La segunda mordida Capítulo 3. Según disponibilidad
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Capítulo 3. Según disponibilidad

Según disponibilidad

Zoe

Cuarenta y ocho mil. Mi interrogante de marzo.

—¿Quién ha dejado esto aquí? —le pregunté a Sal, que ya tenía la chaqueta puesta.

—Yo, Miss Zoe. Me los dio anoche para usted.

—¿Anoche a qué hora?

—A las once.

Seis horas después de que yo le dijera en el patio que la primera planta era para huéspedes. Había tenido los contratos todo el tiempo. Me había dejado hablar, me había contestado una frase y había esperado a que yo me fuera a dormir contenta.

Tendrá las habitaciones que pueda vender.

Leí los ocho, del primero al último, aunque eran iguales.

El octavo contrato igual es donde alguien ha cambiado una coma.

No había cambiado nada. Estaban bien hechos.

Duración, un año desde el uno de marzo. Renta, pagada.

Prórroga, a voluntad del arrendatario si no mediaba impago.

Uso, residencia de las personas que el arrendatario designara.

No había resquicio para sacar a nadie de su cuarto antes de marzo sin acabar delante de un juez, y un juez de Luisiana tardaba más que mi dinero.

Subí a la primera a ver lo que había perdido.

De día la galería era otra. Los postigos de la calle cerrados, las ocho puertas cerradas, la luz del patio entrando de lado.

Llamé a la 13 y a la 18, las dos que Dani había dicho que estaban cogidas.

No contestó nadie. Probé mis llaves. No abrían: alguien había cambiado los bombines.

Dos habitaciones con balcón, vacías, pagadas y cerradas para que yo no pudiera venderlas.

Se abrió la 12. El hombre del paraguas, sin paraguas, con chaleco y gafas de media luna.

—Los recibos están numerados —dijo, sin buenos días—. Los extendí yo. Si encuentra un error, me lo comunica por escrito.

—Mr. Abernathy.

—Señorita.

—¿También lleva usted las cuentas del señor Saavedra?

—Llevo lo que se me encarga. —Miró mi libreta como si fuera una falta de ortografía—. Miss Adelaide no subía a esta planta sin avisar.

—Miss Adelaide tenía mejores modales que yo.

Cerró. Me quedé un momento delante de la puerta, con la sangre en la cara, por las dos habitaciones vacías.

Las de la primera se venden en Carnaval a doscientos ochenta la noche.

Las de la segunda, sin balcón, a ciento noventa, y eso si conseguía agua.

Me había dejado sin la mitad buena de mi hotel meses antes de que yo supiera que tenía un hotel.

Volví a administración y leí los contratos por tercera vez. Ya no buscaba cómo romperlos. Buscaba cómo cobrarlos.

Estaba en la cláusula séptima. El arrendador prestará servicio de limpieza, ropa blanca y recepción según disponibilidad de la casa.

Según disponibilidad. Alguien había escrito eso pensando en una casa cerrada, con dos limpiadoras por horas y un conserje.

Seis mil al año por habitación era el precio de un techo.

Limpiar, cambiar sábanas y tener a una persona en el mostrador las veinticuatro horas, en un hotel abierto, con seguro de huéspedes, costaba otra cosa.

Hice la cuenta en el reverso de un recibo de aparcamiento de Adelaide.

Cuatrocientos veintisiete dólares más al mes por habitación. Por ocho, por doce.

Cuarenta y un mil dólares.

Pasé el resto del día esperándolo. No bajó, no subió, no cruzó el patio.

Mientras tanto hice lo que podía hacerse sin él. Subí a la segunda con Dani y fuimos destapando camas. Ocho habitaciones interiores, con ventana a la galería y un ventilador de techo cada una. La 26 tenía una gotera con cubo propio.

—A esa la llamamos Katrina —dijo Dani—. Lleva ahí desde entonces. No preguntes.

—¿Cuánto se pedía por estas en Carnaval?

—Ciento noventa. Y la gente protestaba.

Hice la cuenta en la pared, con el dedo, porque me había dejado la libreta abajo.

Ocho habitaciones, treinta y cinco noches, del seis de enero al Martes de Carnaval.

Cincuenta y tres mil dólares si las llenaba todas las noches, y nadie llena todas las noches.

Con la primera planta habría sido más del doble.

Con la segunda me daba para pagar la reapertura y llegar a marzo con la lengua fuera.

