Capítulo 5. Folios catorce a diecinueve
Folios catorce a diecinueve
Saavedra
A las doce y media estaba en el pasillo de la tercera planta, a dos pasos de la puerta de la señorita Marrero, y todavía tenía su sangre en el dorso de la mano.
Había echado el cerrojo. Lo supe sin tocar la puerta, por el ruido que hace el hierro contra la madera hinchada cuando alguien lo empuja con prisa y lo deja a medias.
Estaba sentada en el suelo, no en la cama: la respiración le salía a la altura de mis rodillas.
Respiraba corto, como respira quien vigila, y de vez en cuando se le alargaba una y la cortaba. Se estaba durmiendo y no quería.
El código de los antiguos cabe en una frase y no la escribió nadie.
Quien bebe de un vivo, lo mata. El que bebe de la garganta de un vivo se queda con hambre de esa garganta, de esa y de ninguna otra, y esa hambre no se le quita con bolsas ni con años.
Se le quita cuando el vivo muere. Si no lo mata y vuelve a beber de él, ya no puede alimentarse de nadie más mientras ese vivo respire, y entonces cualquiera que quiera gobernar al antiguo solo tiene que poner la mano sobre una persona.
Las casas no quieren antiguos con dueño.
Por eso los jóvenes cambian de garganta cada vez y nosotros no bebemos de ninguna.
Yo no bebía de ninguna desde diciembre de 1787.
El plazo es el alba. En noviembre amanece a las seis y veinticinco. Tenía casi seis horas, una llave que abre todas las puertas de la casa y, al otro lado de aquella, una mujer que no habría podido levantarse.
No había subido a matarla. Había subido a saber qué había mordido.
En la cámara quise asustarla. No era la primera vez que ponía la boca en un cuello para que alguien entendiera con quién hablaba: lo hice con un armador en 1803 y con un concejal en 1911, y los dos entendieron sin que yo tuviera que cerrar los dientes.
Ella no entendió. Dijo que no le daba miedo, con la voz entera, y no se apartó.
Lo que pasó después no lo decidí, y lo hice yo.
Llevaba tres noches sin alimento por una decisión mía.
Paré por el sabor.
No me dijo un nombre. La sangre no dice nombres.
Me devolvió un sitio: un almacén junto al río, en diciembre, con olor a brea y a cáñamo mojado, y la certeza de haber cometido ya ese mismo error con otra mujer que tampoco se apartó.
Doscientos treinta y nueve años de sangre comprada no saben a nada.
Aquello sabía a aquello. Levanté la cabeza para verle la cara y era la cara de una desconocida, una mujer de Cádiz con el pelo oscuro y una libreta, que no se parecía a nadie.
Bajé por la escalera principal para no pasar por la cocina.
Sal estaba en el mostrador, de pie. Había fregado el suelo de la cámara; se le notaba en las mangas. No me saludó.
—Miss Zoe tiene el cerrojo echado —dijo.
—Lo sé.
—Son casi las dos.
—A las dos y diez haré la ronda, señor Mancuso. Como todas las noches.
—¿La de arriba también?
—El cierre de arriba también.
Me sostuvo la mirada más de lo que me la ha sostenido en cuarenta y un años.
Sal conoce el código como se conocen en una casa las cosas que nadie explica: por lo que deja de decirse cuando uno entra.
No me preguntó qué iba a hacer. Miró la campana, y luego me miró a mí, de modo que yo supiera que la había mirado.
Hice la ronda. Es lo que hago a las dos y diez desde que esta casa tiene puertas.
El portón, con sus dos vueltas. La puerta de servicio, con los dos cerrojos.
En la cocina, la cámara cerrada y el suelo húmedo.
Junto al zócalo, donde la fregona no había llegado, seguía su contrato de Gentilly.
Lo había resuelto sin mí. Doblé las dos hojas y las dejé en su mesa de administración, encima del libro de tapas negras.
El patio, la medianera. El entresuelo. La primera planta, donde nadie dormía: la 12 con la luz encendida, la 14 con la radio muy baja, la 17 en silencio y con alguien de pie detrás de la puerta.
La segunda, vacía. En la tercera probé el trastero, el cuarto de Sal, el otro trastero, y me detuve delante de la 31.
Dormía. Seguía en el suelo. La respiración era larga y pesada, de las que deja una pérdida de sangre, y debajo estaba el pulso, más rápido que el de las dos noches anteriores. Lo conocía ya. Llevaba diez noches oyéndolo a través de esa puerta sin haberme propuesto aprenderlo.
El hambre de las tres noches se había ido. Había tomado mucho. Un cuerpo sabe lo que ha tomado. Lo que tenía ahora era otra cosa, y la reconocí porque ya la había llevado encima cuarenta y tres años. Las bolsas me sostendrían como antes. No me la quitarían.
Subí a la azotea, comprobé los muretes y bajé al archivo.
El archivo de la Merced es un cuarto sin ventanas, entre mis habitaciones y el ropero, con una mesa, una lámpara y el libro de registro abierto sobre un atril.
La norma cuarta dice que toda consulta se firma: fecha, hora, número de llave, documento y folios.
La pedí yo en 1795, porque en la casa anterior alguien leyó lo que no debía y nunca supimos quién.
La he cumplido siempre. Desde julio, cada semana, la albacea sube, arranca las hojas firmadas y se las lleva para su inventario.
No me ha gustado nunca, y no hay nada que yo haya firmado que me importe que lea.
El dossier de la heredera estaba donde lo dejé en agosto.
Lo conocía. Nueve folios: el testamento, la rama de los Marrero de Tenerife hasta un camarero de Cádiz muerto en 2019, y el historial de su hija.
