Capítulo 4. La cámara fría
La cámara fría
Zoe
El lunes a las nueve llamé a Dispensarios Verret. Me atendió un hombre de voz suave que me llamó «señorita Marrero» antes de que yo dijera mi nombre.
—Necesito un contrato de suministro —dije—. Con cantidades, precio por unidad, licencia del dispensario y lote de cada entrega. Y el desglose de lo facturado este año.
—La casa Verret sirve a la Merced desde antes de que hubiera facturas, señorita.
—Me lo imagino. El seis de enero tengo huéspedes. Mi seguro no me cubre una cámara con producto sin trazar, y un inspector tampoco me la va a pasar. No es desconfianza. Es papel.
—Trasladaré su petición a madame Verret.
—Traslade también que la factura de noviembre se paga el día que llegue el contrato. Ni uno antes.
Hubo un silencio educado.
—Se lo trasladaré con esas palabras.
No me gustó cómo dijo «con esas palabras».
Colgué y busqué en el registro de licencias cuántos dispensarios había en la ciudad.
Cinco. Cuatro tenían el mismo domicilio social.
El quinto estaba en Gentilly y lo llevaba una mujer con voz de fumadora que me dijo que ella servía a cualquiera que pagara por adelantado, que era más cara que los otros y que no tenía mucho.
—¿Cuánto es no mucho?
—Lo que tengo hoy no se lo puedo prometer para el viernes. Abra cuenta, pague el primer pedido y la pongo en la lista.
Abrí la cuenta. Pedí cuarenta bolsas, para cubrirme si Verret se ponía digna, y le mandé a la abogada la orden de pago para que la firmara. Eran las diez de la mañana. Estaba bastante satisfecha.
El viernes anterior Naomi había llegado con el contrato de la casa de Tremé firmado y un bizcocho.
Esa mañana seguía cantando en la cocina.
El domingo yo había hablado con mi madre, que quería saber si en América se comía y si la casa era grande.
Le dije que sí a las dos cosas, y que dormía de maravilla. Fue una semana buena hasta el martes.
El martes por la mañana vino la abogada. Entró por el zaguán con una carpeta gruesa bajo el brazo, me dio dos besos y subió al archivo por la escalera de servicio con una soltura de cuatro meses.
—Papeles para el juez —me dijo al bajar—. Tu parentesco completo, por padre y por madre, con sus partidas. Así el uno de diciembre nadie puede discutir que eres quien eres.
—¿Y mi orden de pago?
—En mi mesa. Hoy sale.
A mediodía Naomi entró en administración limpiándose las manos en el delantal, sin cantar.
—No ha venido el furgón. Viene a las ocho. Siempre. Son las doce.
Llamé. El hombre de la voz suave ya no me llamó señorita.
—Madame Verret ha dispuesto que se suspendan las entregas a la Merced hasta que se regularice el pago.
—El pago se regulariza con un contrato.
—Madame Verret no firma contratos con sus casas. Buenos días.
Con sus casas. Me quedé con el teléfono en la mano. En la cámara quedaban seis bolsas. Naomi las miraba como yo habría mirado una caja con el dinero justo para un día.
—¿Quién es esa mujer? —le pregunté a Sal esa noche.
—No es una tienda, Miss Zoe. —Colgó su llave despacio—. Es la que habla por las casas de los antiguos. Los dispensarios son suyos, cuatro de cinco. Lleva dos siglos sirviendo a esta casa y nadie le había pedido un papel.
—Pues ya iba siendo hora.
—Puede. —No me dio la razón. Tampoco miró al entresuelo, y se lo agradecí—. Pero a ella no se le pide. Se le agradece.
Orgullo, pensé. Una proveedora con dos siglos de monopolio a la que una extranjera le reclama albaranes. Lo había visto con un distribuidor de vinos de Chamberí y se le pasó en una semana.
La orden de pago no salió ese día. El miércoles llamé a la abogada dos veces. Estaba en el juzgado. Después, el banco pedía un poder que ella tenía que localizar. Me pidió perdón de una manera que daba gusto oír. Yo sabía lo que era un banco.
El miércoles a media tarde la nevera de cristal estaba vacía, y la casa había cambiado de ruido. Menos puertas. La radio de la 14, apagada. Al anochecer Kip estaba otra vez en la barandilla, sin la trompeta, con la cara gris de alguien que se ha saltado una comida y no quiere que se le note.
—¿Es por mí? —le pregunté.
—Es por un papel, me han dicho. —Intentó reírse—. No pasa nada. Hoy ha habido.
