La rosa que bebió del río
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La rosa que bebió del río
El aparecer de la rosa
La noche en que el río aprendió a arder, yo estaba sola entre los surcos de agua fría que dejaba su corriente.
La luna descendía sobre el cauce con una palidez de enferma.
Su luz no iluminaba: revelaba. Hacía visibles las raíces desnudas de los sauces, las piedras húmedas, los jirones de niebla que se arrastraban sobre la ribera como animales sin dueño.
También revelaba mi rostro inclinado hacia el agua: la piel helada, los ojos desordenados por el insomnio y los labios gruesos, todavía manchados de un rojo que el río no conseguía borrar.
Aquel rojo era suyo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando vi la flor.
Al principio creí que se trataba de una sombra atrapada entre los remolinos.
Después, un destello violeta se abrió sobre la superficie, tenue y profundo, como si bajo el agua hubiese despertado una estrella muerta.
La corriente acercó lentamente una rosa de pétalos tan negros que parecían hechos de noche solidificada.
En sus bordes temblaba una luz púrpura, y aquella luz, en lugar de disipar las tinieblas, las espesaba, como si en ellas respiraran vidas antiguas y amores que aún no habían terminado.
La noche se convirtió en una bóveda abigarrada de oscuridad, un templo sin santos donde solo la luna y la flor conocían el nombre de mi condena.
Me arrodillé en la orilla.
—Has vuelto —dije.
No esperaba respuesta. Sin embargo, el río pareció contener el aliento. No concedía deseos: devolvía aquello que los vivos se niegan a enterrar.
La rosa giró sobre sí misma y avanzó hasta quedar frente a mí. Tenía el tallo cubierto de espinas finas, casi transparentes. En sus pétalos se acumulaban gotas que no eran agua. Cada una resplandecía con un fulgor violáceo antes de perderse entre los pliegues oscuros de la flor.
Sangre, pensé.
Y al pensarlo, la herida de mi labio volvió a abrirse.
Me llevé los dedos a la boca. El sabor metálico me devolvió a la última noche en que la tuve entre mis brazos, cuando ambas confundimos el deseo con la salvación y la salvación con una forma más dulce de morir.
Su nombre era Elvira.
Pronunciarlo todavía me deshacía.
La conocí durante un invierno parecido a éste, aunque entonces el río no parecía tan frío.
Elvira llegó a mi casa cubierta de lluvia, con el cabello pegado al cuello y una expresión desafiante, como si hubiese venido a reclamar algo que yo aún no sabía haber perdido.
No preguntó si podía entrar. Empujó la puerta y dejó que la tormenta entrara con ella.
Desde el primer instante comprendí que no era una mujer hecha para la tranquilidad.
Había en sus ojos una fiebre antigua, una oscuridad que no pedía ser curada.
Mucho antes de Elvira, la noche ya me había enseñado a sobrevivir.
Vivía de pequeñas hambres cuando la conocí, me alimenté de ella con una pasión que cada día nos volvía más inseparables.
La noche de su muerte, me ofreció la palma herida y me pidió que bebiera. Afuera, el río golpeaba las piedras como si alguien llamara desde el fondo.
—Si lo hago, ¿serás eternamente mía? —pregunté.
Elvira cerró los dedos sobre la herida. La sangre le corrió hasta la muñeca.
—No intentes detener ahora lo que empezaste. Ya has bebido. No finjas que todavía puedes devolverme la vida.
—No sé si quiero conservarte o condenarte.
—Mi amor por ti no me permite morir del todo.
Bebí antes de contestar. Al principio sentí el calor de su sangre; después, el frío. Elvira se estremeció entre mis brazos, pero no retiró la mano.
Cuando levantó los ojos hacia mí, ya no supe si la estaba reteniendo o si era ella quien me retenía a mí.
—No me estás quitando nada —murmuró—. Me estás dando un lugar donde quedarme.
Elvira no era solo mi amante. Cuando me alimentaba de ella, algo de su vida se apagaba en mis brazos; algo que, sin embargo, se negaba a morir del todo.
Entre nosotras se había formado una dependencia más antigua que el deseo: yo la sostenía para que no desapareciera, pero empezaba a comprender que también dependía de su permanencia.
