La Luna permanece
Cada noche, cuando la luna se desangraba detrás de los cipreses, yo regresaba al río.
No iba a buscar a Elvira: iba a comprobar que el mundo todavía podía ocultarla.
La rosa negra flotaba en mi palma con una luz propia, una luminosidad enferma y dulce que parecía nacer de la noche más profunda.
Sus pétalos no reflejaban la luna; la bebían.
Y mientras la contemplaba, sentía que algo en mí —algo antiguo, algo que no había aprendido a morir— se desperezaba bajo la piel.
El invierno nos había vuelto transparentes.
Los árboles levantaban sus ramas como manos de ahogados, y el viento pasaba entre ellos con una voz de viuda.
En la ribera, la escarcha dibujaba sobre las piedras los nombres que Elvira y yo habíamos pronunciado durante nuestra vida mortalmente incierta.
Algunos aparecían invertidos, como escritos desde el fondo del agua.
Otros se borraban antes de que pudiera leerlos.
Solo el suyo persistía, temblando en la orilla: ELVIRA, seis letras capaces de abrir una tumba.
Al principio dejaba la rosa sobre la corriente y esperaba.
No rezaba. Las plegarias pertenecen a quienes aún confían en un cielo.
Yo solo confiaba en el frío, en la sangre, en esa herida del mundo que se abría bajo mis pies.
El río se entibiaba a mi alrededor. Una niebla púrpura subía de sus aguas y me cubría los hombros como un velo.
Entonces dos sombras aparecían bajo la superficie, abrazadas, girando lentamente en un jardín de algas y campanas oxidadas.
Una noche, durante una tormenta, Elvira emergió.
No salió del agua como un cuerpo que vuelve, sino como un recuerdo que ha aprendido a caminar.
La vi levantarse entre los relámpagos, desnuda de tiempo, con el cabello pegado al rostro y los labios del color de la fruta prohibida.
Cada gota que resbalaba por su cuello parecía contener una pequeña noche.
Cuando dijo mi nombre, el trueno se partió en dos y, por un instante, todas las ventanas del pueblo se iluminaron con una luz roja.
—Minna —susurró.
Yo quise contestar, pero mi voz se había quedado en la orilla de nuestra antigua vida.
Me acerqué. Elvira sonrió con una tristeza que no pertenecía a los muertos ni a los vivos.
Me tocó la garganta con dos dedos helados, y aquella caricia fue una llave.
Bebí de ella como quien bebe de una fuente después de atravesar un desierto; ella bebió de mí como si mi sangre guardara el camino de regreso.
No hubo culpa entre nuestras bocas. Solo un hambre compartida, un pacto oscuro y tierno que el río celebró hirviendo alrededor de nuestros cuerpos.
Desde entonces, nos encontramos cuando la noche alcanza su mayor profundidad.
A veces Elvira aparece bajo el puente, entre las columnas cubiertas de musgo.
A veces sale de un espejo, de un charco, del cristal negro de una ventana donde nadie se refleja.
Yo sé que debería temer esas apariciones.
Sé que una mujer sensata cerraría las puertas, quemaría la rosa y huiría del agua.
Pero la sensatez es una lámpara demasiado pequeña para alumbrar un amor como el nuestro.
Hay noches en que caminamos juntas por el lecho del río.
Los peces pasan a través de nuestros vestidos y llevan en sus ojos diminutos la memoria de ciudades que nunca existieron.
Bajo el agua, el cielo está lleno de estrellas muertas.
Las tomamos entre las manos y las acercamos a nuestros labios: saben a hierro, a granada, a infancia perdida.
Elvira me habla entonces de un palacio sumergido donde las paredes respiran y las puertas se abren hacia el interior de los sueños.
Dice que allí nos espera una habitación con dos camas y una sola sombra.
Otras veces no hablamos. Nos devoramos lentamente, con la paciencia de las mareas.
El río hierve por nuestra laceración amorosa y levanta vapor sobre los juncos.
Desde la colina, quien nos viera creería que el agua está ardiendo.
Nadie se acerca. Los perros aúllan hacia la oscuridad y los cuervos abandonan los árboles.
Solo la luna permanece, pálida y curiosa, mirándonos como una monja que ha olvidado su voto de castidad.
No sé si estoy loca. Tal vez la locura de mi amor por la sangre de Elvira ha llenado el río de espejos.
Tal vez cada encuentro es una fantasía que mi soledad repite hasta convertirla en carne.
A veces, al amanecer, despierto con los labios húmedos y encuentro en mi cama hojas negras, escamas de hielo, un perfume de tierra recién abierta.
Otras veces descubro una marca en mi cuello y escucho, dentro de ella, el rumor de una mujer que duerme.
Sin embargo, hay señales que ninguna locura inventa.
La rosa sigue intacta. Sus raíces han crecido alrededor de mi muñeca, finas como venas.
Ya no puedo dejarla sobre el agua sin sentir que algo se desprende de mi corazón.
Y en las noches de luna nueva, cuando todo el río se vuelve negro, una mano emerge entre los remolinos para tomar la mía.
No importa cuántas veces la suelte. Siempre vuelve a encontrarme.
Comprendí entonces que nuestro secreto no consistía en ocultarnos, sino en no terminar.
Elvira no había regresado para salvarme ni para condenarme.
