Capítulo 17. El callejón
El callejón
Saavedra
Abernathy había dibujado la azotea en una hoja de su libreta. La trampilla, los dos depósitos, el pretil de la calle y, en el margen, con su letra de contable, una altura: cincuenta pies hasta la acera.
La puso sobre el mostrador de recepción, encima del parte de reservas, a las nueve y media de la noche del sábado.
Faltaba media hora para que entrase Sal.
Dani movía cajas de copas en el bar. Zoe estaba en la segunda planta.
Desde el mostrador se la oía ir de una habitación a otra, con las llaves en la mano.
—Sube casi todas las tardes, señor, cuando la encargada abre los postigos.
Sola. Desde el martes tiene llave del candado.
—Tocó el dibujo con la contera del paraguas—.
Se asoma por aquí a mirar la esquina, con medio cuerpo fuera.
Una extranjera, de noche, en una azotea que no conoce.
La policía de esta ciudad cierra una caída en una semana.
—¿Y yo?
—Usted, en el salón, con media casa delante.
He pensado en el lunes. El martes habrá demasiada gente en la cocina y el miércoles habrá huéspedes.
—Se quitó las gafas—. Madame Verret dijo que la cuenta tenía que estar saldada a medianoche.
No dijo quién firmaba el asiento. Y el hambre se le quita a usted la mate quien la mate.
Me lo enseñó usted mismo, el año en que entré en esta casa.
Miré la hoja. Estaba bien hecha. Abernathy lleva mis cuentas desde 1921 y no me ha traído nunca una mal hecha.
Hice la cuenta. Ningún testigo y ningún juez leyendo el pacto.
El reconocimiento de las tres casas, en su sitio.
Los furgones de Honorine, los martes y los viernes a las ocho.
Siete residentes que no tendrían que averiguar el jueves a quién deben obediencia.
Los de Esplanade, sin la mujer que me sentaron en la tercera planta.
Y yo, sin el hambre que llevo desde noviembre.
Era la mejor ocasión de las tres, y en esta ni siquiera tenía que poner la mano.
—No.
—¿Puedo preguntar la razón, señor?
En noviembre tuve tres. En diciembre busqué una y me conformé con una mala. Aquel sábado no busqué. Vi el pretil dibujado y la vi a ella dos noches antes, apoyada en él, anudándose mi pañuelo con un lazo de zapato mientras reventaban los fuegos, y dije que no como se dice la hora.
—No tengo ninguna que darle.
—Entonces no es una cuenta. —Dobló las gafas—. Y yo solo sé llevar cuentas, señor.
—No lo hará usted por la suya.
—No he asentado nunca nada que usted no firmara. —Se ofendió, y tenía derecho—. Pero el jueves esta casa no tendrá quien la vengue. Yo entré en ella porque lo tenía.
—Lo sé, Abernathy.
—Quedan cuatro noches.
Cogí la hoja antes de que la guardase. No quise que anduviera por la casa un papel con esa altura. La doblé y me la metí en el bolsillo de la camisa.
El domingo, a las diez, mientras colgaba su llave, Sal me dijo sin que yo preguntara que Miss Zoe guardaba en un cajón un contrato llegado de España.
Dani se lo había impreso en Nochevieja y él había visto la primera hoja al recoger la bandeja de la impresora.
Directora de un hotel nuevo en Sevilla. Tenía hasta el día diez para contestar.
—No me corresponde, señor. Pero el miércoles abrimos, y prefiero que lo sepa por mí.
Le di las gracias y subí al entresuelo con una fecha que no había pedido.
A mí me convirtieron en Sevilla, en 1641, en una casa a la espalda de la Lonja, y sé cuántas leguas hay de allí a Cádiz porque las anduve.
Si firmaba ese papel, se iría con sus dos puntos en el cuello a la misma orilla a la que se fue la otra, y yo volvería a tener hambre de una mujer con un océano en medio.
La otra vez duró cuarenta y tres años. Esta mujer tiene treinta y uno y come bien.
Repasé lo que tenía para impedirlo. En esta ciudad puedo conseguir que un fontanero cierre su caja; lo hice el miércoles, delante de quince personas, y ella llevaba desde entonces cuatro noches sin usar la llave que le di.
En Sevilla no me debe nada nadie desde 1769.
Me quedaba pedírselo. A mi padre lo vi pedir una vez, en un mostrador de Medina, con el sombrero en la mano.
Le dieron lo que pedía y murió debiéndolo.
No se lo pedí. El lunes hice lo que sé hacer.
A las ocho de la mañana el fontanero entró por el bar con dos oficiales, abrió la escayola del techo y cambió el tramo de la bajante desde abajo, soldando a ciegas, que es el modo caro.
La 17 no se tocó. Me dije que una gotera sobre una barra con huéspedes son tres reclamaciones por noche.
Desde el entresuelo la oí encontrar a los hombres subidos a la escalera, preguntar quién los enviaba y seguir hacia la cocina.
Yo había supuesto que vendría a darme las gracias o a devolverme la factura. No vino a ninguna de las dos cosas.
