Capítulo 11. El entresuelo
El entresuelo
Zoe
Treinta y dos billetes de cien, sujetos con una goma, en el bolsillo de atrás del vaquero. Los había sacado del banco el viernes y llevaba tres días paseándolos por la casa como quien lleva una piedra en el zapato.
El lunes por la tarde, cuando Dani abrió los postigos, subí a la azotea a mirar la esquina de Barracks. La furgoneta estaba. Blanca, con una escalera en la baca y nadie alrededor.
Bajé al taller. Ben encolaba una pata de la mesa.
—Si salgo de noche, vienes conmigo.
—Ya me lo dijo él.
—Pues ahora te lo digo yo, que soy la que da las llaves.
Ben miró la pata, me miró a mí y sonrió por un lado.
—Entonces voy dos veces.
A las nueve de la noche crucé la cocina con el libro de tapas negras debajo del brazo.
Naomi estaba haciendo la lista de Nochebuena.
Yo le había pedido esa mañana una cena para toda la casa, residentes y personal en la misma mesa, antes de abrir, y ella me había mirado como si le pidiera una boda.
Levantó el lápiz cuando me vio poner el pie en el primer peldaño de la escalera de servicio.
—¿Al archivo a estas horas?
—No.
No dijo nada más. Se le subieron las cejas hasta el pañuelo y volvió a sus ostras.
El entresuelo estaba como el uno de diciembre: el techo bajo, la ventana de medio punto con el postigo clavado, las tres puertas. Pasé de largo el archivo y el ropero. Delante de la del fondo me quité la pinza del pelo, me la volví a poner y llamé con los nudillos, dos veces.
Abrió enseguida. Me había oído desde la cocina, seguramente desde antes.
No abrió del todo. Se quedó en el hueco, con una mano en el canto de la puerta. Camisa blanca, sin las mangas dobladas, el cuello abierto. Detrás de él había una luz baja, una radio que hablaba muy flojo y un ruido de relojes, muchos, desacompasados.
—Señorita Marrero.
—Te traigo lo del electricista.
—Puede dármelo aquí.
—Te dije que en persona y donde vives. Esto es un pasillo.
—Es mi puerta.
—Es la puerta de una habitación de mi hotel que no he visto nunca. —Le enseñé el fajo, sin dárselo—. Tres mil doscientos. Los cuento delante de ti, encima de una mesa, y me firmas el recibí. Yo no pago deudas de pie en un descansillo.
Tardó. Miró el libro, miró el fajo. A mí no me miró: miraba por encima de mi hombro, como si calculara lo que costaba.
Soltó el canto de la puerta y se apartó.
Entré.
Eran dos cuartos. El primero, un despacho largo y estrecho, con una mesa de madera oscura debajo de la ventana clavada, una butaca de cuero gastado en los brazos y estanterías hasta el techo.
Olía a papel, a cera de muebles y a nada más.
Ni una colonia, ni un jabón con nombre. En las paredes, en las baldas, encima de la chimenea tapiada, había relojes.
Los conté porque es lo que hago: siete. Uno de pared con péndulo, dos de sobremesa, uno de bolsillo abierto sobre un platillo, un despertador de los años cincuenta.
Todos en marcha. Ninguno daba la misma hora, y entre el más adelantado y el más atrasado no había más de dos minutos.
—Les doy cuerda los domingos —dijo. Me había visto contar.
—¿A los siete?
—A los siete.
La radio estaba en una balda, entre dos legajos. Una emisora local, un hombre con voz de fumador que daba el parte del río y la hora de la marea. La tenía tan baja que yo habría jurado que no se entendía. Él la entendía.
Sobre la mesa había un libro abierto. No era un libro de leer: era de cuentas, antiguo, con las tapas de pergamino combadas y columnas de una letra apretada que no era la suya.
Lo cerró antes de que yo llegara a la mesa, sin prisa y sin disimulo, y lo puso en la balda de arriba, donde yo no alcanzaba.
—¿Qué es?
—Cuentas viejas.
—¿Tuyas?
—De mi padre.
No añadió nada y no pregunté más. Era la primera cosa que le oía decir de sí mismo que no fuera una hora o una cifra.
En la mesa quedaban otras dos cosas. Mi carta del bar, la versión nueva, con un precio corregido a lápiz que yo había dejado pasar.
Y otro libro, más grueso que el de su padre, encuadernado en tela negra, cerrado con una cinta.
