La segunda mordida Capítulo 15. Delante de todos
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Capítulo 15. Delante de todos

Delante de todos

Zoe

Puse las sillas del salón en cuatro filas y me quedé de pie delante, con seis hojas grapadas y el bolígrafo de la ferretería. Eran las seis de la tarde del treinta de diciembre. Faltaba una semana.

Estaba contenta. Tenía la segunda llena para la noche de Reyes. El banco había ampliado la línea al ver las reservas. Naomi había encargado un roscón de los de aquí, morado, verde y amarillo, con un muñeco dentro. Yo llevaba dos meses sin dormir entera y por primera vez me salían las cuentas.

Había convocado a todo el mundo. A una reunión de apertura se convoca a todo el mundo: es la única manera de que nadie diga luego que no lo sabía.

Dani, en primera fila, con el portátil en las rodillas.

Naomi, de pie junto a la puerta de la cocina, porque tenía un fondo al fuego.

Sal, que había venido cuatro horas antes de su turno.

Ben, apoyado en la pared. El electricista y el fontanero, con sus cajas de herramientas a los pies, y un encargado de la contrata de obra que no se había quitado el casco.

En las filas de atrás, los residentes. Mr. Abernathy, con una libreta.

Los tres de la 11, la 15 y la 16, juntos.

Kip, sentado al revés en la silla. Ruth Villavaso, que no cenaba con el servicio pero no se perdía una reunión.

Saavedra estaba al fondo, de pie, junto a la puerta del patio. Había llegado el último y no había cogido silla. La noche anterior yo me había dormido en su cama. Me había despertado sola, a las cinco, con el nudo bien hecho.

Llevaba su pañuelo. No me lo había pensado al vestirme. Me lo pensé cuando Ruth lo miró y sonrió.

—Seis puntos —dije—. Media hora. Si alguien tiene una pregunta, levanta la mano. Dani apunta.

Punto uno, el calendario. El lunes cuatro, inspección de bomberos.

El martes cinco, la cocina hace la prueba completa y Naomi hornea para el día siguiente.

El miércoles seis, a las siete de la tarde, puertas abiertas.

Ocho habitaciones vendidas de ocho. Lo dije sin levantar la voz y aun así Dani aplaudió, ella sola, y Kip la siguió.

Punto dos, la casa con huéspedes. Lo había redactado tres veces.

La segunda planta era para los de fuera, la primera para los de siempre, y la escalera principal para todos.

Nadie le pedía explicaciones a nadie en un rellano.

El bar cerraba a medianoche para los huéspedes y no cerraba para los residentes.

Los postigos de la calle, como hasta ahora.

Y una cosa que no estaba en ningún marco y que dije mirando a las filas de atrás.

—En esta casa no se toca a un huésped. Ni se le mira como se mira un plato. El que no se vea capaz, que me lo diga hoy y buscamos cómo se cruza lo menos posible con ellos. No voy a preguntar por qué.

Ruth levantó un dedo, sin levantar la mano.

—¿Y si es el huésped el que se ofrece?

—Mayor de edad, con su papel firmado y fuera de mi casa. Aquí dentro, la norma tercera. —La miré—. Está en un marco detrás del tablero, señora Villavaso. Sal se la lee si quiere.

Hubo una risa corta en la primera fila. Ruth bajó el dedo.

Nadie más preguntó. Mr. Abernathy apuntó algo. Uno de los tres del fondo asintió despacio, y me pareció que me lo agradecía.

Al fondo, Saavedra no se movió. Me miraba como en la cena, pendiente de todo, y por un momento pensé que la reunión iba bien y que él también lo pensaba.

—Punto tres. Obras antes de abrir. —Pasé la hoja—.

Solo queda una que no puede esperar. La bajante de la galería de la primera baja por dentro del muro de la 17 y gotea en el techo de la barra.

Lleva goteando años. Con la barra cerrada daba igual.

Con huéspedes debajo, no. Hay que abrir el suelo de la 17, cambiar el tramo y volver a cerrar. El fontanero dice una semana.

—Seis días si no hay sorpresas —dijo el fontanero.

—Seis días. Así que la 17 se desaloja desde mañana. —Miré a Kip—. Te paso a la 21, que tiene la cama nueva, y el martes cinco vuelves a tu cuarto. Te ayudamos con tus cosas. Empezamos a las ocho.

