La segunda mordida
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Capítulo 1. Llegada y llaves
Llegada y llaves
Zoe
Conté las llaves en el aparcamiento del aeropuerto, con la maleta todavía en el suelo. Veintidós, en una anilla de ferretería, cada una con su etiqueta de cartón escrita a máquina.
—Está casi completo —dijo la abogada.
—¿Qué falta?
Elise Guidry metió mi maleta en el coche sin dejar que la ayudara. Tenía cincuenta y tantos años, un traje de lino arrugado por el día y una voz que no necesitaba subir para que la escucharas.
—La del archivo. Los papeles de la casa siguen bajo custodia de la sucesión hasta que el juez te dé la posesión. El uno de diciembre, si no se tuerce nada.
—¿Y hasta el uno de diciembre?
—Vives en ella, mandas en ella y los pagos los firmo yo. Me mandas la factura, yo autorizo y el banco paga. Es un trámite. —Arrancó—. ¿Te parece mucho?
Me parecía un mes con la mano de otra persona en mi cartera. Llevaba diez años firmando pedidos con el nombre de otro debajo, así que sabía cuánto era.
—Me parece un mes —dije.
Se rio. No me dio la razón ni me la quitó.
En media hora de autopista no me explicó nada que yo no hubiera preguntado.
Pregunté cuántos empleados. Tres fijos: un conserje de noche, una encargada que hacía de recepcionista, gobernanta y camarera, y una cocinera.
Dos limpiadoras por horas. Pregunté cuánto llevaba cerrado.
Al público, dos años, desde que Adelaide Marrero enfermó. Pregunté por los residentes.
—Ocho llaves —dijo—. Las da la titular desde 1795. Hasta julio la titular era Adelaide. Ahora eres tú.
Yo había tenido vampiros de huéspedes. En el Urrutia venían dos o tres al año: habitación interior, salida de noche, la propina en un sobre. Residentes no había visto nunca. Ocho, con llave y derecho a quedarse, en una casa que desde marzo llevaba mi nombre en un testamento.
—¿Pagan?
—Eso lo vas a ver en las cuentas mejor que en mi boca.
—¿Y el de la llave uno? En tu inventario pone «señor Saavedra, entresuelo» y nada más.
Tardó un semáforo en contestar.
—No lo he tratado. Llevo cuatro meses yendo a esa casa cada semana y no ha salido a saludarme ni una vez. —Giró hacia el río—. No voy a decirte qué tienes que hacer con él, Zoe. Prefiero preguntarte qué quieres hacer con el hotel.
Nadie me había hecho esa pregunta sobre un hotel. Me habían preguntado si podía tener el salón listo para las ocho, si el fondo había dicho algo de las nóminas, si me importaba quedarme al cierre.
—Abrirlo.
—¿Cuándo?
—Cuando lo haya visto.
La calle Chartres era más estrecha de lo que parecía en las fotos, y hacía un calor de septiembre en Cádiz, húmedo, pegado a la nuca.
Guidry paró en doble fila delante de un portón verde de dos hojas.
Todos los postigos de la fachada estaban cerrados.
Tres plantas de ladrillo y estuco, balcones de hierro en la primera y una fila de ventanas bajas, de medio punto, entre la planta de la calle y los balcones.
—No entro —dijo—. Si entro contigo, hoy te miran a ti y me preguntan a mí. —Me dio una tarjeta con un número escrito a mano por detrás—. A cualquier hora. Lo de tu visado lo lleva una compañera del despacho: tú firma donde te diga.
Esperó en el coche hasta que encontré la llave que decía PORTÓN. Giró a la primera. Alguien la engrasaba.
El zaguán olía a piedra mojada. Al fondo se veía un patio con una fuente y, a la derecha, un mostrador de madera oscura con un tablero de llaves detrás. Una mujer joven, con el pelo recogido con un bolígrafo, levantó la vista de un portátil.
—¿Zoe? —dijo en español, con un acento que no supe colocar—. Soy Dani. El avión ha llegado en hora, qué raro.
—¿De dónde eres?
—De Kenner. Has aterrizado en mi pueblo. Mis padres, de Honduras. —Salió de detrás del mostrador y me cogió la maleta—. Te he hecho la cama en la 31, que es el apartamento de la titular. No he tocado nada más. No sabía si querrías que tocara.
—¿Quién lleva las cuentas?
No contestó enseguida. Miró por encima de mi hombro, hacia el patio, a la fila de ventanas de medio punto. Fue un segundo.
—Están en administración. En cajas.
—No he preguntado dónde están.
—Las llevaba Adelaide. Luego se han ido llevando.
Yo desconfío de los verbos sin sujeto. Saqué la libreta.
—Enséñame la casa. Entera. Lo que funcione y lo que no.