—Se venden estas —dije.

—¿Y los de abajo?

—Los de abajo se quedan donde están. Tienen contrato.

Dani me miró como si me hubiera rendido.

A las tres me escribió mi madre. Una foto de la máquina de coser con un tipo de comparsa a medio hacer, todo lentejuelas verdes, y debajo: «¿Duermes bien, hija?». Le contesté que como un tronco. Llevaba tres noches despierta a las dos y cuarenta.

A las cinco y cuarto Dani abrió los postigos y él tampoco apareció junto a la fuente. Le dejé recado con ella: a las ocho, en administración.

A las ocho menos diez saqué al pasillo la silla de las visitas.

Llegó a la hora. La misma camisa blanca, o una igual, y polvo claro en los zapatos. Se quedó de pie al otro lado de la mesa, entre la puerta y el archivador, donde la lámpara le daba a él en la cara y a mí no. Miró el sitio donde debía estar la silla. No dijo nada.

—Te he esperado todo el día.

—He pasado el día en la casa del bayou. He vuelto en cuanto he podido salir.

—Esto podías habérmelo dado ayer, en el patio.

—Ayer usted me comunicó una decisión. No me preguntó nada.

Era verdad, y era la clase de verdad que dan ganas de tirarle a alguien a la cabeza.

—Ayer te dije que la primera planta era para huéspedes.

—Lo dijo.

—Y hoy resulta que está alquilada hasta marzo.

—Los residentes tienen contrato. Puede vender la segunda.

Quité la goma. Conté los recibos uno a uno, despacio, y los fui poniendo boca abajo sobre la mesa. Ya los había contado por la mañana. Me gustó que tuviera que esperar. Eso no lo apunté.

—Están bien —dije—. Son legales y los voy a respetar.

—Se lo agradezco.

—No me lo agradezcas. Pagaste el precio de una casa cerrada. Desde el seis de enero esto es un hotel abierto, con servicio, seguro y directora. La diferencia son cuarenta y un mil dólares al año.

—El contrato no prevé revisión.

—El contrato prevé limpieza, ropa blanca y recepción «según disponibilidad». He mirado la disponibilidad. No hay.

Tardó un segundo de más. Fue la primera vez que lo vi leer algo que no había previsto, y lo leyó en mi cara, no en el papel. El papel se lo sabía.

Abrí el libro de cuentas por una página limpia. Era un libro de tapas negras que había comprado en Madrid para llevar lo mío, antes de saber que lo mío iba a ser esto. Escribí su apellido arriba. Debajo, la cifra. Le di la vuelta al libro y le puse el bolígrafo encima.

—Firma aquí, o tus residentes se hacen la cama solos.

No miró la cifra. Miró el bolígrafo, que era de propaganda de una ferretería de Vallecas, y lo cogió con dos dedos. Firmó con la misma letra de las facturas, antigua y sin adornos.

—Saavedra —leí—. ¿No tienes nombre?

—Tengo el que hace falta.

Recogió su copia de los recibos y la dobló en tres, sin prisa, como si la que hubiera perdido cuarenta y un mil dólares fuera yo. En la puerta se detuvo.

—La presión de la segunda se arregla desde la azotea. El señor Hébert sabe cómo.

Y se fue.

Me quedé mirando la firma. Tenía un deudor y ocho habitaciones sin balcón.

Volví a meter la silla.

Ben estaba en el taller, al otro lado del patio, cepillando un tablero de ciprés que ocupaba el cuarto de punta a punta. Olía a resina y a cola caliente.

—¿Para quién es esa mesa?

—Para doce. —Sopló el serrín—. Todavía no tiene casa.

—Me han dicho que sabes arreglar la presión de la segunda.

Dejó el cepillo.

—Lo sé desde hace dos años. Nadie me lo había pedido.

Subimos por la escalera principal, él delante con una llave inglesa y una linterna que no necesitaba. En la tercera, al pasar por mi puerta, le dio un golpe con el nudillo al marco.

—Esta se hincha con la lluvia. Si un día no abre, empuje de abajo, no del pomo.

La escalerilla de hierro terminaba en una trampilla con un candado abierto colgando de la argolla.

La azotea era más grande de lo que yo había calculado.

Una terraza de baldosa, dos depósitos de agua sobre una bancada de ladrillo, tendederos sin cuerda.

Y la ciudad, que hasta entonces había sido una calle estrecha y un patio.