Nos amábamos con una violencia lenta, como dos criaturas que se reconocen en la penumbra y comprenden que han estado esperándose durante siglos.
Sus besos tenían la dulzura de una promesa y el filo de una navaja.
A veces me miraba como si yo fuera una puerta.
Otras, como si fuera la habitación a la que deseaba entrar para no salir jamás.
Cuando intentaba apartarme, me seguía hasta el umbral y esperaba en silencio.
Si le pedía que se marchara, apoyaba la frente contra la mía y pronunciaba mi nombre hasta que yo olvidaba por qué había querido detenerla.
Yo sabía que podía abrir la puerta y dejarla bajo la lluvia.
Nunca lo hice. En sus brazos no buscaba consuelo: volvía a acercarme al borde, aun cuando ya había visto lo que aguardaba debajo.
Y ella me lo daba.
La noche de su muerte, cuando ya Elvira deseaba alimentarse de la sangre, el cielo estaba completamente nublado.
El invierno había cubierto los cristales con una costra de hielo y el viento golpeaba las paredes como una multitud furiosa.
Elvira llevaba horas sin hablar. Permanecía junto a la ventana, contemplando el jardín muerto.
—La rosa floreció —dijo al fin.
—No hay rosas en invierno.
—Esta no obedece a las estaciones.
Se volvió hacia mí. En su mano sostenía una espina. Una línea roja le cruzaba la palma.
—¿Qué has hecho? —pregunté.
—Lo que debíamos hacer desde el principio, querida Minna.
No entendí sus palabras. Tal vez no quise entenderlas. El amor también tiene sus cobardías: a veces nos permite mirar de frente a la persona que adoramos mientras, en secreto, rezamos para que no revele el precio de quedarse.
Nos besamos.
Fue un beso largo, desesperado, completo.
Elvira me abrazó con una fuerza que aún puedo sentir en los huesos.
Nuestras bocas se encontraron hasta mezclarse con la sangre.
No sé cuál de las dos sangró primero. Solo recuerdo que el sabor de sus labios era cálido, y que en aquel instante deseé hacerla mía para toda la vida, aunque la vida dejara de significar lo que había significado hasta entonces.
Entonces ella apoyó la espina contra su pecho.
—Si me amas —susurró—, no permitas que me vaya sola.
Apreté sus muñecas.
—No vuelvas a hablar así.
—El río sabe llevarse los cuerpos. También sabe devolver lo que le pertenece.
Después, la rosa apareció en el alféizar.
Era negra.
No una flor marchita, ni una flor quemada: negra como una noche sin luna, negra como el fondo de una mirada que ha visto demasiado. De sus pétalos brotaba aquella misma luz púrpura que ahora atravesaba la oscuridad del río.
Elvira la tomó entre sus dedos.
Yo quise arrebatársela, pero ella se inclinó y me besó una última vez. Sentí el frío en su boca antes de sentirlo en la mía. Luego la flor cayó al suelo, la ventana se abrió de golpe y el viento apagó todas las velas.
Cuando regresó la luz de la luna, Elvira había desaparecido.
Solo encontré sangre sobre el mármol y una puerta abierta hacia el jardín.
La seguí hasta el río.
Desde entonces, cada invierno vuelvo a esta ribera. Algunas noches me parece oírla detrás de los sauces. Otras, siento sus dedos recorrerme la nuca. Nunca la encuentro. Nunca dejo de esperarla.
La rosa avanzó un poco más sobre el agua.
Alargué la mano, pero la corriente la apartó.
El resplandor violeta se reflejó en mis uñas, en mis mejillas, en la sangre que aún quedaba en mi boca.
De pronto comprendí que la flor no había venido a mí por casualidad.
Era un mensaje. El último signo de nuestro amor.
La promesa de que Elvira no estaba perdida, sino alimentándose en algún lugar al otro lado de la noche.
Porque esa era la única explicación que me permitía seguir respirando.
Elvira no había muerto. Se había transformado en hambre.
Y yo también.
Mi cuerpo empezó a entumecerse. El frío subió desde mis pies hasta las rodillas, desde las rodillas hasta el corazón.
Sin embargo, dentro de mí ardía una fiebre antigua.