Empezamos por abajo. Recepción, un despacho de administración con seis cajas de cartón contra la pared, un bar pequeño que daba al patio, con las botellas tapadas con un paño, y un salón grande con veinte mesas apiladas.
Apunté: suelo bien, lámparas bien, sillas contadas a ojo, sesenta.
El patio tenía una fuente con una tortuga dentro.
—Carondelet —dijo Dani—. Es de Sal. No le des de comer, que luego Sal se entera.
Al otro lado del patio había una pared ciega, la medianera con la casa vecina, y un ala trasera de dos alturas: lavandería, un taller de carpintería y un cuarto encima con una luz encendida.
Apunté la pared. Tenía poco más de tres metros y una hiedra por la que habría subido yo misma a los doce años.
La cocina era lo mejor de la casa. Acero limpio, fuegos para cuarenta cubiertos, una cámara fría con puerta de palanca. Una mujer negra de mi edad, con un pañuelo en el pelo y un cuchillo de deshuesar, estaba despiezando pollos como si aquello fuera a llenarse esa noche.
—Naomi Duplessis —dijo sin soltar el cuchillo—. Usted es la que hereda.
—Zoe. ¿Para cuántos cocinas?
—Hoy, para cinco. —Se rio alto, con toda la boca—. No me mire así. Yo cobro por tener esto listo, no por los que vengan. El día que usted abra la puerta, yo sirvo.
—¿Y la cámara?
—También la llevo yo.
Abrió la palanca. Dentro había dos estantes de verdura, uno de carne y, al fondo, una nevera de cristal con cierre aparte. Bolsas de dispensario, tumbadas en filas, cada una con su etiqueta de lote. Las conté sin entrar. Doce.
—¿Quién hace el pedido?
Naomi miró la escalera de servicio que subía desde un rincón de la cocina, estrecha, de madera. Otra vez un segundo.
—Llega los martes y los viernes —dijo.
Segundo verbo sin sujeto.
—¿Adónde sube esa escalera?
—Al entresuelo. El archivo y el señor Saavedra. —Volvió al pollo—. Yo no subiría sin avisar.
No subí. La llave del archivo no estaba en mi anilla, y antes de ver a ese hombre quería saber qué me costaba cada mes.
Junto a la cámara había otra puerta, de hierro, con dos cerrojos. Daba a un callejón de servicio con contenedores y una farola. La apunté también.
Arriba fue más rápido. En la primera planta, ocho puertas cerradas, de la 11 a la 18, a lo largo de una galería que daba la vuelta al patio. Eran las buenas: techos altos y balcón a la calle. Detrás de una sonaba una radio. Dani pasó por delante sin bajar la voz y sin llamar a ninguna.
—Aquí viven —dijo.
—¿En las ocho?
—En seis. Las otras dos están cogidas.
—¿Cogidas por quién?
Se encogió de hombros y esta vez no miró a ningún sitio, que fue peor.
La segunda planta tenía otras ocho habitaciones, de la 21 a la 28, con las camas tapadas con sábanas viejas y sin balcón.
Abrí un grifo de la 23. Salió un hilo de agua, tosió y se cortó.
Apunté: presión. La tercera era corta: el apartamento, un cuarto donde el conserje echaba una cabezada, dos trasteros y una escalerilla de hierro que subía a la azotea.
Dieciséis habitaciones. Ocho ocupadas por gente que yo no había admitido y ocho sin agua. En Madrid habría llamado a eso una reforma. Allí era todo lo que tenía.
Cuando bajamos estaba oscureciendo, y Dani fue abriendo los postigos de la calle uno por uno, con una pértiga, de izquierda a derecha.
—Del alba al ocaso, cerrados —dijo—. Los cierra Sal por la mañana y los abro yo. Es la norma dos. No me preguntes la uno, que esa te la cuenta él.
La casa cambió con la luz de la calle dentro.
Se oyeron puertas arriba. Un hombre mayor, de traje gris y corbata, bajó por la escalera principal con un paraguas cerrado, me miró el tiempo justo para saber quién era y cruzó el zaguán.
No dijo buenas noches. Por el patio pasó otro, alto, de hombros anchos, con una caja de herramientas, hacia el taller.
—El del paraguas es Mr. Abernathy, de la 12. El otro es Ben, mantenimiento. Empieza cuando se va el sol. —Dani miró el reloj—. Y a las diez entra Sal.
Comí de pie en la cocina, arroz con pollo de Naomi, mientras hacía la primera cuenta. Sesenta sillas, dieciséis habitaciones, una cocina para cuarenta, tres sueldos, dos limpiadoras, ocho residentes. En la columna de ingresos no había nada que apuntar.
—¿Cuándo se llenaba esto? —pregunté.
—En Carnaval —dijo Dani, con la boca llena—. Empieza el seis de enero y no para hasta el Martes de Carnaval. Adelaide colgaba el cartel de completo el día de Reyes y no lo quitaba en cinco semanas. Los dos últimos años lo hemos visto pasar por la ventana.
