Capítulo 2. Las cuentas
Las cuentas
Zoe
A las seis de la mañana Sal cerraba los postigos de la calle con la pértiga, de derecha a izquierda. Lo esperé en el zaguán con un café que no había sabido hacer.
—¿Quién sube a la azotea a las dos y cuarenta?
Colgó la pértiga de sus dos clavos. Miró al patio, a las ventanas de medio punto.
—Ya —dije.
—Comprueba los cierres, Miss Zoe. Todos. Lleva haciéndolo desde antes de que yo naciera.
—El mío también.
—El suyo, desde anoche, el primero. —Se puso la chaqueta—. Lo tenía sin echar. Me lo dijo al bajar.
Dos hombres habían hablado de mi puerta mientras yo estaba detrás de ella. Le di las gracias, porque no era culpa suya, y me llevé el café a administración.
Adelaide Marrero no llevaba contabilidad.
Guardaba papeles. Seis cajas de cartón con el año escrito a rotulador y, dentro, todo junto: extractos del banco, facturas, nóminas, tiques de aparcamiento, una receta de médico, la garantía de un lavavajillas que según Naomi perdía agua.
Aparté la mesa contra la ventana y fui haciendo montones en el suelo, uno por mes.
Veinticuatro. A las once tenía las rodillas negras y la primera certeza.
No había entrado un dólar por alojamiento en dos años.
Ni de huéspedes, que no había, ni de residentes.
La columna de ingresos eran traspasos redondos, uno cada mes o cada dos, siempre del mismo ordenante.
Diez mil. Quince mil. Veinte mil en los meses de seguro.
Con eso se habían pagado los sueldos, la luz, el agua, los impuestos y el pollo que cené la primera noche.
Solo había un ingreso distinto, en marzo, más grande que los demás y sin concepto. No cuadraba con nada. Lo marqué con un interrogante y seguí.
Entre las nóminas había una cuartilla escrita a mano por Adelaide, con fecha y firma. Le prometía a Sal Mancuso una pensión de la casa cuando se jubilara, o a su hija si él faltaba antes. Nadie la había pasado a un contrato. La puse en el montón de lo que se debe, que era el más alto.
Encontré otra cosa que no esperaba. La licencia de hotel estaba al día. Alguien la había renovado cada enero, puntual, los dos años que la casa llevaba cerrada. El seguro, también. Quien pagaba no quería un edificio vacío. Quería un hotel que pudiera abrir, y no lo había abierto.
A mediodía quise empezar a gastar. Llamé a la contrata de obra que aparecía en las facturas para pedir un fontanero. Lo de la presión de la segunda no podía esperar.
—Sin problema —dijo un hombre con prisa—. En cuanto tenga la orden del señor Saavedra.
—La orden se la doy yo. Soy la propietaria.
—Enhorabuena, señora. La orden me la da él.
Llamé a la lavandería. Necesitaba precio para ropa blanca de ocho habitaciones más, con recogida diaria.
La chica fue muy amable. Me dijo que ese contrato lo llevaba personalmente el señor Saavedra y que si quería le dejaba una nota.
Llamé a la distribuidora de bebidas para saber qué quedaba del depósito de la barra.
Me pusieron una música y después me dieron un número de teléfono. Era el de mi propio hotel.
Volví a los montones. Esa vez no miré los importes. Miré los pies de página. Tres membretes distintos, tres direcciones, tres maneras de numerar las facturas, y abajo, en el recuadro del administrador, la misma firma. Un apellido sin inicial, con una letra antigua y sin adornos.
Saavedra.
La lavandería, las bebidas y la obra eran suyas. Mi hotel le compraba a él el jabón, el bourbon y el yeso, y se lo pagaba con dinero que él mismo le había prestado.
Lo del préstamo lo encontré a las cuatro, en el fondo de la caja de este año, dentro de un sobre de la abogada. Copias de pagarés, grapadas por años, todas firmadas por Adelaide con una letra que iba encogiendo. Las sumé dos veces en el móvil y una a mano, porque a mano me fío más.
Cuatrocientos doce mil dólares.
Me senté en el suelo, entre febrero y marzo del año pasado.
No era la primera vez que heredaba el desastre de otro.
En el Urrutia me habían dejado una cocina sin licencia y un jefe de sala que cobraba dos sueldos.
Pero aquello era de la familia Urrutia, y yo lo arreglaba y me iba a casa.
Esto tenía mi apellido. Si mañana Saavedra cerraba el grifo, yo no podía pagar la nómina del viernes.
