Capítulo 10. La furgoneta
La furgoneta
Saavedra
La furgoneta llevaba tres noches en la esquina de Chartres con Barracks. Yo la había visto dos.
Era blanca, sin rótulo, con una escalera de aluminio atada a la baca.
El jueves no miré la calle: subí a la azotea, probé los dos muretes y bajé.
El viernes, al final de la ronda, tenía pegada al limpiaparabrisas una hoja de magnolio de las que tiró la lluvia de la víspera.
El sábado la hoja seguía allí. Una furgoneta de obra trabaja de día y duerme en un garaje.
Aquella dormía en mi calle, con el motor apagado y alguien dentro, porque el cristal del conductor se empañaba por la parte de abajo.
Desde la esquina se ven dos cosas de la Merced: el portón y la boca del callejón. Son dos de las cuatro puertas por las que se entra a esta casa. Las otras dos, la medianera y la azotea, las tenía yo debajo de los pies.
El sábado no bajé de la azotea después de la ronda. Esperé.
Hacía dos noches que la señorita Marrero me había cerrado el paso en la galería con un libro de cuentas.
Me había llamado por mi nombre. Llevaba ciento siete años sin oírlo; sé la cifra porque el último que lo dijo me debía dinero y murió ese invierno.
Ella lo leyó en el pacto el uno de diciembre: su consulta está firmada en mi registro.
Tardó diecisiete días en usarlo. Eso no lo hace una mujer que improvisa.
Después me enseñó el cuello. Dije que no y le puse la mano en la cara, las dos cosas en el mismo minuto. Ella me puso la suya en el pecho y se la aparté. Si llega a quedarse ahí, no termino la ronda.
Lo que me ocupaba en la azotea era otra cosa, más fría.
Una mujer que no sabe nada no ofrece el cuello a quien ya la ha mordido.
Lo ofrece una que sabe que hay algo que negar y quiere ver cuánto cuesta.
La encargada pudo haberle contado la costumbre de los jóvenes; eso lo sabe cualquiera en esta ciudad.
Pero la señorita Marrero había vuelto de Camp Street a pie, un martes de noviembre, con una carpeta debajo de cada brazo, y esa noche la señora Villavaso le había dicho cuántas noches le quedaban y ella no había preguntado noches de qué.
Alguien le había dicho más de lo que dice una encargada. Solo había una persona que pudiera.
A las tres y cuarto la furgoneta encendió el motor.
La seguí por arriba hasta donde dan los tejados y después por la calle.
No me hizo falta correr: un hombre que conduce de madrugada por el Barrio respeta los semáforos para que nadie lo recuerde.
Era el último sábado antes de Navidad. En Decatur quedaban borrachos con gorros rojos y una banda de metales recogía los atriles junto al mercado.
Subió por Barracks, giró en Decatur y cogió Esplanade hacia el lago, despacio, debajo de los robles.
A las seis manzanas puso el intermitente delante de una casa grande, de tres plantas, con galería de columnas y una verja de carruajes.
La verja se abrió desde dentro. La furgoneta entró y la verja se cerró.
Crucé la avenida. Junto al timbre había una placa de latón, limpia, de las que se pagan.
Fundación Sereno para la Conservación del Vieux Carré.
Me quedé delante de esa placa más de lo prudente.
Serenos. El gobernador Carondelet puso serenos en las esquinas en 1792, con un farol y un chuzo, para cantar las horas y avisar del fuego.
Fue una buena medida y yo pagué mi parte del alumbrado.
Unos años después, los hombres que el Viernes Santo de 1788 habían entrado en mi casa con hachas y aguarrás empezaron a llamarse así entre ellos.
Les hizo gracia el nombre. Los que vigilan de noche.
No los había olvidado. Había hecho algo peor, que es darlos por viejos.
En dos siglos no se habían atrevido con una puerta que tres casas juraron vengar, y yo había confundido su prudencia con su final.
Tenían una casa en Esplanade, una placa, una fundación con donantes y alguien que aparcaba tres noches en mi esquina mirando mi portón.
No entré. Un antiguo no entra solo en una casa de cazadores para averiguar lo que puede averiguar desde un tejado.
El domingo, en cuanto se fue la luz, subí al de enfrente. Es una pensión con las cornisas podridas y un canalón que aguanta mi peso. Desde allí se ve la puerta lateral de la Fundación, la del servicio, que es por donde entra la gente que no quiere que la vean subir por la escalinata.
A las siete y veinte llegó un coche gris. Conocía el coche. Había estado aparcado delante de mi portón una vez por semana desde julio.
Elise Guidry se bajó con un bolso y sin carpeta.
No llamó al timbre. Sacó una llave del bolsillo del abrigo, una sola, suelta, de las que no hace falta buscar en un manojo, y abrió.
Antes de que cerrase salió a recibirla un hombre de treinta y pocos años, ancho, con el pelo al rape.
Le quitó el bolso de las manos con la confianza de un pariente.
Se movía bien: el peso bajo, los pies separados, la cabeza girando antes que el cuerpo.
Alguien le había enseñado a entrar en los sitios.
Ella le tocó la cara al pasar, como se toca a un hijo.
La puerta se cerró. En el segundo piso se encendió una luz.
Bajé del tejado con lo que tenía, y lo ordené.
Uno. La abogada que durante cuatro meses subió cada semana a mi archivo, la que arrancó las hojas de mi registro y la que depositó treinta y tres folios de genealogía dos días antes de que yo mordiera a su clienta, entra en la casa de los Serenos con llave propia.
