La segunda mordida Capítulo 18. No te vayas
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Capítulo 18. No te vayas

No te vayas

Zoe

El furgón de Verret no vino a las ocho. Vino un inspector de bomberos, el mismo del lunes, con el mismo chaleco, y cruzó la puerta de mi cocina con una cinta amarilla.

La cocina estaba negra hasta la altura de mis hombros y gris de ahí para arriba.

Olía a gasolina, a plástico y a mantequilla quemada.

La puerta del callejón se había doblado hacia dentro.

De la cámara quedaba el armazón, con la nevera de cristal reventada y las bolsas de toda una semana hinchadas por el suelo.

Las masas de Naomi seguían en la mesa, debajo de sus paños. Habían subido igual, llenas de hollín.

—Habitaciones, sí —dijo el inspector—. Bar, sí. De aquí no sale un plato hasta que yo vuelva a firmar. Tres semanas, con suerte.

—¿Y del patio?

—¿Qué patio?

—El mío. Quemadores de gas, a la distancia de las paredes que usted me diga, con sus extintores. En esta ciudad se cuecen cangrejos en la acera.

Me miró como se mira a una extranjera que ha aprendido una palabra.

—A veinte pies de cualquier muro. Una persona que no haga otra cosa que vigilar las bombonas. Y lo veo yo montado antes de las cinco.

Tenía hasta las cinco. Abría al día siguiente a las siete, con ocho habitaciones vendidas, una cena de Reyes anunciada y una cocina precintada.

Cuando vi que el furgón no venía, llamé a Gentilly y pedí cuarenta bolsas. Para mañana a las doce, me dijo la señora. Lo apunté y seguí.

Elise había llamado a las siete, antes que el seguro. No sé cómo se enteró tan pronto. Me preguntó tres veces si la cocinera estaba bien, con una voz que no le conocía, y me pidió que durmiera en su casa hasta el jueves. Le dije que no podía. Colgó sin insistir, y eso tampoco era suyo.

A las nueve aparecieron cuatro hombres de la contrata con tablones y una puerta de chapa.

No los había llamado yo. Esta vez no pregunté quién los mandaba.

Les dije dónde iba la puerta. El perito del seguro llegó a las diez, hizo sesenta fotos y me explicó con mucha educación que un fuego provocado no se paga hasta que la policía cierra el atestado.

A las once, dos agentes de incendios quisieron saber quién había visto a los tres hombres.

—Un residente.

—¿Podemos hablar con él?

—Después de las cinco y cuarto.

Se miraron. Uno apuntó la hora sin preguntar por qué.

—¿Tiene cámaras en el callejón?

No tenía. Me miraron como miro yo a un hotel sin caja fuerte. Antes de que se fueran llamé al encargado de la contrata y le pedí una, encima de la puerta nueva, mirando a la boca del callejón y grabando día y noche. Esa la pagué con mi tarjeta, para que la factura no fuese de nadie más.

Naomi no quiso acostarse. Bajó a mediodía con la voz rota, se sentó en su taburete en mitad del patio y llamó a dos primos del Séptimo Distrito que alquilan quemadores para bodas.

—Con dos fuegos y una tabla, mi abuela daba de comer a cien —dijo—. El pan lo compro hecho, y que ella me perdone.

Tosió un rato. Luego me cogió de la muñeca, ella, que no toca a nadie.

—Me sacó en brazos, Miss Zoe. Iba ardiendo y no me soltó. Dígaselo usted, que yo no lo he visto para decírselo.

No se lo había dicho nadie todavía. Yo tampoco. Lo había visto sentado en la fuente, con una espalda para la que no tengo palabra, y le había dado una orden. Había cruzado un fuego a por mi cocinera, y tampoco para eso me pidió permiso.

No pisé el entresuelo en todo el día. Tenía motivos de sobra y los usé todos.

Quemadores, carpa, hielo, cuatro neveras de playa y una cámara de alquiler que no llegaba hasta el jueves.

Cuatro mil trescientos dólares de una línea de crédito que ya había estirado una vez.

A las cinco menos diez el inspector midió los veinte pies con una cinta y firmó.

A las cinco y cuarto Dani abrió los postigos.

Vino a buscarme a administración media hora después, con un papel amarillo pegado al dedo.

—Dos cosas, y me dices qué hago. Verret. He llamado tres veces. A la tercera me han dicho que madame Verret ha dispuesto que no se sirva a la Merced hasta que venza el plazo. Con esas palabras. —Levantó la mano—. No me expliques qué plazo.

—No te lo explico.

—Gentilly. Tu pedido de esta mañana sale mañana y llega a las doce, como lo pediste.

Pero Mr. Abernathy ha bajado en cuanto se ha ido el sol.

A mí, que no me da ni las buenas tardes.

Dice que el señor Saavedra está muy mal.

Que las tres bolsas que quedaron no le han cerrado ni las manos, que le hacen falta quince y que en la casa no hay una.

Los demás comieron anoche y aguantan. Él no.

—Despegó el papel—. He llamado a la señora.

Dice que si se lo pides tú, que eres la que firma, carga lo que tiene en la nevera, unas veinte, y en dos horas está aquí.

Con recargo. Este es su móvil. El fijo no lo coge después de las seis.

—Dame.

—¿Llamas tú?

—Llamo yo.

—Pues llama ya, que yo tengo ocho camas y una barra. —Se paró en la puerta—. Sacó a Naomi, Zoe. Lo digo una vez.