Ese no lo guardó ni lo explicó. Puso la mano encima un momento, al pasar, como se le pone a un perro para que no se levante.
Por la otra puerta, entornada, se veía el borde de una cama estrecha con una manta gris, hecha como la hace alguien que ha sido soldado o ha tenido criados.
Me acercó la butaca. A mí, que le quité la silla el cinco de noviembre. Él se quedó de pie al otro lado de la mesa.
No me senté.
Quité la goma. Conté los billetes uno a uno sobre su mesa, boca arriba, en montones de diez. Despacio. Él esperó sin moverse, con las manos a la espalda, y miró cómo contaba. No miraba los billetes. Me miraba las manos.
—Tres mil doscientos —dije—. Cuéntalos.
—No hace falta.
—Cuéntalos. Yo conté tus recibos.
Los contó. Tardó la mitad que yo, con dos dedos, sin humedecérselos. Los igualó y los dejó donde estaban.
Abrí el libro por su página. Debajo de los cuarenta y un mil dólares estaba lo del electricista, pasado a limpio la otra noche con un pulso mejor. Escribí al lado: devuelto en mano, veintiuno de diciembre. Le di la vuelta al libro. Le puse el bolígrafo de la ferretería encima.
Firmó. Saavedra, sin nombre, igual que la primera vez.
Yo sabía ya el que faltaba. No lo dije. Lo había gastado el jueves y no quería que se acostumbrara.
—Ya está —dije—. Con el electricista estamos en paz.
—Sí.
Cerré el libro. No lo cogí. Los relojes hacían su ruido, cada uno el suyo.
—¿Algo más, señorita Marrero?
Había un momento para irse y era ese. Tenía la firma. Tenía visto el cuarto. Podía subir a la 31 con mi libro y contarme que había bajado a saldar una factura.
—Sí. El jueves, en la galería, pusiste una condición. Tú a mí sí. Yo a ti no. —Rodeé la mesa. No me lo impidió—. He venido a discutirla.
—No era una condición.
—Todo es una condición. Yo vivo de leerlas.
Me paré delante de él, a la distancia de la galería. Levanté la mano y se la puse en el pecho, abierta, encima de la camisa, en el mismo sitio. Esperé los dos dedos en la muñeca.
No llegaron. Miró mi mano. No la apartó.
—¿Esta noche tampoco? —pregunté.
—No he dicho eso.
—Pues di algo.
Tardó lo que tarda un reloj en pasar de un minuto al siguiente. Lo sé porque lo oí en siete sitios.
—Quédese.
Lo dijo bajo. Mi mano seguía en su pecho.
—Me quedo —dije—. Pero quiero besarte yo. No quiero que me coloques la cabeza.
—Un momento.
Se apartó de mi mano. Pensé que se arrepentía, y me dio tiempo a odiarlo.
Fue hasta una cómoda baja que había junto a la puerta del otro cuarto y abrió el primer cajón.
Sacó un pañuelo. Seda oscura, verde botella, doblado en cuatro, de los que un hombre lleva al cuello con una chaqueta que ya no se fabrica.
—Dese la vuelta.
—¿Para qué?
—Dese la vuelta, por favor.
Me la di. Lo sentí detrás, cerca. Me pasó el pañuelo por delante, por encima del cuello de la camisa, y lo subió hasta cubrir los dos puntos. Lo anudó a un lado, debajo de la oreja, con un nudo plano que no apretaba. Tardó. Tenía las manos seguras, y aun así tardó.
—Su garganta no entra en esto —dijo, a mi espalda—. Ni esta noche ni ninguna. Yo no me acerco. Usted no me la ofrece.
—¿Y si me lo quito?
—Entonces me voy yo. De mi propio cuarto, si hace falta.
Me volví. Estaba muy serio.
Me toqué el nudo. La seda estaba fría y olía a cajón de cedro.
—De acuerdo —dije—. La garganta, no. Lo demás lo decido yo.
—Lo demás lo decide usted.
Lo decidí. Le cogí la cara con las dos manos, que era lo que no me había dejado hacer, y lo besé.
No fue como la galería. No me midió. Durante un segundo se quedó quieto, como alguien a quien le han puesto en las manos algo que no esperaba que le dieran, y después dejó de estar quieto.
Me levantó del suelo sin esfuerzo. Yo le desabroché la camisa porque quise, botón por botón, y no me cogió ninguna muñeca.
En algún momento le dije que apagara la radio.
No la apagó. Dijo que así sabía que no llovía.
