Capítulo 8. Lo que dice la abogada
Lo que dice la abogada
Zoe
Estuve cuatro días preguntando lo mismo y nadie me lo contestó.
Le pregunté a Sal por qué había parado y por qué toda la casa me miraba como a una factura que no debería estar en esa carpeta.
Me dijo que no le correspondía a él. A Ben, que arreglaba un postigo de la segunda, se le cayó el destornillador.
Kip abrió la boca para decir algo, oyó una puerta en la primera y me habló del tiempo.
En una casa un secreto se nota como una gotera: no ves el agua, ves a la gente esquivando el mismo sitio.
El martes cogí un taxi a Camp Street.
El despacho de Elise Guidry estaba en un segundo piso, encima de una imprenta, con ventanas altas y una pasante que tecleaba sin levantar la cabeza.
Olía a papel viejo y a café bueno. En la estantería, entre los códigos, había una sola fotografía: una chica de veintipocos años en una playa, riéndose de alguien que no salía.
—Mi hermana —dijo Guidry sin mirarla, y me señaló la silla—. Siéntate. Tienes mala cara.
No dije nada. Me bajé el cuello de la camisa.
No se asustó. Eso fue lo raro. Se quedó muy quieta, con las dos manos encima de la mesa, mirando los dos puntos como miran los médicos una radiografía que ya se esperaban. Luego cerró los ojos un momento. Cuando los abrió tenía en la cara algo que me pareció pena, y que iba más lejos que yo.
—¿Cuándo?
—El jueves. En la cocina.
—¿Él?
—Él.
—Y estás viva —dijo, en voz baja, más para ella que para mí.
—Eso es lo que he venido a que me expliques. En mi casa lo sabe hasta la tortuga y nadie me lo dice.
Se levantó, cerró la puerta del despacho y le pidió a la pasante que no pasara llamadas. Se sentó a mi lado, no detrás de la mesa.
—Te voy a decir una cosa que no está en ninguna ley, y tú vas a decidir qué haces con ella.
Los jóvenes beben de la gente, con papeles o sin ellos, y cambian de persona cada vez.
Los antiguos, no. Los antiguos no tocan a nadie.
Viven de bolsas. Y tienen una regla entre ellos, más vieja que esta ciudad: el que bebe de una persona viva, la mata. Antes de que amanezca.
Oí la frase entera y tardé en entenderla. Tenía que haber dormido mejor.
—La mata por qué.
—No lo sé del todo. Sé que no es un castigo para la persona. Es algo de ellos, del hambre. Sé que la regla obliga al que mordió y a nadie más: ningún otro va a tocarte por eso. Y sé que no la incumplen. —Me miró el cuello—. Tú eres la primera que veo que puede contarlo.
—¿Has visto otras?
No contestó a eso. Miró la estantería, medio segundo, y volvió a mí.
—Hay más. Las casas de los antiguos le han dado un plazo. Hasta que tú abras. El seis de enero, a medianoche. Si para entonces no ha cumplido, le retiran su amparo a tu hotel.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Porque llevo treinta años ocupándome de los papeles de la gente que vive al lado de ellos, y en esta ciudad los plazos de los antiguos se saben como se sabe a qué hora es la misa. —No apartó los ojos—. Y porque Adelaide me contó antes de morir más de lo que yo quería oír.
Hice la cuenta sin querer. Cincuenta días.
—O sea, que la fecha la he puesto yo.
—La fecha la han puesto ellos. Tú has puesto una inauguración.
—¿Y por qué no lo ha hecho ya? Tuvo toda la noche. Tiene una llave que abre mi puerta.
—No lo sé. —Lo dijo despacio—. De todo lo que te he dicho, eso es lo que me da más miedo. Cuando uno de ellos no hace lo que debe, es que quiere otra cosa.
Era lo mismo que yo había dicho de un acreedor que no reclama. Me dio un escalofrío oírlo en su boca.
Guidry se levantó y sacó dos carpetas de un cajón. Las puso delante de mí, una al lado de la otra.
—Dos cosas que puedes hacer. No te voy a decir cuál.
La primera: una denuncia por agresión. Tengo a los dos testigos identificados y el parte lo puede firmar un médico esta tarde.
Si la presento, esta noche va detenido, y mientras esté detenido no puede cumplir nada.
