La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 35
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Capítulo 35

Siempre había tenido el sueño muy ligero y al mínimo ruido ya estaba con un ojo abierto, pero en el último mes eso parecía haberse desarrollado mucho más y hasta que cambiara el aire hacía que me despertara enseguida.

Sería instinto, seguramente. Ese que todas las mujeres, llegado un momento de la vida, desarrollan sin poder evitarlo.

Me levanté muy despacio para no despertar a Ewan, que dormía plácidamente a mi lado. Cogí a Moira entre mis brazos y salí de la habitación con ella. Entré en la de enfrente y me senté en la mecedora.

—¿Tienes hambre, pequeña?

No lloró, solo soltó un leve gimoteo.

La acomodé contra mi pecho y enseguida se enganchó y empezó a comer con ganas.

No pude evitar mirarla mientras lo hacía y la sonrisa me salió sola.

Era preciosa. Tenía cosas de los dos. Su pelo y sus ojos eran iguales que los de Ewan, pero la nariz, la mandíbula y la forma ovalada de la cara eran como las mías.

Con mi hija en brazos cerré los ojos un segundo y por mi mente empezaron a pasar los recuerdos de meses atrás, cuando su tocaya aún estaba entre nosotros.

Lo primero que recordé fue cómo acabaron aquellas últimas Navidades en las que estuvimos todos juntos.

Esas en las que, por un momento, cuando Irina se presentó en casa, pensé que todo se derrumbaría a mi alrededor al verla besar a Ewan en el jardín y comprobar que él no la siguió, pero tampoco se apartó.

Su explicación llegó esa misma noche. Me dijo que estaba tan impactado al verla y que ella le estaba diciendo tantas cosas a la vez que lo pilló desprevenido y no supo reaccionar.

Le creí. Claro que le creí. Sus palabras fueron sinceras y sabía, porque lo había visto en cómo la miraba, que ya no sentía nada por ella.

Al menos nada bueno porque, cuando Moira decidió contarle la verdad allí mismo en el salón, por sus ojos sí que pasaron muchas cosas. Ahora ya no la odiaba, porque Ewan era incapaz de odiar a nadie; su corazón era demasiado puro para eso, pero en aquel momento sí que lo hizo.

Y no era para menos.

Porque enterarse de que Irina podía haber ayudado a Moira, donarle su médula y que se salvara y que, por egoísmo, maldad y soberbia, no lo hizo y la dejó morir, desde luego que era para odiarla.

Se marchó dando un portazo, sí, pero tras ella dejó a mi chico devastado.

Le costó aceptar cómo había podido sentir algo una vez por una mujer con el corazón tan podrido como ella, y se castigó durante mucho tiempo por haber estado tan ciego.

Pero entre todos, sobre todo Moira, conseguimos, hablando mucho con él, que dejara de pensar en el pasado y mirara solo hacia delante porque seguir dándole vueltas ya no merecía la pena.

Irina no se merecía ni un solo pensamiento por nuestra parte, ni siquiera malo.

Esa noche no le dije que estaba embarazada. No era el momento porque, tras irse Irina, todos nos quedamos fatal y, sin celebrar la entrada del año, nos fuimos a la cama.

No dormimos.

Solo estuvimos abrazados toda la noche hablando y Ewan llorando en mis brazos a ratos, lamentando el destino de Moira, uno que se podía haber evitado si su hermana no hubiera sido como era.

Pero, igual que no eliges de quién te enamoras, tampoco puedes elegir ni obligar a nadie a querer, e Irina era así. No se quería ni a ella misma.

El primer día del año, Moira nos sorprendió a todos. Con su fortaleza y ese tesón que tenía, nos dijo que no quería ver caras largas y que el tiempo que le quedaba solo quería estar rodeada de felicidad y risas.

Nos pareció una petición muy justa. Desde luego, se merecía eso y más.

Por eso, allí mismo en la habitación, mientras nos decía aquello, me miró, sonrió y me pidió en silencio que abriera la veda y contara lo que escondía para empezar el año con una noticia que traería felicidad a la familia.

Lo hice.

Primero se lo susurré a Ewan al oído para que fuera el primero en saberlo. Al recordar su reacción, todavía se me escapaba una risita. Poco más y se desmaya. No llegó a hacerlo porque Duncan, que estaba a su lado, lo sujetó.

Pero, tras el impacto inicial, me agarró por la cintura, me besó, lloró contra mis labios y me dijo decenas de veces «gracias» y «te quiero» por haberlo hecho más feliz de lo que ya era a mi lado, dándole la oportunidad de ser padre.

Él mismo, al separarse un poco de mí, se lo gritó a los demás y, dos segundos después, los chillidos de alegría, los abrazos, los llantos y las risas llenaron la habitación. Sobre todo los de Poppy, que empezó a saltar y a hacer mil planes sobre todo lo que haría con el bebé.

