Capítulo 9. Comprobar
Comprobar
Zoe
El electricista me lo dijo a las seis de la tarde, enrollando cable en el zaguán, como quien da una buena noticia.
—Lo suyo está liquidado, señora. Tres mil doscientos. Me pagó el señor Saavedra el lunes.
—Yo no he autorizado ese pago.
—Ya. —Se encogió de hombros con el rollo al hombro—. Pero yo el lunes retiraba a mis chicos si no cobraba, y usted estaba en el banco. Él bajó con un sobre. La segunda tiene luz. No sé qué más quiere.
Era verdad. La segunda tenía luz, agua y ocho colchones nuevos, y Dani había colgado las habitaciones en internet el día uno. Teníamos tres reservas para la noche de Reyes. Todo eso iba bien, y una parte acababa de pagarla él.
Quería no deberle tres mil doscientos dólares al hombre que tenía veinte noches para matarme. No se lo dije al electricista. Le di las gracias y subí a por el libro de tapas negras.
Tenía un motivo. Llevaba una semana buscándolo y me lo acababan de traer a casa.
Cené de pie y lo preparé como preparo una reunión con un proveedor difícil. En la libreta, tres puntos. Uno, la factura. Dos, el nombre. El tres lo dejé en blanco un buen rato y al final no escribí nada, pero no taché el número.
A la una y media me duché. A las dos menos cuarto estaba delante del armario, y ahí tardé más de lo que se tarda.
Llevaba cinco semanas con camisas abrochadas hasta arriba.
Cogí una blanca, de las de trabajar, y la dejé abierta dos botones.
Me dije que a esas horas no iba a verme nadie.
Después me recogí el pelo en lo alto con una pinza.
Por el calor. Estábamos a dieciocho de diciembre y en la galería hacía fresco.
Me miré en el espejo del baño. Los dos puntos se veían a un metro. No me los tapé.
A las dos y cinco bajé a la primera con el libro debajo del brazo y el bolígrafo de la ferretería en el bolsillo de la camisa.
La galería estaba a oscuras, con la luz del patio subiendo desde abajo, amarilla, y las ocho puertas en fila.
Me puse delante de la 14, de espaldas a la barandilla.
Detrás de esa puerta la señora Villavaso tenía la radio muy baja.
La apagó cuando me oyó llegar. No abrió.
A las dos y diez sonó el portón. Dos vueltas.
Conocía ya la ronda como se conoce una canción, y la fui oyendo subir.
Hubo un rato en que estuvo debajo de mí, en el entresuelo, y yo de pie encima con el corazón haciendo un ruido que me pareció una falta de educación.
Me había pasado diez años esperando a proveedores en muelles de carga a las seis de la mañana. Nunca me habían sudado las manos.
Yo lo esperaba en un pasillo, a oscuras, con el cuello al aire. Él tenía una llave que abría mi puerta, y desde el doce de noviembre no la había usado. Si hubiera querido, no necesitaba que yo bajase a ponérselo fácil.
A las dos y veintiuno apareció al fondo de la galería, por la escalera de servicio.
Me vio enseguida. No cambió el paso. Comprobó la 11: la mano en el pomo, un segundo quieto, escuchando.
La 12. La 13, que estaba vacía y la escuchó igual.
Venía hacia mí puerta por puerta, sin mirarme y sabiendo exactamente dónde estaba, y cuando llegó a la 14 eran las dos y veintiséis y yo estaba en medio.
Se detuvo a dos pasos. Camisa blanca, las mangas dobladas. En la mano izquierda, una llave pequeña.
—Señorita Marrero.
—Llegas en hora. Llevas once noches llegando a esta puerta a las dos y veintiséis.
Tardó. Vi cómo lo entendía: once noches, alguien contando.
—¿Por qué a las dos y diez? —pregunté antes de que preguntara él—. Siempre he querido saberlo.
