Capítulo 18. No te vayas #2
Sevilla. No se lo había dicho yo. Alguien le había contado lo de mi cajón. En esa casa siempre hay alguien.
—Eso ya lo he contado.
—No lo ha contado. Lo ha oído contar.
Tenía razón, y me dio igual. Él tenía tres motivos, los tres ciertos, y con los tres encima de la mesa me seguía mirando la boca cuando yo hablaba.
—Coja su vaso —dijo.
Cogí otra cosa. Saqué del bolsillo de delante su llave de hierro y la puse encima del pañuelo.
—Tu llave. Tu pañuelo. Arriba tengo un contrato de Sevilla, ya que lo sabes. Lo firmo esta noche. Mañana abro, porque he vendido ocho habitaciones y yo cumplo. El lunes le digo a mi abogada que venda la casa, que hay una oferta hasta el quince, y cojo un avión.
—Está en su derecho.
—Ya lo sé. Y tú te quedas aquí con una sola mordida. Me lo explicaste tú: hambre de esa persona hasta que se muere, aunque ponga un océano en medio. Pues lo pongo. Tengo treinta y un años, y en mi familia las mujeres duran mucho.
No sé decir si era un farol. Lo dije de manera que no lo pareciese, y para eso hay que creérselo un poco.
Se le fue el color que le quedaba. No contestó enseguida.
—Fírmelo.
Eso no lo esperaba.
—¿Eso quieres?
—No le he dicho lo que quiero. Le he dicho lo que le conviene.
—Pues buenas noches, Saavedra.
Di media vuelta. Había cuatro pasos hasta la puerta y los conté. La butaca. La cómoda de donde sacó el pañuelo. Puse la mano en el pomo.
—No te vayas.
Lo dijo a mi espalda, bajo, en español. Tardé en entender qué tenía de raro. Dos meses de usted, de pie y acostado, con mi apellido delante hasta en su cama, y me había tuteado. Ese hombre no tutea ni a Sal.
Me volví. Había soltado la mesa. Estaba a un paso de ella, sin nada donde apoyarse, con la cara que le vi en la cámara cuando levantó la cabeza. Entonces no supe de qué tenía miedo. Esta vez creí saberlo.
—Dilo otra vez.
—Ya lo ha oído.
Otra vez de usted. Le había durado tres palabras.
—¿Con mis condiciones?
Tardó lo que tarda uno de sus relojes en alcanzar a otro.
—Con las suyas.
Había ganado. Lo supe con la mano todavía caliente del pomo, y no me alegró como había calculado. Me dio vértigo. Los relojes marcaban entre las diez y treinta y nueve y las diez y cuarenta y uno. Volví los cuatro pasos.
No me cogió. Con las manos como las tenía, no habría podido. Me puso dos dedos debajo de la barbilla, como en la galería, y esta vez no me enderezó la cabeza. Me la ladeó.
—Cuando diga basta, paro.
—Ya lo veremos.
Bajó la cabeza. No buscó el sitio. Mordió al lado de los dos puntos de noviembre, un dedo más abajo.
Dolió igual que en noviembre, como un corte limpio que tarda.
Después vino lo otro, el calor que entonces no le perdoné.
Me subió del cuello a la nuca y me bajó por los brazos hasta las manos.
Esta vez lo había pedido yo, y me lo quedé entero.
Naomi me había avisado de que da mucho gusto. No me dijo cuánto, ni que una se oye.
No sabía dónde ponerle las manos sin hacerle daño. Le agarré la camisa por delante. A través de la tela noté que se le iba enderezando el cuerpo, trago a trago. Por primera vez lo oí respirar.
Había decidido antes de entrar que contaría, y conté con el péndulo. A los treinta golpes las rodillas ya no eran mías y me sostenía el canto de la mesa. A los cuarenta quise que no parase nunca. Por eso lo dije.
—Basta.
No paró. Un trago. Otro. En ese segundo me acordé de la nevera de cristal en la espalda, de que en noviembre no paró porque yo empujase, y me dio tiempo a pensar que me había equivocado con él.
Paró.
Levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos cerrados y mi sangre en la boca. Apoyó la frente en la mía, sin peso, y estuvimos así lo que duran diez golpes de péndulo.
—Siéntese, Zoe.
Zoe. Ni señorita ni Marrero.
Me sentó en la butaca de cuero, la que él no podía usar. Me puso el vaso en la mano y esperó a que bebiera. Me apretó el paño contra el cuello con dos dedos que ya no temblaban.
—Dije basta.
—Prometí parar y seguí. —No apartó los dedos del paño—. Dos tragos.
—La próxima vez no me fío de tu palabra. Ya veré de qué.
—Hace bien.
Le miré esa mano. La piel de los nudillos se le iba cerrando mientras yo miraba, de los bordes al centro. Por encima del cuello de la camisa, la quemadura había bajado dos dedos.
—¿Cuánto tarda?
—La espalda, unos días. Lo demás, esta noche.
—Mañana a las siete te quiero en el salón.
—Estaré.
Empujó la llave hacia mí con un dedo, sin decir nada, y me la guardé. Luego cogió el pañuelo. Me lo pasó por el cuello, lo subió hasta cubrirlo todo, cruzó, pasó el cabo por debajo y ajustó a un lado. Su nudo, el plano.
—Ahora tapa dos. No se lo quite delante de nadie. Tampoco de Naomi.
—Eso ya lo sabía.
—Lo sé. Se lo digo igual.
Tenía sueño, el mismo sueño de anestesia de noviembre, y debajo del sueño una cosa que no había tenido nunca en esa casa: lo que había ido a buscar. Me toqué el bolsillo de atrás. El papel amarillo seguía allí. Lo dejé donde estaba.
Entonces me llegó. Fue como cuando en un hotel se va la luz de una planta y lo notas en el silencio antes que en las bombillas.
Un miedo grande y frío, sin nada dentro.
Yo no tenía miedo. Estaba sentada en una butaca, con zumo, con sueño y con el nudo bien hecho.
Miré a Saavedra. Estaba de espaldas, dando cuerda a un reloj que no la necesitaba hasta el domingo, con el pulso firme.
Era suyo.
Naomi había dicho que lo fuerte llega sin letrero. No supe de qué era. De las casas, pensé, de lo que le harían si alguien miraba debajo de una seda. Era una buena razón y me conformé con ella.
No se lo pregunté. Me estaba durmiendo.