Apunté la cifra en la libreta. Debajo escribí: ¿por qué no cobra?
Después llamé al número escrito a mano en la tarjeta.
—Cuatrocientos doce mil —dije.
—Has tardado un día y medio. —Guidry no parecía sorprendida. Parecía contenta—. Yo tardé tres semanas, y tenía una pasante.
—¿Por qué no me lo dijiste en el coche?
—Porque me habrías preguntado qué opino. Y lo que yo opine no te sirve de nada hasta que lo hayas sumado tú. —Se oía una cucharilla contra una taza—. ¿Qué opinas tú?
—Que un acreedor que no reclama quiere otra cosa.
—Eso mismo pensé yo. No he sabido cuál. —Bebió—. ¿Lo has conocido ya?
—No.
—Cuando lo conozcas, llámame. No para pedirme permiso. Para contármelo.
Colgué con la impresión rara de que alguien, en esa ciudad, daba por hecho que yo iba a saber qué hacer.
Cené otra vez de pie, en la cocina, porque es donde se oye una casa. Naomi me puso un plato de judías con arroz y siguió a lo suyo. Ya era de noche cuando entró por el patio el hombre alto de la caja de herramientas. De cerca tenía cara de buena persona y serrín en las cejas.
—Ben Hébert —dijo—. La puerta de su baño roza. Mañana se la cepillo.
—¿Cómo lo sabes?
—Rozaba ya con Miss Adelaide.
Le dio a Naomi un beso en el pelo, por encima del pañuelo, y ella le apartó la cara con el dorso de la mano, sin dejar de fregar. Llevaban discutiendo desde antes de que él entrara. Se notaba en que ninguno de los dos empezó de cero.
—He llamado yo —dijo ella—. Nos guardan la fecha hasta el viernes.
—Es pronto, cher.
—Es una casa en Tremé con cuatro ventanas a la calle. No es pronto. Es barata.
—Un año más. Con un año más firmamos tranquilos.
—Con un año más la firma otro. —Cerró el grifo—. Ya la has oído. Aquí se abre en enero. Yo voy a tener cuarenta cubiertos y tú vas a tener trabajo para aburrirte. ¿Qué más quieres saber?
—Quién va a mandar aquí en enero —dijo Ben, y entonces se acordó de que yo estaba delante con el plato en la mano—. Sin faltar, Miss Zoe.
—No faltas.
Naomi se rio y se secó las manos.
—Se lo digo yo quién va a mandar en mi casa —dijo, y lo sacó de la cocina empujándolo por la espalda, con cariño y con fuerza.
Me quedé con las judías. No había entendido la mitad, una casa, una fecha, un año, pero sí lo que me tocaba. Mi cocinera y mi carpintero hacían sus cuentas con mi fecha.
Subí por la escalera principal para pasar por la galería de la primera.
Quería ver las ocho puertas de noche. En la barandilla, delante de la 17, había un chico sentado con las piernas colgando hacia el patio y una funda de trompeta al lado.
Veintipocos años, o esa cara. Camiseta de un festival, las uñas pintadas de negro.
—Tú eres la nueva —dijo—. Kip. ¿Es verdad lo de enero?
—Es verdad.
—¿Con gente? ¿Gente de fuera, con maletas?
—Esa es la idea de un hotel.
Se rio. Tenía la risa fácil y no se tapaba los colmillos al reírse. Luego miró hacia abajo, a las ventanas de medio punto, y se le quitó.
—A mí me parece bien —dijo más bajo—. Aquí no pasa nada desde que llegué. Pero yo no decido.
—Aquí no decide nadie, por lo que voy viendo. Buenas noches, Kip.
Dos puertas más allá, la 14 se cerró con un golpe seco. No llegué a ver quién la había tenido abierta.
El miércoles terminé los dos años y empecé con los dos meses que me quedaban.
Agua en la segunda, colchones, ropa blanca, el lavavajillas de Naomi, el seguro de huéspedes, la licencia de la barra.
Lo sumé tres veces buscando qué quitar y no quité nada.
Noventa y seis mil dólares para abrir sin dar vergüenza.
Yo tenía treinta y ocho mil euros. Lo que faltaba iba a tener que pedírselo a un banco que no me había visto nunca, con una casa que debía cuatro veces eso a su inquilino.
Dani me trajo un bocadillo a la una y se quedó mirando el suelo.
—Madre mía. ¿Eso es todo lo que debemos?