Tejados, chimeneas, el río detrás como una franja sin luces, un barco pitando. Hacía menos calor que abajo.

Ben se agachó junto al depósito grande y me alumbró una llave de paso con la maneta envuelta en trapo.

—Miss Adelaide la mandó cerrar a medias cuando se fue el último huésped. Para no gastar bomba. —La giró con las dos manos. Algo gorgoteó dentro del muro—. Ya tiene usted agua.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Dos días de llamar a una contrata que no me mandaba un fontanero, y era media vuelta de llave. Saavedra lo sabía. Lo había sabido en el patio, mientras yo le explicaba que los residentes pasarían a la segunda «en cuanto tenga agua».

Me acerqué al pretil. Entre nuestra azotea y la de la casa de la izquierda había un murete que me llegaba a la cadera. Al otro lado, lo mismo.

—¿Se pasa?

—Sin saltar. Por ahí a la de al lado, y de esa a la esquina. —Ben guardó la llave inglesa en el bolsillo de atrás—. De crío habría sido el rey de esta manzana. Yo no llegué aquí de crío.

—Por eso sube él todas las noches.

—Por eso. Por aquí y por el callejón es por donde se entra a una casa como esta. —Me miró de lado—. No se lo tome a mal, lo de su puerta. Mira todas. La mía también, y eso que yo sé cerrarla.

—¿Te fías de él?

Tardó en contestar.

—Llevo aquí casi treinta años. Si él dice que una puerta aguanta, aguanta. Si dice que aquí no me pasa nada, no me pasa. —Se encogió de hombros—. No es simpático. Yo tampoco le he pedido que lo sea.

Apunté la azotea debajo de la medianera y del callejón.

Cuando bajamos, Naomi nos esperaba en el taller, sentada en la mesa sin terminar, con el móvil en la mano y cara de haber ganado.

—Mírela —me dijo, y me puso la pantalla delante—. Dígame si eso no es una casa.

Era un anuncio de inmobiliaria. Una casa de madera, estrecha y larga, pintada de un azul que había sido más azul, con cuatro ventanas a la calle y un porche con dos escalones. Tremé, a quince minutos andando. En la tercera foto había una cocina vacía con sitio para una mesa de doce.

—Arriba dormimos. Abajo doy cenas. Un turno, una mesa, lo que yo quiera cocinar esa noche. —Lo dijo de un tirón, como algo que llevaba años diciéndose—. Mesa Hébert. El nombre es de él y la mesa también. La cocina es mía.

—¿Y la fecha?

—Firmamos el contrato mañana. La escritura, el veintiséis de febrero.

Miré a Ben. Se había puesto a recoger virutas que no hacía falta recoger.

—Ha ganado ella —dijo.

—He ganado yo. —Naomi le dio el móvil para que lo guardara, como quien da una cosa a guardar a su casa—. Y usted me abre en enero, que con lo que saque de aquí hasta febrero pago al notario.

Otra persona haciendo cuentas con mi fecha. Esta vez no me molestó.

Subí a probar el grifo de la 23. Salió agua, primero marrón y luego limpia, con fuerza. La dejé correr un minuto.

Era tarde y debería haberme acostado. Bajé a administración a pasar al libro lo del día.

En la página de Saavedra, una línea y una firma.

En la mía, todo lo demás. Repasé los gastos fijos, mes por mes, para saber de dónde iba a salir la nómina de la semana siguiente, y entonces lo vi.

Lo había tenido delante dos días y lo había tomado por una farmacia.

Dispensarios Verret. Dos mil novecientos dólares al mes.

Busqué las facturas. Había una hoja al mes, con un membrete de letras doradas y una sola línea: «Suministro mensual».

Siempre la misma cantidad. La de noviembre estaba en la bandeja, sin pagar, esperando a que yo se la mandara a la abogada.

Busqué el contrato. No había. Ni albaranes, ni lotes, ni un papel que dijera cuántas bolsas, de qué, de dónde.

Las doce que yo había contado en la cámara el lunes no venían de ningún sitio que pudiera enseñarle a un inspector.

Era el único proveedor de la casa que no era suyo. Y el único sin un solo papel.

Un hotel cerrado puede comprar así. Uno abierto al público, con huéspedes durmiendo encima de esa cámara, no.

Lo apunté para el lunes, lo primero de la lista, y apagué la lámpara.