La segunda mordida Capítulo 6. La llave uno
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Capítulo 6. La llave uno

La llave uno

Zoe

Me desperté en el suelo a las doce y veinte, con la mejilla contra la alfombra y el cerrojo echado. Había dormido doce horas sin moverme. Tenía la boca seca y las piernas de otra.

Lo primero que hice fue mirar la puerta. Lo segundo, tocarme el cuello.

La gasa se había pegado. Me la quité delante del espejo del baño, despacio.

Dos puntos oscuros, más pequeños de lo que esperaba, a un dedo de distancia uno del otro, y alrededor un morado amarillento que ya había empezado a bajar.

No sangraban. No parecían una herida de anoche.

Parecían una cosa que llevara ahí un mes.

Me apoyé en el lavabo. Me acordaba de todo.

De la nevera en la espalda, de mis manos empujando, del ruido que hice.

Y de lo otro, que vino sin que lo llamara, mientras me miraba los dos puntos: el momento en que dejó de doler.

Se me calentó la cara. Abrí el grifo del agua fría y metí las muñecas debajo hasta que se me pasó.

Una cosa era lo que él me había hecho y otra lo que mi cuerpo había hecho con eso. Lo primero se lo iba a cobrar. Lo segundo no se lo iba a contar a nadie.

Llamaron. Tres golpes rápidos.

—Soy yo —dijo Dani—. Llevo viniendo cada hora. Si no abres, tiro la puerta.

Le abrí. Traía una bandeja con un filete, espinacas, zumo de naranja y un hierro en pastillas de la farmacia de la esquina. No había dormido. Tenía el pelo sujeto con dos bolígrafos.

—Come. Luego hablamos.

Comí sentada, por una vez. Ella se quedó de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirándome masticar como si me fuera a escapar.

—A ver —dijo cuando acabé el filete—. Te lo explico por si en España es distinto.

Aquí hay una ley. Pueden beber de una persona si esa persona es mayor de edad y ha firmado un consentimiento.

Con testigo, con fecha. Todo lo demás es una agresión, igual que si te hubiera partido la cara.

Tú no firmaste nada. Lo vimos Sal y yo. Llamo, viene una patrulla, te hacen fotos del cuello y se lo llevan de noche en un furgón sin ventanas.

—¿Y después?

—Después hay un juicio. Y gana quien tiene razón, que eres tú.

—Después del juicio.

Se lo pensó.

—Después no sé. Nunca he visto que denuncien a uno de los antiguos.

—Yo sí sé. Después tengo un hotel con un precinto en el portón el mes en que tengo que abrir.

Un acreedor en una celda con cuatrocientos doce mil dólares en pagarés y un abogado mejor que el mío.

Tres proveedores suyos que dejan de servirme el mismo día.

Y siete residentes con contrato hasta marzo que me miran como a la que entregó a uno de ellos a la policía.

—Zoe. Te mordió.

—Ya lo sé. Estaba allí.

—¿Y lo vas a dejar así?

—No he dicho eso. He dicho que no voy a llamar hoy. La denuncia no caduca esta tarde.

Dani descruzó los brazos. Estaba enfadada, y no conmigo del todo.

—Pues que sepas dos cosas. Una: si alguna vez viene la policía y me pregunta, yo cuento lo que vi. No miento por él ni por ti ni por el sueldo. —Esperó a que yo asintiera—. Y dos: yo no hago noches en esta casa. Nunca las he hecho. Ahora menos.

—Me parece justo.

—Tienen una costumbre —dijo, ya en la puerta, como si le costara dejarme sin nada—. Nunca la misma garganta dos veces. Los jóvenes cambian de donante cada vez. No me preguntes por qué, lo dicen así, como un refrán. Así que por lo menos de ti no vuelve a beber. Algo es algo.

Algo era algo.

Cuando se fue me quedé mirando la maleta, que seguía a medio deshacer junto al armario.

Esa era la tercera cosa que podía hacer, y Dani no la había dicho por educación.