—Eso es lo que debemos a una sola persona. —Le enseñé la firma—. ¿Por qué no lo he visto todavía? Llevo dos días en su casa, o él en la mía.
Esta vez no miró al patio. Se sentó en el brazo de la silla.
—No siempre está. El señor Saavedra tiene otra casa, por el bayou St. John.
Hay días que se va antes de que amanezca y vuelve de noche.
—Mordió su mitad del bocadillo—. Y cuando está, no sale a que lo vean.
Si quieres verlo, baja al patio cuando abro los postigos.
A esa hora mira la fuente. No sé por qué. Yo creo que le gusta el ruido.
—¿Cómo es?
—Educado. —Lo pensó—. Muy educado. Te da las gracias por todo y luego ves que has hecho lo que él quería.
A las cinco y cuarto Dani empezó con la pértiga y yo bajé al patio con la libreta cerrada. No llevaba los pagarés. No hacía falta enseñar un papel que él tenía en original.
Estaba de pie junto a la medianera, de espaldas a la fuente, con las manos detrás.
Un hombre de mi edad, o que la aparentaba.
Camisa blanca, sin chaqueta, las mangas dobladas dos vueltas.
Miraba la hiedra. Había esperado a alguien más viejo, o más raro, o más pálido.
No a un hombre al que le habría alquilado una habitación sin pedirle el pasaporte.
—Esa hiedra hay que quitarla —dije en español, sin pensarlo.
Se volvió sin prisa. Me contestó en el mismo idioma, un castellano sin acento de ningún sitio, limpio, con todas las eses.
—Sujeta el estuco desde 1920, señorita Marrero. Si la quita, tendrá que pagar la pared.
—Pues la pago. Por ahí sube cualquiera.
—Por ahí no ha subido nadie. —Miró la pared otra vez, y luego a mí, y tardó—. Pero ve usted lo que hay que ver.
No supe si era un cumplido. No me dio tiempo a decidirlo.
—Tú eres Saavedra.
—Y usted llegó el lunes y puso una fecha el mismo lunes.
—Te lo contaron rápido.
—Me lo contó Sal a las diez y cuarto. Es su trabajo.
—Y probar mi puerta, ¿de quién es trabajo?
—Compruebo los cierres de esta casa todas las noches. El suyo es uno de ellos. —Hizo una pausa corta—. Eche el cerrojo y no hará falta probarlo.
Lo tuteé desde la primera frase, como tuteo a los proveedores que llegan tarde. Él no cambió el usted ni una vez.
—He abierto las cajas —dije—. Cuatrocientos doce mil dólares.
—Están bien sumados.
—No los has reclamado.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la casa no podía pagarlos.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco.
Lo dijo sin amenaza. Me habría molestado menos una amenaza. La tortuga sacó la cabeza del agua y volvió a meterla.
—Tu contrata no me manda un fontanero sin tu orden —dije—. Tu lavandería no me da un precio. Y en la distribuidora me han dado el teléfono de esta casa.
—Lo sé.
—¿Te han llamado para contártelo?
—Los tres. Para lo que sea de la casa, hable con el señor Hébert. Lo demás, pídamelo a mí.
—No pienso pedirte nada.
Dejó de mirar la pared. Me miró despacio.
—Como quiera —dijo.
Podía haberme callado el resto. Lo sensato era saber primero qué quería él y enseñar lo mío después. Pero llevaba dos días viendo cómo la gente miraba a sus ventanas antes de contestarme.
—El seis de enero abro al público. La primera planta es para huéspedes. Tiene los balcones y los techos, es la que se vende. Los residentes pasan a la segunda en diciembre, en cuanto tenga agua.
No contestó enseguida. Arriba, en la galería de la primera, se abrió una puerta y alguien se quedó escuchando sin asomarse. Él no levantó la vista. No le hacía falta.
—Tendrá las habitaciones que pueda vender —dijo.
—Eso espero.
—Buenas noches, señorita Marrero.
Cruzó el patio hacia la cocina. Andaba sin hacer ruido en las losas, y eso que yo llevaba dos noches oyendo sus pasos. Dentro, Naomi bajó la radio cuando él pasó hacia la escalera de servicio, y volvió a subirla cuando dejó de oírse la madera.
Subí a la 31 con la sensación de haber ganado algo y sin saber decir qué. Apunté su frase tal cual, entre comillas, con la hora.
Esa noche eché el cerrojo. A las dos y cuarenta los pasos se pararon delante de mi puerta, y siguieron sin tocarla.
A la mañana siguiente había ocho recibos encima de mi mesa, sujetos con una goma.