La segunda mordida Capítulo 7. La casa del bayou
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Capítulo 7. La casa del bayou

La casa del bayou

Saavedra

Honorine Verret estaba sentada en mi sala cuando llegué, en el sillón que da la espalda a la chimenea, con los guantes sobre la rodilla y una lámpara encendida que yo no había encendido.

—Me he permitido entrar —dijo en francés—. Conozco la casa. Está levantada sobre los cimientos de la de mi padre.

Aparenta veintisiete años y lleva el pelo como en un retrato, recogido sin una horquilla a la vista.

Viste de gris desde que la conozco. Le contesté en castellano, como le contesto desde 1769.

Nos entendemos así, cada uno en lo suyo, sin que ninguno de los dos haya concedido nunca la lengua del otro.

—Lo sé, señora. Compré los cimientos con la tierra.

—Los compró su casa. Usted llevaba las cuentas. —Sonrió sin enseñar los dientes—. Siéntese, Saavedra. No me gusta que un hombre esté de pie en lo que cree que es suyo.

Me senté. Abernathy se había quedado en el coche, al final del camino de conchas, donde le dije.

En la galería había dos de los jóvenes de ella, quietos, de los que no pasan de cincuenta años y todavía creen que hay que vigilar las puertas mirando hacia fuera.

Yo había venido a esa casa todos los sábados de mi vida en esta ciudad.

Tiene seis cuartos, cuatro de ellos ciegos, un pozo, una galería que mira al agua y la única cama en la que he dormido un día entero sin oír a nadie al otro lado de un tabique.

Fuera del hotel, era lo único que yo tenía con un techo donde no entrase el sol.

Un hombre que debe todo lo que tiene a un solo techo es un hombre al que se puede sitiar. Lo aprendí en 1788, en una sola noche, con todos los míos dentro de la misma casa porque yo los había reunido allí. Desde entonces he tenido siempre dos puertas. Si una ardía, quedaba la otra.

Ella lo sabía. Por eso me había citado allí, por una tarjeta que llegó el viernes con el mismo mensajero que le llevó un contrato a la señorita Marrero.

—Anteanoche bebió usted de una viva —dijo—. Ayer amaneció, y la viva almorzó un filete. Hoy ha vuelto a amanecer. Me cuentan que ha bajado a su despacho con una camisa de cuello alto y que ha pasado la tarde con un fontanero.

—Le cuentan bien.

—Me lo cuenta su propia casa, que es lo que debería quitarle el sueño. No he tenido que preguntar.

Abernathy, o la 14. No me importó cuál. A una casa que ha visto a su antiguo incumplir el código no se le puede pedir silencio, y yo no lo había pedido.

—Quien bebe de un vivo, lo mata —dijo Honorine, despacio—. No lo escribimos porque no hizo falta. Usted se lo ha explicado a tres generaciones de jóvenes en esta ciudad. A los míos también, una vez, sin que yo se lo pidiera, y tuve que darle las gracias.

—Lo recuerdo.

—Entonces no necesita que yo le explique lo que es.

—No.

—¿Por qué paró?

—Había dos humanos en la puerta de la cámara. El conserje y la encargada.

—No le he preguntado quién había.

—Es lo que voy a contestarle.

Se quedó mirándome con esa paciencia suya.

Honorine nació en esta ciudad cuando todavía era una empalizada con un almacén del rey, y habla del verano en que O'Reilly desembarcó con sus regimientos como otros hablan de la semana pasada.

Para ella no ha pasado. Su hermano sigue sin volver de aquel proceso, y los bienes de su padre, la tierra del bayou, los dos solares del río, el de la calle Dumaine, siguen saliendo a subasta un martes por la mañana, y mi casa sigue pujando.

No le dije de quién desciende la heredera. Una Verret con ese apellido en la mano habría sabido demasiado deprisa qué hacer con él, y yo todavía no lo sabía.

—Necesito tiempo —dije.

—Ya lo sé. Si no lo necesitara, no habría venido. Habría mandado una corona. —Alisó un guante—. Dígame para qué.