Era una orden pequeña. La había dado cien veces en Madrid: se cierra un ala, se mueve a un cliente, se le compensa con algo. No la había pensado dos veces.

Kip no me miró a mí.

Se volvió en la silla, hacia el fondo, hacia la puerta del patio, como el primer día Dani había mirado las ventanas de medio punto. Todas las cabezas de las filas de atrás se volvieron con la suya.

—El señor Kip se queda donde está —dijo Saavedra.

No levantó la voz. Lo dijo en inglés, para todos, con la cortesía con que da las buenas noches.

—La bajante gotea encima de mi barra —dije.

—Gotea desde 1987. Aguantará hasta marzo.

—No es una opinión. Es una orden de obra.

—El contrato de la 17 es de uso continuado. No prevé desalojo, ni de un día. Se lo he leído, señorita Marrero.

Me lo había leído. Lo había redactado él. Y yo lo había leído ocho veces buscando cómo cobrarlo y ninguna pensando que un día iba a necesitar levantar un suelo.

—Es una semana. Y es por la casa.

—Por eso mismo.

—Pues lo muevo yo y traigo a otro fontanero.

—Puede intentarlo. No va a encontrar en esta ciudad, en vísperas de Reyes, a un fontanero que acepte un trabajo que el suyo no quiera hacer.

No dijo más. No miró al fontanero ni al encargado del casco. Me miraba a mí, sin dureza.

El fontanero se agachó, cerró la caja de herramientas y se la echó al hombro.

—Señora, con todos los respetos. Si el señor Saavedra dice que el cuarto no se toca, yo no lo toco. A mí me paga él. —Se tocó la gorra—. Usted me llama cuando se pongan de acuerdo.

Cruzó el salón por el pasillo de en medio. El encargado de la contrata se levantó detrás, sin decir nada, y lo siguió. Se oyeron los dos pares de botas en el zaguán y después el portón.

Había quince personas en esa sala y nadie hizo un ruido.

Yo tenía las seis hojas en la mano. Me acuerdo de que miré la tercera, donde ponía «bajante, 17, 6 días», con mi letra, y de que el papel no se movía.

Diez años de hostelería te enseñan una cosa por encima de todas: cuando el dueño te desautoriza delante de la plantilla, no discutes allí.

Tragas, sigues con el orden del día y lo arreglas después en un despacho.

Lo había hecho con el señor Urrutia. Lo había hecho con el director que mandó el fondo.

El dueño era yo. Tenía una sentencia de un juez que lo decía. Y acababa de ver a un fontanero cruzar mi salón porque un hombre había dicho siete palabras desde una puerta.

Vi las caras. Ruth, encantada. Mr. Abernathy, mirándose la libreta con un pudor que no le conocía.

Kip, rojo hasta las orejas, moviendo la boca hacia mí sin sonido: lo siento.

Dani había cerrado el portátil y tenía la mandíbula apretada.

Sal miraba al suelo. Naomi no. Naomi me miraba a mí y luego al fondo, y otra vez a mí.

Ben miraba la pared.

Podía haberlo dicho. Dame la llave. Tres palabras, delante de quince testigos, y esa noche dormía en la calle.

Lo tuve en la boca. Me habría quedado sin fontanero, sin lavandería, sin obra y sin siete residentes a una semana de abrir, y le habría dado a Ruth la mejor noche de sus sesenta y ocho años.

Y había lo otro. Era el mismo hombre que me había anudado ese pañuelo. No se había apartado de la puerta. No me había avisado la noche antes, con mi cabeza en su hombro, de que al día siguiente iba a hacerme eso.

—Punto cuatro —dije.

Me salió la voz. No sé de dónde.

—Proveedores. Naomi tiene el pedido cerrado hasta el domingo diez. Lavandería, recogida diaria desde el seis, a las once. —Pasé la hoja—. Punto cinco. Turnos. Dani abre a las tres, Sal entra a las diez. Yo cubro la mañana hasta que contratemos a alguien.

Lo leí todo. Los seis puntos, sin saltarme una línea, en una sala donde ya no me escuchaba nadie porque todos estaban esperando a ver qué hacía. No hice nada. Di las gracias, dije que podían irse y me quedé recogiendo las hojas mientras las sillas se vaciaban.

