La segunda mordida Capítulo 13. Lo que hace la segunda
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Capítulo 13. Lo que hace la segunda

Lo que hace la segunda

Zoe

A las diez de la mañana de Navidad, Naomi tenía el abrigo puesto y las llaves de un coche en la mano.

—Aquí no —dijo antes de que yo abriera la boca—. Esta casa tiene doscientos años de oído. Y Ben no quiere que se lo cuente. Se ha pasado la noche diciendo que hagamos las maletas.

—¿Y tú?

—Yo he firmado una casa. No me voy de una ciudad donde tengo una casa. —Me abrió la puerta de servicio, la del callejón—. Venga. Se la enseño y hablamos allí.

Fuimos en un coche viejo que olía a cebolla. Era un día claro, con las calles vacías y coronas en las puertas. No habló en todo el camino. Conducía con las dos manos y la manga izquierda bien abrochada.

La casa de Tremé era la del anuncio, un poco peor y un poco mejor.

El azul estaba más comido. El porche tenía un escalón suelto.

Pero era larga, con techos altos y cuatro ventanas a la calle, y cuando Naomi abrió con una llave que le dejaba la inmobiliaria para medir, entró la luz hasta el fondo.

No había un mueble. Olía a pintura vieja y a madera caliente.

—Aquí va la mesa —dijo en el cuarto del medio, y marcó el sitio con los brazos abiertos—. La de ciprés. Doce sillas. Y ahí, la cocina.

—Naomi.

—Ya voy. Déjeme enseñársela primero. Luego no va a mirar las paredes.

Me la enseñó entera. Arriba, dos cuartos. Uno daba a un patio con un níspero. En el otro había mandado tapiar la ventana, o lo iba a mandar. No hizo falta que dijera para quién.

Nos sentamos en el suelo del cuarto de la mesa, con la espalda en la pared. Ella se desabrochó el puño de la manga izquierda y se la subió hasta el codo. Con la luz de la mañana las marcas eran más de las que yo había contado. Algunas, muy antiguas, casi no se veían.

—Once años —dijo—. Se lo cuento desde el principio y usted me para cuando quiera.

—No te voy a parar.

—La primera vez fue una tontería. Llevábamos un año juntos y yo era joven y quería saber.

Él no quería. Los suyos no lo hacen: beben de bolsa, o de gente que no vuelven a ver.

Insistí yo. Fue una vez, pequeña, aquí. —Se tocó la muñeca—.

Y no pasó nada. Me dio gusto, eso sí. No voy a mentirle.

Da mucho gusto, y ya verá usted lo poco que arregla.

No dije que ya lo sabía.

—La segunda fue a los tres meses. Tampoco pensábamos.

Nadie nos había dicho qué hacía la segunda.

Los jóvenes saben que no se repite, lo dicen como quien dice que no se pasa por debajo de una escalera.

El porqué lo saben los viejos y no lo cuentan.

—Se miró el brazo—. Al día siguiente Ben abrió una bolsa de dispensario, se la bebió entera y fue como si hubiera bebido agua.

Abrió otra. Nada. A los cuatro días no se tenía en pie.

—¿No le alimentaba?

—Ni esa ni ninguna. Desde entonces solo le vale la mía.

Y no en bolsa: probamos a sacármela con una aguja, una enfermera amiga, y tampoco.

Tiene que ser de mí, viva, con su boca. Da igual de dónde.

Brazo, cuello, lo que sea. Probamos a cambiar de sitio por si eso lo engañaba.

No lo engaña. La garganta no es un trozo de cuerpo, Miss Zoe. La garganta es una persona.

Pensé en la cámara fría. En cuarenta bolsas con su lote, ordenadas, que para Ben no eran nada.

—Cada cinco días —dije.

—Cada cinco. Poco. No le hace falta mucho, eso es lo raro: desde que es solo mía le cunde más que antes un litro de cualquiera. Y yo el día que toca estoy como me ha visto, sentada en un taburete. —Se bajó la manga hasta la mitad—. Eso es lo primero. Hay más.

—Dímelo todo.

—Lo segundo es que nos sentimos. No lo que piensa el otro, no se haga ideas.

No sé dónde está ni qué quiere ni si me miente.

Me llega lo fuerte. Si se da un martillazo en un dedo, yo en la cocina suelto la cuchara, y no sé que ha sido un martillo.

