La segunda mordida Capítulo 36. La hoja 38
100%

Capítulo 36. La hoja 38

Zoe

Bajé a las cinco con cuatro hojas dobladas en el bolsillo, a contarle a un hombre de quién desciendo, y Dani me puso un sobre delante.

Había dormido diez horas. Me levanté con hambre y sin frío, que era nuevo.

Él estaba despierto, sentado en el borde de la cama, a oscuras, con la venda torcida y las manos en las rodillas.

Se la enderecé. Debajo de la gasa el agujero del costado seguía como lo dejé, medio dedo cerrado, y ni uno más.

Le di un beso en la boca, corto, de los que se dan en una casa al salir a trabajar.

No se lo había dado nunca así, y él se quedó quieto, sin saber devolverlo.

Le dije que bajase cuando se fuera la luz, que lo esperaba abajo y que tenía una cosa que contarle. Dijo que bajaría. No preguntó qué cosa.

Bajé los tres pisos sin agarrarme al pasamanos. Iba a darle un apellido que él no tenía. Me gustaba, además, ser yo quien se lo diera.

Era Miércoles de Ceniza. El zaguán olía a lejía, y por la calle pasaba gente con una cruz gris en la frente.

—Lo ha traído tu abogada en persona, a las cuatro y diez —dijo Dani—. Dice que venía de abrirle un cajón a la detective. Ha preguntado si habías dormido, y le he dicho que eso no era cosa suya. Me ha hecho firmar un recibo, y yo he apuntado la hora en la solapa. Ha estado en el cajón, con llave.

Era un sobre grande, de papel marrón, cerrado con cinta y con el sello del despacho cruzando la cinta. La hora estaba en la solapa, con la letra de Dani. Lo abrí con el abrecartas de Sal.

Dentro había una tarjeta y una hoja. La tarjeta era de Elise. «El sábado me hiciste una pregunta y te contesté con otra. Esto la contesta. Es de tu archivo. Lo saqué en noviembre, con las demás».

La hoja era grande, de papel grueso, rayada a mano, con un borde cortado a cuchilla. Arriba, en la esquina, un número a tinta. Treinta y ocho.

Tenía tres líneas escritas. Las dos primeras eran de la llave tres, con letra de contable, y pedían un libro mayor. La tercera no.

Trece de noviembre. Las tres y cuarenta. Llave uno. Dossier Marrero, versión tercera, folios catorce a diecinueve. Y una firma, un apellido sin inicial, con una letra antigua y sin adornos.

Esos folios los leí yo el domingo.

El doce de noviembre, a las once y media de la noche, ese hombre me mordió en una cámara fría. Cuatro horas después subió a un cuarto sin ventanas a leer de quién vengo. Lo apuntó, porque él apunta, y firmó.

—Zoe —dijo Dani—. Estás blanca otra vez.

Me había sentado en la silla de Sal sin darme cuenta.

—¿Queda luz?

—Una hora.

—Si baja antes de que vuelva yo, que espere aquí.

Cogí la veintitrés y subí al entresuelo.

No fui a por él, que estaba tres pisos más arriba.

Llevo diez años recibiendo papeles que alguien quiere que yo lea deprisa.

Este venía de una mujer que me había puesto en una lista por si me mataban, y que la noche antes había perdido a un sobrino por mi culpa.

Antes de creerme una fecha suya quería verla en mi casa.

El libro estaba en el atril, abierto por mis líneas.

Volví a la primera hoja. Cuarenta y uno, en la esquina, con la misma tinta y la misma mano.

Puse la treinta y ocho encima. Era el mismo papel y el mismo ancho, y las rayas de una caían sobre las rayas de la otra.

En el lomo había cuarenta cortes limpios. El de mi hoja era igual.

No era falsa. Yo había subido queriendo que lo fuera.

Saqué la carpeta de mi apellido. En la tapa, a lápiz, hay un dos tachado y, al lado, un tres.

Los nueve primeros folios son el testamento, los Marrero de Tenerife y mi vida laboral. Con eso se sabe que soy hija de un camarero. Detrás del nueve empieza el anexo, del diez al cuarenta y dos. El domingo fui derecha al catorce y no miré el diez.

Lo miré. Arriba, a la derecha, un sello de tinta azul. Depositado en el archivo de la casa. Diez de noviembre. Elise Guidry, albacea.

Tuve que apoyar las dos manos en la mesa.

Yo llegué el día dos. El diez estaba en la 31 sumando facturas, y Elise subió a este cuarto con mi madre, mi abuela y una mujer de 1762 debajo del brazo.

El doce él me mordió. El trece leyó. El domingo pensé que esa carpeta llevaba en mi casa más tiempo que yo, y no era verdad.

La mitad que importa llegó ocho días después de mí.

Se la pusieron delante a él, y él tardó tres días en abrirla.

Faltaba la letra.

