Capítulo 34
El silencio siguió unos segundos.
Los mismos que todos permanecimos mirando a Ewan e Irina, que no habían salido al vestíbulo, sino por la puerta del ventanal del salón que daba al jardín.
—¿Qué demonios hace aquí? —rugió Duncan.
—Papá, ella no es buena —gimoteó Poppy a mi lado—. ¿Viene a hacer daño otra vez?
Duncan me interrogó con la mirada para saber si yo sabía por qué su hija estaba enterada de lo que pasó, o de una parte al menos.
No pude contestarle. No tenía una respuesta, así que me encogí de hombros.
—No. Yo no permitiré que lo haga —contestó Moira mirándome directamente y, un segundo después bajó la mirada hasta mi vientre, dándome a entender que lo haría por los tres.
Esa misma tarde, al entrar en su habitación para levantarla de la siesta, me había interrogado con la mirada. No le contesté con palabras porque Poppy estaba a mi lado.
Asentí y con eso bastó para que su sonrisa se ensanchara al saber que había tenido razón.
Claro que la había tenido, ya que la prueba de embarazo que me había hecho mostró un clarísimo positivo, confirmándome lo que ya sospechaba.
Iba a ser madre.
Me agaché hasta Poppy, que estaba hasta temblando, y la cogí en brazos.
Duncan le susurró algo a Mary, que inmediatamente asintió, lo besó y se acercó a nosotras.
—Poppy, me he manchado la camiseta que llevo. Tu padre ha dicho que puedo coger una de las suyas. ¿Me ayudas a buscarla? Yo no sé dónde las tiene, por favor.
La pequeña me miró y yo sonreí a la vez que asentía.
—Claro, ven conmigo a su habitación. Yo te daré su favorita, te quedará muy bien.
Mary la cogió de mi regazo y, sin hablar, le di las gracias moviendo los labios. Asintió y, un minuto después, ambas salieron del salón.
Mabel se acercó a la cristalera y posó una mano en el cristal.
—Como le haga daño… No me voy a contener. La arrastro por los pelos.
—Ponte a la cola —le dijo Erin.
Todos guardamos silencio mientras mirábamos hacia el exterior. Ewan parecía tranquilo. Estaba recto, con las manos en los bolsillos, escuchando con atención a Irina.
Ella hablaba sin parar y gesticulaba.
Desde donde estábamos no lo veíamos con claridad, pero, por cómo movía la cabeza y se llevaba las manos a la cara para limpiárselas, supimos que estaba llorando.
—Joder, como actriz no tiene precio —soltó Erin.
—Es maquiavélica —añadió Duncan, al que se le veía cada vez más tenso y enfadado, seguido de varios improperios e insultos.
—No… —susurró Mabel—. No… no… No.
Al oírla, volvimos a mirar hacia la cristalera porque habíamos apartado la vista de ellos para mirar a Duncan mientras soltaba improperios.
Mi corazón se paró, el estómago me dio un vuelco y un gemido lastimero salió de mi boca al ver a Irina colgada del cuello de Ewan, besándolo.
—Dios mío —dijo Erin.
Finlay murmuró algo también que no llegué a entender.
—Duncan, ayúdame —dijo Moira mientras daba dos pasos hasta la cristalera.
—¿Qué quieres?
—Ayúdame a salir. Tengo que parar esto. Ewan, si os habéis fijado bien, no le ha correspondido el beso, pero tampoco se ha apartado.
Cogió aire y siguió hablando.
—No permitiré que lo engañe otra vez. No permitiré que lo separe de la mujer que ama, una que lo ama igual que él a ella. Antes la mato y me la llevo conmigo al otro mundo.
—Estás loca, no puedes salir ahí. Hace muchísimo frío. Tu cuerpo no lo aguantará.
—Aguantará, al menos el tiempo suficiente para que pueda hablar y decirle a Ewan toda la verdad. Le dolerá, pero ese dolor es necesario para evitar que cometa uno mayor que le produzca después el doble.
—Cielo, espera a que entren. Isla tiene razón, ahí fuera hace mucho frío.
—No. Duncan, por favor, ayúdame.
Duncan dudó, pero había tanta determinación en la voz de Moira y tanto ruego que no pudo negarse más.
Por suerte o por intervención divina, no llegaron a salir, ya que vimos cómo Ewan caminaba de vuelta al salón con Irina detrás, hablándole demasiado alto.
Abrió la cristalera.
—Ewan, por favor, yo te sigo amando. No he podido olvidarte. Solo estaba devastada y dolida. Pero todo será como antes entre nosotros.
Ewan se giró para mirarla y negó con la cabeza.
—Nada podrá volver a ser como antes. Nuestros sentimientos no son los mismos, al menos los míos, y nosotros tampoco lo somos. Todos hemos cambiado.
Moira se enderezó, dio un paso al frente y ahí supe que llegaba la peor parte de la noche.
—No todos hemos cambiado. Ella sigue siendo la misma zorra egoísta y mala de siempre, ¿no es cierto, Irina? Tú sigues haciendo lo mismo de siempre: manipular y mostrar una cara que no es la tuya.
—Cállate. Sigues dolida porque nunca te quiso, por eso nos separaste.
—En eso te equivocas. Lo hice porque lo amaba, sí, pero principalmente lo hice para protegerlo.
—¿Protegerme de qué?
—De ella. Nunca te amó, Ewan. Ella solo quería lo que yo tenía. No era la primera vez que lo hacía y, cuando te consiguió, yo sabía lo que vendría después porque ya lo había vivido con el resto de los chicos que me robó.
»Te daría la patada, porque todos le importaban una mierda. Ella solo quería salirse con la suya y hacerme daño.
