La segunda mordida Capítulo 12. Nochebuena
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Capítulo 12. Nochebuena

Nochebuena

Zoe

Juntamos seis mesas del salón grande para hacer una sola, y aun así Naomi dijo que era corta.

—Una mesa de Nochebuena tiene que sobrar por los dos lados —dijo, con las manos en las caderas—.

Aquí esta cena se hace tarde y dura hasta que alguien se duerme encima del pan.

Mi abuela la llamaba réveillon y la empezaba al volver de misa.

Usted la quiere a las nueve porque el conserje entra a las diez. Pues a las nueve. Pero no me la acorte.

No se la acorté. Había pedido una cena para la casa entera antes de abrir, residentes y personal en la misma mesa, y cuando lo dije en voz alta en la cocina se hizo el mismo silencio que cuando anuncié la fecha.

Dani me explicó después por qué. En cincuenta años, Adelaide había puesto esa mesa todos los veinticuatro, y en cincuenta años los de la primera planta habían bajado, habían dado las buenas noches de pie y habían vuelto a subir.

No se sentaban con humanos. No lo mandaba ninguna norma. Era costumbre, que es peor.

Yo iba a abrir en trece días un hotel donde unos y otros tenían que cruzarse en la escalera sin que nadie apartara la vista. Prefería saber esa noche, con la puerta cerrada, quién no era capaz.

Puse diecisiete cubiertos. Seis residentes de la primera, que venían o no venían.

Saavedra. Sal, y su hija, que lo traía en coche desde Metairie y a la que invité por teléfono sin preguntarle a él.

Dani. Ben y Naomi, que cocinaba y que se iba a sentar aunque tuviera que atarla.

Yo. Y cuatro de sobra, porque Naomi tenía razón en lo de la mesa.

Lo de qué se sirve a ocho personas que no comen lo resolvió ella sin consultarme.

—Lo suyo, en copa. Templado al baño maría, que frío es una falta de respeto. Copas de vino tinto, de las buenas. El que no quiera beber delante de mí, que no beba.

A las nueve menos cuarto me cambié. Un vestido negro, el único que había traído, y encima, al cuello, el pañuelo verde.

Llevaba tres días sin quitármelo más que para ducharme.

Dani lo había mirado el martes, había abierto la boca y la había cerrado.

Naomi lo había mirado el martes y no había abierto nada.

Se había quedado un rato seria, removiendo un caldo.

Bajaron a las nueve en punto, todos a la vez, lo que quería decir que alguien lo había organizado.

Mr. Abernathy, de oscuro, con una corbata que no le había visto.

Kip, con la trompeta y una camisa planchada por otra persona.

Los tres de la 11, la 15 y la 16, dos hombres y una mujer que me dieron la mano sin decir su nombre y se sentaron juntos al fondo, como los primos lejanos en una boda.

Ruth Villavaso, con los labios pintados y un broche.

Ben, que ya estaba abajo, con el pelo mojado.

Saavedra entró el último, por la puerta del patio.

Traje gris, sin corbata. Miró la mesa de punta a punta.

Contó los sitios, las copas, quién estaba al lado de quién.

Yo había puesto mi silla en una cabecera y la suya en la otra, con toda la mesa en medio, y vi que lo entendía y que le parecía bien. Antes de ir a su sitio pasó por el mío.

—Ha puesto diecisiete —dijo en español, bajo.

—Naomi dice que tiene que sobrar.

—Tiene razón. —Me miró el cuello. Un segundo—. Ese nudo no es el mío.

—El tuyo no me sale.

—Luego se lo enseño.

Lo dijo con la misma cara con que me daba las buenas noches en el patio, y siguió hasta la otra cabecera. Por el camino le apartó la silla a la hija de Sal, que era la única que no sabía dónde ponerse.

Era una mujer de mi edad, cansada, con un abrigo encima de un uniforme de trabajo. Se sentó con el bolso en las rodillas, dispuesta a irse.

—Media hora —le dijo a su padre—. Y te vienes a casa en Navidad, que te lo he dicho.

—En Navidad trabajo —dijo Sal, feliz.

Se sentaron. Casi todos. Hubo un momento malo, con Naomi sacando la sopera y ocho copas de tinto delante de ocho personas que no las tocaban, y entonces Sal se puso de pie con su vaso de agua.

—Por Miss Adelaide —dijo—, que ponía esta mesa y cenaba sola.

