Capítulo 33
La cena de Nochevieja estuvo llena de risas, bromas y fotos que ninguno pudimos evitar hacer para que quedaran plasmadas en el recuerdo las pintas que teníamos con los gorritos que Erin y Poppy habían hecho.
Gorritos que, por cierto, en algunas cabezas quedaban de lo más ridículo, pero eso lo hizo todavía más divertido.
Mabel y yo nos levantamos para recoger las sobras de la cena, pero no llegamos a dar dos pasos por el salón con las manos llenas cuando sonó el timbre.
Fruncí el ceño porque, en esa ocasión, no sería alguien que vendría a sorprendernos para bien, como había pasado en la anterior cena cuando Erin y Finlay fueron los que estaban detrás de la puerta.
Allí estábamos todos, incluso Mary, a la que Duncan le pidió que nos acompañara y ella había aceptado encantada.
Resoplé al pensar que solo podía ser alguno de los compañeros de Ewan que venía a buscarlo porque seguramente había surgido algún problema. Esa noche la gente solía salirse un poco de madre y hacer cosas como tirar fuegos artificiales o petardos que podrían provocar un incendio.
Solo esperaba que, si había sido eso, se quedara en un susto y no trajera mayores consecuencias para los extensos campos de los alrededores.
—¿Quién será? Porque una novia para mi padre no puede ser; él ya tiene la suya. Mabel, lo mismo es uno para ti, eres la única soltera —dijo Poppy haciéndonos reír.
—¿Novio yo? No, gracias, estoy perfectamente así.
—Eso ya lo veremos —murmuró entre dientes mientras se levantaba de la silla para ir a abrir y ser la primera en enterarse de quién era.
—Espera, que voy contigo —le dije dejando las bandejas otra vez en la mesa para darle la mano.
Llegamos hasta la puerta y fue Poppy quien la abrió.
Si cuando fueron mis amigos los que estaban al otro lado me quedé impactada, en esa ocasión no lo hice menos.
Al otro lado había la mujer más guapa que había visto en toda mi vida. Su pelo color del fuego se movía con el viento, haciendo que pareciera un ser irreal.
Le hice un repaso con la mirada sin poder evitarlo.
Era imposible no mirarla. Además de su pelo, que era precioso, y no solo por el color, sino por su largura hasta casi la cintura y sus rizos perfectamente hechos, tenía unos ojos verdes y rasgados que, en aquella cara de ángel, impactaban muchísimo.
Bajé la mirada por su cuerpo. Solo se podía definir de una manera: perfecto.
Llevaba un abrigo largo hasta los pies que, al estar abierto, dejaba ver perfectamente sus curvas, marcadas por el vestido ajustado que llevaba y que era realmente bonito y elegante.
Tenía una cintura de avispa, largas piernas que se veían morenas y torneadas por las dos aberturas laterales del vestido y un pecho generoso, pero sin ser excesivo, que se marcaba perfectamente bajo el escote en uve.
Volví a subir la mirada hasta su cara y, al fijarme en ella de nuevo, encontré algo que me resultaba ligeramente familiar, pero no sabría decir el qué.
Sin embargo, al observarla bien, vi algo que me removió por dentro. Algo que no me gustó nada. Sonreía, sí. Nos sonreía a las dos, pero era una sonrisa vacía, falsa, como si la estuviera poniendo por obligación, como si con ella quisiera conseguir algo.
Me fijé en sus ojos. Su mirada no iba acorde con esa sonrisa impostada. O quizá sí y por eso lo que reflejaban estaba allí.
Había, simple y llanamente, maldad. Una que intentaba ocultar, pero que a mí me resultó fácil de leer.
—Hola, cuánto has crecido, Poppy. Estás guapísima.
Poppy, al oírla hablar, apretó mi mano con mucha fuerza y, sin soltarme, dio un paso atrás.
—Tú estás igual que siempre —le contestó con una voz tan seria que era tan impropia de ella como de una niña de su edad.
Me empecé a poner nerviosa. Poppy no solo me estaba traspasando su tensión a través de su mano, sino que mi propio interior me gritaba muy alto que esa mujer no estaba allí para nada bueno.
—¿Me recuerdas? Eras pequeña la última vez que nos vimos.
—Da igual el tiempo que pase o la edad que tengas, hay personas que nunca se olvidan. ¿Qué haces aquí, Irina? Estamos de fiesta.
Irina…
Oír ese nombre me golpeó de tal manera en el pecho que mi corazón se paró literalmente, saltándose al menos dos latidos.
En ese momento entendí lo que había visto en su mirada. Esa maldad que transmitía. Había prometido venir a hacer daño a su hermana y a Ewan antes de que esta se fuera y estaba allí para cumplirlo.
—Claro que estáis de fiesta. Es fin de año y por eso estoy aquí, para unirme a la fiesta con mi familia.
¿Con su familia? ¿Con qué familia?, me pregunté mientras me quedaba mirándola impactada al ver cómo, con todo su descaro, no esperó a que la invitáramos a pasar y, sin ni siquiera cerrar la puerta de entrada, nos esquivó y empezó a caminar hacia el salón, desde el que llegaban distorsionadas las voces de los que se habían quedado allí.
Poppy reaccionó antes que yo y cerró la puerta más fuerte de lo que debería.
—Isla…
—Dime, cariño —dije mientras daba el primer paso para seguirla cuando tiró de mi mano para que fuéramos con rapidez detrás de Irina.
—Ella no es buena. Hizo daño a los tíos.
Saber que Poppy sabía, aunque no estaba segura de cuánto, algo de lo que pasó, me impactó. Era pequeña cuando ocurrió todo, así que no era posible que se acordara de ciertas cosas, pero sí que podía haber oído conversaciones que no debía.