El pacto está en su caja de latón, en la balda de abajo. Lo desenvolví y puse la hoja al lado. La última firma de 1795 y la tercera línea de noviembre. Era la misma mano, con doscientos treinta y un años en medio. No había cambiado ni la raya de debajo.

Volví al folio diecisiete. Catalina Arriaga, natural de Cádiz, 1762. El domingo leí esa línea como una cosa mía, que nadie más tenía en esa casa. Él la había leído antes, de pie en este cuarto, con mi sangre todavía en la boca.

Me senté en la única silla. Me dolía el estómago, como cuando un cierre de caja no cuadra y ya sabes de quién es la mano.

Tenía una fecha, una hora, una llave y seis folios.

Un registro dice que alguien abrió una carpeta y cuándo.

No dice qué entendió. Él podía contestarme que leyó un papel de un juzgado a las tres de la mañana y que un apellido de Cádiz no le dijo nada.

Yo sabía que no era verdad, y no tenía cómo sostenerlo.

Lo que entendió solo podía decírmelo él, y a ese hombre hay que hacerle la pregunta exacta.

Lo dejó escrito una muerta en una tarjeta.

Me quedaba una cosa por hacer en ese cuarto.

Cogí la pluma del atril y firmé dos líneas. La de ese día. Y la del domingo, con su fecha y una nota al margen: anotada el diez. Iba a pedirle cuentas por una línea, y no podía pedírselas debiendo yo una.

Todavía tenía la pluma en la mano cuando oí la galería, el medio tramo y sus pasos en el pasillo. Venía de mi cuarto al suyo, a por una camisa. Por debajo de la puerta del archivo salía luz. Se paró delante.

No respiré. Me llegó de él una inquietud corta, de las de antes del patio. No llamó. Siguió hacia el fondo.

Esperé a oír su puerta y bajé.

Eran las siete menos veinte. Los postigos de la calle los había abierto Dani para las salidas, y la luz del portón ya era gris. Puse la hoja en el mostrador, de cara a la escalera.

—¿Qué es eso? —preguntó Dani.

—Una hoja de mi archivo.

—Pues traes cara de entierro. —Esperó, y como no dije nada llenó ella el hueco—.

La hermana de Naomi ha llegado a mediodía.

Han declarado juntas y se la lleva a Houston esta noche.

El sobre se lo han llevado los primos. La de la 11 ha anulado el coche, y los baúles han vuelto a subir.

Al portón no ha llamado nadie que no trajera maleta.

Él tardó. Había visto la luz debajo de la puerta del archivo, y sabía dónde había estado yo. Dieron las siete. A las siete y diez sonó la escalera, y Dani cogió el parte.

—Yo me voy a la cocina.

—Tú te quedas.

—¿Para qué?

—Para verlo. Ayer viste lo del patio. Hoy te toca esto.

Elise me la mandaba para esto. Lo supe al dejar el papel en la madera. Había perdido una medianoche y un sobrino, y le quedaba una hoja que podía sacarme de esa casa sin ponerme la mano encima. Que ella lo quisiera no cambiaba la fecha.

Bajó por la escalera grande, con una camisa limpia y la chaqueta gris, guardando el costado. Se paró en el cuarto peldaño. Desde allí no se lee una línea. No le hizo falta. Conoce ese papel desde antes de que yo naciera.

Me llegó de él el mismo miedo de la acera de Esplanade. Aquella noche lo tomé por la herida.

—Baja.

Bajó. Se quedó al otro lado del mostrador, a un brazo de la hoja. No la tocó.

—No te pregunto si es tu letra. La he puesto al lado del pacto.

Tampoco te pregunto si abriste una carpeta, que eso lo dice el papel.

—Tuve que parar para que no se me fuera la voz—.

Te pregunto si aquella noche, al leer el folio diecisiete, entendiste que yo vengo de Catalina Arriaga.

Y si lo sabías el cinco de enero, cuando subí a tu cuarto y me dijiste «No te vayas».

No tardó. Fue la primera vez que no lo vi tardar.

—Sí. A las dos cosas. Lo entendí con la carpeta abierta, cuatro horas después de morderla. Desde entonces no ha habido un día en que no lo supiera.

Contaba con ese sí. Aun así me dio en el cuerpo. Se me fue la sangre de las manos, como la tarde antes en la fuente, y esta vez nadie me la estaba quitando. Esa tarde le había dado un beso de salir de casa. Lo noté en la boca.

Dani dejó el bolígrafo encima del parte.

—Zoe, ¿qué estoy viendo?

—Que lo sabía. Luego te lo cuento entero.

No aparté los ojos de él.

—En diciembre creíste que yo era de ellos —dije—. Me lo contaste tú. Me diste media razón.

—La otra media es ese folio.

Saqué las cuatro hojas del bolsillo y las puse junto a la suya.

—Esto me lo dio Elise el sábado. Llevo cuatro días con ello en un neceser, buscando cuándo decírtelo sin hacerte daño. Anoche lo tuve en la mano, contigo dormido en mi cama, y lo volví a guardar para que descansaras. Te estaba protegiendo de un apellido que tú te sabes desde noviembre.