Imaginé a Elvira inclinada sobre la corriente, bebiendo del río como si bebiera de una vena abierta de la tierra.
Imaginé su rostro pálido, sus ojos encendidos, su boca buscando en la oscuridad el rastro de mi sangre.
La sangre huyó de mis labios y cayó sobre el agua.
El río se estremeció.
Por un momento, la corriente entera se volvió púrpura. Las sombras se retiraron de la superficie y, bajo ella, vi dos manos blancas acercándose. Los dedos de Elvira rozaron la rosa. La flor se detuvo.
—Espera —dijo una voz desde el agua.
No sé si fue ella o mi propia locura.
Me puse de pie.
La rosa giró hacia mí, como una brújula señalando el lugar exacto de mi perdición. Sus pétalos se abrieron uno a uno y dejaron escapar un aroma dulce, oscuro, semejante al de la tierra después de una herida. Las espinas brillaron bajo la luna.
—He esperado toda la vida —respondí.
La corriente golpeó la ribera.
Entonces comprendí el rito.
No debía arrancar la rosa del río. No debía llevarla a casa ni conservarla en un jarrón. Tenía que entregársela a Elvira cuando regresara, una ofrenda ardiente para el invierno nublado, una alianza entre nuestras bocas, nuestras heridas y el agua que había aprendido a hervir a pesar del frío.
Me adentré en el cauce.
El agua me cubrió los tobillos y luego las piernas. Era helada, pero no retrocedí. La rosa seguía delante de mí, avanzando con lentitud, como si me guiara hacia el centro del río. Cada paso despertaba un dolor distinto, y cada dolor llevaba el nombre de Elvira.
Cuando el agua me llegó a la cintura, escuché su risa.
No era una risa feliz. Era la risa de alguien que ha esperado demasiado tiempo en una habitación cerrada.
—Ven —dijo.
La rosa se posó contra mi pecho.
Las espinas atravesaron mi vestido y mi piel. Una punzada ardiente me recorrió el cuerpo. La sangre cayó sobre los pétalos negros y la luz púrpura se intensificó hasta convertir la noche en un resplandor violento.
Debajo de mí, algo abrió los ojos.
Elvira emergió lentamente de la corriente. El agua resbalaba por su rostro y sus cabellos flotaban alrededor de ella como algas oscuras. Estaba más pálida que la luna, pero sus labios conservaban el mismo rojo que yo había besado tantas veces. Extendió las manos hacia mí.
No parecía un cadáver.
Parecía una promesa que hubiese aprendido a caminar.
—¿Has traído la flor? —preguntó.
Se la entregué.
—He traído todo lo que quedaba de mí.
Elvira sonrió. En sus ojos brilló un hambre inmensa, y yo sentí que la mía respondía desde el fondo de mi pecho.
Nos abrazamos en medio del río.
El agua se cerró sobre nuestros cuerpos con una suavidad casi maternal.
La rosa quedó entre las dos, negra y resplandeciente, mientras nuestras bocas volvían a encontrarse.
Esta vez no hubo miedo. Solo el sabor de la sangre, el frío que dejaba de ser frío y aquella pasión antigua que, después de habernos destruido, todavía encontraba fuerzas para nombrarnos.
Desde la ribera, la luna contempló cómo el río comenzaba a hervir.
Al amanecer, nadie encontró nuestros cuerpos.
Solo una rosa negra flotaba entre los juncos. Sus pétalos estaban húmedos y emitían una débil luz violeta. Quienes la vieron dijeron que parecía una flor hermosa, aunque imposible. Otros aseguraron que, al acercarse, escucharon dos mujeres besándose bajo el agua.
Yo sé la verdad.
Elvira y yo seguimos allí, en la parte más profunda del río, donde la corriente guarda los nombres de quienes se amaron sin medida.
Algunas noches salimos a la superficie. Recorremos juntas la ribera y dejamos la rosa sobre el agua para que encuentre a otra criatura solitaria, otro corazón dispuesto a confundir el amor con el hambre.
Y cuando la luna ilumina los surcos del río, nuestros labios vuelven a mancharse de rojo.
Porque hay amores que no terminan con la muerte.
Hay amores que beben de ella. «Hay amores que, aun bajo el invierno más oscuro, hacen hervir el río».