—Lo sé, cielo.
—No dejes que lo haga de nuevo —me rogó.
—No la dejaremos.
Asintió y tiró más de mí para que llegáramos justo a la vez que Irina y entráramos las tres en el salón.
Todos seguían hablando como si nada hubiera pasado, sin saber que se avecinaban problemas, porque que Irina había venido a crearlos era tan cierto y estaba tan segura de ello como de que ese día se acababa el año.
Se giraron al oír el repiqueteo de sus tacones contra el suelo y, al verla, se hizo un silencio totalmente sepulcral en el acto.
Desde mi posición, en la que podía ver perfectamente a todos, que estaban de pie menos Moira, los observé para ver sus reacciones y el impacto que había causado en ellos la aparición de Irina.
Erin y Finlay me miraron directamente a los ojos para interrogarme.
Nosotros nos comunicábamos muchas veces sin palabras y esa fue una de ellas.
Solo con ver mi mirada supieron quién era aquella mujer.
Por instinto, buscaron la mano del otro y se agarraron fuerte, como si tuvieran que unirse para entrar en una batalla.
Duncan, que estaba al lado de Mary, alargó la mano y la agarró por la cintura, como si necesitara que le hiciera de freno para no tirarse sobre Irina y arrastrarla fuera de la casa, mientras no despegaba la mirada de ella.
La miraba como si delante tuviera al mismísimo demonio. Con enfado, ira y advertencia.
Mary solo miraba a Irina con curiosidad y, a intervalos, observaba a los demás de reojo, seguramente haciéndose mil preguntas.
Mabel, que estaba totalmente impactada, se agarraba con fuerza al canto de la mesa.
Tanto que sus nudillos se estaban tornando blancos.
También tenía la vista fija en Irina. Por sus ojos pasaban emociones muy parecidas a las de Duncan, pero, además, había en ellos un instinto de protección impresionante, como si a la mínima señal fuera capaz de cometer una locura.
Dirigí mi mirada hacia Moira. Esperaba verla alterada, enfadada, desolada incluso. Pero me sorprendió muchísimo verla tranquila. Era como si llevara tiempo esperando que ese momento llegara y ya estuviera preparada para lo que iba a pasar.
Ella no miraba a su hermana, o al menos no directamente.
Moira estaba pendiente de Ewan.
Por último, giré la cabeza para mirarlo a él. Lo había dejado para el final porque me daba miedo ver su reacción. Un miedo atroz a encontrar en sus ojos algo que me rompiera el corazón.
Estaba de pie, al lado de la mesa. Totalmente estático. Su respiración era tranquila; su mirada no lo era tanto.
Miraba a Irina como si fuera una aparición. Un fantasma del pasado al que no pensaba volver a ver, al menos no ese día. En sus ojos había muchas cosas. Unas más visibles, otras no tanto.
Había nostalgia, dolor y cariño, que no me pareció que llegara a ser amor, aunque de eso no estaba del todo segura, y me hizo daño verlo.
Parpadeó una vez, dos y finalmente fue él quien rompió el silencio.
—Irina… ¿Qué… qué haces aquí?
—Hola, Ewan. Me alegro mucho de verte. A todos —dijo mientras se acercaba a él.
No se detuvo. No dudó. Se lanzó a sus brazos para abrazarlo como si le fuera la vida en ello.
Ewan tardó exactamente dos segundos en corresponderle y la estrechó fuerte contra él.
Todos, al ver el gesto de ambos, giraron sus miradas hacia mí para ver mi reacción.
Dolió, claro que dolió, pero no quise que los demás lo vieran, así que bajé la mirada.
Poppy, al ver lo que pasaba, me soltó la mano y se agarró a mi cuerpo, como si haciendo eso quisiera protegerme del dolor y de la impactante situación que todos estábamos viendo.
La tensión era tanta en el salón y el silencio tan pesado y denso que no solo era incómodo, sino molesto y hasta hacía que el aire pareciera viciado.
Moira no se contuvo y fue la primera que reaccionó. Sacando fuerzas, retiró hacia atrás la silla en la que estaba sentada, haciendo tanto ruido que Ewan e Irina se separaron al oírlo. Quiso levantarse tan deprisa que se tambaleó.
—No te levantes, hermana. Yo me acerco —dijo Irina, soltándose de Ewan para dar dos pasos hacia ella.
Moira levantó la mano y la frenó.
—Ni se te ocurra acercarte.
—Moira, por favor, déjame darte un abrazo. Ha pasado mucho tiempo. Te he echado mucho de menos. Lo que pasó quedó atrás.
No se podía ser más falsa, más mentirosa y más mala. ¿Cómo podía estar diciendo todas esas cosas y quedarse tan tranquila después de lo que había hecho y de todo lo que le dijo a Moira por teléfono?
Moira soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Moira, creo que… —empezó a decir Ewan.
Había ruego en su mirada, súplica incluso. Él quería que Moira se reconciliara con su pasado del todo y eso implicaba zanjar las cosas con Irina, pero, claro, es que no sabía toda la verdad.
—No —dijo tajante.
Irina se detuvo y retrocedió otra vez hasta Ewan.
—Ewan, ¿podemos hablar? Tengo que decirte muchas cosas —le rogó Irina.
Ewan dudó, pero solo un segundo. Buscó mi mirada, pero no fui capaz de sostener la suya. Esa situación me estaba desbordando.
—Vamos fuera. Los demás, seguid, por favor. Ahora volvemos.
Irina caminó contenta, celebrando su primer triunfo al haberse salido con la suya y haber conseguido la atención de Ewan.
Él caminó despacio detrás, pero, al llegar a mi altura, se detuvo un segundo, me rozó la mejilla y me susurró un «te quiero» que me hizo respirar un poco más tranquila.