La rosa siempre flota
Elvira no la soltó.
Sus brazos eran fríos, pero no de una manera muerta. Aquel frío tenía profundidad, como si hubiera nacido debajo de la tierra y hubiera aprendido a respirar en el fondo del río. Yo apoyé el rostro contra su cuello y sentí que, bajo la piel pálida, algo palpitaba con una lentitud antigua.
—Pensé que te había perdido —murmuró.
—Me perdiste —respondió Elvira—. Pero no para siempre.
El río seguía cubriéndolas hasta el pecho.
A su alrededor, los fragmentos de hielo chocaban entre sí con un sonido delicado, semejante al de pequeñas campanas funerarias.
La rosa negra flotaba entre ambas, sostenida por una corriente que parecía obedecerla.
Sus pétalos se abrían y cerraban lentamente, como una boca que respirara.
Alcé una mano y acaricié el rostro de mi amada. Elvira cerró los ojos.
—Estás helada.
—He tenido mucho tiempo para acostumbrarme.
—¿Cuánto?
Elvira abrió los ojos. En ellos ya no había la fiebre que yo recordaba, sino una luz oscura, púrpura, idéntica a la que ardía en el corazón de la rosa.
—El suficiente para olvidar el sonido de mi propia voz —dijo—. No el de la tuya.
Aquel reconocimiento fue más doloroso que cualquier reproche.
Llevé los dedos hasta los labios de Elvira.
Seguían siendo suaves. Seguían conservando la forma que había amado durante tantos inviernos.
Pero estaban más pálidos, y en la comisura de su boca había una sombra roja que el agua no conseguía diluir.
—¿Qué te hizo el río?
—Me devolvió lo que yo le entregué.
—No te entregué a él.
—No. —Elvira sonrió con tristeza—. Me entregaste a tu memoria.
La rosa giró entre nosotras. Una de sus espinas rozó una de mis muñecas y abrió una línea fina en la piel. Una gota de sangre cayó sobre el agua. Al tocarla, el río se iluminó desde abajo.
Entonces ambas vimos el fondo.
No había piedras ni raíces bajo la corriente. Había un jardín sumergido, extenso y silencioso, cuyas flores negras se mecían sin tallos. Algunas tenían rostros ocultos entre los pétalos. Otras murmuraban nombres que el agua deformaba antes de dejarlos llegar a la superficie.
Yo retrocedí ante la aparición de un rostro en el fondo con la misma cicatriz, del cual una voz pronunciaba un nombre que no lograba oír.
—¿Qué es ese lugar?
—El sitio donde terminan los amores que nadie se atreve a enterrar.
—¿Y tú vives allí?
—Vivo donde me recuerdas.
Elvira tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
Aquel contacto despertó en mí una cadena de recuerdos: la primera noche en que nos habíamos amado, la risa de Elvira junto a la ventana, sus discusiones susurradas para no despertar a los vecinos, el sabor de sus besos mezclado con la sangre de los labios heridos.
Cada recuerdo apareció bajo el agua como una lámpara.
—Ven conmigo —dijo Elvira.
Yo la miré. Más allá de sus hombros, el río se abría en una oscuridad insondable. No era una invitación a morir. Era algo peor y más dulce: una invitación a no regresar.
—¿Podremos volver? —pregunté.
—A veces.
—¿Y las dos?
—Siempre que exista alguien que nos recuerde.
El viento atravesó los sauces. En la ribera, la noche comenzaba a desteñirse. El cielo conservaba todavía su color de ceniza, pero en el horizonte una claridad débil anunciaba el amanecer. Ahí comprendí que el tiempo de la aparición se agotaba.
—No quiero que te vayas otra vez.
Elvira acercó su frente a la mía.
—Entonces no me sueltes.
Yo la abracé con todas mis fuerzas. La rosa negra quedó atrapada entre nuestros cuerpos y las espinas penetraron la piel de ambas. La sangre se mezcló sobre el agua, formando una cinta roja que descendió lentamente hacia el jardín sumergido.
El río comenzó a hervir.
No con calor, sino con memoria.
Oí voces bajo la superficie: nombres de amantes, juramentos rotos, promesas pronunciadas junto a lechos de muerte. Oí también mi propia voz, joven y desesperada, llamando a Elvira desde la orilla.
—Te amé —dije.
—Lo sé —respondió Elvira.
—Te amo todavía.
—Por eso pude regresar.
Elvira me besó. No fue un beso de despedida. Fue una puerta abierta.
Durante unos instantes, no sentí el frío, ni el peso de sus ropas mojadas, ni el dolor de las espinas. Solo sentí la boca de Elvira y el resplandor púrpura extendiéndose detrás de sus párpados. Luego percibí que los pies de mi amada comenzaban a hundirse.
—Elvira.
—No temas.
—No otra vez.
—Mañana, cuando salga la luna, deja la rosa sobre el agua.
—¿Y volverás?
—Si todavía pronuncias mi nombre sin rencor.
Minna quiso retenerla, pero el río reclamó el cuerpo de Elvira con una suavidad implacable. Primero desaparecieron sus piernas, luego su cintura, después sus manos. Antes de hundirse por completo, Elvira rozó los labios de su amada con los dedos.
—No me esperes como a una muerta —susurró—. Espérame como a una herida que aún sabe abrirse.
Después desapareció.
La rosa quedó flotando frente a Minna.
El amanecer llegó de golpe. La luz gris cubrió el río y apagó su resplandor sobrenatural. Minna salió del agua tambaleándose y cayó de rodillas en la ribera. Tenía las manos ensangrentadas y el corazón vacío, pero la rosa permanecía intacta entre sus dedos.
Desde aquel día, regresó cada noche.
Nunca volvió a ver a Elvira bajo el sol. Nunca escuchó su voz cuando las nubes ocultaban la luna. Pero, al depositar la rosa sobre la corriente, el río siempre se entibiaba alrededor de ella. A veces, dos sombras aparecían bajo el hielo. A veces, una mano blanca emergía entre los remolinos.
Y en las noches más oscuras, cuando el invierno cerraba todos los caminos, Minna sentía unos labios fríos junto a los suyos.
Entonces comprendía que el reencuentro no había terminado. Solo había aprendido a suceder en secreto.