Ese mismo lunes un inspector de bomberos recorrió la casa con ella, contó los extintores de cada rellano y firmó que el hotel podía abrir.
A las dos y diez del martes hice la ronda.
La puerta de servicio tenía echados los dos cerrojos y la barra de Ben.
La cámara estaba llena hasta la última balda para la semana de la apertura.
En la tercera me detuve al otro lado de su pasillo.
Dormía, con el pulso lento de los días en que ha trabajado dieciséis horas.
Desde la azotea vi apagada la farola del callejón.
La humedad la funde dos veces cada invierno, y lo anoté para decírselo a Sal.
A las cuatro Naomi cruzó el patio hacia la cocina. Tenía que dejar hechas las masas del pan para que subieran durante el día, y la oí encender los dos hornos y la radio.
A las cuatro y media yo estaba en el despacho, repartiendo en un papel las puertas del miércoles: Ben en el callejón, Kip en la azotea, Abernathy en la medianera, si para entonces seguía en la casa.
Por el hueco de la escalera subía el olor de la mantequilla y la levadura.
Debajo entró otro. Gasolina, y no la de un coche que pasa: mucha, fría, moviéndose como se mueve lo que alguien está vertiendo.
Bajé. Naomi amasaba de espaldas, con harina hasta los codos, cantando por encima de la radio.
No había notado nada. Con dos hornos encendidos, un vivo no huele ni su propia ropa.
Por debajo de la puerta de hierro entraba una mancha oscura que avanzaba por las baldosas hacia el sumidero.
Al otro lado había tres respiraciones y el golpe hueco de una lata vacía.
—Señora Duplessis. Al patio. Ahora.
No me detuve a ver si obedecía. Di la orden y la conté como cumplida.
Tenía la puerta a dos pasos. La barra, los dos cerrojos, tres segundos, y habría estado encima de ellos. No la abrí. En 1788 entraron por la puerta de los suministros a la hora en que estaba abierta desde dentro, y yo no abro una puerta de esta casa a quien espera al otro lado.
Crucé el zaguán. Sal se levantó del mostrador al verme la cara.
—La campana, señor Mancuso. Y los bomberos.
Dos vueltas de llave, la calle, la boca del callejón.
La farola no estaba fundida: le habían quitado el cristal y la bombilla.
Eran tres, con capucha, un pañuelo hasta los ojos y guantes de obra.
Había dos latas tumbadas en el suelo. El que estaba agachado junto a mi puerta tenía en la mano una bengala de carretera y me vio en cuanto doblé la esquina. No esperó. La encendió y la dejó caer.
Calculé que llegaba antes que la llama. Llegué con ella.
El fuego corrió por el suelo del callejón y se metió por debajo del hierro, hacia dentro, por el camino de la mancha.
Cogí al de la bengala por la ropa y lo tiré contra los contenedores.
Tenía al segundo sujeto por la capucha cuando el tercero me vació en la espalda lo que quedaba en su lata, de la nuca a la cintura, con el gesto de quien sabe con qué se mata a uno de los míos.
Me volví. Era ancho y no corrió como los otros.
Retrocedió de cara, con el peso bajo y la lata todavía en la mano, y solo me dio la espalda cuando tuvo la calle detrás.
Me acordé de un hombre al que vi en diciembre en una puerta de Esplanade.
No puedo decir que fuera él. No le vi la cara, y en esta ciudad hay más de uno al que alguien ha enseñado a retirarse así.
Podía alcanzarlos. Tres hombres a pie, un motor que arrancaba en Barracks, cuarenta pasos. Me bastaba uno: un nombre, quién paga la gasolina, qué quieren de esta casa. Llevaba desde diciembre queriendo saberlo.
Dentro, Naomi gritó.
No estaba en el patio.
Los dejé correr.
Volví por el portón, que Sal había dejado abierto. Sonaba la campana. No la oía tocar a rebato desde el huracán del sesenta y cinco.
La cocina ardía por el lado del callejón: la puerta, la pared y, en el suelo, un charco de fuego que iba del umbral al sumidero y cerraba el paso a la cámara.
La cámara tenía la palanca levantada. Naomi había olido por fin la gasolina, había visto la mancha y, en vez de salir, había entrado a sacar las bolsas.
La comida de una casa donde, hasta doce días antes, nadie de la primera planta se había sentado a su mesa.
Estaba dentro, de rodillas, con una bandeja abrazada, tosiendo, y el humo de los paneles le bajaba ya a la cara.
Yo llevaba media lata de gasolina encima.
Había una manguera en el patio y un extintor recién revisado en cada puerta. Con dos minutos de trabajo se salvaba la cámara, que era lo que habían venido a quemar. En dos minutos Naomi habría dejado de toser.
Crucé.
La camisa prendió al segundo paso, primero las mangas y después la espalda.
Levanté a Naomi con bandeja y todo. Volví a cruzar con ella por delante, pegada al pecho, para que el fuego me cogiera a mí, y no solté nada ni apagué nada hasta sentarla en las losas del patio, junto a la fuente.