Dos. Esa misma abogada buscó a los herederos de Adelaide. Entre los Marrero de Tenerife que pudo encontrar, recomendó a una que desciende, por su madre, de Catalina Arriaga.
Tres. Nadie encuentra por azar a una Arriaga entre los parientes de una hotelera de Nueva Orleans. Para encontrarla hay que saber que se busca, y para saberlo hay que tener el archivo de los que mandaron a la primera.
La pusieron ellos. No lo sé como sé la hora; lo sé como se sabe quién ha forzado una cerradura cuando solo falta una cosa en la casa. Los cazadores buscaron a la heredera que a mí más podía costarme y me la sentaron en la tercera planta.
Había una cuarta cosa, y era mía. La hoja treinta y ocho del registro estaba en su despacho.
La firmé yo, con mi letra y mi llave, la noche en que mordí a su clienta: fecha, hora, folios catorce a diecinueve.
En noviembre me pareció un trámite. En aquel tejado me pareció lo que era.
Había dejado por escrito, para la única persona de la ciudad que no debía tenerla, la hora exacta en que supe a quién había mordido.
Lo que no tenía era para qué. Para que la matase, y entregarme a un juez con un cadáver extranjero y dos testigos.
Para que no la matase, y dejar que las casas me quitaran el amparo.
Para una tercera cosa que no alcanzaba a ver y que quizá ellos tampoco controlaban.
Cualquiera de las tres me dejaba peor que en octubre.
Y quedaba la pregunta de noviembre, sin contestar. Si ella lo sabía. Si la mujer que no se apartó en la cámara y que tres noches antes había ladeado la cabeza delante de la 14 lo había hecho por cuenta propia o porque alguien, en esa casa de Esplanade, le había explicado cómo se pesca a un antiguo.
Catalina tampoco se apartó.
No podía preguntárselo. Preguntarle si conoce a los Serenos era decirle que existen, que su abogada es uno de ellos y que yo sé de quién desciende.
Si era de ellos, le entregaba todo lo que yo sabía.
Si no lo era, le entregaba un apellido y una historia con cuatro muertos, y una mujer que se sabe heredera de aquello no se queda en la casa del hombre al que se lo hicieron.
Se va, o va a preguntarle a la única persona de esta ciudad en la que confía.
Callé otra vez.
Hablé con Ben antes de las diez. Barra nueva en la puerta del callejón, por dentro. Candado en la trampilla de la azotea. Y desde esa noche, si la señorita Marrero salía después de ponerse el sol, él salía con ella.
—No va a querer —dijo Ben.
—Ya lo sé. Por eso se lo voy a decir yo.
La encontré en administración, con la lámpara encendida y una hoja de cálculo en el ordenador. No había quitado la silla. Me quedé en la puerta de todos modos.
Llevaba una camisa abrochada hasta arriba. Me fijé en eso antes que en nada, y me fijé en que me había fijado.
—El banco le dio la mitad —dije.
—Qué bien informado estás siempre.
—Le faltan veintisiete mil dólares para abrir. Se los pongo yo. Sin pagaré y sin interés. No se anotan en ninguna parte.
Dejó de mirar la pantalla. Tardó en mirarme a mí.
—¿A cambio de qué?
—De que no salga de esta casa de noche sin el señor Hébert.
—¿Perdona?
—De día, donde quiera. Después del ocaso, acompañada. Hasta que yo le diga.
Se echó hacia atrás en la silla. Tenía ojeras de contar, que son distintas de las de no dormir.
—¿Por qué?
—Hay una furgoneta en la esquina de Barracks desde el jueves. Vigila el portón y el callejón.
—¿De quién es?
—De gente que tiene interés en esta casa.
—Eso no es un nombre.
—No voy a darle un nombre todavía.
No le di la placa de latón, ni el coche gris, ni la mano de su abogada en la cara de un hombre que se mueve como un soldado.
—A ver si lo entiendo. El jueves me dices que no en un pasillo. El domingo vienes con veintisiete mil dólares para que no salga de noche. —Cerró el portátil—. Tú no quieres protegerme. Tú quieres saber dónde estoy.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Pues quédate con las dos. No cojo dinero para que me pongan horario. Ya tuve un jefe.
—No soy su jefe.
—No. Eres mi inquilino, mi acreedor y mi proveedor de sábanas. Y no pienso añadir carcelero a la lista.
—Señorita Marrero. La furgoneta existe.
—Te creo. Tú no mientes. Tú eliges. —Se levantó y apoyó las dos manos en la mesa—.
Saldré cuando tenga que salir. Si quieres que Ben venga, que venga porque se lo pido yo, no porque lo hayas comprado tú.
Y no me hace falta salir mucho. Tengo demasiado que hacer antes del seis de enero. Los dos lo tenemos, ¿no?
Los dos. Lo dijo mirándome, sin subir la voz, y no añadió nada.
No pregunté qué sabía.
—Como quiera —dije.
—Siempre dices eso cuando no es como quieres tú.
Cogió el bolígrafo de la mesa, lo miró y volvió a dejarlo.
—Otra cosa. Te debo tres mil doscientos dólares de un electricista. Los tengo en efectivo desde el viernes. No te los voy a dar aquí, en mi despacho, contigo en la puerta como si vinieras a cobrar el gas.
—Puede dejarlos en un sobre, en recepción.
—No. El dinero que yo quiera devolverte te lo llevo yo. En persona. Donde tú vives.
Nadie ha entrado en mis habitaciones en sesenta años. No se lo dije. Tampoco dije que no.