Nadie me había obligado a venir. Tenía un billete de vuelta sin fecha y una madre con un cuarto libre.

Abrí el neceser para buscar un ibuprofeno y lo primero que toqué fue la llave del Urrutia.

Ya me había ido una vez de una casa que había levantado yo, con una llave que no era mía en el bolso y la cabeza alta. No pensaba hacer colección.

Me puse una camisa con cuello y bajé agarrada al pasamanos. Las ocho puertas de la primera estaban cerradas, y me pareció que detrás de todas había alguien quieto.

En administración, encima del libro de tapas negras, estaba el contrato de Gentilly.

Yo lo había soltado en el suelo de la cámara.

Alguien lo había recogido y lo había doblado en tres, con los bordes igualados.

Sal dobla en cuatro. Así había doblado otro hombre, delante de esa misma mesa, su copia de ocho recibos.

No supe si era una disculpa o un recado. Lo guardé en la carpeta de proveedores, que es donde va un contrato.

A las doce en punto había llegado el furgón de Gentilly. Naomi había firmado el albarán por mí. Me enseñó la cámara llena, cuarenta bolsas con su lote, y luego me miró el cuello de la camisa sin disimular.

—Hígado esta noche —dijo—. Y mañana. No me discuta.

—No te discuto.

—Y eso —señaló con la barbilla—, tápeselo o no se lo tape, pero que lo decida usted. No ellos.

Lo dijo mirando la escalera de servicio.

A las cuatro vino un mensajero de uniforme gris con un sobre de papel grueso.

Dentro había un contrato de suministro en seis folios, con cantidades, precio por unidad, número de licencia y un anexo con los lotes del año, entrega por entrega.

Todo lo que yo había pedido el lunes y me habían negado el martes.

Firmaba Honorine Verret, con una rúbrica larga, y había una tarjeta prendida con un alfiler.

«Lamento el incidente de anoche. La casa Verret no abandona a la Merced en una hora así. H. V.».

La leí tres veces. La mujer que me había cortado el suministro por pedirle un albarán sabía a las cuatro de la tarde lo que había pasado en mi cocina a las once y media de la noche. Y en vez de mantener el castigo, me mandaba los papeles con un lazo.

Firmé. Dos proveedores, los dos con contrato. Había ganado lo que quería el lunes y me había costado dos agujeros en el cuello.

Me dormí sentada, con la frente encima del contrato, diez minutos que me supieron a una noche. Me despertó la gorra de Sal contra el mostrador.

Había llegado a las cinco, cinco horas antes de su turno, con la chaqueta buena. Había colgado su llave y estaba de pie al otro lado, con la gorra en la mano, como quien viene a dar un pésame.

—He venido a leerle una cosa, Miss Zoe. Anoche no era momento.

Detrás del tablero, en un marco estrecho que yo había tomado por un plano de evacuación, había una hoja escrita a mano con tinta marrón. Cuatro párrafos. Sal no la descolgó. Se la sabía.

—Norma tercera. No se bebe bajo este techo de quien trabaja o duerme en la casa. —Hizo una pausa—. Quien lo haga pierde la llave.

—¿Quién se la quita?

—La titular. Delante de un testigo. La pide, y él la tiene que entregar. Si la entrega, deja de ser residente y sale esa noche. —Dio una vuelta a la gorra—. Usted es la titular desde julio. Yo soy testigo. Dani también, y le va a decir que sí antes de que usted acabe la pregunta.

—¿Y él la entregaría?

—La norma la hace cumplir él. Hace nueve años le quitó la llave a un muchacho de la 16 por morder a una limpiadora. Lo acompañó hasta el portón. —Me miró—. La entregaría.

—¿Y adónde iría?

—Tiene la otra casa, la del bayou. Techo no le faltaría. Le faltaría esta.

—¿Tú quieres que se la pida?

Tardó. Fuera, Dani abría los postigos.