—Tocó la segunda carpeta—. La segunda llegó ayer al despacho, a nombre de la sucesión.
No es mía ni de nadie que yo conozca. Una cadena de hoteles, Crescent Hospitality Partners.
Ofrecen tres millones novecientos mil dólares por el edificio, con residentes o sin ellos. La mantienen hasta el quince de enero.
Abrí la segunda. Era verdad. Membrete, firma, una cifra con seis ceros. Con eso pagaba los pagarés, me sobraban casi tres millones y medio y no volvía a contar sábanas en mi vida.
—¿Qué harías tú? —pregunté.
—¿Quieres saberlo de verdad, o quieres que te quite el peso?
Me conocía de quince días y me conocía mejor que el fondo que me echó después de ocho años.
—No. No me lo digas.
—Bien. —Me puso la mano en el hombro al pasar, sin apretar—. Llévate las dos. Y deja de llamarme señora Guidry por dentro, que se te nota. Elise.
Volví andando, que eran cuarenta minutos, con una carpeta debajo de cada brazo.
Lo pensé como pienso las cosas, por columnas.
En una, la denuncia: él en una celda, yo a salvo hasta el juicio, la casa precintada y la fecha muerta.
En otra, la venta: tres millones y medio, un avión, mi madre con piso nuevo en la Viña.
En las dos me iba de un hotel que había empezado a levantar, con una llave ajena en el neceser y sin saber por qué un hombre que tenía que matarme antes del alba se pasó esa noche por la cocina, recogió mi contrato del suelo y lo dobló en tres.
El hombre más temido de aquella casa llevaba cinco días incumpliendo la única regla que los suyos no incumplen, por mí o por algo que yo tenía, y yo quería verlo seguir incumpliéndola de cerca.
Guardé las dos carpetas en el cajón de abajo de mi mesa, sin firmar ninguna. No las rompí.
No iba a preguntárselo otra vez. Iba a mirarlo hasta saberlo.
Esa noche, al cruzar el zaguán, la señora de la 14 bajaba la escalera con su rebeca y sus labios pintados, y me miró de arriba abajo sin detenerse.
—¿Todavía por aquí, niña? —dijo—. Pues aproveche. Le quedan cincuenta.
Seguí trabajando, porque una fecha es una fecha la ponga quien la ponga.
El fontanero. Ocho colchones. Un banco de la calle Poydras que me dio una línea de crédito con el contrato de Gentilly, el de Verret y la licencia al día encima de la mesa, y que me la dio por la mitad de lo que pedí.
Dani y yo hicimos la carta del bar una tarde entera, con precios de Madrid, que es lo que yo sabía.
A la mañana siguiente la encontré en el mostrador corregida a lápiz, cifra por cifra, con la letra de las facturas.
Había subido el bourbon y bajado la cerveza. Tenía razón en las once líneas.
Me senté con la carta en la mano. Aquel hombre tenía hasta el seis de enero para matarme y me estaba corrigiendo el precio del sazerac.
El domingo mi madre me preguntó por videollamada por qué llevaba la camisa abrochada hasta arriba, con lo que yo odio los cuellos. Le dije que en noviembre refrescaba. En Nueva Orleans hacía veinticuatro grados. Me preguntó si dormía, y le dije que como nunca, que era verdad a su manera.
Lo veía poco. Cruzaba el patio al anochecer, miraba la fuente, me daba las buenas noches con mi apellido. Yo se las daba sin el suyo. Una vez me sostuvo la puerta de la cocina y pasé a un palmo de él. No respiró hasta que estuve dentro. Yo tampoco.
A las dos y cuarenta se paraba al otro lado de mi pasillo. Yo lo oía pararse.
El uno de diciembre un juez al que no vi nunca firmó un papel, y Elise vino en persona a traerme la llave que faltaba en mi anilla. La veintitrés.
—Ya es todo tuyo —dijo—. Las hojas del registro hasta hoy me las quedo yo, cosidas al inventario. Las pide el juzgado. Es un trámite.
Me abrazó. Yo no soy de abrazos y me dejé.
Subí al archivo esa misma tarde, de día, por la escalera de servicio.
Era la primera vez que pisaba el entresuelo.
Techo bajo, una ventana de medio punto con el postigo clavado, tres puertas.
La del fondo era la suya. Estaba cerrada y detrás no se oía nada.
Me costó más de lo razonable darle la espalda.
