Capítulo 16. La salida
La salida
Zoe
A las cinco de la tarde fueron las doce en Cádiz, y mi madre me puso el móvil delante de la tele para las campanadas. Me comí las doce uvas de pie en la cocina de Naomi, con siete horas de adelanto, mientras ella picaba apio y me miraba como a una loca.
—Feliz año, hija —dijo mi madre, con la boca llena—. ¿Y tú por qué no llevas nada al cuello, que siempre te veo con algo?
—Hace calor, mamá.
Colgué. El pañuelo estaba doblado en cuatro encima de mi mesa, donde lo había dejado la víspera. No lo había tocado. No había bajado al entresuelo, y a las dos y cuarenta los pasos se habían parado al otro lado de mi pasillo cuatro minutos enteros. No abrí.
Elise me había invitado a cenar. Lo había hecho el lunes, antes de todo, con una frase suya: nadie debería empezar un año en una casa que todavía no es del todo suya.
Reservó a las siete en un sitio de manteles blancos, a seis calles, y Ben me acompañó hasta la puerta sin que yo se lo pidiera dos veces.
Se quedó en la acera de enfrente con las manos en los bolsillos. La furgoneta no estaba.
Elise llevaba un vestido azul y unos pendientes pequeños. Me pareció más cansada que en noviembre. Pidió por las dos, me sirvió vino y esperó a que el camarero se fuera.
—Cuéntame lo de ayer. Por teléfono me dijiste tres frases.
Se lo conté. La bajante, las siete palabras, la gorra del fontanero. Lo conté sin adornos. No le conté el pañuelo, ni la cama estrecha, ni un brazo lleno de marcas en el taller. Era la primera vez que le callaba algo, y lo noté como se nota un escalón que falta.
—Hoy no llevas el cuello tapado —dijo cuando acabé.
—Ayer me cansé de taparme.
Miró los dos puntos un momento, con aquella pena suya que iba más lejos que yo, y no preguntó quién me había enseñado a taparlos.
—¿Y tú qué hiciste? En la reunión.
—Punto cuatro.
—Claro. —No se rio—. Eso es lo que hace alguien que ha sido la segunda diez años. Ayer lo vio toda la casa, y él sabía que lo harías.
Dejé el tenedor.
—Me ha llegado otra cosa. De Sevilla. —Le conté el hotel nuevo, las sesenta habitaciones, el nombre en la puerta—. Y sigo teniendo la tuya en el cajón. Tres millones novecientos mil.
—No es mía. Pero sigue viva hasta el quince.
Bebió. Giró la copa por el pie. Con Elise siempre sé cuándo va a preguntar y cuándo no, y esa noche no preguntó.
—En noviembre me pediste que no te dijera qué haría yo.
Hiciste bien. Hoy te lo voy a decir aunque no me lo pidas, y luego haces lo que quieras, como siempre.
—Me miró—. Vende. Coge ese dinero, paga los pagarés, firma lo de Sevilla y vete antes del día seis.
No porque no puedas con el hotel. Puedes.
Lo has levantado en dos meses con una mano atada.
Vete porque esa casa no va a ser tuya mientras él esté dentro, y él no va a dejar de estar.
Ayer te lo dijo con un fontanero. Otro día te lo dirá con otra cosa.
—Tiene hasta el seis. Tú me lo dijiste.
—Por eso. Quedan seis noches. Si cumple, no hace falta que te diga lo que pasa.
Si no cumple, las casas le retiran el amparo a tu hotel, y a partir de esa noche cualquiera puede entrar en esa casa sin que nadie responda.
No sé qué va a hacer. No lo sabe nadie, y creo que ya tampoco lo sabe él.
—Puso su mano encima de la mía, un momento—.
Yo tenía una hermana pequeña, Zoe. Tampoco supo irse a tiempo de un sitio.
No te voy a contar más esta noche. Pero cuando te digo que vendas, no es la abogada la que habla.
Era verdad. Se le veía en la cara, sin el traje de lino. Nadie me había aconsejado nunca perdiendo algo con el consejo: si yo vendía, ella se quedaba sin clienta.
—Prométeme una cosa —dijo—. Que la noche del seis no duermes en esa casa.