Acabadas las Navidades, Duncan, Poppy, Erin y Finlay volvieron a Perth, aunque todos los fines de semana regresaban sin falta.

Los dos meses siguientes estuvieron llenos de sentimientos encontrados para todos.

Por una parte, mi embarazo, la relación de Duncan con Mary, que iba de maravilla, y la nuestra nos daban muchos motivos para sonreír.

Pero, al mismo tiempo, la tristeza que llevábamos dentro y que intentábamos no mostrar por petición de Moira fue aumentando día a día al ver cómo su luz se apagaba poco a poco.

Mi hija se removió en mis brazos y la cambié de pecho para que siguiera comiendo. Me limpié las lágrimas que corrían por mis mejillas y me quedé mirando la pared que tenía enfrente mientras el pecho se me encogía al recordar aquel día, ya seis meses atrás.

El veinticinco de febrero, la luz de Moira se apagó del todo.

Se fue de nuestras vidas, pero no de nuestros corazones. Eso jamás pasaría. La recordaríamos siempre y yo, seguramente, más que nadie. Como hacía todas las mañanas al despertar, le daba las gracias en silencio mirando al cielo por haber hecho posible que tuviera la vida que tenía en esos momentos.

Porque sí, gracias a Moira, a su promesa de hacer lo que fuera para ver feliz a Ewan, aunque no fuera con ella, llegué a esa casa y nuestros caminos se cruzaron.

Puede que siempre hubiéramos estado destinados y que nuestra historia estuviera escrita y, de una forma u otra, hubiéramos acabado encontrándonos, pero Moira desafió al destino y se adelantó a sus planes.

Aquel día se fue en silencio y sin sufrir.

De eso me encargué yo. Aunque durante los días anteriores al fatal desenlace me pidió que no le diera calmantes para los horribles dolores que tenía, no cedí. Nunca la habría dejado sufrir. Tenía que irse en paz y tranquila.

Y así fue como lo hizo.

Esa noche todos esperábamos y sabíamos que sería la última. Todos menos Poppy la acompañamos en su habitación hasta que, después de dedicarnos unas últimas palabras, las últimas para Ewan, que fueron que siempre lo querría, cerró los ojos y soltó su último aliento.

Las horas en el tanatorio, el entierro y las posteriores estaban difusas en mi mente por el dolor que sentí al ver marchar a la que consideraba una hermana.

De aquel día solo recordaba el frío, la lluvia, el olor a humedad, a la gente con miradas llenas de lágrimas y dolor y a Ewan agarrándome en todo momento.

Ese día no solo yo lo sostuve a él, sino que nos sostuvimos el uno al otro.

Los días siguientes fueron de dolor, de silencios en soledad o compartidos, de tristeza y también de tomar decisiones. Ewan me rogó que no lo dejara, que me quedara en su casa y en su vida con él, y eso no me costó hacerlo porque ya lo tenía decidido antes de que me lo pidiera.

Hubo pocas sonrisas durante los meses siguientes. La primera de verdad fue el día en que nos dijeron, en la consulta de la ginecóloga, que íbamos a tener una niña.

Moira, una vez más, había tenido razón.

A partir de ahí, y después de una larga conversación de toda la familia en la que Mabel, por decirlo de alguna manera, nos leyó la cartilla a todos, nuestra actitud empezó a cambiar.

Nos recordó que a Moira no le gustaría vernos así de tristes, que ella no había montado todo el tinglado que montó para eso, sino para vernos felices y sonriendo lo máximo posible.

Aquella charla fue como una bofetada de realidad porque Mabel tenía razón. Moira, desde donde estuviera, querría oír nuestras risas y no nuestros lamentos.

Unos pasos lentos me hicieron pestañear y volver al presente.

Ewan se paró en el marco de la puerta y me sonrió con cara de sueño, pero, al ver mis lágrimas, su sonrisa se esfumó y vino rápidamente hacia mí.

—Amor, ¿estás bien? ¿La niña?

—Sí, estamos bien. Solo me he emocionado al recordar.

No hizo falta decirle en quién había estado pensando porque, con solo mirarnos, nos entendíamos.

Se agachó y me limpió las lágrimas que me quedaban en la cara antes de darme un suave y tierno beso en los labios. Después besó a Moira en su cabecita.

Nos adoraba a las dos y nosotras a él. Mi hija, con solo sentirlo cerca, empezó a removerse en mis brazos porque quería que la cogiera.

Ewan lo entendió enseguida. La tomó con un brazo y, con el otro, me acercó contra él para volver a besarme.

—Le estaré agradecido de por vida por haberte elegido para mí. Te amo, Isla. Te amo en esta vida y en todas las que vengan después.

—Yo también. Su promesa de verte feliz me trajo hasta ti. Te amé nada más conocerte, te amo y te amaré por y para siempre.