Capítulo 14. La hora y la puerta
La hora y la puerta
Saavedra
Ben me esperaba en el taller con la luz apagada, sentado en el banco.
—Lo sabe —dijo—. Desde Nochebuena. Entró a por una silla y no llamó.
No pregunté quién. Cerré la puerta.
—¿Qué sabe?
—Todo. Naomi se lo contó el día de Navidad, fuera de la casa. —Tragó—. Y lo de usted. Que lo tapa desde hace once años.
Con eso Zoe podía ir a Honorine con una frase y cobrarse en una noche la cámara fría, los ocho recibos y todo lo demás: una segunda toma tapada once años son dos cabezas, la del carpintero y la mía.
—¿Y qué ha hecho?
—Ayer nos llamó al despacho. Yo iba con la llave en el bolsillo para dársela. —Se le quebró un poco la voz, y la arregló—. Nos dio su palabra. De pie. Lo mismo que me dijo usted en noviembre, señor Saavedra, casi con las mismas palabras.
—¿Se lo pidió usted?
—No me dio tiempo.
No lo esperaba, y no me gusta lo que no espero.
Una titular con dos meses escasos en la casa había comprometido el pacto en la única materia que las casas pagan con la muerte, sin consultarme y sin pedir nada a cambio.
Si me lo hubiera consultado, le habría dicho que no lo hiciera. Por eso no me lo consultó.
—Si usted dice que nos vayamos, nos vamos esta noche —dijo Ben—. Naomi no quiere. Yo ya no sé lo que quiero.
—Se quedan. Con la palabra de ella y la mía tienen dos. —Miré la puerta por la que había entrado ella sin llamar. No tenía más cierre que un resbalón—. Mañana le pone un cerrojo a esta puerta, por dentro. Tenía que haberlo mandado yo hace once años.
—Sí, señor.
Pasó la mano por el tablero de ciprés, a contrapelo. Doce plazas, sin barnizar, con las patas de un lado todavía por encolar.
—La quería acabar para febrero —dijo.
No dije nada. Él siguió con la mano en la madera.
—Lleva su pañuelo, señor Saavedra. Naomi le dijo que si debajo hay una marca, que no haya dos.
Tampoco contesté a eso. Se tocó la frente con dos dedos, como siempre, y encendió la luz del banco.
Crucé el patio pensando en la galería. Doce noches antes, una mujer que no sabía lo que hace una segunda toma me había enseñado el cuello para verme decir que no. Ahora lo sabía. La próxima vez que ladease la cabeza no sería una prueba.
Estaba en el despacho, con el parte de reservas que Dani me deja en recepción, cuando la oí venir. La escalera principal, tres pisos, sin prisa. Las losas del patio. La puerta de la cocina, que roza abajo. Mi escalera, que cruje en el cuarto peldaño.
No llamó. Era la primera vez que usaba la llave que le di, y la usó como se usa una llave propia: una vuelta, sin tantear. Llevaba siete noches sin bajar. Las había contado, y había dejado de dar cuerda al despertador para no oírlo.
Entró con el pelo suelto y un jersey gris. El pañuelo, anudado de cualquier manera, con un lazo de zapato.
—Me debes un nudo —dijo.
—Venga.
Vino. Se puso de espaldas sin que se lo pidiera y se apartó el pelo con una mano.
Deshice su lazo. Durante lo que tarda en doblarse una seda tuve delante los dos puntos, a un palmo, limpios, más claros que en noviembre.
No respiré. Subí el pañuelo, lo crucé, pasé el cabo por debajo y lo ajusté a un lado.
—Se cruza antes de anudar. Así no se desliza.
—Hazlo otra vez, que no lo he visto.
—Lo ha visto.
—Pues hazlo otra vez.
Lo hice otra vez. Ella no miraba mis manos en el espejo de la cómoda. Me miraba a mí.
No había traído ningún asunto del hotel para justificar la escalera. Se volvió, me puso las dos manos en la cara, como la primera noche, y esta vez no tardé nada. La seda huele a cedro los primeros minutos. Después huele a ella, y a partir de ahí cuento: un dedo antes del nudo, y vuelta.