—No te lo puedo prometer. Esa noche abro.
—Ya lo sé. Tenía que pedírtelo.
Pagó ella. En la puerta le sonó el teléfono, miró la pantalla y lo guardó.
—Mi sobrino —dijo—. Trabaja esta noche. Lo crie yo. —Me dio dos besos—. Feliz año. Piénsalo con calma, que es lo que mejor haces.
Ben me devolvió a casa sin decir una palabra. En recepción, Dani me había dejado impreso el contrato de Sevilla, que había llegado por correo esa tarde, con una nota de la mujer de Triana: «El puesto es suyo si lo quiere. Piénselo con las uvas».
—¿Te vas? —preguntó Dani, con el bolso ya al hombro.
—No lo sé.
—Pues si te vas, avísame con quince días. Yo aquí sola con ellos no me quedo. —Lo pensó—. Y si te quedas, también avísame. Para alegrarme.
Subí a la 31 con todo.
Lo puse encima de la cama, en fila, como se ponen las ofertas antes de adjudicar.
A la izquierda, Sevilla. Catorce páginas.
Directora general, con mi nombre escrito a máquina en la primera línea y un sueldo que en Madrid no había visto ni de lejos.
Sesenta habitaciones que no eran mías. Un consejo, dos veces al año.
Viví dos años en Sevilla y me acordaba de cómo huele en abril.
Me habría ido bien allí. A la derecha, Crescent Hospitality Partners.
Tres millones novecientos mil, menos cuatrocientos doce mil.
Lo que quedaba me compraba la casa de mi madre, otra para mí y veinte años sin madrugar.
En el centro, el libro de tapas negras, abierto por una página que terminaba en una palabra sin cifra.
Eran dos ofertas buenas. No tenían truco. Las había mirado con lupa buscándoselo, porque me habría venido bien.
Con la primera, volvía a España como directora de la casa de otros.
Mandaría hasta que un consejo decidiera que no.
Lo conocía. Con la segunda, era rica y no mandaba en nada.
Con las dos, el día siete de enero habría una mesa de ciprés en un taller y una palabra mía, dada de pie, que ya no valdría, porque quien la dio no estaría.
Y si me quedaba como estaba, era lo de ayer. Punto cuatro. Una dueña con escritura a la que un fontanero no obedece.
Abrí el secreter. Llevaba dos meses con ese cajón cerrado.
Las tarjetas de Adelaide eran de cartulina, del tamaño de una mano, escritas por las dos caras con una letra inclinada que al final temblaba.
No eran un diario. Eran notas para alguien, y tardé en entender que ese alguien era yo, o quien fuera a dormir en esa cama después de ella. Estaban numeradas.
La tres decía dónde se atasca el desagüe del patio.
La nueve, que a Sal había que obligarlo a coger vacaciones.
La catorce, qué residente no soporta el ruido.
La diecisiete, que madame Verret venía cada noche de Reyes a tomar una copa en el bar, sola, y que no había que deberle nunca nada. La veinte me la leí dos veces.
«Él no miente. No le he pillado una mentira en cincuenta años y lo he intentado. Pero no contesta más que a lo que se le pregunta. Si quieres saber algo, hazle la pregunta exacta. Yo tardé media vida en aprenderlo y para entonces ya me daba igual».
La veintiséis hablaba de las que hubo antes. Adelaide había heredado de una tía, y la tía de un abuelo, y así hasta el albañil del pacto. Seis titulares en dos siglos largos.
«Ninguna de nosotras se protegió con la sangre. Mi tía decía que la titular manda porque no es de ninguno, y que la que se deja morder ya ha elegido bando. Yo lo cumplí. No sé si acerté. Mandar, lo que se dice mandar, no he mandado nunca. He firmado».
Me quedé con la tarjeta en la mano.
He firmado. Yo también había firmado, toda mi vida, debajo del nombre de otro.
Busqué en el móvil la foto que le había hecho el domingo a la hoja cosida detrás del pacto. La amplié. Era un añadido de las tres casas, con la misma fecha, en un castellano más torpe que el del escribano, traducido de otra lengua.