Había regresado para recordarme que algunos amores no buscan una vida eterna: buscan una eternidad de instantes, una sucesión de besos robados al tiempo, una herida que se abre solo para demostrar que aún siente.
Esta noche he vuelto a la ribera. La nieve cae hacia arriba.
Los cipreses tienen raíces en el cielo y sus copas se hunden en la tierra.
El río corre sobre nuestras cabezas como una cinta de plata, y bajo mis pies se extiende un firmamento lleno de peces.
Dejo la rosa en la corriente. El agua la recibe.
Luego escucho a Elvira pronunciar mi nombre desde todas partes: desde el hielo, desde la niebla, desde la sangre que se mueve dentro de mi cuerpo.
—No me esperes como a una muerta —me dice—. Espérame como a una herida que todavía sabe abrirse.
Sonrío. Ya no tengo miedo de estar soñando.
Si esto es la locura, que dure más que los siglos; si es la muerte, que tenga sus labios.
Me inclino sobre el río y beso la superficie.
Del otro lado, Elvira responde. Nuestros rostros se encuentran en el agua, separados por una piel de oscuridad que tiembla y se rompe.
Entonces comprendo que no somos dos mujeres esperando el regreso de la otra. Somos el río y su reflejo, la noche y la sangre, la rosa y la espina. Somos el secreto que se cuenta a sí mismo cada vez que una corriente toca la orilla.
Y mientras el amanecer intenta borrarnos, descendemos juntas hacia la profundidad, donde el frío conserva intacto todo lo que el mundo quiso olvidar.
Allí, bajo el agua, nuestros cuerpos vuelven a encontrarse.
El río cierra sus párpados. La rosa florece en la oscuridad.
Y nuestro amor, que nunca aprendió a morir, comienza otra vez.
Aún recuerdo la primera vez que comprendí que amar a Elvira no era acercarme a ella, sino permitir que su oscuridad encontrara la mía.
Entonces, cuando aún era mortal, confundía la pasión con una forma de fiebre.
Ahora, después de tantos inviernos sin amanecer, sé que la fiebre era apenas el umbral.
Lo que vino después fue la laceración: no una herida que separa, sino una puerta que se abre en la carne para que dos soledades puedan reconocerse.
Aquella noche, Elvira llegó a la casa junto al río como si la hubiese esperado toda la vida.
El tejado dejaba caer gotas sobre el suelo mientras la tormenta azotaba la casa.
Cada gota nacía en las vigas y descendía con el lento peso de una lágrima.
Las paredes conservaban retratos de familia y pinturas expresionistas; obras de arte que ahora cobijan a una mujer pálida que extiende la mano hacia mí.
Encendí una vela. La llama ardió azul, y comprendí que Elvira ya estaba dentro.
—No debiste llamarme —dijo desde la escalera.
Su voz no parecía salir de su garganta, sino de las habitaciones cerradas, de los muebles cubiertos con sábanas, de la madera que crujía bajo mis pies.
Cuando apareció, traía el cabello húmedo y la rosa negra prendida sobre el pecho.
La flor se había abierto demasiado: sus pétalos eran labios, y en el centro palpitaba una gota de sangre que no caía nunca.
—No te llamé —respondí—. Te reconocí.
Elvira sonrió. En sus ojos había una dulzura antigua, casi maternal, pero debajo de ella se movía el hambre.
Se acercó sin apresurarse. No tuve que retroceder; mi cuerpo conocía desde antes el lugar exacto donde debía esperarla.
Sus dedos recorrieron mi cuello, descendieron por el hombro y se detuvieron sobre la cicatriz que el río me había dejado la noche de mi muerte, tantos años atrás que ya quedaban pocos testigos de aquella generación.
La tocó con una reverencia que me estremeció más que cualquier beso.
—Todavía la llevas abierta.
—Solo cuando vienes.
Entonces me besó. El mundo perdió sus límites.
La casa se llenó del olor de la tierra removida y de las rosas que florecen junto a las tumbas.
Nuestras bocas se buscaron con una urgencia que no era solo deseo: era reconocimiento, rencor por nuestro destino, hambre y perdón mezclados en una sola respiración.
Cada caricia arrancaba de mí una memoria.
Vi mi rostro mortal en un espejo roto; vi a Elvira caminando bajo el sol; vi el río retroceder para devolver los cadáveres que guardaba en su lecho.
Nos herimos sin crueldad, como si la piel fuera una carta que solo nuestros dedos supieran leer.
Una línea roja apareció en mi brazo. Elvira la siguió con la lengua y cerró los ojos.
Yo hice lo mismo sobre su clavícula. La sangre no brotaba como sangre: se extendía formando pequeñas letras, signos que cambiaban de lugar antes de que pudiéramos descifrarlos.
Allí donde nuestras bocas tocaban, la carne se abría y volvía a cerrarse con un fulgor tenue, como si dentro de nosotras hubiera luciérnagas atrapadas.
Elvira se apartó de pronto.
—Basta.
Nunca le había oído pronunciar esa palabra con miedo.
—¿Qué ocurre?
—No soy yo quien está bebiendo de ti.
La vela se apagó. En la oscuridad, algo respiró bajo el suelo.
No era una respiración humana ni animal.
Era el rumor profundo del río cuando pasa por debajo de las casas, una corriente que conoce los nombres de todos los muertos.