—¡Eso no es cierto! Yo lo amaba, lo amo.
—Sí que es cierto, todos lo vimos —dijo Duncan agarrando a Moira por la cintura.
—No lo es. Yo lo amaba y también te quiero a ti, Moira. Eres mi hermana y estoy devastada viéndote así de débil. ¿Qué te ocurre? ¿Has estado enferma? —dijo, empezando a llorar otra vez.
Eso pareció ablandar a Ewan, que dio dos pasos para agarrarla del brazo al ver cómo lloraba de forma desgarradora.
—Quiero estar a tu lado, quiero ayudarte en lo que haga falta, quiero que hablemos y seamos las hermanas que fuimos siempre.
Moira soltó tal carcajada que Duncan tuvo que sujetarla con fuerza para que no se cayera hacia delante.
—Si te crees que por venir aquí y soltar cuatro lágrimas vas a conseguir salirte con la tuya y vas a arrastrar a Ewan a tu lado otra vez, déjame decirte que estás equivocada.
Hizo una pausa y cogió el aire que se notaba que no le llegaba fácilmente a los pulmones.
—No lo voy a permitir. Dices que quieres ayudarme. Las dos sabemos que eso es una mentira más que ha salido de tu sucia boca. Pudiste hacerlo y te negaste.
Ewan giró la cabeza de golpe hacia Irina y la miró confundido.
—¡¿Qué?! ¿Qué quieres decir con eso?
—No tengo ni idea, Ewan. Ya sabes cómo es. Siempre está con sus mentiras y con sus enredos. Ella es la que no ha cambiado. No hay más que mirarla. Incluso a las puertas de la muerte, sigue queriéndote solo para ella. No quiere que seas feliz.
Error.
Ese fue su error y las palabras exactas que la dejaron, como vulgarmente se dice, con el culo al aire.
Porque Ewan se dio cuenta de que lo sabía. Solo con mirarla a la cara y por cómo miró a Moira, comprendió que sabía que se estaba muriendo.
—Lo sabes… Sabes lo que le pasa.
—Claro que lo sabe —dijo Mabel furiosa.
—No, yo… no…
—¡No mientas más! Lo sabes desde hace meses. Lo sabes desde que te llamé para pedirte ayuda. Pero dile… Dile lo que me dijiste.
Ewan miraba a una y a otra.
—¿Irina? ¿Qué pasó?
—Yo… no pude soportar saber que estaba enferma. Saber que era grave me destrozó y no he podido venir antes. No podía verla así. Me muero de pena y preocupación solo de pensarlo.
—No se puede ser más zorra que tú. No tienes ni vergüenza ni corazón. Eres el mismísimo demonio.
Ewan se dio cuenta de que todos sabíamos algo que él desconocía y eso le estaba haciendo daño y desesperando.
No pude soportar verlo así.
Me acerqué a él y le agarré la mano. Me miró. Me incliné y le hablé bajito.
—La llamó para que le donara médula y poder salvarse con el trasplante, pero ella no solo se negó, sino que le deseó una muerte lenta y dolorosa.
Ewan se separó de mí de golpe y me miró horrorizado. Se giró hacia Moira, que lo miraba desolada, sabiendo lo que yo acababa de decirle.
La verdad.
—Dime que no es cierto —le rogó.
—Lo siento. No quería que lo supieras. Sabía que te dolería. Pero lo es.
Sus ojos se oscurecieron. Sus pupilas se volvieron del color de la peor de las tormentas. Dio dos pasos hacia Irina y se plantó justo enfrente de ella. La miró como si quisiera despedazarla.
—Lárgate de mi casa. Lárgate y no vuelvas. No creo que haya peor persona que tú. Siento asco de mí mismo al pensar que una vez pude mirarte con buenos ojos. No te mereces ni el aire que respiras.
—Ewan…
—¡Largo! O te juro que no respondo —dijo apretando tanto los puños que pensé que se le partirían los huesos de las manos.
—Te arrepentirás de esto. Sabes que solo serás feliz conmigo. Me necesitas.
Ewan soltó una risa amarga.
—No te necesito para nada. Solo trajiste desgracias a mi vida. Maldigo el día que te conocí.
Dio otro paso amenazante hacia ella antes de seguir hablando.
—Y sí, soy feliz. Tengo a mi lado a mi mejor amiga —señaló a Moira—, a mi familia —abrió los brazos señalando a todos— y a la mejor mujer del mundo, a la que amo con locura.
Al decir eso último, me agarró de la cintura y me pegó a él, no solo para que Irina lo viera, sino para que lo sostuviera.
Lo hice.
Me agarré a él con fuerza.
Moira la miró directamente a los ojos y, con voz calmada pero muy firme, le dijo sus últimas palabras.
—Irina, voy a morir pronto, pero aun así tendré algo que tú no tendrás nunca, porque tu corazón siempre ha estado muerto y por eso eres incapaz de amar a nadie.
Hizo una pausa. Ninguno nos movimos, ni pestañeamos siquiera mientras la escuchábamos.
—Yo he amado, he conocido la verdadera amistad, tengo una hermana de corazón —dijo refiriéndose a mí— y una familia tan maravillosa que, allá donde vaya, me los llevaré a todos en mi corazón.
La gente que es mala, soberbia y orgullosa no cambia. En ese momento, Irina podía haber pedido perdón, pero no lo hizo. Fiel a sí misma, alzó la cabeza, nos miró a todos con odio y se marchó dando un portazo.
Dejó detrás de ella una verdad que dolía, pero que hizo que Ewan abriera los ojos del todo y que Moira pudiera irse sin dejar nada pendiente.
Ese sería el último día que la veríamos y que tendríamos noticias de ella.