«Que así bajo este techo como fuera de él ninguno de los nuestros beberá dos veces de una misma garganta. Y el que lo hiciere responderá de ello con su vida ante las tres casas. Y la casa que a sabiendas lo ampare, con su reconocimiento».
Lo leí como leo un contrato: buscando lo que no dice.
Decía lo que me había dicho él en su cama. La vida que responde es la suya. De la garganta, ni una palabra. Para las casas yo no era parte. Era la cosa.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la cama, como la noche del doce de noviembre.
Un hombre con dos mordidas no puede decir siete palabras desde una puerta. A los cinco días tiene que pedirme algo que no se compra en Gentilly.
Tendría que pedir. Con palabras. Ese hombre que arregla las cosas dos días antes de que yo las vea tendría que mirarme a la cara y pedírmelo.
Me dio un calor en la cara que no era de vergüenza. Lo reconocí. Era el de contar recibos uno a uno con él de pie. Hasta entonces lo había llamado hacer respetar lo acordado.
No me engañé con el precio. Naomi en un taburete cada cinco días.
Once años sin ver a su hermana más de una noche.
Cádiz está a un océano y mi madre cumple años en octubre.
Una vez hecho, no se deshace: ni cura, ni otra sangre, ni vuelta.
Y si alguien se entera, a él lo matan, y entonces yo sería la mujer que eligió eso para un hombre porque le quitó un fontanero.
El fontanero era lo de menos. Quedaban seis noches y yo no sabía qué iba a hacer él con la sexta. Y por primera vez tenía delante una manera de mandar que no dependía de un papel que firmase otro. Adelaide no la quiso. Yo sí.
Había un problema, y era el único que no dependía de mí. La segunda la tiene que dar él. Y él había dicho en una galería, con la voz más baja que le he oído, que no iba a hacerlo ni esa noche ni otra.
No iba a pedírsela. A un hombre así no se le pide: dice que no, da las buenas noches y sigue con sus puertas.
Se la iba a exigir, y para exigir hace falta un momento en que el otro no pueda permitirse decir que no.
Todavía no lo tenía. Tenía tres cosas. Una llave de hierro que me dio para que no tuviera que llamar.
Veintisiete mil dólares que quiso pagarme para que no saliera de noche sin Ben.
Y cuatro minutos la noche anterior, parado al otro lado de mi pasillo, sabiendo que no iba a abrirle.
A ese hombre no le daba igual dónde durmiera yo.
Recogí la cama. Metí el contrato de Sevilla y la oferta de Crescent en el cajón del secreter, encima de las tarjetas, sin firmar ninguno y sin romper ninguno. El diez y el quince quedaban lejos. Si me equivocaba, aún había un avión.
El pañuelo lo guardé en el bolsillo.
A las doce menos diez subí a la azotea. La trampilla tenía un candado nuevo, y Ben me había dado la llave el martes sin que nadie se lo mandara. Hacía frío de verdad por primera vez. Sobre el río había gente en los tejados, radios, una trompeta que no era la de Kip.
Me apoyé en el pretil de la calle. Desde allí se veía la esquina de Barracks.
No había furgoneta. No pensaba en nada. Me salió sola, bajito, una copla de comparsa que cantaba mi madre cosiendo, una que habla de una mujer que espera en un muelle y no dice a quién.
No me sé más que el estribillo. Lo canté dos veces.
A las doce reventó el cielo. Rojo, verde, oro, encima del agua, y los barcos pitando todos a la vez. Abajo, la calle Chartres se llenó de gritos.
Miré hacia abajo por el ruido. El portón estaba cerrado y delante, en la acera, había un hombre en mangas de camisa.
No miraba los fuegos. Tenía una mano en la hoja derecha y empujaba, despacio, para ver si cedía.
Luego la izquierda. Luego se apartó dos pasos y miró la fachada entera, planta por planta, los postigos, los balcones, hasta la azotea.
Me vio. Estoy segura, aunque estaba oscuro y entre los dos había tres pisos y un año nuevo.
No levantó la mano. Yo tampoco. Saqué el pañuelo del bolsillo y me lo anudé al cuello, mal, con un lazo de zapato, mientras él miraba.