Las bolsas se le habían ido cayendo por el camino.
Le quedaban tres, apretadas contra el delantal.
Solo entonces me dejé caer de espaldas en la fuente. La tortuga de Sal se apartó hacia el caño. La hoja de Abernathy se había quemado con el bolsillo.
Ben cruzaba ya el patio, descalzo, desde el taller, con la cara de un hombre al que despiertan de un golpe en el pecho y no sabe quién se lo ha dado. A él no lo había levantado la campana. Se arrodilló junto a ella sin mirarme.
Zoe bajó por la escalera principal. La oí venir, tercera, segunda, primera, y la vi salir al patio en camiseta, descalza, con el extintor de su rellano cogido con las dos manos.
Detrás venía Kip con otro. Miró a Naomi.
Me miró a mí, sentado en dos palmos de agua, y luego me miró la espalda. No dijo nada de la espalda.
—¿Queda alguien dentro?
—Nadie.
—¿Quién ha sido?
—Tres hombres con gasolina, por el callejón. Los he visto correr.
Lo demás era una placa de latón en Esplanade, y volví a callarla.
—Señorita Marrero. Esa puerta no se abre desde dentro hasta que yo lo diga.
—Esa puerta se está quemando, Saavedra. —Arrancó el pasador del extintor—. Sal dice que vienen cuatro camiones. En cinco minutos esto se llena de linternas, y luego se hace de día. Sube. De mi cocina me ocupo yo.
Entró con Kip detrás. Me había dado una orden, y era la que yo habría dado.
La escalera de servicio quedaba al otro lado del fuego.
Fui por la principal. En el primer tramo me fallaron las manos en el pasamanos, y el segundo lo subí como lo suben los niños, con las rodillas.
Abernathy esperaba arriba, vestido, y me ofreció el brazo.
No se lo había aceptado nunca. Se lo acepté.
En la galería estaban todos en sus puertas.
Los tres de la 11, la 15 y la 16, juntos.
La señora Villavaso, con la rebeca encima del camisón y los labios sin pintar.
Me vio recorrer la galería entera, de la 18 a la 11, sin hacer un ruido.
Cuando llegué al hueco de la escalera de servicio dijo, sin levantar la voz:
—Sesenta y ocho años esperando. Ahora va a saber usted lo que es contar bolsas.
Bajé el medio tramo hasta el entresuelo. Mi puerta seguía abierta, como la dejé al bajar. Abernathy no encendió la luz.
Por la pared llegaba el callejón entero, lleno de bomberos: las bombas, las mangueras contra el hierro, una emisora que pedía otra dotación, botas.
Tardaron veinte minutos en apagarlo. Después se oyó a los hombres dentro de la cocina, y la voz de ella contestando preguntas en un inglés corto, sin un titubeo.
A las seis menos cuarto llamó Ben. Traía las tres bolsas envueltas en un paño.
—Naomi dice que son suyas, señor Saavedra. Que es lo que le dio tiempo a coger. —Tenía los ojos rojos, y no era del humo—. Le han puesto oxígeno en la ambulancia. No ha querido ir al hospital. Yo no sé cómo se dice esto.
—No hace falta que lo diga.
—Lo que usted me pida. Cuando sea.
Se tocó la frente con dos dedos y volvió con ella.
Las bebí de pie, las tres seguidas. El fuego las había calentado mal y sabían a plástico. Con la primera dejaron de temblarme las manos. Con la tercera se me cerraron los dedos lo justo para sostener un vaso. Los brazos, la espalda y el lado izquierdo del cuello siguieron como estaban.
—Con tres se cierra un corte, señor —dijo Abernathy desde la puerta—. Para eso hacen falta quince.
—Lo sé.
—En esta casa hay quien lo cierra de una vez. Y de paso, el plazo.
—Abernathy.
—Señor.
—Se lo dije el sábado.
—El sábado no estaba usted quemado.
—No.
No preguntó a cuál de las dos cosas contestaba. Cerró al salir.
Me tumbé boca abajo en el suelo del despacho, que está más frío que la cama.
La cámara estaba perdida, con la reserva de la semana.
Desde 1769 he tenido siempre algo mío bajo llave en esta ciudad, en esta casa o en la del bayou.
Esa mañana no había una bolsa mía en ningún sitio.
Lo que yo comiera a partir de entonces tendría que traérmelo alguien: Honorine, que no me debe nada y me espera el jueves, o el dispensario de Gentilly, cuya cuenta firma una mujer que lleva seis noches sin usar la llave que le di.
La manera era de los de Esplanade: fuego por la puerta de los suministros, con el alba a dos horas y media.
En 1788 los míos tuvieron las llamas detrás y el sol delante.
Quien eligió las cuatro y media conocía mi ronda y sabía contar.
Pero a quien le convenía era a Honorine.
No supe esa mañana de quién era la mano.
Ella seguía abajo, en lo que quedaba de la cocina. La oía por el suelo: arrastraba algo de hierro y mandaba a Kip a por cubos.
El furgón de Honorine llega los martes a las ocho. Faltaban dos horas. Me puse a esperarlo.