Treinta y un años. Diez en hoteles. Subdirectora de una casa de Madrid que cambió de dueño en febrero.
De esos nueve folios yo había sacado una conclusión, que vendería, y la había sacado mal.
Detrás del folio nueve había ahora un anexo.
No estaba en agosto. Treinta y tres folios, del diez al cuarenta y dos, con sello de depósito del martes y la firma de la abogada.
Informe genealógico completo de la legataria, para el expediente de posesión.
Alguien había subido eso a mi archivo dos días antes de que yo mordiera a su clienta, y yo no había mirado.
La rama del padre ocupaba cuatro folios y no decía nada nuevo. La de la madre empezaba en el catorce.
Pilar Tejada, costurera, nacida en Cádiz en 1963.
Su madre. La madre de su madre. Leí hacia atrás, generación por generación, partidas de bautismo, un padrón, dos testamentos de gente sin nada que dejar.
Todas en Cádiz, todas en las mismas cuatro calles.
Los apellidos cambiaban cada vez que la línea pasaba por una mujer.
En el folio diecisiete cambiaron por última vez.
Catalina Arriaga, natural de Cádiz, 1762. Hija de Esteban Arriaga, cirujano del ejército, destinado en la Luisiana desde 1779. Casada en Cádiz en 1791. Muerta en 1831.
No necesité los folios dieciocho y diecinueve. Los leí porque no dejo un documento a medias.
Sé cuándo murió Catalina Arriaga sin que me lo diga un papel.
Lo supe una mañana de 1831, en esta misma casa, cuando un hambre que había durado cuarenta y tres años se me quitó de golpe, a medio subir una escalera, y tuve que sentarme.
Era una espía de veinticinco años, con un recado de su padre cosido en el dobladillo, a la que sorprendí en mi almacén, a la que mordí sin haberlo decidido y a la que dejé viva porque viva me servía para saber quiénes la mandaban.
La tuve allí, entre fardos, con una manta y un candil, y le permití escribir a su casa para leer lo que contestaban.
Me sirvió tres meses. Después abrió una puerta, y por esa puerta entraron los suyos el Viernes Santo de 1788 y mataron a los cuatro que yo tenía.
Aquella vez también me dije que viva me servía.
Cogí la pluma. En la primera línea libre de la hoja treinta y ocho escribí la fecha, trece de noviembre.
La hora, las tres y cuarenta. Llave uno.
Dossier Marrero, versión tercera, folios catorce a diecinueve.
Firmé. La abogada arrancaría esa hoja la semana siguiente, con las demás, y leería que el residente más antiguo había consultado la genealogía de la heredera la noche en que la mordió.
No me pareció que le dijera gran cosa. Un registro prueba que alguien abrió una carpeta. No prueba qué entendió.
Lo que no sabía era lo otro. Quién había reunido aquel informe. Por qué una abogada de sucesiones necesitaba seis generaciones de costureras gaditanas para que un juez firmase una posesión. Si la mujer del suelo de la 31 sabía de quién descendía, y si había venido a mi casa sabiéndolo.
Subí a las cuatro y media con la llave maestra de la ronda en la mano.
Es una llave pequeña, de paletón doble, que abre todas las puertas de la casa. Un cerrojo echado desde dentro no la detiene: detiene la puerta, y la puerta de la 31 se hincha con la humedad y cede de abajo. Lo sabe el carpintero y lo sé yo. Habría tardado menos que en escribirlo.
Tenía tres razones para no abrir, y las repasé delante de su puerta.
La primera era la ley de los otros. Dos empleados humanos me habían visto morder a la propietaria.
Si aparecía muerta al amanecer, a mediodía habría policía en el zaguán, y en un mes la casa estaría cerrada por un juez.
El código no dice nada de testigos porque se pensó para un tiempo en que no los había.
La segunda era la abogada. Una Arriaga no hereda la Merced por casualidad a los doscientos treinta y ocho años de que otra Arriaga me costara cuatro muertos.
Alguien la había buscado, la había encontrado y me la había puesto debajo del techo, y esa mujer, viva, era el único hilo que yo tenía para llegar a quien fuese. Muerta no me decía nada.
La tercera no la conté como razón. En diez días la había visto tres veces y la había oído todas las noches.
Sabía que come de pie. Que cuenta dos veces lo que ya ha contado, y una tercera delante de quien tiene que esperar.
Que cuando me ganó cuarenta y un mil dólares no levantó la vista para comprobar si me iba, y la gente que acaba de ganarme algo suele mirar.
Llegué a apoyar el paletón en la boca de la cerradura. Me quedé así hasta que el pulso de dentro se hizo más lento. No abrí.
Guardé la llave.
A las seis bajé al zaguán. Sal había cerrado ya los postigos y no estaba; era la primera vez en años que se iba sin darme las buenas noches.
Me esperaba Abernathy, con el chaleco abrochado y las llaves del coche en la mano, en el sitio exacto donde se pone cuando quiere que yo sepa que ha pensado en todo.
—¿Preparo el coche, señor?
No preguntó para qué. Sabía cuánto pesa una persona y cuánto se tarda hasta el bayou con el cielo todavía gris.
—No.
Tardó en guardarse las llaves. Abernathy lleva mis cuentas desde 1921 y nunca me ha discutido una cifra.
—Son las seis y diez, señor.
—Sé qué hora es.
—Entonces a las siete lo sabrá la señora Villavaso. Y antes de la noche, las casas.
—Lo sabrán.
Subió a la 12 sin hacer ruido en la escalera, que es su manera de reprobar. Yo me quedé en el zaguán hasta que la luz empezó a entrar por debajo del portón. Arriba, tres plantas más arriba, ella seguía respirando.