—Porque los que tienen que dormir ya duermen y los que madrugan no se han levantado. Es la hora a la que entra quien no quiere que lo vean entrar.
—Y tú lo sabes porque es la hora a la que entrarías tú.
—Sí. —Ni un parpadeo—. ¿Necesita algo?
—Cobrar.
Abrí el libro encima del antebrazo, por su página. Cuarenta y un mil dólares, su firma, y debajo todo el papel en blanco que yo había dejado en noviembre.
—El electricista me ha dicho esta tarde que su factura está pagada. Tres mil doscientos. Yo no la he pagado.
—Retiraba a sus hombres el lunes. Usted estaba en el banco.
—Y bajaste tú con un sobre.
—Bajé yo.
—Sin preguntarme.
—No me pareció que fuera a oponerse a tener luz en la segunda planta.
—No te pareció. —Saqué el bolígrafo—. A ti nunca te parece.
Te callas una llave de paso, pagas un año de habitaciones, compras cinco bolsas, pagas a un electricista.
Siempre es una cosa razonable y siempre la encuentro hecha.
Pues esta no la quiero regalada. Te la debo, y no me gusta deberte nada que no haya pedido yo.
Escribí despacio, diciéndolo en voz alta, con el libro apoyado en el brazo y la letra torcida.
—Electricista. Tres mil doscientos dólares. Pagado sin permiso de la titular. A devolver en mano. —Levanté la vista—. Lo apunto a tu nombre. A tu nombre completo, Álvar.
Había levantado la mano hacia el pomo de la 14, por encima de mi hombro, para seguir con lo suyo mientras yo hablaba. Se le quedó en el aire. No la bajaba ni terminaba de subirla.
—¿Dónde ha leído eso?
—En mi archivo. En un papel de 1795, al lado de la firma de un albañil que se apellidaba como yo. —Cerré el libro—. Tienes buena letra desde hace mucho.
—Ese nombre no se usa.
—Ya lo he visto. Cuarenta y un años contigo y Sal te llama señor. ¿Cuánto hace que no lo oyes?
—Un siglo. Más o menos.
—Pues por eso lo uso yo.
Bajó la mano, por fin, y no al pomo. La dejó caer.
No estaba enfadado. Miraba mi boca como si esperase que lo dijera otra vez.
Podía haberme ido entonces. Tenía la factura apuntada y el nombre dicho. Me quedaba el punto tres.
—Llevas un mes parándote delante de mi puerta. Minuto y medio. Esté yo dentro o no esté. Lo he medido.
No lo negó.
—¿Qué compruebas en minuto y medio? Un cerrojo se mira en dos segundos.
—Que sigue ahí.
—¿El cerrojo?
No contestó. Y entonces lo hice. Apreté el libro contra el pecho con los dos brazos, como una colegiala, y ladeé la cabeza hacia la derecha, despacio, hasta que noté la luz del patio en el lado izquierdo del cuello.
—Sigo aquí —dije—. Compruébalo de cerca.
No miró como en la cámara. En la cámara había bajado la cabeza sin mirar.
Ahora miró. Los dos puntos, el morado que ya no estaba, la vena.
Se le fue toda la cortesía de la cara y lo que quedó debajo no era feo ni era humano: era un hambre limpia, con nombre y apellidos, que me reconocía.
Me dio miedo. Me gustó que fuera por mí.
—No —dijo.
—No te he preguntado nada.
—Me lo está ofreciendo. Le digo que no.
—¿Porque no quieres?
Tardó. Detrás de la 14 no se oía una respiración.
—No he dicho eso.
—Entonces porque no puedes.
—Porque no voy a hacerlo. —Tenía la voz más baja y más despacio que nunca—. Ni esta noche ni otra. No vuelva a ofrecérmelo.
—¿Cuánto te cuesta?
—Bastante.
—Eso no es una cifra.
—No. No lo es.
No se fue.