—Es titular por testamento. Hay dos testigos de una agresión y una ley de los humanos que la llama así. Si muere esta semana, en un mes hay un juez dentro del pacto, leyéndolo. El de mi casa y el de las suyas.

—Bien. Le diré yo lo que veo. Veo a un hombre que lleva dos siglos y medio enseñando a los demás a no tocar a los vivos y que el jueves abrió la boca.

Veo que la mujer le ha plantado cara por una factura, que ha obligado a mi casa a firmar un contrato por primera vez desde que tengo memoria, y que a usted eso, en vez de ofenderlo, lo tiene despierto.

No me diga que no. No me lo diga, porque entonces tendría que mentir, y me quedaría sin la única cosa suya de la que me fío.

No lo dije.

—¿Qué clase de mujer es? —preguntó, casi con amabilidad.

—De las que cuentan.

—¿Cuentan qué?

—Lo que se les debe.

—Ah. —Lo guardó, como guarda todo—. Entonces le va a salir cara, Saavedra. Esas no perdonan los picos.

—Podría convocar a las casas mañana —siguió—. Las tres. Les bastaría con oír que ha amanecido dos veces. No lo voy a hacer, y no por usted. Lo voy a esperar porque tiene algo que yo quiero, y los muertos no firman.

Abrió el bolso. Sacó un pliego doblado en cuatro, con sello de notario y dos líneas en blanco al pie. No lo había mandado redactar esa semana: el papel tenía el borde amarillo. Lo llevaba hecho quién sabe desde cuándo, a falta de una fecha.

—La casa en la que estamos sentados —dijo—. La tierra, el pozo, la galería y los cuatro cuartos sin ventanas. Cesión plena. A cambio le doy una espera con día y hora.

—Dígalos.

—Esa mujer ha anunciado que abre el seis de enero.

A forasteros, con maletas. Veinte humanos dormidos bajo el mismo techo que un antiguo con hambre de una viva.

Las casas no van a responder de eso. —Dejó el pliego en la mesa baja, entre los dos, y lo giró para que yo pudiera leerlo—.

Tiene hasta que acabe esa noche. A las doce en punto, cuando el miércoles se haga jueves, o la cuenta está saldada o las tres casas retiran su reconocimiento a la Merced.

Sin ejecución. No voy a darle el gusto de morir por un principio.

Solo se quedará usted como lo que es: un hombre con una casa llena de gente y nadie que la vengue.

—El pacto lo escribió usted —añadió—. Yo solo lo firmé. Las cláusulas que redactó para protegerse son las que voy a leerle en enero.

Sé lo que cuesta mejor que ella, porque lo escribí yo.

Sin reconocimiento, quien ataque la Merced no responde ante nadie.

Cualquier casa puede reclamar a un residente que le deba obediencia.

Los dispensarios de Honorine dejan de servir.

Y los cazadores, que llevan dos siglos sin atreverse con una puerta que tres casas habían jurado vengar, lo sabrían antes de una semana.

Cincuenta y tres noches. Las conté mientras ella esperaba.

En cincuenta y tres noches podía saber quién había buscado a una Arriaga en Cádiz y por qué una abogada subía su genealogía a mi archivo.

Podía decidir con la cabeza lo que el jueves no decidí con nada.

Y si esa noche decía que no, Honorine convocaba a las casas el domingo, y el lunes yo tendría que subir a la tercera planta con una llave en la mano o dejar que subiera otro.

—¿Y si firmo y cumplo antes?

—Entonces habrá pagado usted una casa por unas semanas que no necesitaba. —Me miró con curiosidad verdadera—. No va a cumplir antes. Pero me gusta que lo pregunte.

Leí el pliego entero. Estaba bien hecho.

Cedía la finca, las construcciones y el derecho de paso hasta el agua.

No decía nada de un plazo, ni del código, ni de una mujer: el precio se pagaba por escrito y lo comprado quedaba de palabra.

Entre nosotros siempre ha sido así. Ella no ha faltado nunca a una palabra dada delante de mí. A una firma, tampoco.

Saqué la pluma. Mi padre firmó su ruina de pie, en un mostrador de Medina del Campo, con una pluma prestada y delante de gente.