—Hoy no había.
—Hoy ha habido.
Bajé a que Sal me lo explicara.
—El señor Saavedra ha mandado a Ben a Gentilly en cuanto se ha ido el sol, con dinero suyo.
Al contado. Cinco bolsas, todo lo que esa señora tenía en la nevera.
—Sal doblaba la chaqueta con más cuidado que de costumbre—.
Las ha repartido él, puerta por puerta, a los que peor estaban.
Ha guardado una abajo por si mañana alguien no aguanta.
Cinco para siete.
—¿Y para él?
—Para él no ha dejado. Lleva desde el lunes sin lo suyo, Miss Zoe. Anoche se sentó en ese banco. —Señaló el del zaguán—. En cuarenta y un años no lo había visto sentarse ahí.
Me apoyé en el mostrador. Esas cinco bolsas eran las que yo necesitaba para mi pedido. Me había dejado sin cobertura y había dado de comer a mi casa. No supe en qué columna apuntarlo.
El jueves a las cinco de la tarde llegó el correo de la abogada.
Orden firmada, pago hecho, mil perdones.
Tres días para una firma. A las cinco y diez la mujer de Gentilly me confirmó cuarenta bolsas para el viernes a mediodía, con su albarán, y me mandó el contrato en dos hojas.
Lo imprimí. Lo grapé. Lo guardé en el bolsillo de atrás del vaquero.
Un rato después, en cuanto Dani abrió los postigos, bajó a recepción una mujer que yo no había visto. Pequeña, de unos cincuenta años para quien no supiera mirar, con una rebeca de punto y los labios pintados. No se presentó.
—Usted es la que nos tiene a dieta.
—Zoe Marrero. ¿La 14?
—Sesenta y ocho años en la 14. Es la primera vez que cuento bolsas. —Me miró de arriba abajo, los vaqueros, la libreta—. Adelaide era una inútil con los números, pero el martes había furgón.
—Mañana a las doce hay entrega. Con contrato.
—Mañana a las doce yo estoy detrás de un postigo, niña. Hoy es hoy. —Se dio la vuelta y, ya en la escalera, añadió sin girarse—: Y el otro, repartiendo como un santo. No se fíe usted de los santos. Yo sé lo que cobran.
No supe si me había insultado a mí o a él. Creo que a los dos.
A las once y media de la noche bajé a la cámara a contar lo que quedaba para esa noche, porque de esa noche todavía respondía yo.
Dani se había quedado a terminar el inventario de la barra para la licencia. La oía mover botellas al otro lado del patio. Sal estaba en el mostrador. La cocina, apagada, con la luz verde de la salida de emergencia.
Abrí la palanca. El frío me cogió por los tobillos. En la nevera de cristal quedaba una bolsa.
Una, para siete.
No lo oí entrar en la cocina. Lo oí detrás de mí cuando la puerta de la cámara, que yo había dejado abierta, se movió sobre la bisagra.
—Señorita Marrero.
Estaba en el umbral. La misma camisa, sin doblar las mangas. No tenía peor cara que el jueves anterior, y eso fue lo que me engañó. Tenía una quietud distinta, la de alguien que economiza.
—La cocina está cerrada —dije.
—Mañana a primera hora va usted a pagar la factura de Verret. Entera, sin condiciones. Y va a llamar para decir que ha sido un malentendido.
—No pago una factura sin contrato.
—Hay siete personas en esta casa que llevan tres noches sin comer como deben.
—Ocho. Tú has regalado lo tuyo. —Vi que no esperaba que lo supiera—. Me lo ha contado Sal. Te lo agradezco, y no me pidas que te lo agradezca más, porque esas cinco bolsas salieron de la nevera que yo tenía apalabrada.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes. Lo sabes todo dos días antes que yo.
Entró. La cámara medía tres pasos de fondo y él dio uno. Yo tenía la nevera de cristal a la espalda y no me moví del sitio. Saqué el contrato del bolsillo, lo desdoblé y se lo puse delante.
—Gentilly. Cuarenta bolsas, mañana a las doce, con licencia y con lote. Pagado esta tarde. Dos proveedores, los dos con papeles. Si madame Verret quiere seguir sirviendo a esta casa, ya sabe lo que tiene que mandarme.
Lo leyó. Las dos hojas, de arriba abajo, sin prisa.
Esperé a que dijera «bien» y se fuera.
Dobló el contrato y me lo devolvió.
—No vuelva a tocar el suministro de esta casa.
