.
—O sea, que hasta hace diez minutos había tres llaves de mi puerta en tres casas que no he pisado.
—Recogió las otras dos—. Pues mejor aquí.
Y no pongas esa cara, que ha salido. Catorce personas arriba, la caja cuadrada y nadie ha mirado a nadie como a un plato.
A mí me da vueltas todo. Es de no haber comido y de lo de ayer.
Podía ser eso. Me quedé con mi lectura.
Entró en administración, dejó la caja y volvió con el libro de tapas negras. Lo abrió sobre el mostrador por una hoja limpia, lejos de mi página, y escribió con el bolígrafo de la ferretería, diciéndolo en voz alta, como hace cuando quiere testigos.
—Siete de enero. Tres llaves del portón. Devueltas.
Cerró el libro y se las llevó dentro. En la segunda planta dormían catorce forasteros. Por primera vez desde 1795 no respondía de ellos nadie más que los que estábamos en ese zaguán: un conserje de sesenta y seis años, una mujer que se caía de sueño y yo.