La rosa que bebió del río La Luna permanece #2
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La Luna permanece #2

Las tablas comenzaron a humedecerse. Por las junturas subió agua negra, y en ella flotaron decenas de pétalos.

La rosa que Elvira llevaba en el pecho se desprendió y cayó al suelo sin marchitarse.

—La herida no nos pertenece —susurró—. La hemos estado alimentando.

La casa tembló. De las paredes se desprendieron los retratos y cayeron boca abajo.

Al levantarse uno de ellos, vi que ya no estaba vacío: mostraba a dos mujeres abrazadas junto a la ribera, vestidas con ropas de otra época.

Una era Elvira. La otra tenía mi rostro, aunque yo aún no había nacido, pero curiosamente con la misma cicatriz donde Elvira deposita sus dedos y labios.

Comprendí entonces que nuestra historia no había comenzado con nosotras.

El río había repetido nuestros cuerpos durante años, cambiando sus nombres, sus vestidos y sus tumbas.

Cada vez que una de las dos moría, la otra regresaba a la corriente.

Cada vez que una bebía de la otra, la herida abría el camino para la siguiente vida.

—¿Cuántas veces? —pregunté.

Elvira me miró con una tristeza insoportable.

—Todas las veces que el pueblo ha olvidado.

Afuera comenzaron a sonar campanas. No había iglesia en aquella parte del bosque, pero el tañido se extendió sobre los árboles y despertó a los perros.

Por las ventanas entró una luz de amanecer.

La noche, sin embargo, no terminaba. Era el pueblo el que estaba cambiando.

Las casas de la colina se volvieron transparentes, y detrás de cada ventana aparecieron mujeres dormidas con una rosa negra entre las manos.

Elvira tomó mi rostro entre sus palmas.

—Si vuelves a beber de mí, seguiremos condenadas a encontrarnos. Seremos la misma herida con dos bocas.

—¿Y si no bebo? ¿Dejarás de ser la criatura que amo?

—Entonces la herida elegirá qué parte de nosotras permanece.

No entendí sus palabras hasta que la rosa se abrió por completo.

De su centro surgió una figura diminuta, pálida y desnuda, con los ojos cerrados.

Era una niña hecha de pétalos y agua. Al tocar el suelo, comenzó a crecer.

Su cabello se volvió raíz; sus dedos, ramas; su espalda, el tronco oscuro de un árbol.

En pocos instantes, una rosa gigantesca ocupó el centro de la habitación y levantó el tejado con sus espinas.

En cada flor había un rostro. Algunos lloraban. Otros sonreían. Todos tenían nuestros ojos.

Elvira me apretó contra sí.

—No la mires demasiado. Es lo que queda de nosotras cuando confundimos el amor con la herida.

—No —dije—. Es lo que queda de nosotras si seguimos alimentándola.

En el centro de la rosa vi dos niñas dormidas. Una era Elvira antes del río; la otra era yo, antes de la sangre. Entre ambas latía una tercera forma, todavía sin rostro, hecha de pétalos y agua.

Entonces comprendí que la herida no había querido unirnos. Había querido repetirnos. Cada vez que una de nosotras bebía de la otra, la rosa conservaba nuestros cuerpos y devolvía solo aquello que podía seguir alimentándola.

Las raíces se cerraron alrededor de mis muñecas. Las espinas abrieron la piel de Elvira y la mía desde las manos hasta el corazón. Ella buscó mi boca por costumbre; yo le sujeté el rostro y negué con la cabeza.

—Si bebes, volveremos a empezar —susurró.

—Entonces no beberemos.

Dejamos que la sangre cayera sobre la raíz. La rosa bebió una vez, con una avidez que hizo temblar la casa. Después se detuvo. Por primera vez, no le dimos nuestras bocas.

El árbol crujió. Los rostros de las flores se abrieron y exhalaron al mismo tiempo. De sus pétalos salieron pájaros negros, uno por cada vida que el río había guardado. Volaron hacia el cielo recién abierto y dejaron caer sobre el bosque una lluvia de semillas oscuras.

La rosa comenzó a marchitarse desde el centro. Las ramas se partieron sin ruido; las raíces soltaron mis brazos; el tronco se hundió en el suelo hasta convertirse en una vena pálida de madera. En el hueco que dejó apareció la niña.

No lloraba. Tenía los ojos cerrados y una pequeña hoja verde en la palma derecha. Elvira la tomó. El calor de su cuerpo pasó a los dedos de mi amada, y por primera vez la vi estremecerse no de hambre, sino de vida.

—¿Estamos libres? —pregunté.

Elvira miró la hoja. Bajo nuestra casa, la raíz de la rosa seguía creciendo, pero ya no buscaba nuestra sangre.

—No lo sé —dijo—. Tal vez la libertad sea esto: seguir juntas sin tener que destruirnos.

Al amanecer, los habitantes del pueblo encontraron la vieja vivienda cubierta de rosas rojas. No hallaron nuestros cuerpos. Solo encontraron a una niña dormida bajo el árbol, con una muñeca de trapo entre los brazos y dos nombres escritos en la palma.

Minna. Elvira.

Desde ese día, el río dejó de llevar cadáveres. En primavera devolvía objetos perdidos: anillos, cartas, fotografías, botones, muñecas sin un ojo. Al caer la tarde, dos sombras caminaban sobre el agua en dirección contraria a la corriente.

La niña creció en una casa de ventanas abiertas. Cada invierno aprendía una palabra nueva y cada primavera dejaba una rosa negra junto a la cama de su amiga. Nadie sabía quién le había enseñado a pronunciar aquellos nombres.

Yo sí lo sabía. Algunas noches, cuando el pueblo dormía, Elvira y yo bajábamos juntas hasta la ribera. Ya no bebíamos una de la otra. Bastaba con rozarnos las manos para sentir, bajo la tierra, el latido de la raíz.

Entonces la niña aparecía detrás de nosotras y guardaba silencio. El río se oscurecía. En la superficie, una rosa negra abría sus pétalos sin pedir sangre.

Y cuando la luna tocaba el agua, Elvira apoyaba la frente contra la mía.

—Todavía estamos aquí —decía.

Yo miraba la corriente. En sus profundidades seguían moviéndose los rostros de las mujeres que habíamos sido, pero ya no llamaban nuestros nombres. La herida no había desaparecido. Había aprendido a cerrarse sin dejar de recordar.

Al otro lado del río, la niña pronunciaba su primera palabra nueva.

No era Minna. No era Elvira.

Era vida.