Los residentes salieron por el patio. Al pasar junto a él, Mr. Abernathy inclinó la cabeza. Ruth le dijo algo en voz baja y se rio sola.

Saavedra no se fue con ellos. Esperó junto a la puerta a que la sala quedara vacía. Yo apilaba sillas. No lo miré.

—Señorita Marrero.

—Ahora no.

—La bajante puede hacerse en marzo. Con la 17 vacía por otro motivo, si hace falta. No es necesario mover a nadie esta semana.

—¿Esta semana?

Se dio cuenta de lo que había dicho. Lo vi.

Esta semana, la del seis de enero, la suya.

No quería a uno de los suyos fuera de su cuarto, en una planta que no era la suya, la semana en que las casas iban a quitarle el amparo.

Tenía una razón. Siempre la tiene. Y en vez de bajar a decírmela al despacho, me había dejado convocar a quince personas y me la había tirado encima desde el fondo.

—Podías habérmelo dicho anoche.

—Anoche usted no me dijo que iba a desalojar un cuarto.

—No. Anoche te pregunté otras cosas. —Dejé la silla que tenía en las manos—. ¿Sabes qué has hecho? No me has parado una obra. Me has enseñado, delante de mi gente, de quién es la casa. Ya lo sabía. No hacía falta el fontanero.

—No era mi intención humillarla.

—No. Tu intención era que Kip no se moviera. Lo otro te ha salido gratis.

No lo negó. Miró el pañuelo, y luego las hojas.

—Lo que le he dicho es cierto. El contrato no prevé desalojo.

—Ya. Tú no mientes. —Cogí las hojas—. Buenas noches, Saavedra.

No dije el otro nombre.

Kip me alcanzó en el zaguán, con la funda de la trompeta colgada.

—Yo me habría ido a la 21. Me da igual la 21.

—Ya lo sé.

—Es que a él no puedo decirle que no.

—Ya lo sé, Kip. Hoy yo tampoco he podido.

Naomi estaba en la puerta de la cocina, con un paño al hombro. No se apartó para dejarme pasar.

—El lunes nos dio usted su palabra —dijo, bajo—. Hoy he visto lo que vale su orden de obra. Dígame que no son la misma cosa.

—No son la misma cosa. Una orden de obra necesita un fontanero. Mi palabra no necesita a nadie.

Me miró un rato largo. No dijo que me creía. Se apartó.

En administración abrí el libro de tapas negras por su página. Cuarenta y un mil dólares, firmados. El electricista, devuelto en mano. Debajo escribí la fecha, treinta de diciembre, y me quedé con el bolígrafo quieto. Una bajante son mil doscientos dólares. No era eso lo que me debía.

Escribí una sola palabra: pendiente. Sin cifra. Y debajo, una raya.

Me quité el pañuelo. Lo doblé en cuatro y lo dejé encima de la mesa, al lado del libro. Me picaba el cuello donde había estado el nudo.

Llamaron a la puerta. Dani, con el móvil de recepción tapado con la mano y una cara rara.

—Antes de nada: yo que tú le pedía la llave esta noche. Lo digo una vez y no lo repito. —Destapó el móvil y lo volvió a tapar—. Y esto es para ti. De España. Dice que es de un grupo de hoteles de Sevilla y que te lleva buscando dos días. Yo no sé qué te van a decir, pero cógelo.

Lo cogí.

Era una mujer con acento de Triana que me llamó por mi nombre y mis dos apellidos.

Me había dado su teléfono mi antiguo jefe de Sevilla, el primero, el que me enseñó a cuadrar una caja.

Abrían un hotel nuevo en el centro, en abril.

Sesenta habitaciones. Tenían el edificio, tenían el dinero y les faltaba quien lo llevara.

—No buscamos subdirectora —dijo—. Buscamos directora. Con su nombre en la puerta y nadie por encima más que el consejo, que se reúne dos veces al año. Sabemos lo del Urrutia. Nos pareció una vergüenza.

Me senté en mi propia silla de las visitas.

—Le guardamos el puesto hasta el día diez. ¿Puede darme un correo para mandarle el contrato?

Se lo di. Me temblaba la voz y no era por Sevilla.