Mr. Abernathy cogió su copa. La miró, me miró a mí con aquella cara de asiento que no cuadra, y bebió. Kip bebió detrás, de un trago, y se manchó el labio y se rio. Los tres del fondo bebieron mirando el mantel.

Ruth no. Ruth apartó la copa con un dedo.

—Yo no ceno con la que friega —dijo, sin levantar la voz. Dejó caer la frase en mitad de la mesa como quien deja una servilleta.

Naomi estaba sirviendo el gumbo. No se le movió el cazo.

—Yo no friego, señora Villavaso. Yo cocino. Friega una máquina que pierde agua. —Llenó el plato de la hija de Sal—. Y usted no cena. Usted mira.

Kip soltó una risa y se la tragó. Ruth se levantó. Era pequeña, y de pie no abultaba más que sentada.

—Sesenta y ocho años en esta casa y nunca me he sentado a una mesa con mi comida. No voy a empezar porque una niña con un pañuelo prestado quiera jugar a las familias. —Me miró el cuello, despacio, para que lo viera todo el mundo—. Le queda mejor que a su dueño. Disfrútelo las noches que le quedan.

Se hizo un silencio. La hija de Sal levantó la vista del plato sin entender, y fue la única.

—Señora Villavaso —dijo Saavedra desde su cabecera. No se levantó. No hizo falta—. Buenas noches.

Ruth lo miró con un odio de muchos años, bien conservado. Luego recogió el broche, que se le había torcido, y salió del salón con la espalda recta.

Las noches que me quedaban. Trece, y lo sabía toda la mesa menos una mujer con un bolso en las rodillas. Miré a la otra cabecera. Saavedra me estaba mirando ya, y no apartó los ojos, y no negó nada con ellos.

Yo tenía la cuchara en la mano. La dejé.

—Su silla se queda donde está —dije—. Y su copa. Por si baja.

—No va a bajar —dijo Mr. Abernathy.

—Entonces sobra una, y Naomi quería que sobraran.

Naomi dejó la sopera y se sentó, por fin, al lado de Ben. Le vi la cara al sentarse. Estaba gris.

No era por Ruth. Lo sabía porque llevo cuadrantes desde los veintiún años y reconozco un mal día de un día que se repite.

Lo de Naomi se repetía. El cuatro de diciembre había llegado tarde a la cocina y se había pasado la mañana sentada en un taburete, ella, que no se sienta.

El nueve, lo mismo. El catorce, Dani le había preguntado si estaba mala y ella había dicho que era la regla.

El diecinueve, yo misma le había quitado una olla de las manos. Cada cinco días. Hoy era veinticuatro.

Y había lo otro, que no cabe en un cuadrante.

Ben trabajaba de noche y ella de día, y sin embargo cada uno sabía cómo le iba al otro.

Ella soltaba la cuchara en mitad de una frase, sin motivo, y al rato Ben cruzaba el patio chupándose un dedo.

Él dejaba el cepillo y venía a la cocina cuando a ella se le cortaba una salsa, antes de que nadie lo llamase.

No se buscaban como dos que se quieren. Se notaban, como se nota uno su propia mano.

Aquella noche Ben no comía, claro, pero tampoco había tocado su copa. La tenía delante, llena. Miraba a Naomi cada vez que ella cogía el tenedor, y ella comía poco, y le temblaba un poco la mano con el pan.

La cena salió. Hubo gumbo, ostras, un asado frío en gelatina que no supe nombrar y que repetí, y un budín de pan con salsa de whisky.

La hija de Sal se quedó hora y media. Dani le contó a Kip cómo se pide un café en Tegucigalpa.

Mr. Abernathy le explicó a Sal, con mucha paciencia, por qué no le convenía cobrar la pensión de golpe.

Los tres del fondo hablaron entre ellos y, al final, uno le pasó la sal a Dani sin que se la pidiera, y nadie hizo un comentario.

Saavedra habló poco. Estaba pendiente de la mesa como está pendiente de la casa: quién se levantaba, quién volvía, qué copa quedaba vacía. Dos veces lo pillé mirándome, y las dos veces no apartó los ojos él. Los aparté yo. Me daba calor el pañuelo.

A las diez menos diez Sal se fue al mostrador con un trozo de budín en una servilleta. Kip sacó la trompeta, le puso la sordina y tocó algo lento que no era un villancico.

Cuando miré hacia la derecha, las sillas de Ben y de Naomi estaban vacías.