Dio un paso. La llave pequeña desapareció en su bolsillo.
Levantó la mano derecha, la que se le había quedado en el aire, y esta vez la terminó de subir.
Me puso dos dedos en el cuello, debajo de la oreja, lejos de la marca.
Estaban templados. Bajó por el borde de la mandíbula hasta la barbilla y me la levantó, muy poco, para enderezarme la cabeza. Para quitarme el cuello de la luz.
—Así —dijo.
No me soltó. El pulgar se me quedó en la comisura de la boca y lo movió una vez, despacio, de lado a lado, como quien lee una línea. Yo dejé de sujetar el libro con un brazo. Le puse la mano abierta en el pecho, encima de la camisa.
Me cogió la muñeca. Sin fuerza. Con dos dedos y el pulgar, como se coge una cosa que puede romperse, y me la apartó, y me la dejó en la barandilla.
—No.
—¿Tampoco eso?
—Esta noche, tampoco.
—Tú me tocas a mí.
—Sí.
—Y yo a ti no.
—No.
No dio ninguna razón. Tenía mi muñeca contra el hierro frío y la otra mano en mi cara, y fue bajando esa mano por donde quiso.
La nuca, donde la pinza. El hombro, por dentro de la camisa abierta, hasta donde llegaba el segundo botón y ni un centímetro más.
Lo hacía con una atención que no le había visto poner ni en un contrato.
La mano no le temblaba. Le temblaba algo más arriba, en el brazo, donde se aguanta un peso.
No tenía prisa. Yo sí. Se me oyó respirar, y a él no, y cuando cerré los ojos y me incliné hacia delante encontré aire.
Abrí los ojos. Había dado un paso atrás. Me había soltado la muñeca y yo seguía con ella en la barandilla, donde la había dejado, obediente como una tonta.
—Buenas noches, señorita Marrero. Me quedan cinco puertas en esta planta.
Otra vez el apellido. Pasó a mi lado sin rozarme, puso la mano en el pomo de la 14, que era lo que iba a hacer cuatro minutos antes, y se quedó quieto el segundo que le tocaba, escuchando a una mujer que llevaba sesenta y ocho años en ese cuarto y que no respiraba por no perderse nada.
Luego la 15. La 16. No se dio la vuelta.
Lo miré hasta la 18. Hizo las cinco puertas igual que todas las noches. No iba más despacio ni más deprisa. Solo al final, al coger la escalera hacia la segunda, se agarró al pasamanos, y ese hombre no se agarra a nada.
Detrás de la 14 volvió a sonar la radio, muy baja. Un bolero.
Me quedé donde estaba, con el libro colgando de una mano y la camisa abierta dos botones, en mitad de una galería donde seis personas con muy buen oído acababan de enterarse de todo sin haber visto nada.
Había bajado a ver si podía negarse. Podía. Lo que no había calculado era lo mío. Él se había negado a una cosa. Yo no me había negado a ninguna.
Subí a la 31 y me senté en la cama sin encender la luz.
Me quité la pinza. Tenía la muñeca fría de la barandilla y la cara ardiendo, y me dio por reírme, sola y a oscuras, con un libro de cuentas en las rodillas.
No me había besado. Me había enderezado la cabeza, como se endereza un cuadro, y luego me había recorrido con la mano igual que recorre la casa.
Y yo me había dejado comprobar con los ojos cerrados.
Eché el cerrojo. A las dos y cuarenta y cuatro los pasos llegaron a mi pasillo, cuatro minutos tarde, y se pararon al otro lado. Conté. Un minuto y medio. Dos. Dos y medio.
Cuando se fueron encendí la lámpara y abrí el libro para repasar lo escrito, que con el pulso que tenía en la galería me había quedado torcido. Lo pasé a limpio debajo. Electricista, tres mil doscientos, pagado sin permiso, a devolver en mano. A nombre de Álvar de Saavedra.