El archivo era un cuarto sin ventanas con una mesa, una lámpara y legajos hasta el techo. Sobre un atril, un libro grande abierto por la primera hoja útil. Arriba, en la esquina, un número a tinta: 41. Las anteriores estaban cortadas a ras del lomo, con cuchilla, muy limpias. El trámite de Elise.
Había una carpeta con mi apellido en el lomo. Dossier de la legataria. La saqué a medias y la volví a meter. Sé cómo se llama mi abuela.
Lo que buscaba estaba en una caja de latón, en la balda de abajo, envuelto en un paño.
Un pliego grande de papel grueso, en castellano, con una letra de escribano que me costó al principio y luego no.
Catorce de agosto de 1795. Las cláusulas eran seis y cabían en una cara.
Techo y llave a quien la titular admita.
Amparo bajo ese techo. Las casas vengan toda ofensa.
Un Marrero guarda el tablero. Los residentes cumplen las normas.
La casa guarda sus papeles y un registro de quién los consulta.
Debajo, las firmas. Un Bartolomé Marrero con mano de albañil. Tres rúbricas francesas, una de ellas larga, que yo ya había visto en un contrato de suministro. Y la última, sin título, con la misma letra antigua y sin adornos de mis facturas, de mi libro y de la carta del bar.
Álvar de Saavedra.
Lo leí en voz alta, bajito, para oír cómo sonaba. Era un nombre de otro siglo y le quedaba como un traje hecho a medida. Tengo el que hace falta, me había dicho. Y tenía otro, guardado en una caja de latón, que no usaba nadie. Cuarenta y un años llevaba Sal a su lado y lo llamaba señor.
Firmé mi consulta en la hoja cuarenta y uno. Fecha, hora, «titular» donde pedía el número de llave, pacto original. Fui la primera línea del libro.
Bajé con una cosa que no tenía por la mañana: una palabra que le pertenecía y que yo podía decir cuando quisiera.
Tardé una semana en saber cómo. No quería gastarla en el patio, delante de Dani, ni en administración, donde él elegía quedarse en la puerta.
La quería en un sitio donde no pudiera dar las buenas noches y marcharse.
Y el único rato del día en que aquel hombre hacía algo que no podía dejar a medias era a las dos y diez.
El lunes siete de diciembre, a las dos y diez de la madrugada, me senté en el último peldaño de la escalera principal con la libreta en las rodillas y la luz apagada.
No lo vi. Lo oí, que es como se aprende una casa.
El portón, dos vueltas de llave que no abrían nada, solo comprobaban.
Los pasos hacia la cocina. Los dos cerrojos del callejón.
La palanca de la cámara. El patio: ahí se perdía, porque en las losas no hacía ruido, y volvía a aparecer en la madera de la escalera de servicio.
El entresuelo. Después la galería de la primera, puerta por puerta, de la 11 a la 18, con una parada delante de cada una que duraba lo que tarda en oírse si alguien respira.
La segunda, más rápido. La tercera. Mi pasillo. La azotea.
Apunté las horas con la linterna del móvil tapada con la mano.
La segunda noche me puse en la galería de la segunda, para verlo pasar por debajo.
La tercera, en el patio, detrás de la fuente.
Era puntual como una nómina. A las dos y diez el portón, a las dos y veintiuno la primera puerta de la galería, a las dos y veintiséis la 14, a las dos y cuarenta mi pasillo.
Había una sola parada más larga que las otras, y no era en la planta de los residentes.
Era arriba, al otro lado de mi pasillo, delante de una puerta que algunas noches tenía a la dueña dentro y otras no.
La medí cinco veces. Un minuto y medio. En las noches en que yo estaba abajo espiándolo y la 31 estaba vacía, duraba lo mismo.
La undécima noche me quedé en mi cuarto, a oscuras, pegada a la madera. La misma hora. El mismo orden. La misma pausa, a cuatro pasos, sin tocar nada.
Cerré la libreta. Ya sabía dónde esperarlo.
En la galería de la primera, delante de la 14, a las dos y veintiséis, cuando tuviera media galería hecha y la otra media por hacer, y no pudiera irse sin dejar la ronda a medias.
Sal me había dicho que la señora de la 14 no soporta un ruido en la galería después de las doce.
Mejor. Delante de esa puerta, él no iba a levantar la voz.