La radio dio el parte del río y la hora de la marea. No llovía.
Después se quedó boca arriba, con mi manta hasta las costillas y un brazo debajo de la cabeza. Tiene una manera de callar antes de hacer una pregunta que ya le conozco: mira un punto fijo y mueve un dedo, uno solo, como quien pasa una cuenta.
—Una cosa —dijo—. En teoría.
—Diga.
—A uno de los vuestros, de los viejos, que bebiera dos veces de la misma persona. Naomi dice que le pasa lo mismo que a Ben.
Quería ver qué quitaba yo.
—Lo mismo.
—¿Aunque tenga cuatrocientos años?
—La edad no cambia eso.
Movió el dedo. Otra cuenta.
—A él lo matan las casas, eso ya lo sé. ¿Y a ella?
—A ella no. El código de los antiguos obliga a los antiguos. Sobre una persona viva no tienen ley que valga.
—¿Y si no hace ninguna de las dos cosas? Ni la mata ni vuelve a beber.
—Vive con hambre de ella hasta que ella muere.
—¿Aunque se vaya lejos?
—Aunque ponga un océano en medio.
Dejó el dedo quieto. Fue la única respuesta que no esperaba.
—O sea que para ella, en teoría, sería lo más seguro del mundo. —Lo dijo mirando el techo—. Un hombre que no puede dejar que le pase nada.
—En teoría.
No añadí lo que faltaba. Que también es lo más peligroso, porque quien quiera a ese hombre muerto ya sabe a quién tiene que buscar. Que la última vez que un antiguo de esta ciudad tuvo a una mujer así de cerca, murieron cuatro. Que ella desciende de aquella mujer. No me lo había preguntado.
—Ahora pregunto yo —dije—. Lo del taller. ¿Lo sabe su abogada?
Volvió la cabeza en la almohada.
—No.
—¿Va a saberlo?
—Di mi palabra. Elise no es de la casa. —Me miró un rato—. ¿Por qué ella?
—Porque es la única persona de esta ciudad a la que usted se lo cuenta todo.
—Pues esto no.
Lo dijo sin dudar. Yo sabía de esa abogada una placa de latón y una llave suelta en el bolsillo de un abrigo, y no podía darle ninguna de las dos cosas. Me quedé con su no. No sabía cuánto iba a durarle delante de esa mujer.
—Gracias por lo de antes —dijo—. Era curiosidad.
Se durmió enseguida. Duerme como trabaja, de golpe y sin adornos. En dos noches he aprendido que busca el lado de la pared, que se destapa un pie y que, dormida, se lleva la mano al nudo y lo comprueba. No sé si lo comprueba por mí o contra mí.
Me quedé despierto a su lado, en una cama en la que no cabemos.
Es una mujer que calcula. Yo no hago otra cosa.
Había aprendido una regla el viernes y el martes ya estaba midiendo qué vale.
No iba a pedírmelo esa noche ni la siguiente.
Pero había dicho «lo más seguro del mundo» con la voz que pone cuando encuentra en un contrato la palabra que le sirve, y yo conocía esa voz desde el cinco de noviembre.
Pensé que podía administrarlo. Basta con no hacerlo.
Un vínculo necesita dos tomas y una de las dos tiene que darla yo, y no la voy a dar.
Podía tenerla así, con mi pañuelo y mi llave, las ocho noches que faltaban y las que vinieran después.
Las casas me quitarían el amparo. Abernathy se marcharía, porque no sirve a un hombre que incumple.
La señora Villavaso se quedaría para verlo.
Los dispensarios de Honorine dejarían de servir, y para eso estaba Gentilly, que ella misma había contratado. Me salió una casa pobre y en pie.
Lo pensé con toda seriedad, mirándole el nudo.
En noviembre no abrí su puerta porque viva me servía para saber quién la mandaba.
Desde el veinte de diciembre sé quién la mandó: una casa en Esplanade con una placa de latón y una abogada con llave propia.