Sé que le ha dolido. Si yo me asusto, él levanta la cabeza.

No sabe de qué. A veces nos equivocamos: una vez creyó que yo estaba llorando y era que me había reído mucho.

Lo fuerte llega igual, lo bueno y lo malo, sin letrero.

—Por eso cruza el patio cuando se te corta una salsa.

—Por eso. Lo tercero es que no podemos estar lejos. Dos noches separados y ninguno de los dos duerme. Al cuarto día a mí me arde el brazo y me entran unas ganas que no son de comer. No he ido a ver a mi hermana a Houston en once años más que de un día para otro.

Lo dijo sin queja.

—Lo cuarto es lo que tiene que oír bien. —Me miró—. Si yo me muero, él se muere. No de pena. Se consume. Sin mí no hay sangre que le sirva, y en un mes se queda en nada. Lo sé porque se lo pregunté al señor Saavedra con esas palabras.

—¿Y si se muere él?

—A mí no me pasa nada. Me lo dijo igual: a usted no le ocurre nada en el cuerpo. Se queda viuda y sigue comiendo. —Se rio sin ganas—. Qué manera de consolar.

—¿Y eso se puede deshacer?

—No. No hay cura, ni otra sangre, ni otra persona que lo sustituya.

Lo hemos preguntado todo. Si él me convirtiera, para tenerme siempre, yo tendría que morirme primero, y con eso ya lo he matado.

Mientras estemos vivos los dos, es así. Cuando deje de estarlo uno, se acaba, y se acaba mal para él o regular para mí.

—¿Te arrepientes?

—De la segunda, no. —No lo pensó—. De no haber sabido, sí. No es lo mismo elegir una cosa que encontrársela puesta.

Se quedó callada. Fuera pasó un niño con una bicicleta nueva.

—Y lo quinto —dije yo, porque faltaba.

—Lo quinto es por qué Ben ha querido hacer las maletas.

—Bajó la voz, aunque estábamos solas en una casa vacía—.

Las casas de los antiguos lo castigan. No con echarlo.

Lo matan. A un vampiro atado a una persona lo puede gobernar cualquiera que le ponga la mano encima a esa persona, y los antiguos no quieren a nadie así cerca de sus secretos.

Si madame Verret se entera de lo de este brazo, a Ben se lo llevan una noche y no vuelve.

Y dicen que al que lo haya tapado le pasa lo mismo.

—Saavedra.

—El señor Saavedra lo sabe desde la primera semana.

Entró en el taller un día sin llamar, como usted, y lo vio.

Yo creí que nos echaba. Mandó forrar nuestro cuarto de corcho, para el ruido, y le dijo a Ben que mientras él tuviera llave en esa casa nadie lo iba a saber por su boca.

Once años. No nos ha cobrado un favor. —Lo dijo con algo que era respeto y no llegaba a cariño—.

Es lo único que le he visto hacer gratis.

Me quedé mirando el sitio de la mesa. El mismo hombre le había quitado la llave a un chico por morder a una limpiadora.

—¿Por qué me lo cuentas? —pregunté—. Podías haberme dicho que fue una vez. Yo no había visto más que una.

—Vio el brazo. No me lo niegue. —Se abrochó el puño—. Y se lo cuento por ese pañuelo. No sé qué hay debajo y no se lo pregunto. Sé de quién es. Si debajo hay una marca, que no haya dos. Yo no cambiaría a Ben por nada. Pero a mí nadie me avisó, y usted me ha dado una cocina.

Volvimos sin hablar. En el coche me toqué el nudo, que era el mío, el malo.

Pasé dos días con aquello. Trabajé, porque quedaban doce noches y un inspector de sanidad venía el lunes. Pero trabajé con la cabeza en otro sitio.

Un hombre con dos mordidas no puede dejar que te pase nada, porque lo que te pase a ti le pasa a él con un mes de retraso. No puede cumplir ninguna regla que le mande matarte. Matarte es matarse.

Yo tenía una. La llevaba debajo de un pañuelo verde.

No bajé al entresuelo esas noches. Tenía la llave de hierro en la mesilla y la miraba antes de apagar la luz. No quería tenerlo delante mientras lo pensaba. Me lo habría leído en la cara.

Repasé a Ben sin querer. Lo veía de otra manera.