—Es mi casa.
—Es su escritura. La casa es de quienes duermen en ella, y usted los ha tenido tres noches contando bolsas por una firma.
—La firma llegó hoy. Y las bolsas las habéis contado porque llevabais doscientos años comprando sin un papel. Eso no lo he hecho yo.
Dio el segundo paso.
No me tocó. Se quedó tan cerca que tuve que levantar la cara para seguir mirándolo, y no pensaba dejar de mirarlo. Olía a ropa limpia y a nada más. No se le oía respirar, y a esa distancia debería oírse.
—Le voy a enseñar una cosa —dijo, muy bajo, en un español sin prisa— para que la próxima vez que decida por ellos sepa qué está decidiendo.
Bajó la cabeza y me puso la boca en el cuello.
Solo la boca. Abierta, quieta, sobre el pulso. Lo había hecho antes: no buscó el sitio. Era lo mismo que la silla que yo había sacado al pasillo.
—No me das miedo —dije. Me salió la voz entera.
Era mentira a medias. No me aparté. En diez años no me había levantado de una mesa de negociación, y aquel me pareció mal momento para empezar.
Noté que se quedaba rígido. Un segundo en el que no pasó nada, y en ese segundo pensé que ya estaba, que iba a retirarse y que yo había ganado otra vez.
Mordió.
Dolió como duele un corte limpio, tarde.
Solté el contrato. Le puse las dos manos en el pecho y empujé, y fue como empujar la pared del patio.
La nevera se me clavó en la espalda. Oí un ruido mío que no conocía.
Y después, antes de que parase, dejó de doler.
Se me aflojaron las rodillas con un calor que me subió desde el cuello y que no había pedido.
—¡Zoe!
Dani, en la puerta de la cocina, con una botella en la mano. Detrás, Sal, que no corría desde hacía años y había corrido.
—Bajo este techo, no —dijo Sal. No gritó—. Señor Saavedra. Bajo este techo, no.
No fue Sal quien lo paró. Tampoco Dani, que ya venía hacia nosotros con la botella cogida por el cuello. Paró él, solo, de golpe, en mitad de un trago, como se para uno cuando oye su nombre en una habitación donde creía no conocer a nadie.
Levantó la cabeza. Tenía mi sangre en el labio. No me miraba el cuello. Me miraba la cara, despacio, la frente, la boca, como si me viera por primera vez y a la vez me conociera de antes. No había visto nunca a nadie tan asustado, y no era de Sal.
Me soltó. Yo no sabía que me tenía cogida hasta que dejó de sostenerme y me fui resbalando por el cristal hasta el suelo.
Retrocedió los dos pasos sin darme la espalda. En el umbral se llevó el dorso de la mano a la boca, se lo miró y cerró el puño. Pasó entre Sal y Dani, que se apartaron sin querer apartarse, y subió por la escalera de servicio. Esa vez sí se le oyó en la madera.
—Voy a llamar a la policía —dijo Dani. Estaba de rodillas a mi lado, con un trapo de cocina contra mi cuello—. Esto es una agresión, Zoe. Con la ley en la mano. Voy a llamar ahora mismo.
—Ahora no.
—¿Cómo que ahora no?
—Ahora no puedo pensar. —Tenía frío hasta en los dientes y una flojera de fiebre—. Mañana. Mañana decido yo.
Sal se agachó. Le costó. Me miró el cuello debajo del trapo y luego me miró a mí.
—¿Por qué ha parado? —le pregunté.
—No lo sé, Miss Zoe. —Era verdad, y le daba miedo—. No lo sé.
Me cogió en brazos. Un hombre de sesenta y seis años, tres pisos. Dani iba delante encendiendo luces. En la galería de la primera había puertas entreabiertas y nadie en ellas.
En la 31 me dejó sobre la cama y Dani me cambió el trapo por una gasa. Dos puntos, dijo. Limpios. No quise verlos.
—Me quedo —dijo ella.
—No. Idos los dos.
Esperé a oírlos bajar. Me levanté agarrándome al secreter, llegué a la puerta y eché el cerrojo por dentro.
Tenía sueño, un sueño de anestesia que me tiraba de los párpados, y el cuello me latía debajo de la gasa con un pulso que no era el mío de siempre. Me toqué. Me dolió, y debajo del dolor seguía, más flojo, aquel calor. Aparté la mano como si me hubieran visto.
A las dos y cuarenta iba a pasar por delante de esa puerta. Pasaba todas las noches.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la cama, mirándola.