—El sábado le pregunté si esa mujer le había dicho por qué la escogió.

—Y sabías la respuesta.

—Quería saber si se la había dado a usted.

—Te contesté que porque sé llevar un hotel.

—Era verdad. Reconocí la manera. Es la mía.

—Yo he callado cuatro días y leí esos folios sin firmar. Lo he firmado hace un rato, míralo cuando subas. Tú has callado tres meses.

—Nunca le he mentido.

—No. Nunca. —Me salió casi sin aire—. Me lo dijiste la noche del jueves, cuando te pregunté si quedaba algo más. No dijiste que no quedaba nada. Dijiste eso, y yo subí a hacer tus plantas.

No contestó. No apartó los ojos de la hoja.

—¿Pensaste en decírmelo alguna vez?

—Tres. La última, el lunes, en el suelo de mi despacho, con la carpeta a tres pasos. Me dije que callaba por Naomi. Si se lo daba, no había patio, y sin patio no iba yo a por ella.

—Siempre tienes una razón honrada.

—Una distinta cada vez. Para callar lo mismo.

—¿Por qué no me mataste aquella noche? Es tu ley. Me la contó ella.

—Porque había dos testigos. Porque alguien la había puesto a usted debajo de mi techo y, viva, era el único hilo que yo tenía para saber quién. —Paró—. Y por una tercera razón que entonces no conté como razón.

—Dila.

—Llevaba diez días oyéndola sumar por las noches. No quise dejar de oírlo.

—Eso tampoco me lo dijiste.

—No.

—Un hilo, entonces. Y una cosa que se oye.

—En noviembre, sí.

—¿Y en enero? —No bajé la voz por Dani—. Subí yo. Te puse mis condiciones, con el precio por delante. Bajé de ese cuarto creyendo que había atado al hombre más viejo de esta ciudad, yo sola, por ser quien soy. Dime qué contabas tú.

—Antes de morder, nada. «No te vayas» se me fue de la boca.

—No apartó los ojos—. Conté después, esa misma noche, con usted dormida en mi butaca.

Que la mujer que ellos buscaron para mí ya no podía alejarse de esta casa.

Que lo que usted trajera de Camp Street me llegaría sin preguntarle. Lo llamé posición, y me pareció buena.

—Posición.

—Y quería que se quedase. Las dos cosas son ciertas, y no sé darle una sin la otra.

—Entonces no te gané. Te vine bien.

—Me ganó, y después me vino bien. Pero el apellido lo sabía desde noviembre, y bebí sabiéndolo.

—Primero leíste. Lo pone ahí, con la hora.

Tenía la mano encima del mostrador, y la cerré para que no la viera temblar.

Me llegó de él lo de anoche, ancho, y el miedo por debajo. Venían juntos. No me estaba engañando en ninguna de las dos.

Yo tampoco subí limpia aquella noche. Subí con una cosa callada, y ahí seguía. No la saqué. Esa tarde las cuentas eran las de él.

—Lo de anoche no estaba calculado —dijo.

—Ya. Eso es lo que me jode.

Puse un dedo en la hoja.

—Esto me lo manda para que te eche. Echarte no puedo, y ella lo sabe. Hay una cosa que sí.

Esperó. Sabía cuál.

Miré el tablero. El tres seguía en su gancho. El del siete estaba vacío, y su llave iba al cuello de una mujer camino de Houston. El del uno, vacío.

Son tres palabras. Las tenía en la boca desde noviembre. Me las tragué en una reunión, por un fontanero. En enero se las anuncié en su despacho, con Ben recién muerto, y cuando puso la llave en la mesa no la cogí.

—Dame la llave.

No levanté la voz. Las dije delante de mi encargada.

Metió la mano en el bolsillo derecho y sacó dos. Apartó la pequeña, la de la ronda, y volvió a guardársela. La otra la tuvo un momento en la palma. Era de hierro, larga, con el uno grabado en el ojo.

Dio la vuelta al mostrador. Dani se apartó. Él levantó la llave hacia el tablero, hacia el clavo de latón del uno. En ese clavo no ha colgado nunca nada.

—Ahí no —dije.

Se quedó con el brazo en alto. Luego lo bajó y dejó la llave en la madera, debajo del clavo, plana, y retiró los dedos de uno en uno.

La cogí yo. Estaba fría. Pesaba más que las otras. Al cuello llevaba la de Sal, y en la mano la de él.

—Apúntalo, Dani. Miércoles diez, las siete y media. La uno, a la titular.

Dani lo escribió en el parte, y debajo puso su nombre. Me miró a mí, no a él.

Él seguía detrás del mostrador, en el sitio de Sal. Miró hacia la escalera, hacia el medio tramo que lleva a un cuarto donde duerme desde antes de que esta casa tuviera luz eléctrica. Después me miró a mí.

—¿Dónde debo dormir?

Lo preguntó como se pregunta un horario.

Me guardé la llave en el bolsillo.