Apunté la fecha. La rodeé con un círculo.
Sal Mancuso entró a las diez menos cinco por el portón, con su propia llave, y la colgó en un gancho aparte antes de quitarse la chaqueta. Tenía sesenta y tantos años, las manos grandes y una paciencia que se le veía en la manera de doblar la chaqueta.
—Miss Zoe —dijo, y me dio la mano—. Cuarenta y un años en esta casa. Usted pregunte.
—La norma uno.
Le gustó que empezara por ahí. Me llevó detrás del mostrador. El tablero era de caoba, con una fila de ocho ganchos numerados arriba y, debajo, los de las habitaciones. En la fila de arriba colgaban cinco llaves. Faltaban la uno, la tres y la siete.
—Las llaves al tablero. El que entra, cuelga. El que sale, se la lleva: abre el portón y abre su cuarto. Así yo miro aquí y sé quién duerme en casa. —Tocó el gancho vacío del tres—. Mr. Abernathy ha salido. —El siete—. Ben está trabajando, y la suya la lleva encima hasta que sube.
—¿Y el uno ha salido?
—El uno es el señor Saavedra. Está en casa.
—No ha colgado.
—No cuelga.
—¿Nunca?
—En cuarenta y un años no le he visto esa llave fuera del bolsillo.
—Entonces, ¿cómo sabe la casa si está dentro?
Sal lo pensó en serio, como si nadie se lo hubiera preguntado antes.
—No lo sabe —dijo—. Lo sabe él.
Al lado del tablero había una campana de bronce del tamaño de un melón, con una cuerda.
—Y eso es para cuando entra quien no debe. Se oye hasta en la azotea. No la toque por probar, Miss Zoe. Aquí, cuando suena, baja todo el mundo.
Naomi apareció con una bandeja tapada, la cena de Sal, y la dejó en el mostrador. Dani ya tenía el bolso al hombro. Estaban los tres. No iba a tener un momento mejor, y si esperaba a tenerlo todo claro, se me iba a pasar el Carnaval mirando cajas.
—Antes de que os vayáis. El seis de enero abrimos al público.
Dani dejó el bolso.
—¿Este seis de enero?
—Lo has dicho tú. Cinco semanas de completo. No pienso verlas pasar por la ventana.
Sal no me miró a mí. Miró hacia el patio, a las ventanas de medio punto, donde no había ninguna luz.
—Miss Zoe, eso habrá que hablarlo.
—Lo estamos hablando.
—Con el señor Saavedra.
—Con el señor Saavedra hablaré yo cuando sepa qué debe esta casa y a quién. La fecha no se habla. La fecha está puesta.
—¿Y con qué se paga? —dijo Dani. Era la pregunta que habría hecho yo.
—Con lo mío, hasta que entre lo de la casa.
Lo mío eran treinta y ocho mil euros, diez años sin vacaciones largas. Lo dije como si tuviera diez veces más.
—Sesenta y cinco días —dijo Naomi, que había contado más deprisa que yo—. Para entonces quiero un lavavajillas que no pierda agua.
Lo apunté debajo de la presión. Fue la única que no miró a ningún sitio antes de hablar.
La 31 olía a cerrado y a colonia de señora. Dani había hecho la cama y había dejado el resto como estaba: fundas blancas sobre los sillones, un secreter con el cajón entreabierto y dentro un montón de tarjetas escritas con letra inclinada. Lo cerré. No tenía cabeza para leer a una muerta.
Le escribí a mi madre que había llegado y que todo estaba bien, que durmiera. Deshice media maleta. En el fondo del neceser, debajo del cepillo, seguía la llave maestra del Urrutia. No la saqué.
No dormí. En Madrid eran las nueve de la mañana y mi cuerpo quería un café y un parte de ocupación. Me quedé tumbada, vestida, oyendo la casa. Un grifo. Una puerta en la primera. La tos de Sal, abajo, que subía por el hueco de la escalera.
A las dos y cuarenta oí pasos en el pasillo.
No eran de alguien que volviera a su cuarto.
Iban despacio y sin pararse. Pasaron los trasteros, pasaron el cuarto de Sal y se detuvieron delante de mi puerta.
Alguien probó el pestillo, una vez, con cuidado, como se prueba un cierre y no como se intenta abrir.
Esperó. Yo no respiraba, y me dio rabia.
Los pasos siguieron hasta la escalerilla de la azotea. Hierro, una trampilla, nada más.
Miré el móvil. Las dos y cuarenta y uno. Sal seguía tosiendo abajo, así que no era Sal.
Me levanté y abrí. El pasillo estaba vacío, con la luz de emergencia encendida y la trampilla cerrada. Volví a entrar y eché el cerrojo por dentro.