Cruzamos la puerta entornada.
El reloj de péndulo dio la una, y medio minuto después la dio otro.
Estaba boca arriba en una cama demasiado estrecha para dos, con su manta gris hasta la cintura y el pañuelo en su sitio.
No se había movido. Yo me había olvidado de él varias veces y él ninguna: cada vez que su boca bajaba de mi mandíbula se detenía un dedo antes de la seda y volvía a subir.
Lo había notado. Me había parecido, las dos primeras veces, una cortesía.
La tercera entendí que era un esfuerzo, y que lo hacía con todo el cuerpo.
Tenía mi cabeza en su hombro. No estaba frío. Tampoco tenía el calor de un hombre. Tenía el que le había dejado yo.
—¿Vas a seguir llamándome señorita? —pregunté.
—Sí.
—¿Después de esto?
—Sobre todo después de esto.
Me reí. Fue la primera vez que me reía en ese hotel sin ser a costa de nadie. Él no se rio, pero noté que se le aflojaba el brazo debajo de mí, y me pareció lo mismo.
—¿Para qué quieres saber si llueve? —pregunté. La radio seguía con su parte del río.
—Para bajar al patio.
—¿A mojarte?
—A oírla.
No supe qué hacer con eso. Lo guardé.
—¿Y por qué siete? Relojes.
—Empecé con uno. Los demás fueron llegando en pago de deudas.
—¿Te pagan en relojes?
—Me pagan en lo que tienen.
Los relojes se iban poniendo de acuerdo. No me había mordido. No me había olido el cuello. Lo de noviembre había sido hambre, la suya. Esto no. Esto lo habría querido igual si aquella noche de la cocina él se hubiera limitado a doblarme un contrato.
Me alegró saberlo. También me asustó, porque el hambre al menos tenía una explicación.
Quedaban dieciséis noches. Estaba en la cama del hombre que tenía que matarme antes de que se acabaran, con su pañuelo anudado al cuello, y no se me ocurría un sitio más seguro en toda la casa. Eso no pensaba contárselo a Elise.
—¿Por qué me quitaste la mano el jueves? —dije.
—Porque no habría terminado la ronda.
—¿Y hoy?
—Hoy no es jueves. Hoy ha venido usted a mi puerta con un libro, y la ronda es dentro de una hora.
Lo dijo sin moverse. Luego, despacio, me apartó un mechón de la cara y lo dejó detrás de la oreja, por encima del nudo. Comprobó el nudo con dos dedos, como comprueba un pestillo. Seguía en su sitio.
A las dos menos cuarto se levantó. Se vistió de espaldas, sin encender más luz. Yo me puse la camisa, el vaquero, las zapatillas, y busqué la pinza por el suelo. La encontró él. Me la dio en la mano.
En el despacho, los billetes seguían en sus montones. El libro negro estaba donde lo había dejado. Lo cogí.
Él abrió el cajón de la mesa y sacó una llave. No estaba en un llavero. Era de hierro, vieja, con el paletón gastado, y se veía que había pasado mucho tiempo sin dueño.
—La de esta puerta —dijo—. Para que no tenga que llamar.
—No te la he pedido.
—Lo sé.
La puso encima del libro, entre mis manos. No me la dio en los dedos: la dejó sobre la tapa, donde yo podía cogerla o dejarla caer.
El hombre que no colgaba su llave en mi tablero me estaba dando la de su cuarto. Podía haber dicho que no, que yo no entraba en ningún sitio con llave prestada. Lo pensé. La cogí y me la guardé en el bolsillo de atrás, donde habían estado los billetes.
—Las dos y diez —dije.
—Las dos y diez.
—Hoy, cuando llegues a mi pasillo, minuto y medio. Como siempre. Que no se note.
Casi sonrió. Le vi el principio, en un lado de la boca.
Bajé por la escalera de servicio. La cocina estaba a oscuras y Naomi había dejado la lista de Nochebuena en la mesa, con las ostras subrayadas dos veces. Subí los tres pisos por la principal, despacio, pasando por delante de las ocho puertas de la primera, y me dio igual quién escuchaba.
En el espejo de la 31 me vi el pelo deshecho y, en el cuello, un pañuelo verde con un nudo plano que yo no sabía hacer.
No me lo quité. Dejé la llave de hierro en la mesilla, al lado del móvil, y eché el cerrojo por costumbre.
A las dos y cuarenta los pasos se pararon al otro lado del pasillo. Conté. Fueron tres minutos.