No le di importancia. Luego se la di. La hija de Sal se había levantado para irse y volvió a sentarse a oír a Kip, y la silla que había ocupado, una plegable que cojeaba, eligió ese momento para doblarse. No se cayó de milagro.

—Hay más en el taller —dijo Dani—. Ben las arregla y las deja allí. Voy yo.

—Voy yo. Tú sigue con Tegucigalpa.

Me venía bien el aire. Crucé el patio con el vestido y sin chaqueta. Carondelet dormía en la fuente con la cabeza dentro. En el taller había luz por debajo de la puerta y no se oía el cepillo.

No llamé. Era mi taller, iba a por una silla y eran mis empleados. Empujé.

Estaban al fondo, junto a la mesa de ciprés.

Naomi sentada en el tablero, con los pies colgando, la manga izquierda del vestido subida hasta el codo.

Ben de pie entre sus rodillas, inclinado, con la boca en la cara interior de su antebrazo.

Ella le tenía la otra mano en la nuca. No lo sujetaba.

Lo sostenía, como se sostiene la cabeza de alguien que bebe de una fuente.

No había prisa. Fue lo que vi primero y lo que tardé más en entender.

No había nada de la cámara fría: ni fuerza, ni sorpresa, ni nadie empujando.

En el banco, al alcance de ella, había un vaso de zumo de naranja ya servido y un paño doblado.

Alguien lo había preparado antes. Y en el brazo de Naomi, desde la muñeca hasta el codo, con la luz de la bombilla dándole de lado, había marcas.

No dos. Muchas. Pares de puntos claros, viejos, unos al lado de otros, ordenados.

Nunca la misma garganta dos veces.

Aquello eran años.

Ben me oyó antes de verme. Levantó la cabeza de golpe. Tenía la boca roja y una cara que no le deseo a nadie: la de un hombre al que acaban de encontrar con lo único que tiene. No se apartó de ella. Se puso delante.

Naomi no se tapó el brazo. Me miró por encima del hombro de él, cansada, sin miedo, y luego me miró el pañuelo.

Yo tenía la mano en el pomo. Sabía lo que estaba viendo: lo decía un marco con tinta marrón colgado detrás de mi tablero.

No se bebe bajo este techo de quien trabaja o duerme en la casa, y quien lo haga pierde la llave.

Mi cocinera y mi carpintero llevaban años haciéndolo en mi ala trasera, y por lo que me había contado Elise de sus reglas, a él podían quitarle algo más que el techo.

No dije nada. No había nada que una persona decente pudiera decir desde una puerta.

Di un paso atrás y cerré. Despacio, hasta oír el resbalón.

Me quedé fuera, en el patio, de espaldas a la madera.

Hacía fresco. En el salón, Kip seguía con la sordina, y por las ventanas se veía la mesa larga, las copas, la cabeza gris de Mr. Abernathy.

En la otra cabecera, Saavedra se había vuelto hacia el patio.

No podía verme desde allí. Miraba la puerta del taller.

Lo pensé entonces, con una seguridad que no venía de ningún papel: él lo sabía. No había en esa casa un pestillo que él no comprobara. No podía no saberlo.

Y yo era la única persona bajo ese techo que podía quitarle la llave a Ben. Sal me lo había leído de un marco.

Esperé. Conté hasta donde me dio la cabeza. Dentro se oyó el vaso contra el banco, una voz baja de hombre, otra de mujer que decía que no pasaba nada, que ya estaba.

La puerta se abrió a los diez minutos. Naomi salió sola, con la manga bajada y abrochada en el puño, limpiándose las manos en el paño como si viniera de despiezar un pollo. Cerró detrás de ella.

Nos miramos. Era de mi estatura. No me había fijado nunca.

—Venía a por una silla —dije.

—Ya. —Dobló el paño en dos, en cuatro—. Hay tres detrás de la puerta. La del respaldo verde no, que cojea.

—Naomi.

—Esta noche no, Miss Zoe. Esta noche tengo veinte platos que recoger y a un hombre ahí dentro que cree que mañana lo echan.

—Me sostuvo la mirada. No me pidió nada—.

Mañana es Navidad y no hay desayunos. Venga a la cocina a las diez.

Se lo explico todo. Lo que es, desde cuándo, y lo que le pasa a él si usted abre la boca.

—¿Y lo que te pasa a ti?

Tardó.

—Eso también. —Y me señaló el cuello con la barbilla, sin dureza esta vez—. Eso, sobre todo, le conviene oírlo a usted.

Entró a por la silla ella misma y me la puso en las manos.