Aquel hombre grande, que arreglaba mis puertas y contestaba con media sonrisa, no podía cruzar la ciudad sin permiso de una cocinera.

Si Naomi quisiera hacerle daño, le bastaría con coger un autobús.

No lo hacía. Pero podía, y los dos lo sabían, y sobre eso habían levantado once años y una mesa.

El sábado Ben no vino a cepillarme la puerta del baño, como había quedado. El domingo lo vi cruzar el patio al anochecer y cambió de dirección al verme en la galería.

Mi madre me preguntó por videollamada qué había cenado en Nochebuena y si había alguien. Le dije que ostras y que había mucha gente. Las dos cosas eran verdad.

El domingo por la noche bajé al archivo con la llave veintitrés y saqué el pacto de su caja.

Cláusula segunda. Nadie con llave será atacado ni entregado bajo este techo.

Cláusula cuarta. Un Marrero guarda el tablero y puede dar o retirar llaves.

Detrás del pliego había una hoja cosida con hilo, más pequeña, con otra letra.

La había visto el día uno y la había tomado por una diligencia.

La leí por encima. Hablaba de gargantas.

Le hice una foto con el móvil y la dejé para otro día, porque esa noche buscaba otra cosa y ya la tenía.

Lo que yo podía dar no estaba en ningún contrato con el banco. Estaba ahí, en la cláusula segunda, y solo lo podía dar yo.

El lunes vino el inspector de sanidad y me aprobó la cocina con dos reparos, los dos por el lavavajillas. Cuando Dani abrió los postigos, mandé llamar a los dos a administración.

Ben entró el último y se quedó junto a la puerta, con la gorra de lana en las manos. Naomi se sentó en la silla de las visitas sin que se lo dijera. Yo cerré.

—No voy a preguntarte nada —le dije a él—. Naomi me lo ha contado todo y lo que no, lo vi.

Ben miró al suelo. Abrió la boca dos veces. A la tercera le salió.

—Miss Zoe, yo no he hecho daño a nadie en esta casa. Lo de la norma lo sé. Sé lo que dice y sé quién la puso. Si me pide la llave, se la doy ahora y nos vamos esta noche. Solo le pido que no lo diga fuera. Por ella.

—Por los dos —dijo Naomi.

—Cállate, cher. Por ella. —Le temblaba la gorra—. A mí me da igual lo que me hagan. Lo que no quiero es que la encuentren a ella para encontrarme a mí.

Había preparado tres frases y no me sirvió ninguna.

—Guárdate la llave. —Me levanté—. Soy la titular de esta casa.

El pacto dice que nadie con llave será entregado bajo este techo, y lo dice sin excepciones.

Yo tampoco las pongo. Mientras yo sea titular, los dos tenéis techo y llave, nadie os entrega y nadie va a saber esto por mí. Os doy mi palabra.

Naomi cerró los ojos un momento. Ben no.

—¿Lo pone por escrito? —preguntó. No desconfiaba. Era carpintero y quería ver la junta.

—No. Lo que se escribe, alguien lo lee. Es mi palabra, y la doy delante de los dos.

Tardó. Luego se tocó la frente con dos dedos, que debía de ser su manera de dar las gracias, y miró a Naomi como si hubiera estado once años aguantando el aire.

—La mesa —dijo—. La primera cena es para usted.

—En marzo —dije.

—En marzo.

Salió primero. Naomi se quedó recogiendo su bolso, que no había soltado. Yo había dado mi palabra sin consultar a nadie, y me había gustado.

Y había otra cosa, que llevaba tres días debajo de todo lo demás.

—Naomi —dije, cuando ya tenía la mano en el pomo—. Una curiosidad. A uno de los antiguos, ¿le pasaría igual?

No se volvió enseguida. Le vi la espalda quieta, el bolso a medio colgar.

—¿Igual qué?

—Lo de la segunda. Lo de no poder vivir de nadie más. ¿O ellos tienen otra manera?

Entonces sí se volvió. Me miró el pañuelo y después a los ojos, mucho rato, como miraba un caldo para saber si se le había pasado.

—Igual —dijo al fin—. No hay otra manera. Son más viejos y más fuertes y tienen más que perder. Pero se atan igual.

Abrió la puerta.

—No me pregunte eso otra vez, Miss Zoe.