Yo firmé sentado, con la mía y ante una sola testigo.

Fue toda la diferencia. En la línea del cedente escribí mi apellido, sin nombre, como firmo todo. La fecha la puso ella.

Guardó el pliego en el bolso con el cuidado de alguien que ha esperado mucho para tener una cosa pequeña.

—Doscientos cincuenta y siete años —dijo, ya en pie—. Mi padre plantó ese roble de la entrada. Voy a mandar que lo poden.

—Le sobra la rama que da al camino.

—Lo sé. La veo cada vez que paso.

En la puerta se puso los guantes. Los dos jóvenes se despegaron de la baranda.

—Una cosa más, por si le sirve. Yo en su lugar no esperaría a enero. Cuanto más tarde, más le va a costar, y no hablo de casas. —Bajó un escalón—. Deje las llaves al conserje. Mandaré por ellas el lunes.

Cuando se fue apagué la lámpara que ella había encendido.

Recorrí los seis cuartos. Probé la puerta del pozo, las dos de la galería, los postigos de los cuartos ciegos, que no se han abierto en mi tiempo.

Es una costumbre, y las costumbres no leen escrituras.

No me llevé nada. Lo que me importa está en el entresuelo.

Abernathy condujo sin hablar. Había visto salir a Honorine con el bolso bajo el brazo y no necesitaba más.

—Ha comprado tiempo, señor.

—Sí.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que la señorita Marrero abra el hotel.

—Entonces lo abre ella y lo cierra ella. —Frenó en Esplanade—. Yo se lo habría resuelto el viernes por lo que cuesta un saco de cal.

—Lo sé, Abernathy. Por eso no se lo pedí.

Entré por el portón a las once. Desde el zaguán se oía la casa entera: la radio de la 14, el lavavajillas de la cocina, un grifo en la segunda.

Ben me esperaba en el patio, junto a la medianera, con las manos en los bolsillos del mono. No trabajaba.

—¿Puedo preguntarle una cosa, señor Saavedra?

—Pregunte.

—Madame Verret. Las casas. Ahora que están mirando hacia aquí. —Bajó la voz, aunque Naomi dormía encima del taller y no había nadie más despierto en esa ala—. ¿Saben lo nuestro?

Lo suyo. Once años, en un cuarto que yo mandé forrar de corcho. Si las casas llegaran a saberlo, para él no habría plazo ni pliego. Para mí, tampoco.

—No lo saben.

—¿Seguro?

—Honorine me habría puesto otro precio. Miran a la tercera planta, señor Hébert. No al taller. Mientras yo tenga llave en esta casa, nadie va a saberlo por mí.

Soltó el aire. Me dio las gracias como me las da siempre, tocándose la frente con dos dedos, y subió con Naomi.

Dejé el llavero del bayou sobre el mostrador, delante de Sal. Cinco llaves y la del pozo.

—Vendrá un mensajero de la casa Verret el lunes. Entrégueselo.

Sal miró las llaves. Las ha visto en mi mano todos los sábados durante cuarenta y un años.

—¿Todas, señor?

—Todas.

No preguntó qué había comprado con ellas. Miró hacia arriba, al hueco de la escalera, y luego me miró a mí, y metió el llavero en un sobre, y lo dobló con más cuidado del que merecía un sobre.

A las dos y diez hice la ronda. En la cámara, llena, seguía el albarán de Gentilly pegado al cristal. En la medianera tenía razón la señorita Marrero: esa hiedra aguanta a un hombre. En la tercera me detuve donde había prometido, al otro lado del pasillo, a cuatro pasos de la 31.

El cerrojo estaba echado. Dormía en la cama esta vez: la respiración venía de más arriba que la noche del jueves, y más lenta. No toqué la puerta. Me quedé oyéndola respirar más de lo que hace falta para saber si un cierre aguanta.

Hasta esa noche yo había tenido dos puertas en esta ciudad. Me quedaba una, y la llave de esa podía pedírmela con tres palabras la mujer que dormía detrás del cerrojo.

Seguí hacia la azotea.