Me quedé sola con el papel. Marqué todos los números menos el último y dejé el pulgar encima.

Hice la cuenta. Si llamaba, a las ocho había veinte bolsas en mi zaguán.

A medianoche él estaría de pie, y al día siguiente volvería a ser el hombre del fondo del salón.

El jueves las casas le quitarían el amparo a mi hotel por una mordida que yo no pedí, y yo seguiría en el punto cuatro.

Si no llamaba, esa noche había en la casa una sola cosa que pudiera cerrarle la espalda. La llevaba yo debajo de un pañuelo.

Llevaba cinco días buscando un momento en que él no pudiera permitirse decirme que no. No lo había encontrado. Me lo habían traído tres hombres con gasolina, y lo iba a usar.

Miré la hora. Las seis menos diez. No pensaba ir a las seis: me quedaba una carpa por montar, y un hombre con hambre dice que no peor a las diez que a las seis. Lo iba a dejar cuatro horas más con la espalda que le vi en la fuente, la misma con la que sacó a Naomi.

Conté también lo otro. En noviembre él llevaba tres noches sin comer y yo acabé en el suelo de una cámara. Esa noche estaría peor, y yo iba a ponerle el cuello delante sin Sal ni Dani en la puerta. Si me equivocaba con él, no había avión que coger.

Guardé el móvil. Doblé el papel amarillo y me lo metí en el bolsillo de atrás.

A las diez menos cuarto la carpa estaba montada, los quemadores probados y apagados, y Naomi, por fin, acostada. Dani se fue cuando entró Sal. Pasé por el bar, llené un vaso de zumo de naranja, cogí un paño limpio de los de las copas y crucé un patio vacío hacia la cocina, sin pasar por recepción.

No llamé. Tenía su llave desde diciembre para no tener que llamar.

Dentro solo se veía el dial de la radio.

Encendí la lámpara de la mesa. Estaba de pie: me había oído desde la cocina, como siempre, y le había dado tiempo a levantarse de donde estuviera y a ponerse una camisa.

Blanca, mal abrochada, con dos botones en su sitio y los puños sueltos.

En dos meses no le había visto un botón fuera del ojal.

Se le pegaba a los hombros en dos manchas oscuras.

Tenía una mano en el borde de la mesa. Por el lado izquierdo, la quemadura le subía del cuello de la camisa hasta la oreja. Las manos no se las miré mucho rato.

—Señorita Marrero.

Lo dijo con la voz de siempre. Le costó, y se le notó en la mano de la mesa.

Dejé el vaso al lado del libro de la cinta, y el paño doblado junto al vaso. Miró las dos cosas. Sabía lo que eran. Llevaba once años viéndolas en un banco de carpintero.

—¿Ha venido el furgón de madame Verret?

—No. No sirve a esta casa hasta que venza el plazo.

No se sorprendió. Lo guardó.

—¿Y Gentilly?

—Mi pedido llega mañana a las doce.

Era verdad, de la clase que me había enseñado él. No preguntó si podía llegar antes.

—Entonces, mañana a las doce.

—Mañana a las doce llevarás treinta horas así. Abro a las siete. A medianoche vienen a quitarle el amparo a mi casa y te van a encontrar agarrado a una mesa. —Toqué el vaso—. En noviembre me dijiste que aquello no fue premeditado. Esto sí. Llevo cinco días pensándolo.

Me desaté el pañuelo. Era mi nudo, el malo, y se deshizo solo. Lo doblé en cuatro y lo dejé junto al paño.

—En diciembre dijiste que si me lo quitaba te ibas tú. De tu propio cuarto, si hacía falta.

—Lo dije.

—Pues vete.

No se fue. Miraba la pared, los relojes, cualquier sitio que no fuese el que yo acababa de destapar.

—Te doy lo que te hace falta. Esta noche, hasta que se te cierre eso.

Y te digo antes lo que cuesta, que yo no escondo cláusulas.

Quiero que sea la segunda, con todo lo que hace.

Que no puedas vivir de nadie más. Que cada cinco días tengas que venir a pedírmelo, con palabras.

Que no puedas dejar que me pase nada. Y que la próxima vez que quieras pararme una obra bajes antes a mi despacho.

—Di un paso—. No quiero tu dinero ni tu fontanero. Quiero que me necesites, Álvar.

Era la segunda vez que le decía el nombre. La primera lo gasté para verle la cara. Esta, para cobrar.

Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió me miraba a mí y no al cuello.

—No.

—No he terminado.

—No hace falta. Ha contado lo que gana. Le digo lo que falta.

—Hablaba despacio, ahorrando—. A mí me matan.

Las casas no perdonan esto ni a un carpintero.

A usted no la toca ninguna ley de los míos, es cierto.

La tocan los que quieran llegar a mí. Esta mañana han venido tres hombres con gasolina a la puerta de su cocina.

El día que sepan que basta con usted, no irán a la puerta.

—Para eso tienen que saberlo.

—Estas cosas se saben.

—Lo de Ben no se ha sabido en once años.

—A un carpintero no lo mira nadie. A mí me miran tres casas. Y a usted, desde mañana a las siete, media ciudad.

—Llevaré pañuelo.

—Y no podrá irse. Ni a Cádiz ni a Sevilla. Dos noches lejos y no dormirá. A la cuarta le arderá el cuello.