Ya no la necesito viva para averiguar nada.
Dormía a mi izquierda, con la garganta tapada por una seda que le puse yo, a ocho noches del plazo, y no había en la casa una ocasión mejor ni un testigo.
Se le oía el pulso en el cuello, lento, a un palmo de mi boca.
Habría tardado menos que en doblar una hoja en tres.
No la toqué.
Me dije que aún no sabía qué querían los cazadores, y que hasta saberlo no convenía mover la pieza. Un hombre que quiere averiguar el plan de sus enemigos no se queda mirando cómo respira el cebo.
Conozco esa hambre. La llevé cuarenta y tres años.
Catalina Arriaga volvió a Cádiz en 1789 y yo me quedé aquí con un solar quemado y cuatro nombres.
Leonor de Ayala. Martín de Ayala. Inés Portocarrero.
Blas, el mozo. Los digo siempre en ese orden, que es el orden en que los encontré.
No podía alcanzarla: un océano son semanas de bodega, y entonces no había manera de cruzarlo sin sol.
Así que la tuve dentro. Hambre de ella y de nadie más, entera, todas las noches.
Las bolsas no existían; me sostenía con lo que se compraba a los barberos, y me sostenía, y no se me quitaba.
No supe nunca nada de ella. Solo que seguía viva, porque el hambre seguía.
Nadie me reclamó nunca aquel incumplimiento: los que sabían que la había mordido murieron el Viernes Santo.
Una mañana de 1831 se apagó, a medio subir esta escalera, y entendí que había muerto una mujer a la que no veía desde hacía más de cuarenta años.
Por una sola toma. La segunda no llegó a existir.
No quiero saber lo que es la segunda con una mujer que duerme en mi cama.
Y hay un detalle de aquella noche que nunca me ha cuadrado, y que volvió entonces, con ella al lado.
Catalina sabía qué casa. Se lo dejé saber yo, por soberbia: reuní a los cuatro bajo un techo para vigilarlos mejor y le permití escribir a su padre.
Sabía que estarían todos. Eso pudo decirlo.
Pero los hombres del cirujano no entraron por la puerta de la calle, que es la que ella conocía.
Entraron por la del patio de carros, la que solo abríamos para descargar.
Y entraron a la hora en que se descargaba, cuando el madero estaba quitado.
Catalina llevaba tres meses encerrada en un almacén, a media legua.
No pudo ver esa puerta. No pudo saber esa hora.
Siempre he dicho que se lo oyó a alguno de mis mozos. Es la explicación que tengo. No me ha parecido nunca suficiente, y en doscientos treinta y ocho años no he encontrado otra.
Alguien dio la hora y la puerta. Si no fue ella, no sé quién.
A las dos me levanté sin moverla y me vestí a oscuras. Ella dijo algo dormida, en español, que no era para mí. Cerré con mi llave. Era la primera noche en sesenta años que alguien dormía ahí dentro mientras yo hacía la ronda.
Desde la puerta de servicio no se oía ningún motor enfriándose en la esquina.
La furgoneta llevaba cuatro noches sin venir, y eso no me tranquilizó.
Nadie deja de vigilar una casa porque se haya cansado.
En el patio me detuve delante del taller más de lo que suelo.
Se oían dos respiraciones, acompasadas, detrás de una puerta que todavía no tenía cerrojo.
En la primera, Abernathy me esperaba delante de la 12, vestido, con la luz encendida a su espalda.
—La señorita no está en la 31 —dijo.
—No.
—Ni ha salido por el portón. —No preguntó dónde estaba. Sabe sumar—. Señor, con el debido respeto. Quedan ocho noches.
—Sé contar, Abernathy.
—No lo dudo. Lo que no sé es qué está contando. —Se quitó las gafas—. No fui yo quien llevó lo de noviembre a la casa Verret. Quiero que lo sepa.
—Lo sé. Fue la 14.
—Entonces sabe también que la 14 escribe cada semana.
Comprobé su puerta, que estaba abierta, y seguí hacia la 13.