—Yo quiero que esta casa siga abierta el año que viene. Con él no sé si se puede. Sin él tampoco. —Se puso la gorra—. No me pregunte a mí, Miss Zoe. Yo le leo la norma. La llave es suya.

Me dejó sola delante del tablero.

El gancho del uno estaba vacío, como siempre.

Un clavo de latón con el número grabado, más gastado que los otros de tanto no usarse.

La llave no estaba ahí. Estaba en un bolsillo, en el entresuelo, y bastaba una frase mía para que cambiara de mano.

Dame la llave. Tres palabras, con Sal delante.

Él bajaría, la pondría en el mostrador y cruzaría el zaguán con lo puesto, y yo me quedaría con una casa sin proveedores y sin el hombre que conoce cada cierre.

Y por primera vez desde que llegué tenía algo suyo que no era un papel.

Podía echarlo. Lo sabía yo, lo sabía Sal y a esa hora lo sabía él.

Si pedía la llave esa tarde, lo gastaba.

Si no la pedía, lo seguía teniendo mañana, y pasado, cada vez que me cruzara con él en el patio.

Me gustó pensarlo. Me gustó más de lo que debe gustarle a una persona decente el día después de que le abran el cuello.

Para entonces la casa se había despertado.

Mr. Abernathy cruzó el zaguán con su paraguas y se detuvo al verme detrás del mostrador.

Me miró el cuello de la camisa y después la cara, con la extrañeza de un contable al que no le cuadra un asiento que ha repasado tres veces.

No me dio las buenas tardes. Kip bajaba detrás, con la funda de la trompeta, y levantó una mano.

—Me alegro de verte —dijo, como se le dice a alguien que sale de un hospital.

Entré en administración y abrí el libro por su página. Cuarenta y un mil dólares, una firma. Debajo quedaba mucho papel en blanco. Estuve un rato con el bolígrafo de la ferretería encima de la línea siguiente. No supe qué cifra poner. Cerré el libro sin escribir nada.

No pedí la llave.

Apareció cuando la luz del patio se puso azul. No lo oí llegar: levanté la vista y estaba en la puerta de administración, fuera, sin cruzar el umbral. Camisa limpia. Las manos a la vista. Tenía mejor color que yo, y supe de dónde lo había sacado.

La silla de las visitas estaba en su sitio. No se la ofrecí y no entró a buscarla.

—Señorita Marrero.

No contesté. Me subí un poco el cuello de la camisa, y me dio rabia haberlo hecho delante de él.

—Lo de anoche no fue premeditado.

No dijo lo siento. Me dio un dato.

—Eso ya lo sé —dije—. Te vi la cara. Nadie pone esa cara por algo que tenía pensado.

Bajó los ojos un momento, a la mesa, al libro cerrado.

—Podía haberte denunciado esta mañana. Tengo dos testigos y una ley. No lo he hecho. Podía haberte pedido la llave hace media hora, con Sal delante. Tampoco. No te voy a decir por qué, y no es porque te lo haya perdonado.

—No se lo he preguntado.

—Ya. Tú no preguntas. Tú te enteras. —Me levanté. Me costó, y no lo disimulé—. Esta noche, cuando subas a la tercera, mi puerta no se toca.

—Compruebo todos los cierres de la casa.

—El mío lo compruebas desde el otro lado del pasillo. Con los ojos.

Tardó lo que se tarda en aceptar una cláusula que no se ha redactado uno.

—Desde el otro lado del pasillo —dijo.

—Y ahora pregunto yo. Anoche paraste. Sal no sabe por qué, y Sal lleva cuarenta y un años mirándote. Lo de anoche no estaba pensado, de acuerdo. ¿Qué más no me estás diciendo?

Se quedó quieto, pero no como en la cámara.

No contestó.

Me miró la camisa, el sitio exacto, a través de la tela. Luego inclinó la cabeza, muy poco, como se saluda a alguien a quien se le debe algo, y se fue por el patio hacia la cocina.

Me quedé de pie, agarrada al borde de la mesa. Luego saqué la libreta y apunté, con la fecha: hay algo.